lunes, 24 de julio de 2017

Inhibirse, abstenerse, replegarse... Delegar, en suma; ausentarse.

domingo, 23 de julio de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
13. RASTRO DE MÍ.

sábado, 22 de julio de 2017

Bajando hacia la playa más próxima, casi al final del paseo que discurre paralelo a la arena, hay una propiedad perfectamente ubicada y bordeado de cañizo y palmeras, visible pero inaccesible, con un palacete de dos plantas, antiguo pero bien cuidado, y, en los espacios exteriores, toda suerte de bendiciones para el recreo y el descanso. Al atardecer se puede observar a varios miembros de la amplia familia dando la espalda al mar, sentados en sus ampulosos sillones de mimbre, mirando la pantalla de muchas pulgadas de un televisor instalado en el porche, que emite el mismo programa de frivolidades y cotilleos que también verán en invierno, en su piso de doscientos metros del centro de Madrid. Si ayer pensé en el mito de la caverna de Platón, hoy me digo que la vulgaridad no es menos exclusiva que la elegancia o el talento.

viernes, 21 de julio de 2017

Sentir el mar
como la vez primera:
sin añoranza.
Llegas a una casa prestada para pasar unos días cerca del mar y lo primero que tienta tu curiosidad no es el estado de los electrodomésticos ni la combinación de muebles viejos y nuevos, sino los tres libros que hay en el aparador, debajo de la tele, y luego la pequeña biblioteca que se amontona en el altillo de un armario, tesoro escondido que tardo algunos días en decidirme a inventariar. De momento, alcanzo La puerta estrecha de André Gide.

jueves, 20 de julio de 2017

El surrealismo no descansa ni deja en paz a sus muertos. Los huesos de Salvador Dalí van a se exhumados esta tarde para someterlos a pruebas que determinen si es el padre biológico de una pitonisa que reclama su ascendencia con fundamento jurídico. Ante una expectación tan imprevista y anacrónica, el fantasma del genio de Cadaqués nacido en Figueras se estará atusando, de gozo, las afiladas puntas de sus bigotes.

miércoles, 19 de julio de 2017

Recrearse con la vista: quizá no haya pasatiempo más gratificante, ni más austero.

martes, 18 de julio de 2017

Los 18 de julio de mi infancia eran aún días feriados, según dictado del Dictador. Había que celebrar la fecha del glorioso alzamiento, de la cruzada militar contra los enemigos de Dios y de España, así que el cuerpo de la Guardia Civil inspeccionaba los caminos rurales para disuadir al pueblo humilde de que acudiese a laborar la tierra. No sabía entonces mi padre, y por cierto que tardó en enterarse, que ese día era asimismo el que santificaba el nombre de Federico, que es el suyo propio y fue el de su abuelo por parte de madre. De origen tedesco, significa "príncipe de la paz": cuántas ironías se cobra el destino o sucumben a la neta casualidad. Ahora también lleva ese título uno de sus nietos, uno de mis hijos.

lunes, 17 de julio de 2017

Ubaldo.
No suelo retener bien los nombres de personas más inmediatos y comunes, pero permanecen soberbios en mi memoria otros que frecuenté en los primeros lustros de mi vida, ataviados incluso con sus inseparables apellidos, ya fueran compañeros de colegio e instituto (Zacarías Navarro Martínez, Eduardo Rueda Ciller, Pedro Jesús Vélez Garrido, Sebastián Burguillos...) o fugaces maestros y profesores (Virtudes Turpín Serrano, Eugenio Ruiz de Amoraga, Ricardo Rodríguez de Rávena, Eduardo Thiers...).
Hace unas horas, en el entorno popular de la fiesta, avisté en un lance torero a este Ubaldo que arribó desde Madrid en el ecuador de los ochenta para dar clase de Geografía -sin mayor pena ni menor gloria- en un pueblo a medio camino entre la huerta de Murcia y la meseta manchega. Se decía de él que era especialista en economía política y que había publicado algún artículo en El País, lo cual nunca certifiqué. Estuvo acaso un curso, dos a lo sumo, mas forjó amistades y se agregó a una peña festera y por aquí se le ve de julio en julio, con una lealtad vitalicia, innegociable, como si no hubieran transcurrido más de treinta años. Si hago cuentas, ha de estar jubilado, pero conserva la misma apariencia de soltero de oro -bigote cano incluido- que ya atesoraba entonces. Iba a decirle que fui alumno suyo, aunque él no me identificara en la maraña inmemorial de los nombres y los rostros de muchachos imberbes que engalanan los olvidos de un exprofesor, cuando de repente ha irrumpido una vaquilla y me he encaramado a la reja dichosa.
Ubaldo, sí... O también Waldo. Ubaldo Berenguer.

domingo, 16 de julio de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
12. LA ALBATROS.

sábado, 15 de julio de 2017

Me desperté sabinero -ayer- y me acosté joaquinero -de madrugada-, y esta mañana no sé bien de qué lado está la balanza, después del concierto de anoche en la plaza de toros de la ciudad. Al artista lo encontré más viejo y más gordito, pero también más saludable que otras veces, más de vuelta de la vida y de sus muertes, más en el papel de desacralizarlo todo, de negarlo todo. Volvió a cantar, entre otras, La Magdalena. Yo, que no soy mitómano, me reconozco infinitamente más en las letras de las canciones de este tipo, en la sensibilidad y en los juegos que las entrelazan, que en los setecientos versos bien medidos de muchos de los libros de los poetas que hoy postula la actualidad literaria, esto es, los voceros de los suplementos que vienen de Madrid.

viernes, 14 de julio de 2017

Demasiada gente, demasiados medios, demasiado ruido, demasiado todo. Si se pudiera silenciar el mundo...

jueves, 13 de julio de 2017

El día menos pensado surge de una zona recóndita de mi cerebro el argumento imprescindible de una novela imprescincible que no sé si escribiré, pero sí sé que, de escribirla, revolucionaría el universo de la fábula con una cala intemporal en el destiempo absoluto de la ciencia-ficción o en los intersticios relativos de la ficción histórica, con toda la carga alegórico-simbólica que una obra necesita para tocar la gloria. Fue la semana pasada, hace diez o doce días, y vi claro el detonante, su originalidad limpia, la anécdota que desencadena toda una trama de proporciones cósmicas.
Me ocurrió algo similar en el otoño de 2001 (sé que era 2001 porque mi hijo mayor contaba meses y esa misma tarde lo llevamos a una cita pediátrica, relacionada con su alergia). A la hora de la siesta nos aventuramos unos kilómetros para avistar el milagro de la nieve recién caída en los montes próximos. En un camino angosto un coche que parece que viene, y el mío que parece que va, y ahí, en ese instante lúcido, se me reveló la entraña de una fábula en la que todavía creo, el magma de una idea que presumí sublime (digna de un Kafka o de un Saramago) y que acaso solo se quede en eso, pero que me arrebató como una arcilla informe en la que intuimos la plenitud de una figura.
Son dos novelas que temo empezar siquiera, por si se diluye su magia mientras las escribo. En ambas me vence el pánico a malograr, como otras veces, lo que aún es la perfección de un proyecto. O será también que las retrasa mi pereza.

miércoles, 12 de julio de 2017

Una casa con amplios ventanales y cornisas que desean mostrarse, haciéndose valer de fuera adentro, satisfecha de su fachada y de la privacidad de sus espacios interiores, construida para que la mire y la admire el transeúnte, para que la envidie incluso, mas sin vistas a ningún paisaje. Y una casa modesta, que ni sabe presumir de diseños ni arquitecturas ni esconde sus dones y privilegios tras ninguna verja de seguridad, pero que surge y se orienta para recreo de los ojos y del pensamiento, que vale no por sí sino por cuanto la circunda, que se significa de dentro afuera desde su pequeño balconcito.
Uno tiene muy claro cuál de las dos prefiere.

martes, 11 de julio de 2017

La vaca venía trotando, tan asustada como yo. El callejón, de bote en bote. No me apetecía correr, así que en tres zancadas salté a la reja. El animal aminoró la marcha, se detuvo con un cabeceo indescifrable y me miró. Al principio lo cité con el pie suelto; después me quedé inmóvil, esperando a que se fuera. A la media hora me daba de lleno el sol de julio y sudaba como un pollo de granja. A la hora tenía el cuerpo molido por el esfuerzo de la parálisis. A las dos horas alguien tuvo la humanísima idea de ponerle agua en un cubo; no a mí, que me moría de sed. A las tres horas sufría ampollas hasta en el alma, pero no me atrevía a soltar las manos. A las cuatro horas casi todo el mundo se había ido a dormir la siesta; solo quedaba un grupo de parroquianos, apoyados en el ventanuco de un bar y más pendientes de sus cervezas que de la vaca. A las cinco horas regresó la sombra y casi me sentí aliviado. A las seis horas vino un cámara de la televisión local y estuvo grabándonos, mientras su colega informaba con una sonrisa de la exclusiva del hombre subido en la reja. A las siete horas se largaron los de la tele, se abrió la ventana tras la reja y una chica que se definió reportera me solicitó una entrevista. Tras ocho horas y cuarenta y cinco minutos, dos taurinófilos experimentados cogieron la vaca por donde hay que cogerla mientras otros dos de Protección Civil separaron de la reja mis miembros agarrotados. El médico de guardia me ha dicho que viviré para contarlo.

lunes, 10 de julio de 2017

Reflexiones sobre los teléfonos móviles y el nuevo "homo cellularis", sobre los paradójicos primores y los excesos de Internet, sobre la necesidad -aún, frente a la ceguera virtual- del profesor que separe el grano de la paja, sobre el aluvión de información y la urgente tarea de procesarla, contrastarla y discriminarla, sobre los viejos y los jóvenes, sobre lo humano y lo divino...
Me acompaña a ratos, en estas horas de clausura hospitalaria, la clarividencia próxima, campechana, del último Umberto Eco, en su recopilación de artículos De la estupidez a la locura, o "cómo vivir en un mundo sin rumbo". Ya queda menos.
Me canso. Me canso de ser tantos en un solo individuo. Me canso de abarcarme.

domingo, 9 de julio de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
11. ME CONTARON QUE.

sábado, 8 de julio de 2017

Para cualquier observador, el contraste de realidades paralelas cobra un énfasis particularmente cínico en la sala de urgencias de un hospital. Mientras el accidentado y el enfermo -y asimismo su estela de familiares- ponen gesto grave y compungido, alarmado o discreto, el personal sanitario -con su elenco de figuras subalternas- se esfuerza en promulgar desenfado, bromean en corrillos, hablan de frivolidades, ríen, como si el ejercicio de su profesión les hubiera enseñado a marcar distancias con el dolor, con la angustia y las incertidumbres que vienen del otro lado, de la otra realidad.
Confirmado: parece que esta noche toca dormitar aquí, en una habitación hospitalaria de nombre 606.

viernes, 7 de julio de 2017

Mañana de gestiones burocráticas, de desafíos a la paciencia.
Cita previa en la parte norte de la ciudad y -¡maldita sea!- dos papeles que faltan para expedir el documento. Qué bien que uno de ellos está en casa, recién hecho: lo batallé la semana pasada en la parte centro de la ciudad, para otro trámite, y me admitieron la fotocopia, así que lo guardé sin saber que lo necesitaría tan pronto. El otro es una partida de nacimiento que debo solicitar en la parte sur de la ciudad, lo más rápido posible, para no perder la preferencia de turno antes de que cierren las oficinas de la parte norte. En ambos sitios, salas llenas de árabes con sus familias, de sudamericanos con sus familias y de nativos españoles, caras tristes o inexpresivas delante y detrás del mostrador, tiempos estrangulados por la desidia, uniformes que se postulan con amabilidad o con desdén, pantallas móviles en las manos aburridas de grandes y pequeños, ciudadanos que esperan pendientes de un número, sometidos al rodillo, con obediencia hostil.
Al fin, tras alguna que otra pirula administrativa, aquí está el primer carnet con foto de Darío, o, como él dice, su "tarjeta para montar en avión".
Cuando se llena,
la Luna pone al cielo
guinda de plata.

jueves, 6 de julio de 2017

Ha de ser digno de verse, digno de verme.
Cuando se me agotan las excusas, acudo a un hipermercado más allá del barrio, a veces con mi mujer y otras solo. Son compras extensas, variadas, en las que se mezclan envases de cristal o plástico con envoltorios sensibles, efectos para la limpieza con víveres de charcutería o carnicería, congelados industriales y productos del tiempo, necesidades que no había previsto en mi organizadísima lista.
Ya en caja, aprovecho la tregua que me da el comprador al que sigo (si se demora en el trámite de pago, tanto mejor) para ir colocándolo todo en la cinta todavía fija, según criterios razonables de peso, volumen o fragilidad (lo más pesado y resistente, primero), de higiene del hogar o alimentario, de conservación frigorífica, etc.
Hasta el minuto fatídico en que se inicia el caos: la cajera (porque suele ser mujer) va pasando el registro de cada cosa y la deja sin miramiento sobre la cinta incesante, mientras yo me afano en reubicar en las bolsas abiertas esto y aquello y lo otro, los botes de cerveza, los cartones de leche, las frutas y verduras, los yogures, los huevos, el pan de molde, las patatas fritas...
En pleno proceso, agobiado por el desorden y la inoperancia de mi estrés, de pronto se detiene la máquina y cesan los ruidos de toda su mecánica, y una voz impasible dicta una cifra que no oigo pero que me incumbe, y de soslayo veo que los clientes que llegan detrás aguardan su turno con cierto interés.
Abandono mis bolsas a medio llenar, busco una tarjeta y luego otra, marco el número secreto correcto, vuelvo a mi actividad frenética, inserto latas en los huecos, deslizo botellas que no entran de pie, hago cambios que generan espacio. Entonces la cajera extiende su mano y me abruma con varios vales de regalo, promociones, descuentos y otros papeles impresos que me guardo de mala gana en el bolsillo, tras mi gracias forzado.
Con el botín en el carro, me aparto un poco, arreglo el desarreglo, almaceno de nuevo en el maletero de mi coche, introduzco la llave en la ranura, respiro.
Sé que hacer la compra me resta vida.

miércoles, 5 de julio de 2017

Los tres tomos de La forja de un rebelde de Arturo Barea (Turner, 1984); El extranjero de Camus (Alianza Emecé, 14ª edición, 1983); Poesía Completa de Cavafis en traducción de Pedro Bádenas de la Peña (Alianza Tres, 3ª edición, 1983); La realidad y el deseo de Luis Cernuda (Fondo de Cultura Económica, 1976; usado); La Regenta de Clarín (Alianza Editorial, 15ª edición, 1983); estuche con la tetralogía de Lawrence Durrell El cuarteto de Alejandría (Edhasa, 1978); El amor en los tiempos del cólera de García Márquez (Bruguera, 1ª edición, diciembre 1985); Poemas sociales, de guerra y de muerte (Alianza Editorial, 5ª edición, 1983) y Poemas de amor (Alianza Alfaguara, 7ª edición, 1982), ambos de Miguel Hernández; Libro del desasosiego de Pessoa en traducción de Ángel Crespo (Seix Barral, 5ª edición, septiembre 1985); Pedro Páramo / El llano en llamas y otros textos de Juan Rulfo (Seix Barral, 2ª edición, 1983); La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa (Plaza&Janés, 1ª edición, octubre 1981; usado); y Hojas de hierba de Walt Whitman en traducción de Francisco Alexander (Mayol Pujol, 3ª edición, 1983).
¿Qué criterio ha hermanado esta selección de títulos y autores de mi biblioteca personal? ¿Qué secreto impulso me obsequió poco a poco esos dieciocho volúmenes, su aliento imprescindible en mi itinerario de lector?

martes, 4 de julio de 2017

Las dedicatorias de los libros (lo mismo las impresas que las improvisadas a mano, y quizá más las destinadas que las recibidas) envejecen como un mal chiste, pierden muy rápido la pujanza o la gracia, se tornan anacrónicas casi en el instante de la rúbrica. A veces avergüenza reencontrarlas, nos abochorna su exacta persistencia tras una travesía inimaginable.

lunes, 3 de julio de 2017

El deterioro físico, la decadencia mental, los signos de la edad marchita. No es esto lo que más me conmueve de la vejez -pues a menudo se ceba, con más saña aún, en la vulgaridad insufrible del adulto joven-, sino la parcela de dignidad humana que arrastra consigo, la indefensión y el abandono. Lo veo, impotente, en mi madre.

domingo, 2 de julio de 2017

No es infrecuente confundir la perfección y el orden, como si el uno se definiera por la otra, o viceversa. Para el orden, la simetría es una burda tentación estética, un recurso estridente y sin alma, pura apariencia. O el espejismo de su verdad.
Retales para hilvanar unas memorias:
10. ALEGRÍA DE SÁBADO.

sábado, 1 de julio de 2017

En ocasiones pruebo a salirme de mí para observarme como si fuera un extraño. No es lo mismo que mirarse en el espejo del ascensor o en la cristalera de un comercio, con más o menos complacencia o desdén, sino asumir el desdoble tan completamente que yo dejo de ser mi cuerpo para ocupar el cuerpo del otro: el del inmigrante que hay sentado en ese banco y que acaso posa en mí su mirada, al pasar; el de la cajera del supermercado que no se atreve a levantar demasiado la persiana de sus ojos cuando me devuelve el cambio; el del músico callejero que me habrá visto acercarme y avanzar y perderme por esa acera decenas de veces, enredado en la madeja de mis pensamientos. Me esfuerzo en imaginarme qué queda de mí en ellos, en cada uno, cómo perciben ellos mis facciones y mi aspecto, el descuido aparente de mi atuendo, la presencia discreta de mis rasgos, la forma de caminar o de disimular mi atención por algo, esos gestos que uno repite sabiendo que los repite, como si actuara para sí mismo, como si el espectador de mi vida fuera siempre el otro, o yo mismo en cada uno de esos otros que registran mi existencia en su retina. ¿Quién soy yo para ellos, qué minucia o azar les hablará de mí?

viernes, 30 de junio de 2017

El ecuador del año coincide con el final de curso. Siempre ha sido así para quienes vivimos sometidos al ciclo escolar, primero como alumnos y después como profesores. La jornada de hoy, pues, se abastece de rostros y de nombres de colegas que terminan contrato o que cambian de centro, y de otros que se jubilan con o sin ganas, con o sin ilusión para seguir un poco más tras décadas de servicio; mas con la memoria repleta de experiencia docente, de cosas que contar. Es una pena que el sistema no sepa ser más sensible o más flexible con aquellos profesionales que lo hacen bien y de los que todavía podemos aprender todos. Algunos de estos y de aquellos rostros quizá no los vuelva a ver, y habrá nombres que se acaben diluyendo en las aguas del olvido, que desaparezcan casi por completo de los espacios que me habitan. A unos cuantos -jubilados o nómadas de la enseñanza- me hubiera gustado frecuentarlos más, escucharlos más, aprovecharlos mejor. Buena suerte.

jueves, 29 de junio de 2017

La conciencia de cada cual sabrá tasar cuánto debe a quienes lo engendraron, más allá de la generalización fundamental: la propia vida.
En lo que a mí respecta, entre los tantos y tantos recovecos de la heredad, aprecio sobre todo que nunca hayan estorbado a mi albedrío, valoro que -sin eludir el consejo y el buen ejemplo- siempre hayan respetado mi libertad.

miércoles, 28 de junio de 2017

La sandía, en el hogar de los padres, se llamaba y se llama melón de agua, para oponerlo al melón melón, ese al que con idéntica certeza nos seguimos refiriendo como melón de año. Quizá por un desplazamiento semántico pariente de la metonimia, o quizá porque en aquella cocina donde no existían la nevera ni el frigorífico solíamos ponerlo a enfriar en la pila donde se lavaba la ropa, yo, desde muy pequeño, di en nombrarlo melón mojado, denominación que aún emerge cuando la sobremesa veraniega nos sirve en cada tajada su guiño de nostalgia.
Traman los astros,
en la noche de junio,
su serenata.

martes, 27 de junio de 2017

Se pregunta Catherine L'Ecuyer sobre el "trance tecnológico": un estado que altera la capacidad de pensar serenamente en el ámbito de las nuevas tecnologías, que nos hace perder la perspectiva debido a lo que Pankaj Ghemawat (uno de los cincuenta pensadores en el mundo de los negocios) describe como una especie de adulación casi religiosa a la tecnología. Esa fiebre tecnológica, ese trance -por la analogía con la música techno, caracterizada por la repetición, la poca variedad de notas, y cuyas 128 a 150 pulsaciones por minuto producen efectos sobre la actividad cerebral-, nos aleja de la realidad y provoca un estado en el que se suspenden las funciones mentales normales de una persona. Tal estado puede hacernos perder la perspectiva y llevarnos a percibir un cambio tecnológico con una actitud de fascinación casi apocalíptica, que lo interpreta como radicalmente determinante y revelador del futuro.
Admite Catherine L'Ecuyer que conoce a muchas personas que sufren ese trastorno. Y concluye: ¿y tú?

lunes, 26 de junio de 2017

Alguna que otra vez, en los periodos de mayor sugestión, ha aparecido un escritor en mis sueños.
En una página de una novela aplazada habré redactado con más tino las circunstancias en que, en aquel tramo de una calle exacta de mi pueblo, caminé junto a Jorge Luis Borges, ofreciéndole mi brazo y escuchándolo decir, y cómo su rostro fascinado de ciego se detuvo un instante para mirarme sin verme y aconsejarme la lectura de los Nueve libros de la historia, de Herodoto.
En otra ocasión, mi musa onírica convocó a un contemporáneo cuya prosa me obsesionaba, Antonio Muñoz Molina, y a la mañana siguiente lo garabateé tal cual y más tarde le puse un título y lo incluí como un cuento entre los cuentos de La sonrisa del ahorcado.
¿Se pueden inventar los sueños? Hace un par de semanas, en la madrugada insomne, imaginé que soñaba de nuevo con Muñoz Molina, y no solo le confesaba de dónde viene "El último relato de MM", que es el título de mi cuento soñado, sino que al calor de la conversación le comentaba que leyendo Sefarad, muchos años atrás, encontré una imprecisión de la que no sé si alguien más lo habrá alertado: al evocar el suicidio de Cesare Pavese, en el agosto de Turín de 1950, se sugería que se había metido una bala en la cabeza o algo así, cuando se sabe que en realidad se había tomado varios tubos de pastillas de somnífero.
No supe averiguar -debí quedarme dormido- cómo encajaba la sutileza de mi reproche el escritor de Úbeda.

domingo, 25 de junio de 2017

Tomar la cama en diagonal, como el palo de una equis, y dormir sin interrupción hasta que me duela el cuerpo de tanto descanso.
Retales para hilvanar unas memorias:
9. LA DESPEDIDA.

sábado, 24 de junio de 2017

El gran poema -como el gran amor- no aparece cuando se le va a buscar. Se presenta donde quiere y a la hora que quiere, de improviso, y no necesita anunciarse para ser reconocido a primera vista. Y te hiere y te colma con saña desmedida, soberbio y soberano, tiránico. Como el gran amor.

viernes, 23 de junio de 2017

Ni educar es examinar ni examinar es corregir, sino todo lo contrario.
Pero en el proceso de enseñanza-aprendizaje subyace el docto afán de calificar para juzgar, de juzgar para discriminar y de discriminar para sentenciar, según los irrefutables patrones del conocimiento, los asentados criterios del saber y las trampas de la tradición.
Así las cosas, las evaluaciones escolares -en cualquiera de sus niveles- se definen al fin como una sarta de insensateces, de apreciaciones inculpatorias y/o autoexculpatorias, de palos de ciego y de agravios comparativos.

miércoles, 21 de junio de 2017

A Cristóbal de Castillejo nos lo citaba un profesor de Siglos de Oro que tenía entonces un aspecto ciertamente áureo -solo le faltaba gorguera al cuello- y exhibía un apellido florido; al recordarlo, siempre se me aparece en traje de tuno y cantando Clavelitos o Carita de azucena, aunque jamás lo vi de tal guisa, sino en compañía de su esposa y su abundante prole. Castillejo, decía, era el paradigma de la misoginia en una época en que rivalizaban en ingenio insignes literatos más glorificados que él, a la par que misóginos integrales, como aquel Quevedo y aquel Gracián.
Tres décadas atrás leí de Castillejo, a instancias del doctor Florit o por turbia curiosidad académica, el Diálogo de mujeres, donde vierte su rechazo de las féminas con versos que hoy sonrojarían por su tibieza y alertarían a los guardianes de la corrección política. Las que siguen son notas de mi mano que transcribo tal cual, sin poner ni quitar:
"Mala o buena, / nunca dexa de dar pena";
"y la que más llora, queda / a vezes con más plazer";
"Provocaros / pueden, pero no forzaros, / a que gustéys de su miel, / de suerte que de su hiel / podéys muy bien apartaros";
"Y de aquí / naçe, como siempre vi, / no poder en esta vida / la muger ser entendida, / porque no se entiende a sí / de mudable [...]";
"que te guardes de la mala / y no fíes de la buena";
"Comparado / es en esto al ahorcado / el que enamorado es, / que se sube por sus pies / donde ha de quedar colgado";
"manos se besan a vezes / que devrían ser cortadas".
Fue allá por diciembre de 1987, cuando casi todo estaba por venir.

lunes, 19 de junio de 2017

Aulas recalentadas por encima de treinta y dos grados centígrados. Chicos y chicas de catorce y quince años que deben permanecer sentaditos durante los cincuenta y cinco minutos del periodo de clase, durante los seis o siete periodos de clase que aprovecha la mañana lectiva de un lunes de mediados de junio en una ciudad del sureste peninsular. En el mejor de los casos, hay un ventilador por aula que funciona según turnos pactados: un tiempo ventilando desde el fondo y otro tiempo exacto desde la pared frontal, junto a la pizarra.
Paradoja de la enseñanza pública en España: presiden la estancia maravillosos medios de las modernas tecnologías -un ordenador sobre la mesa del docente, pantalla y proyector, conexión a Internet cuando la señal quiere conectarse-, prestos para ser utilizados en días como el de hoy, con el programa de la asignatura ya concluido y los exámenes realizados, a falta tan solo de la ponderación definitiva de la nota. Prestos para ser utilizados, sí, si no fuera porque activar el dispositivo y reproducir cualquier material pedagógicamente contrastado precisaría la bajada de persianas y el cierre de ventanas -el silbato y el traqueteo del tren se cuelan en el aula cada diez o quince minutos, desde la vía que discurre a cuarenta metros de nosotros-, por lo que el maestro y los discípulos no necesitan consensuar qué es hoy lo prioritario.
Reparto folios y propongo un ejercicio creativo, un relato de misterio que comienza así: "Hace tres décadas yo era un folio completamente blanco metido en un paquete de quinientos; los signos que sobre mí escribieron están destinados solo a ti, lector, y sé que te van a sorprender". Los cincuenta y cinco minutos transcurren en un silencio de fatiga, rumorosos en su promiscuidad de transpiraciones. Antes de que suene el timbre les dicto la última frase, la última indicación: "Ahora, lector, si te atreves, ponme un título".

domingo, 18 de junio de 2017

En los ámbitos de la cultura y del arte (que han sido asimilados definitivamente por la amplísima noción de espectáculo), los éxitos de masas segregan todavía su tufillo de impostura, de descreencia académica. Es como si, para los más puristas, para las elites, un disco superventas o un best seller de novela sometieran su integridad a una fórmula mágica o a una turbia receta de mercado que los hace sospechosos de algo. Pienso en esos cantantes aniñados y en esos escritores especializados en secuelas y rúbricas que de la noche a la mañana, o de un año para otro, aupados por una inercia de humo, alcanzan y se instalan en cifras multimillonarias.
Al otro lado, los fracasos por desatención o por olvido de sus contemporáneos, y su intrincada peripecia hacia el reconocimiento tardío, generan a menudo un halo atractivo de misterio, de justicia suprema, naturalmente dirimida en la trastienda del destino.
La música y la literatura, y la pintura y la fotografía, rebosan de ejemplos en una y otra dirección.
Retales para hilvanar unas memorias:
8. AÑOS DE VIDA.

sábado, 17 de junio de 2017

Todo del revés, todo adverso. Aunque resisto, qué difícil y qué amargo es sentir que hasta lo más noble de uno se zarandea y se desacredita y se acaba volviendo contra uno.
Meses atrás, en las hojas centrales de un periódico, me sorprendió el titular de una entrevista realizada a un escritor de segunda o de tercera o cuarta fila: venía a sentenciar, desde la soberbia de los hechos consumados, más o menos en estos términos, que al cumplir los cincuenta años es cuando de repente te das cuenta de que te has equivocado en todo. Le disculpé la exageración y le aplaudí la boutade, tan propia de cualquier escritor entrevistado, sea de tercera o de segunda y hasta de primera fila.
¿En todo? ¿Será verdad?

jueves, 15 de junio de 2017

Leí Contra la historia, de Cioran, en octubre de 1990. Ahora me asiste mi caligrafía de entonces con algunas citas inevitables:
"Las fuentes de un escritor son sus vergüenzas; aquel que no las descubre en sí mismo, o que las escamotea, está abocado al plagio o a la crítica";
"Todo acto exige un combate contra los mil motivos que tiene para no ejecutarlo";
"Dejarse morir es un acto de debilidad; aniquilarse, de fuerza";
"La inacción es divina".

miércoles, 14 de junio de 2017

Resurge, ligerísima, la apetencia casi olvidada de poner en orden (o de batallar una estructura que presumo imposible, o de simplemente conformarme con una selección definitiva) todos mis poemas inéditos (o casi inéditos, o edinéditos si se admite el neologismo) que se me fueron desprendiendo y cayendo en cartapacios de papel y en archivos de word desde hace diez y veinte y quién sabe si hasta treinta años. Hay tanto y tan variado (así en el registro formal como en las temáticas) que me da miedo aplicarme a bucear en ese abismo. Miedo y pereza, claro. A lo que añadiré otra pizca de mi escepticismo práctico: ¿para qué?

martes, 13 de junio de 2017

Me dice su madre que Darío, esta tarde, en mi ausencia, mientras leían poemillas y canciones de un volumen para niños, ha completado él solo una rima en aguda. Nos miramos y nos admiramos: una rima en aguda puede ser fatalmente el principio de una vocación, de un destino. Y dudamos entre congratularnos de su talento espontáneo o alarmarnos de su precocidad extraordinaria.

lunes, 12 de junio de 2017

Desde muy joven me percaté del desajuste, de los ritmos cambiados entre la energía que a mí me mueve y la velocidad del mundo. Cuanto más envejezco, más me doy cuenta de que todo a mi alrededor sucede con una aceleración y un vértigo a los que ni mi ánimo ni mi diligencia se saben adherir, cada vez menos. La lentitud y el silencio y el apartamiento me atraen desde aquellos años en que el adolescente que fui ya vislumbraba el desfase, la ineptitud esencial para el triunfo, la imposibilidad de adaptarme a un medio que se aleja, de fundirme en él. Me veo como un corredor de maratón que no para de avanzar y que no renuncia a la meta, pero que con cada paso se va quedando más y más rezagado, y apenas adivina por delante al grueso de competidores. Me abruma esta inercia inexorable, esta acucia de futuro que poco a poco nos devora.

domingo, 11 de junio de 2017

A mediodía intervine en un homenaje al poeta Francisco Sánchez Bautista, que hoy cumple noventa y dos años de lucidez intacta, de afectuosa memoria. Para la ocasión, he contado a la concurrencia cuatro cosillas que no podía dejar de contar y he leído el soneto que aquí calco y que no excusa dedicatoria: Para Paco Sánchez Bautista, buen hombre entre los hombres, verdadero poeta entre poetas, en el primer día de su año noventa y dos.

HOMENAJE

Semilla soy al borde de tu mano
en tierras anegadas por el fuego,
nube insinuando algún resplandor ciego
en el secreto surco de algún llano.

Me crezco en el viril tesón humano
y a su caricia maternal me entrego:
soy espera, ilusión, fe de labriego,
soy espiga dorada en el verano.

Mas cuando cesa la estival tormenta
y el fruto es cosechado, sin embargo;
cuando en la era, tras la trilla, aventa

el grave abuelo algún suceso amargo,
todos beben, sonríen, y él comenta
que el invierno con pan es menos largo.
Retales para hilvanar unas memorias:
7. CAQUIS.

sábado, 10 de junio de 2017

Aunque todo se puede llamar discurso, una cosa es discurrir y otra, bien distinta, discursear.

viernes, 9 de junio de 2017

Mientras conduzco, escucho el último disco de Joaquín Sabina. Hace semanas que lo hago y cada vez me gusta más, me atrapa más, me es más próximo. Hay letras que son auténticos poemas -"Quien más, quien menos", "Lo niego todo", "Postdata", "Por delicadeza"...- y versos que no quedarían fuera de una antología muy personal, muy mía. Nada nuevo, por cierto, porque la sensibilidad literaria y el equipaje retórico de Sabina (no sé cuánto le toca al ahora coletrista Benjamín Prado, amigo suyo) hace mucho que me ganó para su causa. Que no se muera nunca.

jueves, 8 de junio de 2017

Algunas palabras no solo nombran, no solo atesoran un significado, sino que se sitúan más allá de lo que refieren, en la región alta de los símbolos.
Como parte de una prueba final, les pido a mis alumnos que escriban en un folio durante media hora. No hay condiciones, ni géneros, ni variedades discursivas, ni indicadores gramaticales. No hay nada que los limite, salvo el buen uso del idioma y el horizonte de un título simple, invarible, común a todos. A un grupo le doy El muro; al siguiente, El puente; al tercero, El túnel. Después, disfruto leyendo la originalidad de sus propuestas, el alcance de su imaginación, el talento potencial, lo genuino.
¡Caben tantos mundos en dos palabras que se postulan como título!

miércoles, 7 de junio de 2017

Varios días con el sueño cambiado, durmiendo apenas cuatro o cinco horas seguidas, despertándome cuando al minutero del amanecer aún le faltan dos vueltas completas. No sé si culpar a los cafés que me tomo, a los desajustes estacionales, a las tareas pendientes que se acumulan con el final de curso o, simplemente, a los estragos de la edad.
El caso es que antes de las seis de la mañana estaba leyendo el tercer capítulo no numerado de mi edición conmemorativa de Cien años de soledad, ese que da comienzo con el hijo de Pilar Ternera. Y mi sorpresa ha sido que a las pocas páginas surgiera el personaje de Rebeca para traer consigo la peste del insomnio, una extraña enfermedad cuya manifestación más crítica es el olvido, que cerca al individuo y lo sume "en una especie de idiotez sin pasado". Algunos pasajes me obligaban a detenerme y releerlos con fascinación borgiana, como aquel en que Úrsula "hizo beber a todos un brebaje de acónito, pero no consiguieron dormir, sino que estuvieron todo el día soñando despiertos. En ese estado de alucinada lucidez no solo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por los otros". Y casi sin darme cuenta recupero la fórmula de manual de lengua que Aureliano concibió y que José Arcadio puso en práctica para defenderse de las evasiones de la memoria: "Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola".
Han pasado las horas, casi diecinueve, y todavía sigo despierto.

martes, 6 de junio de 2017

¿Qué haría con un millón de euros si tuviera un millón de euros? Si tuviera un millón de euros no me preguntaría qué haría con un millón de euros si tuviera un millón de euros. Y así con todo.

lunes, 5 de junio de 2017

Desde el instante de nacer, la vida va siempre un segundo por detrás de la muerte. Se tenga la edad que se tenga y con indiferencia del riesgo que entrañe lo que se haga, el salto es tan breve y tan ajeno a nosotros, tan fatal, que solo pensarlo da vértigo. La fragilidad es la misma aquí y en Alepo, en una aldea de Los Andes y en un puente londinense, a los tres años y a los cincuenta, a los diecinueve y a los setenta y seis, aunque diste mucho la percepción del peligro, la sensación de inminencia. Se dice que morimos en cada segundo; yo creo más bien que en cada segundo que pasa volvemos a nacer.

domingo, 4 de junio de 2017

Nueva tristeza. A mediodía me entero de la muerte de Juan, el Goytisolo más díscolo, el insobornable. La actualidad dura tan poco, y es tan larga la vida, que casi nadie recordaba que llevaba enterrado en su autoexilio de Marrakech veinte o veinticinco años, hasta que en 2014 a alguien le apeteció revivirlo unas horas para hacerle los honores del Premio Cervantes. Hoy, esta noche -el mismo día en que la secuela sin historia de un partido de fútbol colma un tercio del telediario, diecisiete largos minutos con distintas conexiones, grabaciones domésticas, gloriosas instantáneas y duplicidades informativas-, la cadena pública de televisión concede al autor de Coto vedado un apunte luctuoso de dos minutos. He aquí esa proverbial intuición que el moderno periodismo tiene de lo que al contribuyente le interesa.
Desayuno con la noticia de un nuevo asalto terrorista, indiscriminado, en Londres.
Lo peor no es el odio, sino el resentimiento que lo aúpa y la visceralidad irracional que lo domina.
Retales para hilvanar unas memorias:
6. LOS ALBARICOQUES.

sábado, 3 de junio de 2017

En el sueño -que se diluye sin trauma hasta que me despiertan los albores del día y me aplico a rememorarlo- hay un individuo de aspecto maltratado, de mediana edad, que me pide limosna en una calle céntrica. Me paro a hurgar en mi bolsillo y le doy una moneda pequeña, de veinte céntimos de euro, pero al cogerla se me queda mirando largamente, oscilando entre la decepción y el desafío. Le replico que si yo fuese un mendigo cultivaría la gratitud, en lugar de encararme con los transeúntes. Se me echa encima como si, más que de un cuerpo, se tratara de una forma sin peso, de una sustancia pegajosa de la que me desprendo a duras penas. Me voy de allí a rebufo de mi frase, dudando si cultivar era el verbo que yo quería que él me oyera. No imagino -ni necesito averiguar- qué significado le darán a este sueño los descifradores de sueños.

viernes, 2 de junio de 2017

Por fin, ayer, le devolví el mecanuscrito de su novela a un amigo. Había transcurrido casi un año desde que me lo cedió -casi quinientas páginas apretadísimas- y ya empezaba a sentir cierto apuro por mi poca diligencia, por no haber sabido estar al nivel de su confianza. No exagero si digo que este ha sido quizá el periodo más inoportuno de mi vida para entregarme a examinar un borrador de tales proporciones, de tamaña exigencia: soy incapaz de gestionar mi tiempo, si es que aún puedo llamarlo mío, y aquellas laboriosidad y energía de las que uno presumía son hoy rehenes de la decepción y del desánimo. En los márgenes del mecanuscrito anoté muchas cosas y al amigo le anticipé, de viva voz, unas cuantas; mas siempre con la sensación de que todo juicio estético bracea contra la fuerza de la subjetividad, de que toda apreciación crítica se torna etérea al confrontarla, sin sustancia real, como si habláramos de humo. Cuando lo vi marchar con la novela fue como desprenderme de una carga que regresaba a los desvelos de su dueño. ¿Qué será de esa historia y de la fe puesta en ella? Nadie lo sabe. Por lo demás, este amigo al que estimo y respeto es de los pocos que aún me quedan en la literatura.

jueves, 1 de junio de 2017

Un poema, si es honesto, no se escribe en horario de oficina ni en un despacho de trabajo ni con uniforme de escritor. Una página de prosa, en cambio, sí que puede escribirse de ese modo, aunque admita espacios ocasionales como la terraza de un bar, las dependencias de un aeropuerto y hasta una sala de profesores, que son lugares de paso, habilitados para la mecánica del discurso escrito y para las pequeñas intuiciones. Pero perseverar en una novela o en un ensayo de alcance sí exige ese despacho y ese horario y acaso ese uniforme, o al menos las elementales condiciones de disciplina y de constancia, la tenacidad productiva que solo administran ciertos hábitos.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Aprendiendo a decir no. Todavía.

martes, 30 de mayo de 2017

Alguna que otra vez, exacerbado por la calentura literaria, vinculé mi año de nacimiento con el de la novela Cien años de soledad.
Era un adolescente greñudo y esquivo cuando, atraído no más que por la mera fascinación de los títulos, saqué en préstamo de la biblioteca del pueblo un ejemplar del que no supe leer más allá de veinticinco o treinta páginas. Algo más tarde, en el oasis fertilísimo de mis estudios universitarios, adquirí la edición de Cátedra y la manoseé y la subrayé y la anoté como un poseso, inundado de gratitud. Fue el verano interminable de 1988.
Hace una década, con motivo de la celebración en Cartagena de Indias del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, la Asociación de Academias quiso homenajear a Gabriel García Márquez -su fábula cumplía cuarenta años y él se convertía en octogenario- con una tirada conmemorativa, en pasta dura, revisada por él y prologada con colaboraciones de Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Víctor García de la Concha y Claudio Guillén, amén de otros adornos epilogales. La compré, con alguna reminiscencia bibliófila, y ha permanecido encerrada bajo su precinto de plástico todo ese tiempo; hasta que hoy, hace un momento, ceremonioso, se lo he desprendido y la he estado hojeando.
La editio princeps fue impresa en Buenos Aires, por la Editorial Sudamericana, el 30 de mayo de 1967 -¡hoy vence el medio siglo!-, y en los primeros días de junio se vendieron sus ocho mil ejemplares. Me pregunto cómo será empezar a leer Cien años de soledad sin saber que empiezas a leer una obra de esa magnitud, ajeno al prejuicio benévolo que irremediablemente la acompaña desde entonces. Y cómo habrá sido avanzar por los párrafos de sus veinte capítulos durante aquel junio del 67, lector cómplice e incrédulo, lector sin trampa, chapoteando en el éxtasis completo de la revelación silenciosa.
Vuelvo a mi ejemplar, a la promesa tácita de inaugurar con él los atardeceres de otro junio en el sillón junto a la ventana, desde la atalaya concienzuda de nuestro respectivo año cincuenta. Los dos nos releemos al leernos de nuevo.

lunes, 29 de mayo de 2017

Fui un viajero tardío, sin vocación, sin avaricia. Viajé lo justo para recordar con demorada nitidez adónde y cuándo y con quién, y en qué orden se sucedieron mis destinos, y cuáles he repetido y cuántas veces, y aquellos cuya visita pende aún de alguna señal extraordinaria, de algún azar. No siento el capricho ni la necesidad de acudir periódicamente a otros lugares bajo la excusa de que nunca estuve allí, para fotografiarme junto a un monumento o para decir que contemplé tal museo, ni tengo tampoco la tentación de labrarme un currículum turístico que sorprenda a mis circunstanciales contertulios.
Quizá por eso conservo tan cerca ciertos instantes y secuencias que viví de forma residual y que, sin embargo, dibujan el verdadero puzzle de mis viajes: una casa de comidas en Madrid, una pensión de Granada, varios rincones de Lisboa, los arcos de via Po en Turín, un vino con vistas a la piazza d`Espagna en Roma, un pub con espejos en Glasgow, los minutos de un atardecer de fin de año desde una terraza en Marrakech, la lluvia desde una taberna céntrica de Barcelona, la puerta de una histórica librería de París...
El viaje, si no es al interior, es menos viaje.

domingo, 28 de mayo de 2017

sábado, 27 de mayo de 2017

Como la pluma
mecida por la brisa:
ser solamente.

viernes, 26 de mayo de 2017

Hacía tiempo que no imaginaba un título. Para mí, el título suele ser el principio de lo que luego se convertirá en libro; muy pocas veces me ha ocurrido que el título se me revele al final. Pero ahora lo he visto claro sobre la portada, y si lo abro me recreo con un índice de capítulos que alternan la refutación y el elogio, con alusiones clásicas y derivaciones hacia el mundo de hoy, hacia la actualidad más rabiosa y casi hacia el futuro inmediato, y ello desde el justo equilibrio de un ensayo divulgativo, asequible en su estilo, entretenido, sugerente, discreto. No es necesario hacer un estudio de mercado para averiguar que se venderán unos cuantos miles de ejemplares, la mayoría gracias a las bondades del boca a boca. Tratado sobre la pereza, tal es su título. Lo he visto claro, lo he rumiado en mi cerebro y he tenido el impulso de tomar alguna nota inicial, algún apunte que me sirva de trampolín, y casi con el mismo ímpetu se ha ido diluyendo como la arena en un reloj y he terminado escribiendo esta reseña entusiasta sobre un libro que no existe, que no existirá por mí, pero que podría... Ay, qué pereza...

jueves, 25 de mayo de 2017

Un visitador de este sitio me dice que ha leído lo que dejé el otro día, el martes, pero que se lo ha apropiado talmente como si fuera un poema, aunque no sean versos que riman ni se evidencie afán métrico, sino palabras seguidas en renglones seguidos.
Vuelvo al texto de los horarios y las prisas, a la guillotina del sueño y al tiempo agujereado por sus cuatro puntos cardinales, y lo releo imponiéndome una gravedad lírica, tratando de tasar el tesoro escondido y de recolocar sus piezas para sentir cómo suenan en su nueva apariencia. Quito y pongo sílabas, evito las tediosas asonancias, arriesgo encabalgamientos versales, procuro un cauce limpio que desemboque en la retórica de la pregunta, o acaso la duda, sobre si llegará el día en que echemos en falta cuanto enaltece nuestras quejas de hoy.
Pero algo falla: todo se me antoja artificioso, técnico, impostado. No me vence el misterio, no conecto con el alma de la idea. Así que borro todos los borradores y me digo que quede como estaba, como surgió aquel martes.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Jugábamos al juego de la falsa modestia, de la humildad con trampa.
Si os fijáis, soy poca cosa: un profesor sin galones, sin deseos de asumir jefaturas, uno más entre los muchos que sobrevivimos en la trinchera (con perdón) de una clase tras otra; sé de unos cuantos que me mandan por arriba y de nadie a quien yo deba mandar por abajo, y eso me tranquiliza, me otorga el maravilloso aplomo de la irresponsabilidad. Soy tan nada, aquí y fuera de aquí, que apenas conozco dos situaciones en las que me siento realmente grande, inmenso, como un dios (un dios con minúscula, pero un dios a fin de cuentas): una, cuando me expreso por escrito, cuando busco y encuentro las palabras que digan lo que quiero decir; y la otra, la otra... (aquí me entretengo buscando el efecto, con amplio dominio del escenario), la otra es... (bajo la voz, ralentizo su intriga) cuando alguno de mis hijos me llama papá.
En ese instante, casi todos los alumnos rompen en un aplauso espontáneo, quizá porque coincide con el timbre de salida.

martes, 23 de mayo de 2017

Un día llegará en que echemos de menos las prisas, los horarios, el estrés sucesivo, las inútiles quejas, las páginas de una agenda desierta y sin eventos, la guillotina del sueño en la alarma del despertador, las tareas que no admiten plazo ni excusa, este tiempo agujereado por sus cuatro puntos cardinales, tanta frustración elemental, tanto destiempo.
¿Llegará un día? ¿Lo echaremos de menos?

lunes, 22 de mayo de 2017

¿Qué recuerdan de nosotros quienes pasaron fugazmente o se quedaron un rato en nuestras vidas, qué huella les quedó que ahora, al referirnos desde lejos o al indagar en la hucha de la memoria, se les impone con la fuerza irreprimible de una anécdota, de un gesto del que no fuimos del todo conscientes?
Hace dos veranos, en las fiestas del pueblo, saludé a un compañero de aula en la escuela y en el instituto, un buen muchacho, un alumno brillante que hoy ejerce de médico anestesista. Me confesó que a menudo se acordaba de mis torpes progresos en la clase de francés: no había olvidado cómo una vez, antes de entrar a un examen, me dio por repetir frases y expresiones silabeándolas a la española, para no perder ni una letra, así le chat monte sur la table como les enfants mangent et boivent, registro humorístico de las formas originarias, respectivas, le chat monte sur la table y les enfants mangent et boivent.
Supongo que, en buena medida, ese soy o seré yo para él: el antiguo compañero de escuela y de instituto al que un día de examen le dio por repetir cómicamente, hasta memorizarla, aquella sarta de palabras de otro idioma.

domingo, 21 de mayo de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
4. HACE MEDIA VIDA.

sábado, 20 de mayo de 2017

Vida socio-literaria nula. O casi: a media mañana del jueves entré unos minutos al receptáculo donde trabajan las máquinas para fotocopiar hojas de exámenes. Una de las conserjes, que no ignora mis inclinaciones, me habló de una novelista a la que vio el otro día firmando ejemplares y la larga fila de interesados que esperaba turno. Es una mujer sin titulación, con un estilo muy sencillo, pero que al parecer gusta mucho. Esa es la clave para vender libros, concedí: no poner el listón alto y escribir fácil. Me insinuó que lo intentara yo, que escribiera una saga de esas con secuela que luego llevan al cine. Bromeé, como otras veces, que si yo supiera hacer un best-seller no tendría inconveniente en dejarme la literatura. Alcancé mi manojo de folios y salí al pasillo, un poco avergonzado de la arrogancia que acababa de cometer, pensando que los que leímos a Borges a destiempo estamos incapacitados para esa clase -legítima- de éxito.
Supongo que me lo diría, pero no consigo recordar su nombre ni dónde se celebró el evento.

viernes, 19 de mayo de 2017

1966 no fue un año prolífico en los diarios de Julio Ramón Ribeyro: apenas seis o siete páginas. La primera anotación, de enero: "Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar sólo migajas de felicidad". La última, sin marca de día ni de mes: "El camino al viajero: las huellas que he dejado en tus pies". Y entre ambas, un par de fragmentos subrayados por mi mano: "Para salir de la Agencia tendría que escribir una buena obra, pero para escribir una buena obra tendría que salir de la Agencia. En dos o tres ocasiones he roto el círculo mediante un viaje, una escapada, una renuncia. Pero ya tengo 37 años"; "Necesidad de codificar mis conocimientos, que por falta de uso se disuelven en el crepúsculo del olvido. Si supiera todo lo que supe, sabría más de lo que sé".

jueves, 18 de mayo de 2017

Es una maleta de materia pesada, chapada por las esquinas, que cierra con un enganche central y dos hebillas metálicas, una a cada lado. La tumba sobre una caja de la fruta y la destapa para mí, parsimonioso, como si alentara un misterio.
Hay casi una decena de escrituras de propiedad firmadas ante notario. Hay un sobre grande que contiene ensayos de planos a bolígrafo y planos oficiales hechos con líneas de computadora y otros papeles relacionados con la construcción de la casa. Hay un bloc pequeño lleno de anotaciones tomadas en el servicio militar, nombres de mandos, soluciones de galones y estrellas, contabilidades primitivas, esbozos de frases destinadas a una novia. Hay una libreta con el registro a mano, por fechas y cantidades, del cómputo de todos y cada uno de los camiones de vino traídos de Jumilla a Moratalla desde 1980, siempre de la misma bodega, la de Fermín Gilar. Hay pasaportes antiguos, carnets vencidos y fotografías anacrónicas, cartas de residencia y de trabajo selladas en su día por la administración francesa. Hay polvo, mucho polvo...
Cuando la cerramos y carga con ella hasta su modesto escondite me dice que esa es la maleta que se llevó a la dura siega de Albacete, y la que se llevó a Ceuta y a sus dieciséis meses de mili, y la que se volvió a llevar en sus viajes de trabajo a Francia, en las décadas del cincuenta y del sesenta.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Hace una eternidad, en un antro sublimado por el alcohol y la inteligencia, mi amigo Kosta me reveló el argumento de una novela o quizá de una obra de teatro que tenía en la cabeza: los personajes eran albañiles que trabajaban en la construcción de un interminable muro que rodeaba la ciudad, pero ni ellos ni el propio autor conocían aún el porqué de ese muro, y acaso nunca lo supieran, eso no era lo que importaba.
Legendario es el recuerdo de la gran muralla china, cuyos vestigios sorprenden a los turistas. Hace unos meses, el presidente de los Estados Unidos de América amenazaba patéticamente, inverosímilmente, con el levantamiento de un enorme muro fronterizo que separaría su gran país de hierro (según verso de Rubén Darío) del vecino pobre del sur. Berlín ya tuvo el suyo -su muro y su vergüenza, digo-, y su derribo por la presión social se convirtió en símbolo histórico de la tolerancia y de la convivencia en libertad.
Ahora, en mi ciudad -la casa donde vivo a un lado y el centro donde trabajo al otro-, ruidosas máquinas y operarios anónimos se afanan en erigir una tapia de varios metros de hormigón infranqueable que cortará al tráfico toda una calle, una tapia de varios metros de hormigón que relegará a su ostracismo a todo un barrio, bajo la excusa poderosa de que un tren velocísimo circule por sus vías, en superficie.

martes, 16 de mayo de 2017

Ya hemos volvido... El coche lo condució papá... Por poco me colo en el váter... Tú sálete de aquí y pónete allí... El arambután se ha morido y la arambutana se ha ponido triste... Porfa, ¿jubamos juntos?... Popótamo, calameón, borila...
Ah el encanto de los trueques silábicos, de las reinterpretaciones fonéticas, de las irregularidades verbales, sobre todo si es tu hijo párvulo quien graciosamente trueca y reinterpreta y pretende hacerlas regulares.

lunes, 15 de mayo de 2017

No hubo tiempo con más distracciones que este que nos tocó vivir. Mantener la atención sobre un objetivo perdurable, digno, y penetrar en lo profundo de cada cosa es una lucha continua, una agonía; aparte de una rareza de la que no se podrá salir indemne. Todo parece conducir a la trivialidad, a la epidermis, a lo accesorio. Triunfa lo vulgar, se ensalza sin esfuerzo, y nos arrastra consigo hacia su nada inevitable. Estamos perdidos.

domingo, 14 de mayo de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
3. LAS PRIMERAS VECES.

sábado, 13 de mayo de 2017

No me preguntes cómo pasa el tiempo es el título que tomé ayer y que he concluido esta tarde.
Es lo bueno de leer poesía: en sus páginas reinan grandes espacios en blanco y ello permite avanzar rápido, casi como si hojeara el periódico. A lo que se ha de sumar que el porcentaje de versos (no digamos de poemas enteros) ante los que uno se detiene suele ser minúsculo.
No obstante, con el mejicano José Emilio Pacheco sintonizo más que con otros poetas, al menos en su producción de madurez. Pero este volumen de Visor acota de 1964 a 1972, entre sus veinticinco y sus treinta y tres años, y se nota. He apuntado, amparado en algún detalle, en alguna sugerencia, las páginas 67, 99, 134, 165, 175, 204 y 210. Ahora vuelvo sobre ellas, paladeo versos, rescato unos pocos: "El tiempo nace / de alguna eternidad que se deshiela"; "¿Pensaste alguna vez en tu enemigo, / en el que no conoces / pero odia / cuanto escribe tu mano?"; "Nada quedó. / También en la memoria / las ruinas dejan sitio a nuevas ruinas"; "La luz: la piel del mundo"; "La poesía anhelada es como un diario / en donde no hay proyecto ni medida".
Esta noche No me preguntes cómo pasa el tiempo recupera su sueño vertical, en la cuarta altura de la biblioteca del despacho.

viernes, 12 de mayo de 2017

¿Cuándo se derrota definitivamente una vocación? ¿En qué lance sin gloria capitula el orgullo? Si tal sucede, cuánto alivio para el hombre, y qué descanso.

jueves, 11 de mayo de 2017

Que qué me gustaría hacer cuando me jubile, eso me preguntó. Largo me lo fiáis, le dije para salir del paso. Mas luego, tras un par de sorbos al café, discretamente, me sinceré conmigo: la verdad es que cuando me jubile me gustaría estar más cerca de mis padres, cuidar de ellos.

miércoles, 10 de mayo de 2017

La bolsa de la basura en una mano y el libro de poemas en la otra. Arriba, la Luna limpia, virginal, impasible, lúcida. Venturosa ocasión para olvidar quién fuiste, para entender quién eres.
Y se alejan, veloces, de nosotros,
devorados por una misma inercia.
Son los días, las horas, los minutos;
el instante presente que nos vive.

martes, 9 de mayo de 2017

En una página de los cuadernos de Albert Camus, extraña referencia a las cuatro condiciones de la felicidad según Poe; a saber: la vida al aire libre, el amor de un ser, el desprendimiento de toda ambición y la creación. Me pregunto cuál de ellas será la llave que abra las otras tres, cuál habrá sido (en el caso de Poe, en el caso de Camus) la más y la menos prescindible de las cuatro. Preguntas ociosas.

lunes, 8 de mayo de 2017

Cuando el 8 de mayo del 45 se dio por finalizada la guerra en territorio europeo, mi madre cumplió cuatro añitos.
Me la imagino sin tarta y sin regalos, y casi sin la conciencia de sus cuatro añitos. Me la imagino asistiendo poco después al aula de doña Lola Reche, un día sí y dos no, y ayudando desde su altura en las labores que la casa asignaba a la mujer. Me la imagino, con menos de diez, apartada ya definitivamente de cualquier oportunidad para formarse, yendo a por cántaros de agua a la fuente del Cañico, o cargando con el cesto de ropa hasta un recodo del río o de la acequia, o llevando al tajo la olla de comida para los hombres. Me la imagino ilusionada y feliz en sus correrías adolescentes, con toda la vida por delante, avejentada antes de tiempo. Me la imagino en su noviazgo discreto con mi padre, y la temporada radiante, de recién casados, en un pueblo del sur de Francia, y el retorno a la tierra de los suyos para alumbrar al primogénito.
El resto ya no lo imagino: la he visto cocinar manjares y portarlos hasta el mostrador de una taberna; la he visto acudir a las labores imperiosas que reclamaba el ciclo de la huerta; la he visto atender durante casi tres décadas el negocio de comestibles y bebidas. Y cantar sus coplas antiguas, y hundirse en intermitentes depresiones, y mearse de la risa, y coleccionar pastillas de colores, y sufrir por todo y por todos. Y abandonarse y olvidarse. Y quejarse. Y volver a reír.
Ayer celebramos sus 76, pero es hoy cuando los cumple.
Siempre me ha dolido su vulnerabilidad.

domingo, 7 de mayo de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
2. MI PRIMER RECUERDO.

sábado, 6 de mayo de 2017

A los diarios de escritores -que serán leídos preferentemente por otros que quisieran serlo o que no saben que lo son- se les exige un efecto balsámico, catártico; de ahí que la mayor parte de ellos -pienso sobre todo en Kafka, y un poco también en Ribeyro; en Pavese, aquí, pienso menos- se sustentan en las dificultades cotidianas para hacer una obra y, a menudo, en la frustración por no haber encontrado siquiera el camino. A los diarios de escritores, antes que el entusiasmo o la autocomplacencia, les cae mejor una cierta dosis de derrotismo, que el protagonista se lama las heridas y se solace en el fango del fracaso.

viernes, 5 de mayo de 2017

Horas interinas encadenadas en una sucesión sin pausa ni tregua.

jueves, 4 de mayo de 2017

Érase una vez dos hermanos gemelos: Eufemismo y Tabú. Aunque se querían mucho, había encontradas diferencias entre ellos. Tabú, de carácter reservado y autoestima más bien baja, se avergonzaba de sí nada más abrir la boca. Eufemismo, en cambio, era muy popular, caía bien a todo el mundo y, como suele decirse, estaba encantadísimo de haberse conocido. La verdad es que Tabú se sentía a menudo ensombrecido y ninguneado por su hermano Eufemismo, que no dudaba en anticiparse a sus tímidos intentos de hacerse ver y oír. Al fin, una mañana de mayo, mientras discutían en un parque [...].
Se me ocurrió esta mañana, al hilo de la clase, y arrancaba más o menos así. El resto será labor de los alumnos, de su bendita imaginación. Ya veremos en qué queda.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Observo dos maneras de leer (de leer novelas, sobre todo) y por lo tanto dos grupos de lectores. La lectura ingenua, primitiva, originaria, es aquella que satisface el gusto o muestra el disgusto sin condescender a nada más, mientras que la lectura viciada, seudoprofesional, es la propia de quien empatiza con la autoría (probablemente otro autor) y discrimina su decálogo de hallazgos y errores. La primera es espontánea, natural, y por lo mismo escasamente compasiva en sus juicios; la segunda explora las vísceras del texto y coteja la dificultad del empeño, los logros últimos, como si todo se redujera a un desafío técnico. La primera solo atiende a la recepción desde la recepción; la segunda se somete a la complejidad del proyecto desde la perspectiva del emisor.
Recién lo escribo me doy cuenta de que esta clasificación, al menos en parte, ya la apuntó Julio Cortázar cuando habló de lector-macho y lector-hembra. Pero solo en parte.

martes, 2 de mayo de 2017

Desentenderse de cuanto exceda el instante presente (sea la proyección hacia el futuro como el regodeo en lo ya pasado) y disminuir e incluso anular el dominio del ego, que siempre acecha tras sus múltiples máscaras. Tales son, si no entendí mal aquellas páginas de Osho, los dos grandes desafíos del individuo que busca la paz consigo, la calma interior, la felicidad o, como él prefiere, la alegría; todo lo cual se concreta en la disciplina de la meditación. Existir solo aquí y ahora; no elevarse sobre nada ni nadie. Carpe díem y beatus ille, o lo que es lo mismo, conciencia del ser y humildad plenas. Qué fácil parece... ¿O acaso entendí mal?

lunes, 1 de mayo de 2017

Lunes primero de mayo doméstico y sedentario, sin otras expectativas. En el paladar, un regusto amargo de sueños contrariados cuyas raíces no indagaré. El sol va desgranando las primeras horas del día y va tirando de uno, reprochándole la pereza enquistada. Me levanto a regañadientes, agotado antes de empezar. Ningún propósito, abrumadora sensación de transitoriedad. Pienso en la calma que me acompañó las semanas previas a mi cumpleaños cincuenta, tan lejos del desánimo actual, y no sé hallar una causa aparente. Ganas de refugiarme bajo el halo lírico de aquella letra de Joaquín Sabina, quién me ha robado el mes de abril. Por la tarde, siesta profunda, impremeditada. La cena, más laboriosa de lo habitual, fue bendecida con dos copas de vino. Ni he escrito el poema que me debo ni he avanzado en ninguno de los proyectos estancados. Leer, tampoco. Ahora, antes de publicar esto, compruebo que el televisor sigue emitiendo desde un canal infantil, mientras madre e hijo duermen en el sofá. Buenas noches.

domingo, 30 de abril de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
1. EN LA OLIVA.

sábado, 29 de abril de 2017

Todo es provisional, todo efímero; todo alberga un final de proporciones humanas. ¿Y eso te atormenta? ¿Acaso sufrirías menos si supieras que no lo es?
La extravagancia solo rinde prestigio si se cultiva con criterio, esto es, bajo la bandera de la coherencia, guste o no guste, se la vitupere o se la ensalce. Tal es la virtud que distingue a un genio de un loco; salvo que la historia del mundo ha acuñado honorables ejemplos -sin duda excepcionales, tanto en la realidad como en la ficción- en que no es prudente decantarse a un lado ni al otro: ¿qué fue el Nietzsche pensador antes de abrazarse al caballo y firmar como El Anticristo?, ¿qué fue Alonso Quijano mientras se aventuraba por los caminos de La Mancha e improvisaba discursos para los pastores de cabras?

viernes, 28 de abril de 2017

Cuando ya la primavera nos había embaucado con su generosa avanzadilla, se insinúa de pronto esa especie remolona del invierno que confunde atmósferas y estaciones, y nos fuerza a sacar del armario abrigos que habían sido desplazados y arrinconados hasta que se postule un nuevo octubre. Esta propina inoportuna de cielos grises y paraguas tímidos que hoy nos ensucia los zapatos y enfría nuestra espalda, que debilita músculos y trastorna pensamientos, será mañana la certeza incontable de los días de sol y la templanza sucesiva de sus noches. Llámese astenia primaveral un poco pasada por agua.  

miércoles, 26 de abril de 2017

La mañana prometía la irrupción en el aula de una pareja de actores que vendrían a representar un fragmento de ¡Ay, Carmela!, la exitosa obra de Sanchís Sinisterra. El enmarcado de la escena, entre la violencia verbal que presupone el enfrentamiento pactado conmigo -esto es, con el profesor, con la autoridad desautorizada por unos intrusos ante la mirada atónita de sus alumnos- y el ejercicio que sirve de colofón, deliberadamente precipitado, sobre los tres objetos que cada uno cogería de su casa si tuviera que salir aprisa por la inminencia anunciada de un bombardeo, ha sido no menos efectivo que efectista. Teatro al servicio de la memoria necesaria, teatro frente a la ignorancia y el olvido, teatro para alumbrarnos muy adentro, para escocernos ahí donde todavía nos sabemos personas.
Por la tarde, escucho en la radio que hoy -precisamente hoy, con una exactitud que sacude todas las geometrías- se cumplen ochenta años desde el bombardeo de Guernica, ese que arrasó la ciudad y se llevó consigo más de un centenar de muertos civiles, ese que, poco después, ocupó a Pablo Picasso en su cuadro más emblemático.

martes, 25 de abril de 2017

Hace poco, sorpresivamente, le oí decir -aún me sorprendo de la naturalidad con que lo dijo- que estaba conforme con todo lo que había hecho, que no se arrepentía de nada, que haría lo mismo si volviera atrás en el tiempo. Creo que su conciencia no manejaba el típico porcentaje de aciertos y errores con el que, considerado a posteriori, tanto nos castigamos a partir de cierta edad, sino que percibía su propia vida como un contínuum, como un desarrollo ininterrumpido en el que cada efecto justifica su causa, aceptando no tanto el resultado como el criterio aplicado a cada una de sus decisiones. Mi padre.

lunes, 24 de abril de 2017

Reecuentro inesperado con el borrador manuscrito de lo que -supongo- aspiraba a ser un poema a su debido tiempo. Está en una página -con la esquina doblada por arriba- de la agenda que utilicé en 2015, que me he puesto a hojear distraídamente mientras buscaba otra cosa. Ahora, de pronto, ya no sé si la tentativa tiene arreglo, si vale tal como la recupero o si acaso la fui puliendo en otra parte y ya no lo recuerdo. Quede, pues, así, en su eterna y venturosa provisionalidad:
Para todos nosotros
nace el día con sus dones.
Para quien poco espera,
para quien tanto aguarda.
Del último al primero,
dones y días y hombres.

domingo, 23 de abril de 2017

Siempre hubo una isla desierta a la que alguien se empeñará en que nos llevemos un solo libro. Lo determinante no es si existe tal isla, sino cuánto tiempo se nos permitirá permanecer en ella con ese único libro.
Mi respuesta, esta vez, va a ser más meditada que de costumbre. Si adopto un criterio desenfadado y festivo, digo que me llevaría el Manual del perfecto náufrago, broma que le escuché hace siglos a un premio Nobel de Literatura que pasó por la ciudad y dejó su impronta. Si me decanto por la legítima verdad, so pena de resultar poco ingenioso y nada original, acaso un fraude a las expectativas del auditorio, digo que me llevaría El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, porque de cuantas novelas he leído es, con absoluta certeza, la más vasta en nuevas sugerencias y reinterpretaciones. Si prefiero mostrarme genuino sin que ello suponga agravio a la sinceridad, digo que me llevaría las siete partes de En busca del tiempo perdido, porque aún no lo he leído y me daría, sospecho, entretenimiento para rato.
Otra cosa es si se me pregunta qué único libro de mi biblioteca salvaría de un incendio, o qué único libro de los escritos por los hombres y las mujeres de este mundo indultaría de una conflagración universal.
Buena jornada para redireccionar este discurso fechado en marzo de 2009, acerca de mi memoria de lector: Leer para vivirla.

sábado, 22 de abril de 2017

"El arte es compromiso y es sigilo".
Lo escribí en Necedarius, el libro más críptico que he dado al papel, el más inasequible también (alguien habrá que lo juzgue pretencioso), el más agradecido de mis líricas insolencias.
Conocí a nueve lectores que acaso entendieron algo o que creyeron entender (AGuirado, ASalom, DLópez, JA Martínez, JF Kosta, JM de Paco, MA Orfeo, Marta y Pepe), o que de sus ulteriores observaciones y comentarios deduje yo que entendían (Pepe y Marta, MA Orfeo, JM de Paco, JF Kosta, JA Martínez, DLópez, ASalom, AGuirado). Lo demás fue silencio: ni una sola reseña en un solo medio reseñable.
La obviedad es que el tiempo no ha sido benévolo con ninguno de mis títulos. Si la meta continúa siendo el olvido (como quería Borges), mi obra y yo debemos estar muy cerca de merecer el podio.
No obstante, el endecasílabo de arriba aún me parece válido. Y también estos tres (o dos y pico), verdaderamente premonitorios:
"He muerto ayer pero he muerto
Conmigo.
El epitafio es noble si son nobles
Los labios que repiten el misterio".

viernes, 21 de abril de 2017

Viaje de unas horas a la casa de los padres, hoy. No me imagino cómo será no haber nacido en un pueblo y haber huido de él, no conservar la referencia de un espacio mítico rural que contenga la memoria de los años y al que poder regresar de vez en cuando.
Recién llego, ellos sacan del horno su bizcocho artesano rectangular, de casi medio metro; yo, según habíamos previsto, les amaso la base para la pizza (aceite, cerveza y harina con unos granos de sal) y dispongo los ingredientes que sé que les gustan. Hemos hablado y hemos comido. Antes, en el huerto, le hice dos fotografías a mi padre, discreto y orgulloso, emergiendo de su pequeña plantación de habas, como un expedicionario entre matas tan altas como él. Luego he ido a las estanterías y, por enésima, he recolocado los libros buscando otro modo, un criterio definitivo y unánime que sin embargo nunca acaba de satisfacerme. Al caer la tarde deposito en el maletero las habas, una gran bolsa de naranjas, un manojo de ajos tiernos, un pedazo de aquel bizcocho que tanto echaré de menos cuando ellos falten.
Mi padre me despide desde la puerta, con un gesto de la mano. Mi madre se fue a caminar con una vecina.

jueves, 20 de abril de 2017

Hablar de fútbol es ceder a la frivolidad, someterse a los mil credos que apuntalan esa fe, dar pábulo a la inocencia presunta y presuntuosa de sus pasiones, contribuir a la desmesura ética y al disparate mediático, rebajarse.
Hablar de fútbol es siempre hablar de otra cosa.
La única educación posible es la que se sustancia en el ejemplo, tanto en el bueno como en el mal ejemplo. De tal palo... ya se sabe. La rigidez normativa y las prohibiciones no bastan, y tampoco los discursos, que en demasiadas ocasiones apenas sirven para disuadir de sus mismas razones, o bien para confrontarlas, para afearlas.
Si quieres que tus hijos lean libros o que respeten el medio ambiente o que no sean reos de una máquina dispensadora de imágenes veloces, lee tú con ellos, o al menos lee tú para que ellos te vean leer, sé tú respetuoso con el mundo y que ellos te vean serlo en tu hora cotidiana, no te abandones tan fácilmente a la facilidad de cuanto repudias cuando no eres tú quien lo practica.
Parece una edulcorada proclama publicitaria, una cuña pastelosa con estrategia de mercado; pero así lo entiendo, y así se me confirmó este mediodía: aguardaba yo con Darío, junto al paso a nivel, sin precipitar mis urgencias, paciente, y me ofuscaba y me indignaba a partes iguales porque otros padres y otras madres con su respectiva prole, pequeñajos de la mano o sujetos al carrito, se aventuraban a atravesar la vía pese a la ruidosa señal de alerta. Todo un ejemplo.

miércoles, 19 de abril de 2017

Día sin molla, con todo el tiempo para no hallarlo, para echarlo de menos antes de que se borre, para quejarnos de su promesa incumplida y de su fórmula naturalmente efímera, huidiza, frágil.
Tocaba dedicar la tarde al coche, perderla en él, y así ha sido. Primero la tantas veces postergada reposición de aceite y filtros; después, la visita por ley a una de esas superficies de inspección técnica donde se somete a control y examen, previo pago de las tasas oficiales. En total, más de cuatro horas pendiente de la desgana de los sucesivos operarios, aburrido de observarlos yendo y volviendo en el trasiego exasperante de sus vidas, tan cansinos y tan tristes, tan agrios.
Pocos lugares (para mí) más inhóspitos que un taller mecánico de vehículos a motor. Por aquí la mugre y el hollín, las manchas residuales, esa amalgama sucia de polvo y lubricante; por allá la propia estética, el paisaje de acero y hojalata, la sordidez pesada de las herramientas, la insufrible metalurgia de las piezas y las cosas, los ruidos y olores, un gato que cruza con un ratón en la boca.
Ya en casa, enemistado conmigo mismo, me propongo relajarme (es un decir) mientras miro en la pantalla silenciada del televisor cómo agoniza otro partido de fútbol.

lunes, 17 de abril de 2017

Durante mucho tiempo, el sentido común y la sensatez supieron avanzar juntos, de la mano, o quizá es que la una no era más que una cualidad del otro. Conforme dilapidamos este presente que para nuestros nietos constituirá el pasado, la historia con minúscula y la Historia con mayúscula, me doy cuenta de que el sentido común y la sensatez han echado por caminos distintos, a menudo opuestos. Basta mirar alrededor y tratar de ver; basta mirarnos de frente en cualquier espejo.

domingo, 16 de abril de 2017

No hay vuelta a Cioran que no compense, sea por su fatalismo, sea por su lucidez. Abra el libro por donde lo abra (hoy, al azar, por la sección VI de Del inconveniente de haber nacido), siempre hallo el dardo exacto, la revelación cómplice, el nihilismo sin fisuras: "La sustancia de una obra es lo imposible: lo que no hemos podido lograr, lo que no nos podía ser concedido; es la suma de todas las cosas que nos fueron negadas". Y más abajo: "El único medio de salvaguardar la soledad es hiriendo a todo el mundo, empezando por aquellos a quienes amamos".

sábado, 15 de abril de 2017

En los canales de televisión local -todos los municipios han patentado el suyo propio- se escenifica de continuo la autocomplacencia pueblerina y el regodeo en un modelo de identidad tergiversado por los culturetas del lugar. Da pasmo ver y escuchar a quienes desean mostrarse y dejarse oír, repetidos en la pantalla de cada vecino, y cualquier manifestación del orgullo de pertenencia se interpreta patético e impostado, irremediablemente ridículo. Lo difícil es asumir la marginalidad, juzgarse ajeno.

viernes, 14 de abril de 2017

Escritura como resarcimiento: de lo vivido y de lo no vivido; pero también del sinvivir y de todo lo invivible.
El poema que surge de las vísceras se justifica en ellas y por ellas, y es acaso más luz y más poema.

jueves, 13 de abril de 2017

En 2004, mis paisanos me encomendaron el pregón de turno para ensalzar la Semana Santa del pueblo. Fue una temeridad (por su parte) y un sonoro desafío (por la mía). Aunque cada año que pasa soy menos semanasantero, me picó el orgullo y acepté, sabiendo que la de Moratalla podrá ser cualquier cosa, pero no santa. Escribí un manojo de folios que, ahora releídos, me parece que dicen bien lo que aquel niño y aquel joven sintieron cuando se acercaba cíclicamente la época de los tambores, o lo que el adulto de hoy desea entender que sentían. Léase aquí.

miércoles, 12 de abril de 2017

Aviso para inconformistas de conciencia: muchos de nuestros errores del pasado fueron antes proyectos de futuro.
La única gran guerra -lo expreso así, aun a riesgo de parecer frívolo- es la que cada cual libra consigo mismo. Ninguna batalla es decisiva, ni siquiera la última. Y todo acaba en tablas.

lunes, 10 de abril de 2017

Horas de arena y sonidos de mar bravo. Somos la fragilidad de cada instante, la adormecida inercia que sabe nuestros pasos y averigua nuestras detenciones y caídas. Quiero aprender a respirar aquí, oxigenar mi alforja, limpiarme los pulmones y la sangre con una buena ración de indiferencia.

domingo, 9 de abril de 2017

Siempre la Luna guarda un recado para los que la miran. Hace un momento, mientras volvía de arrojar varias bolsas con desechos a los depósitos que la autoridad dispone, me ha susurrado estos versos que me apresuro a registrar:
Soy la misma de ayer, la de mañana;
la que existe en los ojos de los hombres
que fueron y serán, como en los tuyos.
A todos sobrevive mi presencia
redonda y femenina, el hechizo
que dice su misterio a los que aman
y asesina a un poeta cada noche.
Guárdate de ser tú, vuelve a tu nido.

sábado, 8 de abril de 2017

Se llama vacaciones, pero no es cierto; o, al menos, no es del todo verdad.

viernes, 7 de abril de 2017

Echo cuentas desde la modorra de sofá que mira al techo y concluyo que, si dispusiera de tiempo a mi antojo, aún necesitaría un sexenio solamente para inventariar las empresas aplazadas u olvidadas y para retomar y definir los antiguos borradores; esto es, para poner orden en las cosas mediadas y, por así decirlo, limpiar mi currículum de frustraciones. Sería entonces, si dispusiera de más tiempo a mi antojo, cuando uno podría entregarse a nuevos proyectos, muchos de ellos ya esbozados o guardados bajo llave en algún lugar de la memoria, y volver a disfrutar de una obra por delante.
Soñar despierto se encarece por horas.

jueves, 6 de abril de 2017

Me bajo de un salto en la parada del Palacio de Justicia, ávido de callejear por el centro. Aunque no he sido ningún calavera, ningún noctámbulo de los de antro fijo y camaradería de barra, tengo años para reconstruir en cada esquina ese rostro y esa imagen de entonces, esa anécdota perfectamente ubicada que ahora se recrea en la memoria. He vivido en varios inmuebles de la zona, he dejado parte de mí en todos ellos.
Mis huesos acaban, como de costumbre, en una librería, donde paso revista al expositor de novedades. Entre ellas, De qué hablo cuando hablo de escribir, un sugestivo título de Murakami que a mí me retrotrae a De qué hablo cuando hablo de correr (maratoniano Murakami) y que al más simple rastreador de títulos ha de llevarlo sin duda al clásico De qué hablamos cuando hablamos de amor, los cuentos de Carver. He estado a punto de comprarlo.
Después reparo en una selección, aun así voluminosa, de los diarios de Paul Léautaud, aquel personaje. Abro al azar por el viernes 7 de abril de 1944, y leo: "Al volver de mis compras, me he encontrado con Picasso, en la calle Jacob. Yo estaba en una acera; él, en la otra. Ha cruzado para venir hacia mí"; y continúa con el registro de la breve conversación que ambos sostienen sobre la guerra que se está librando en Europa. He estado a punto de preguntar el precio.
Cuando salgo, el sol todavía no se ha ido de los edificios más altos.

miércoles, 5 de abril de 2017

De pequeño, en mi pueblo no se sabía lo que era un pediatra, o al menos mi inocencia de niño no conoció a ninguno. Médicos había dos, el gratuito que lo atendía todo y a todos, y el de paga, que aceptaba visitas en una sala de su propio domicilio. Si el médico de familia así lo creía, derivaba al enfermo a una consulta específica en Murcia, la capital, para que lo vieran y trataran otros ojos y otras manos más experimentados, lo cual significaba dos horas de ida y dos de vuelta en el viejo coche de línea, más la propina de un día desperdiciado entre ruidos y distancias, comiendo la merienda en cualquier banco de cualquier parque, ninguneado por la urbe, con una indescriptible sensación de extravío.
Con el ejercicio de la paternidad he frecuentado a unos cuantos pediatras, y en verdad que los hay para todos los gustos. Unos son más alarmistas y otros interpretan los síntomas con una naturalidad pasmosa; unos escupen su diagnóstico casi con rencor y otros se demoran explicándolo con afectación pedagógica; unos se hacen con la voluntad del paciente desde que entra por la puerta y otros lo auscultan con remilgos y lo trastean temerariamente, como si fuera un trapo o un robot.
Hoy me he topado a un pediatra que, pese a rozar la edad de jubilación, aún no conocía, un hombre a quien no sé dar nombre y que se define en la medianía de cualquier extremo, sobrio y amable en la medida justa, discreto, dibujado en unos rasgos que no sabría recordar.

martes, 4 de abril de 2017

Uno llega exhausto, casi sorprendido de que le quede un resto de energía para destapar aún el ordenador y poner los dedos sobre el teclado. Tantos asuntos pendientes, tantas tareas circunstanciales que no se terminan nunca, tantos aplazamientos forzosos que supeditamos a los hábitos domésticos, tantas urgencias que imponen su criterio confuso. Ahí me aguarda la novela estancada desde hace un año, por aquí y por allá los poemas que se me extraviaron sin darles al menos el cobijo de un volumen y que a esta altura ya no sabría recuperar, y sobre todo, por todas partes, las ganas cautelosas de emprender algo nuevo, la necesidad de concederme la ilusión de un orden perdurable.
Con los ojos enrojecidos de cansancio, agotado el cerebro, sin ideas sensatas, dejo atrás los renglones y vuelvo a cerrar la máquina. Me desnudo a tientas y compruebo que sigue activa la alarma que me despertará mañana, como cada mañana, fija en la misma cifra.
Ya duermo.

lunes, 3 de abril de 2017

La técnica es un instrumento al servicio del talento; la disciplina y la voluntad, también. Cualquier inversión en el sentido de los factores abrirá mil puertas a la impostura y a la mediocridad, aunque no es improbable que por alguna de esas puertas se cuele el espectro de lo que llamáis éxito.
El primer verano apareció un gato que se dejaba querer y lo bautizamos Rubén, para que fuese inseparable de Darío; el siguiente ya merodeaba un rival al que le pusimos Gustavo, para que se prolongara la estela de poetas ilustres. Rufino estuvo en su mano unos minutos, pero desde entonces todos los caracoles que nos salen al encuentro llevan el mismo nombre. También se presentaron los perritos Toby y Nico, uno marrón y el otro blanco, cuya mamá, invariablemente, solo puede ser Helena.
Poco a poco fueron llegando las reproducciones de plástico: los inseparables Ramón, el elefante, y Manolo, el león; las dos cebras idénticas que la intuición llamó Rosana y Felipa; el mamut Carlos, que extraditó Federico de su intercambio francés; la jirafa Rafa; el dinosaurio Florentino. Hay un rinoceronte y un hipopótamo que permanecen aún sin etiquetar, en su limbo de juguete.
A la mona Saltarina del cuento de papel y al cocodrilo Drilo de la pandilla de moda, ya con sus respectivas nominaciones de origen, hubo que añadir el ejército de peluches: la vaca Lola (que tiene cabeza y tiene cola), el elefante Pepe (insólita asignación del propio Darío) y un largo etcétera que todavía no ha merecido el preceptivo baño del Jordán.
Mientras haya quien nos nombre, sabremos que existimos.

domingo, 2 de abril de 2017

Entre la caricia y la cosquilla se libera el preciso dominio del placer; salvo que la naturaleza indomable -que huye de convenciones, que coquetea con lo mórbido, que suscribió un pacto secreto con lo prohibido y extremoso- también indaga su verdad por otros cauces.

sábado, 1 de abril de 2017

Mi afición a las frases elocuentes, a los aforismos y sentencias, viene de lejos. Todavía no me afeitaba la barba cuando leí o capturé al vuelo estas palabras que luego registré en cualquier cuaderno: "El Arte es una amante celosa, que no admite rivales". Es probable que desde entonces me haya afeitado alrededor de cinco mil veces, según una estimación aproximada, y que me haya susurrado esas mismas palabras en cientos de ocasiones, y que mi fe se haya inclinado ante el compromiso noble que destilan. Sin embargo, hasta hoy no había reparado en que nunca me las tomé demasiado en serio (ya saben: me casé dos veces, tuve tres hijos...). Sé que la mayor parte de quienes se sueñan artistas han afrontado algún día la dolosa disyuntiva de elegir entre acomodarse a una forma de vida y entregarse a la tiranía de una obra. Yo no: yo nunca calculé seriamente que una familia (o dos) pudiera ser impedimento para mi carrera literaria; yo siempre confié en que ambas, familia y carrera, se realizarían codo con codo, sin estorbarse, cómplices de un único destino; yo...
Temo que hasta el último latido me acompañará la duda de lo que hubiera podido ser (de un lado) si no hubiera sido cuanto fue (del otro lado).

viernes, 31 de marzo de 2017

En el gesto de arrancar y arrugar una hoja del almanaque, cuando acababa el mes o en las primeras horas del siguiente, había una determinación y una conciencia de cambio, de salto entre dos fechas, que hoy adquiere para nosotros el tono amarillo de las imágenes antiguas, su regusto anacrónico. Había en aquel gesto, también, una cierta solemnidad, un desgarro del tiempo vencido frente a la promesa de los treinta o treinta y un dígitos que quedaban por delante, un discreto ejercicio de borrón y cuenta nueva.
Termina marzo y empieza abril, y lo hace sin transición, sin la licencia de los gestos, como si ambos meses fueran emisarios de una loca voracidad sin tregua.

jueves, 30 de marzo de 2017

Desconfío de los artistas que desdeñan la inspiración oponiéndola al trabajo. Aprender a crear las condiciones, el clima propicio, el resorte necesario, es una tarea que juzgo inseparable del mismo acto creador. Sentarse a escribir o inclinarse ante un lienzo no basta cuando no se vive en un continuo estado de alerta. No en balde dijo Graves, Robert Graves, que el primer verso lo dictan los dioses, que el resto ya es obra del poeta.
Los apóstoles de la digitalización compulsiva, los adoradores de la pantalla eléctrica, los fieles de la divinísima Internet, los satanizadores del papel y la tinta, los fundamentalistas de la modernidad más desalmada, han tomado las aulas, y anuncian que vienen para quedarse. A saco, sin filtro, con esa fijeza dócil y perentoria que les va abriendo las puertas de su cielo. Su credo es tan convincente que cada día suma adeptos: no se puede luchar contra el futuro, al parecer irreversible; no se puede ir contra la corriente de unos tiempos que encumbran la virtualidad y la inmediatez, que se felicitan de la globalización de lo superfluo. Inútil recordarles que hay futuros que no tienen porvenir.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Si en el corazón de la mañana de miércoles se abre un hueco no esperado, un regalo de la providencia del docente, yo echo a andar sin rumbo y me dejo conducir por la dulce inercia de aceras, de jardines y de plazas. La ciudad se exhibe, bulliciosa, indiferente a quienes existen sometidos a horario y nómina. Rebaños de turistas con su estrafalaria pose de turistas y oleadas de muchachos que cargan con sus mochilas a la espalda colonizan los adoquines bajo un sol ya no de marzo, ya más de abril. Sentado al resguardo del toldo en la terraza, el enigma de un hombre da sorbos al café, agradece los dones y las vistas y atrapa en su libreta el mismo verso, la misma plenitud de tantas veces, quizá con otra música.
Respiro aquí mi fe,
henchido de esta brisa
sin promesas ni altares,
sin después que me obligue
ni ayer que me doblegue.
Respiro aquí: me basto.

martes, 28 de marzo de 2017

Tras una larga temporada replegado en mi concha, los astros se alinearon para que en el intervalo de una semana haya acudido a un par de presentaciones, una de un texto teatral y la otra de un ensayo muy crítico sobre el estado de la enseñanza en España. Ambas me captaron por razón de amistad con sus autores, lo que no es, por cierto, mala razón. En las dos saludé o me saludó algún que otro frecuentador del mundillo que inmediatamente me reconocía y me preguntaba dónde me escondo, si tengo poemas nuevos para publicar y otras solemnidades de salón a las que no supe responder sino con mi calculada ironía o con mi incalculable cinismo, según los casos. En las dos presentí el afecto discreto de los protagonistas respectivos; en las dos, también, un insólito modo de desubicación que, por paradójico que suene, satisfacía la telaraña profunda de mi ego.

lunes, 27 de marzo de 2017

De la precocidad de Camus dan fe las constantes intuiciones que jalonan sus diarios. A los veinticuatro años, en agosto del 38, ya anticipa los primeros párrafos de El extranjero, que se publicó en 1942, y desliza notas sobre su versión teatral de Calígula, de 1944. La agudeza y la lucidez, a menudo incisivas, nos salpican aquí y allá desde las primeras páginas: "No se piensa sino por imágenes. Si quieres ser filósofo escribe novelas"; "El placer nos aparta de nosotros mismos"; "La necesidad de tener razón, signo de un espíritu vulgar"; "Uno se determina a lo largo de su vida. Conocerse perfectamente es morir"; "Cultura: grito de los hombres ante su destino"; "Soledad, lujo de los ricos"; "Encontrar una desmesura en la mesura"; "El cinismo, tentación común a todas las inteligencias"; etcétera.

domingo, 26 de marzo de 2017

Aunque soy tan sensible como cualquiera, lo cierto es que ni la literatura ni la música me han deparado demasiadas lágrimas. Hablo de ese marasmo que sucede dentro del pecho y que, en escasos segundos, sin que uno lo domine, escala hasta los ojos y los nubla. Disfrute estético e intelectual sí, pero verdadera conmoción física, visible para otros, en muy pocas ocasiones.
Me recuerdo llorando -literalmente llorando- mientras avanzaba por los diálogos entre aquel Cipriano protagonista de La caverna (José Saramago, 2000) y su hija. En cuanto a las canciones y sus letras, más proclives que otras artes (sálvese el cine, sálvese la poesía), hay una que siempre me afectó con especial encono: Qué va a ser de ti, un tema de Joan Manuel Serrat que ya me emocionaba antes de ser padre, pero que después de serlo se ha ido concretando en el nombre y en la imagen de Helena, de mi Helena. Es una punzada de ternura sin límite que se nutre del vértigo de las edades y se contagia de la fuga incesante de la vida que somos, de la nostalgia y la incertidumbre y el vacío en que convergirán al fin todos los pretéritos y todos los futuros.
Esta noche Helena se sube a un avión que ella misma reservó y viaja a Londres, y duerme en Londres, y amanecerá lunes en Londres, junto a una compañera de su primer curso en Bellas Artes.

sábado, 25 de marzo de 2017

Anoche salimos a cenar bajo la excusa de una efeméride íntima.
Como no habíamos reservado, el primer intento resultó fallido. Mientras nos cofirmaban que no era posible, identifiqué en la barra a un antiguo conocido, amigo de un amigo, que tapeaba con la que presumo que ha de ser su pareja. Él se llama José Antonio y es de Mula, estudió Derecho aquí y, curiosamente, no nos habíamos visto en lo que va de siglo, de milenio. Ignoro si él me reconoció a mí, pero yo no me decidí a saludarlo.
En el siguiente restaurante nos emplazaron varios minutos, mientras se vaciaba una mesa. Nos sentamos por fin, yo de espaldas a la pantalla donde se emitía un partido de la selección española de fútbol. De inmediato, en un extremo de la barra advertí a otro antiguo conocido que hablaba bajo y cenaba junto a la que será su esposa. Se llama Luciano y es profesor de Historia; compartimos claustro en mi primer destino, hace la friolera de veintidós cursos, precisamente en un instituto de Mula al que muchos días acudí de paquete en su coche, cuando yo no tenía ni carnet. Su mujer, si es la misma, se seguirá llamando como la refirió una sola vez y no he olvidado: Paloma. Apenas ha cambiado, sigue como entonces. Supongo que no le resultará difícil acordarse de mí, y que no le habría sido ingrato que yo me acercase, pero ni siquiera sé si me vio. Dudé, sí, pero tampoco a él me decidí a saludarlo.
Luego, al regreso, me censuré en silencio esa prudencia mía, esa pereza de los hábitos sociales. Cuántos años habrán de transcurrir para que me los vuelva a cruzar en cualquier sitio. Si me los cruzo: nunca sabremos con quiénes hemos coincidido por última vez en esta vida.

viernes, 24 de marzo de 2017

Finalmente recupero los Carnets de Albert Camus, a los que puse una señal por diciembre del 38, y los cinco relatos que acompañan en un solo volumen a la novela breve La playa, de Cesare Pavese, leída hace unos meses. El primero falleció en accidente de tráfico en la Borgoña francesa, a los cuarenta y seis; el segundo se suicidó en un céntrico hotel de Turín, a escasos días para haber cumplido los cuarenta y dos. Ya tengo más edad que muchos clásicos.

jueves, 23 de marzo de 2017

Elegir la lectura que nos acompañará diez o quince minutos cada noche, antes de apagar el foco y cerrar los ojos, no es tarea simple. A mí me gusta disponer de un par de libros al alcance, para turnarlos, títulos cuya letra sea grande y su composición fragmentaria, y a ser posible condescendientes con un hombre que, a mi edad, fija el despertador a las siete, transcurre por varias aulas, vuelve taciturno y no puede perder tiempo en someterse al rito de la siesta. De modo que cuando el cuerpo recupera su horizontalidad primigenia, a eso de las once y pico o las doce, ya a mi espíritu no le queda ánimo para demorarse con las palabras de otros. Hace rato que vivo curado de insomnio, sí; pero entre tanto los días se suceden y yo no me decido a dignificar la superficie lisa de mi mesilla de noche. De mañana no pasa.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Muchas veces, la mala conciencia se concreta en un desajuste interpretativo entre lo que un día hicimos o dijimos y lo que, llegados a este punto, aún no sabemos si debimos hacer o decir. Otras muchas, no.
Con suerte o sin ella, le faltan más de diez años para liberarse definitivamente del trabajo al que acude y lo mantiene. La otra tarde se sorprendió a sí mismo fantaseando con ese futuro, coqueteando con el sueño de la cada vez más cercana jubilación y poder dedicarse a otras cosas que, así lo cree él, son las que de verdad anhela, las que llenan la ilusión del porvenir. Qué enorme torpeza... Y cuánta ingratitud habrá de acumular en el tramo baldío que discurra entre ese hoy y aquel entonces...
Habla su conciencia; sus dedos lo teclean.

martes, 21 de marzo de 2017

Ramón Gaya sentado en una silla, él solo, en la penumbra de la sala, mirando la pantalla sorda del televisor.
Desde que Juan Ballester, amigo de la persona y del artista, me deslizó un día esa curiosa estampa, muchas veces me he visto reflejado en ella de un modo que regatea cualquier explicación. Noble imagen de la inocencia y el asombro, de la mansedumbre y la sorpresa, del ser ensimismado en trance creativo.
A Ramón no lo conocí, pero presiento en su atmósfera vital un refugio de melancolías satisfechas, de reposo expectante, de gozo quizás. Como en su pintura.

lunes, 20 de marzo de 2017

Todo se enfría, todo se desapasiona, todo busca su calma anterior.
Los misterios se revelan o, lo que es más terrible, se diluyen poco a poco.
La nada se aproxima con sus fauces enormes.

domingo, 19 de marzo de 2017

Hay recuerdos que, sin serlo, nos pertenecen por derecho, referentes que se integran en nuestra memoria para que sea ella la que los elabore, en un proceso inverso.
Era yo un bebé de pocos meses cuando mi padre me llevaba en brazos, y ambos sobre la burra de mi abuelo. Regresábamos de un día transcurrido en la zona de baño que llaman Somogil, a varios kilómetros del pueblo. Justo en un repecho del camino -siempre que pasamos por ahí volvemos a concretar las circunstancias y el lugar exacto- el animal dio una espantada que nos derribó a los dos, de manera que mi padre cayó conmigo, pero hábil para hincar los codos en la tierra sin que mi cuerpo se despegara de la fortaleza del suyo. Fue un gran susto para él y no lo fue menos para mi madre, que marchaba muy cerca de nosotros, a pie.
Es improbable, por edad, que mi memoria haya registrado ese instante tantas veces repetido como anécdota familiar; sin embargo, lo evoco vívidamente, con asombrosa precisión de imágenes.
En el trato social, lo que más me entristece es el desaire, la ingratitud; en el familiar, la frondosa telaraña de compromisos cautivos, el cíclico rigor de los calendarios impostados.

sábado, 18 de marzo de 2017

Durante muchos años acumulé decenas de libros, en la esperanza de que la edad adulta me otorgaría las condiciones mínimas para entregarme a su lectura. Vanas esperanzas, pues los estantes que ahora controlo y los que dejé de controlar atesoran demasiados volúmenes que aún no he leído, que ya no leeré, que empecé a leer y abandoné sin claudicar del todo, que ni siquiera sé cuándo ni bajo qué excusa tuve la debilidad de adquirir. Al paso que voy, si me aplico un sencillo cálculo que optimiza las expectativas de vida, esto es, los días y las horas que razonablemente podría dedicar solo a los libros que me miran y me esperan, no es verosímil que consiga satisfacer más allá de dos o tres al mes, pongamos veinticinco al cabo del año, cien cada cuatro años, unos ochocientos de aquí al 2050, mil si llego con todas las facultades en su sitio. Y eso, claro, si no hiciese caso de los periodos imposibles, de las tentadoras y necesarias relecturas, de las imprevistas novedades que por uno u otro azar acabarán imponiendo su criterio.
En cuestiones bibliófilas -lo admito sin orgullo- siempre fui más hormiga que cigarra.

viernes, 17 de marzo de 2017

Toda ideología, toda actitud política, arranca de una de estas dos premisas: el individualismo excluyente y la obstinación solidaria. Pese a que conviven hora tras hora dentro de nosotros, expresando las contradicciones y las incoherencias más íntimas, ambas son difícilmente conciliables. Cervantes lo entendió como nadie.

jueves, 16 de marzo de 2017

Creé un archivo y, con cierta pompa, lo bauticé "Inventario de ideas para escribir después". Me quedé mirando la pantalla y no se me ocurría nada que mereciese la pena. Lo cerré en blanco, tentado de eliminarlo, de borrar cualquier rastro de infertilidad.
A los pocos minutos, en la ducha, pensé un monólogo de Dios, previo a la Creación, dictándose a sí mismo un proyecto ambicioso con que entretener los próximos milenios, una tregua lúdica antes de recogerse de nuevo en su eterno cotidiano. Ahí queda.
En el lapso de un café, precisó la cuota de nieve según lo que había oído esa mañana en la radio e increpó a los asesores de la Conserjería de Educación por su fragante inaptitud. Hablaba con la misma suficiencia con que explicará, mohíno, los temas de su disciplina. Mientras, yo distraía el pensamiento contando confusiones paronímicas. No quise corregirlo, líbreme Dios.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Mi padre tenía 57 años cuando murió el suyo, y 65 cuando murió su madre; ambos habían alcanzado los 90.
Mi madre tenía 53 años cuando murió la suya, y 61 cuando murió su padre; ella contaba 77 y él 90.
Ahora mis padres tienen 78 y 75, respectivamente.
Yo, que discurro por la implacable medianía de mi año 50, ya observo por detrás, incesantes y veloces, con vértigo anticipado, los casi 19 de Helena, los 16 de Federico, los dos de Darío.
Son datos objetivos que calculo sin moverme de mi silla, como un juego de la voluntad, frías cifras que se me imponen sin quererlo y que no buscan ninguna conclusión.
Pero siempre la hay.

martes, 14 de marzo de 2017

¡Ah el generoso azar de los pisos de estudiantes! Promediaba el mes de septiembre de 1987 cuando mi colega del pueblo y yo fuimos a dar a una tercera planta con terraza de la calle Alfaro, en el corazón de la ciudad. Allí conocí a un madrileño, a un terulense, a uno de Cartagena y a Pedro Amorós, un muchacho criado en Villena. Pedro estudiaba Historia Antigua, era cinéfilo solitario y se pasaba dos tardes de la semana enganchado a la máquina que le drenaba la sangre. La diálisis fijó sus hábitos y quizá su carácter, su predisposición de reserva ante la propia vida. Desde aquel entonces nos vimos esporádicamente, en la casualidad de las aceras y bibliotecas; pero fue hace cuatro o cinco años cuando me lo tropecé en una concentración por la enseñanza pública, nos saludamos y me informó con cierta jovialidad de que se había hecho escritor, que había publicado algunos libros de ficción. Daba clases en un instituto de secundaria y tenía mejor aspecto. La última vez que nos tomamos un café me confesó que vivía a la espera de otro riñón -lo han trasplantado varias veces, y varias veces lo ha terminado rechazando- y me anticipó novedades. ¡Albricias!: esta tarde se presenta en Murcia El exilio de Dante, una obra de teatro. Quiero acompañarlo.

lunes, 13 de marzo de 2017

"Me parecen horribles todos los asesinatos, estoy totalmente en contra con independencia de quién los cometa, pero hay diferencias entre unos y otros. Cuando un bracero de un cortijo, mal pagado y con frecuencia humillado, harto de esa vida aperreada, en un momento propicio, de revuelta popular, cae en la tentación de cortarle el cuello al amo, culpable de su miseria, sí, es un asesinato. Pero cuando tres señores bien vestidos, bien comidos, terminada la contienda, constituyen un tribunal con total impunidad y bajo un crucifijo cuyo mensaje es amaos los unos a los otros, envían al paredón a un hombre por haber defendido unas ideas y un régimen establecido democráticamente, ahí el asesinato es mucho más censurable. Es decir, aun no justificando ninguno de ellos, es más comprensible el asesinato cometido por ignorancia, hambre e incultura que el cometido de esa manera fría y despiadada" (José Luis Sampedro, Escribir es vivir).

Bajo la etiqueta de lo políticamente correcto se agazapa buena parte de la hipocresía que nos circunda, de la farsa que entre todos construimos y a la que casi todos servimos. Parece que hay que decir y autorizar por escrito lo que la corriente de los tiempos espera y aplaude de uno, aunque en lo más íntimo no se esté de acuerdo en la parte ni en el todo. Por eso me sorprendió, cuando lo leí, el fragmento de arriba, máxime viniendo de quien venía, un ciudadano de probada integridad, un intelectual de prestigio que se atrevía a meter el dedo en esa llaga siempre incómoda -la posguerra civil española- por la que aún supura este país o nación de naciones o lo que quiera que sea. ¿Acaso es tan descabellado el deslinde que hace Sampedro?