martes, 25 de abril de 2017

Hace poco, sorpresivamente, le oí decir -aún me sorprendo de la naturalidad con que lo dijo- que estaba conforme con todo lo que había hecho, que no se arrepentía de nada, que haría lo mismo si volviera atrás en el tiempo. Creo que su conciencia no manejaba el típico porcentaje de aciertos y errores con el que, considerado a posteriori, tanto nos castigamos a partir de cierta edad, sino que percibía su propia vida como un contínuum, como un desarrollo ininterrumpido en el que cada efecto justifica su causa, aceptando no tanto el resultado como el criterio aplicado a cada una de sus decisiones. Mi padre.

lunes, 24 de abril de 2017

Reecuentro inesperado con el borrador manuscrito de lo que -supongo- aspiraba a ser un poema a su debido tiempo. Está en una página -con la esquina doblada por arriba- de la agenda que utilicé en 2015, que me he puesto a hojear distraídamente mientras buscaba otra cosa. Ahora, de pronto, ya no sé si la tentativa tiene arreglo, si vale tal como la recupero o si acaso la fui puliendo en otra parte y ya no lo recuerdo. Quede, pues, así, en su eterna y venturosa provisionalidad:
Para todos nosotros
nace el día con sus dones.
Para quien poco espera,
para quien tanto aguarda.
Del último al primero,
dones y días y hombres.

domingo, 23 de abril de 2017

Siempre hubo una isla desierta a la que alguien se empeñará en que nos llevemos un solo libro. Lo determinante no es si existe tal isla, sino cuánto tiempo se nos permitirá permanecer en ella con ese único libro.
Mi respuesta, esta vez, va a ser más meditada que de costumbre. Si adopto un criterio desenfadado y festivo, digo que me llevaría el Manual del perfecto náufrago, broma que le escuché hace siglos a un premio Nobel de Literatura que pasó por la ciudad y dejó su impronta. Si me decanto por la legítima verdad, so pena de resultar poco ingenioso y nada original, acaso un fraude a las expectativas del auditorio, digo que me llevaría El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, porque de cuantas novelas he leído es, con absoluta certeza, la más vasta en nuevas sugerencias y reinterpretaciones. Si prefiero mostrarme genuino sin que ello suponga agravio a la sinceridad, digo que me llevaría las siete partes de En busca del tiempo perdido, porque aún no lo he leído y me daría, sospecho, entretenimiento para rato.
Otra cosa es si se me pregunta qué único libro de mi biblioteca salvaría de un incendio, o qué único libro de los escritos por los hombres y las mujeres de este mundo indultaría de una conflagración universal.
Buena jornada para redireccionar este discurso fechado en marzo de 2009, acerca de mi memoria de lector: Leer para vivirla.

sábado, 22 de abril de 2017

"El arte es compromiso y es sigilo".
Lo escribí en Necedarius, el libro más críptico que he dado al papel, el más inasequible también (alguien habrá que lo juzgue pretencioso), el más agradecido de mis líricas insolencias.
Conocí a nueve lectores que acaso entendieron algo o que creyeron entender (AGuirado, ASalom, DLópez, JA Martínez, JF Kosta, JM de Paco, MA Orfeo, Marta y Pepe), o que de sus ulteriores observaciones y comentarios deduje yo que entendían (Pepe y Marta, MA Orfeo, JM de Paco, JF Kosta, JA Martínez, DLópez, ASalom, AGuirado). Lo demás fue silencio: ni una sola reseña en un solo medio reseñable.
La obviedad es que el tiempo no ha sido benévolo con ninguno de mis títulos. Si la meta continúa siendo el olvido (como quería Borges), mi obra y yo debemos estar muy cerca de merecer el podio.
No obstante, el endecasílabo de arriba aún me parece válido. Y también estos tres (o dos y pico), verdaderamente premonitorios:
"He muerto ayer pero he muerto
Conmigo.
El epitafio es noble si son nobles
Los labios que repiten el misterio".

viernes, 21 de abril de 2017

Viaje de unas horas a la casa de los padres, hoy. No me imagino cómo será no haber nacido en un pueblo y haber huido de él, no conservar la referencia de un espacio mítico rural que contenga la memoria de los años y al que poder regresar de vez en cuando.
Recién llego, ellos sacan del horno su bizcocho artesano rectangular, de casi medio metro; yo, según habíamos previsto, les amaso la base para la pizza (aceite, cerveza y harina con unos granos de sal) y dispongo los ingredientes que sé que les gustan. Hemos hablado y hemos comido. Antes, en el huerto, le hice dos fotografías a mi padre, discreto y orgulloso, emergiendo de su pequeña plantación de habas, como un expedicionario entre matas tan altas como él. Luego he ido a las estanterías y, por enésima, he recolocado los libros buscando otro modo, un criterio definitivo y unánime que sin embargo nunca acaba de satisfacerme. Al caer la tarde deposito en el maletero las habas, una gran bolsa de naranjas, un manojo de ajos tiernos, un pedazo de aquel bizcocho que tanto echaré de menos cuando ellos falten.
Mi padre me despide desde la puerta, con un gesto de la mano. Mi madre se fue a caminar con una vecina.

jueves, 20 de abril de 2017

Hablar de fútbol es ceder a la frivolidad, someterse a los mil credos que apuntalan esa fe, dar pábulo a la inocencia presunta y presuntuosa de sus pasiones, contribuir a la desmesura ética y al disparate mediático, rebajarse.
Hablar de fútbol es siempre hablar de otra cosa.
La única educación posible es la que se sustancia en el ejemplo, tanto en el bueno como en el mal ejemplo. De tal palo... ya se sabe. La rigidez normativa y las prohibiciones no bastan, y tampoco los discursos, que en demasiadas ocasiones apenas sirven para disuadir de sus mismas razones, o bien para confrontarlas, para afearlas.
Si quieres que tus hijos lean libros o que respeten el medio ambiente o que no sean reos de una máquina dispensadora de imágenes veloces, lee tú con ellos, o al menos lee tú para que ellos te vean leer, sé tú respetuoso con el mundo y que ellos te vean serlo en tu hora cotidiana, no te abandones tan fácilmente a la facilidad de cuanto repudias cuando no eres tú quien lo practica.
Parece una edulcorada proclama publicitaria, una cuña pastelosa con estrategia de mercado; pero así lo entiendo, y así se me confirmó este mediodía: aguardaba yo con Darío, junto al paso a nivel, sin precipitar mis urgencias, paciente, y me ofuscaba y me indignaba a partes iguales porque otros padres y otras madres con su respectiva prole, pequeñajos de la mano o sujetos al carrito, se aventuraban a atravesar la vía pese a la ruidosa señal de alerta. Todo un ejemplo.

miércoles, 19 de abril de 2017

Día sin molla, con todo el tiempo para no hallarlo, para echarlo de menos antes de que se borre, para quejarnos de su promesa incumplida y de su fórmula naturalmente efímera, huidiza, frágil.
Tocaba dedicar la tarde al coche, perderla en él, y así ha sido. Primero la tantas veces postergada reposición de aceite y filtros; después, la visita por ley a una de esas superficies de inspección técnica donde se somete a control y examen, previo pago de las tasas oficiales. En total, más de cuatro horas pendiente de la desgana de los sucesivos operarios, aburrido de observarlos yendo y volviendo en el trasiego exasperante de sus vidas, tan cansinos y tan tristes, tan agrios.
Pocos lugares (para mí) más inhóspitos que un taller mecánico de vehículos a motor. Por aquí la mugre y el hollín, las manchas residuales, esa amalgama sucia de polvo y lubricante; por allá la propia estética, el paisaje de acero y hojalata, la sordidez pesada de las herramientas, la insufrible metalurgia de las piezas y las cosas, los ruidos y olores, un gato que cruza con un ratón en la boca.
Ya en casa, enemistado conmigo mismo, me propongo relajarme (es un decir) mientras miro en la pantalla silenciada del televisor cómo agoniza otro partido de fútbol.

lunes, 17 de abril de 2017

Durante mucho tiempo, el sentido común y la sensatez supieron avanzar juntos, de la mano, o quizá es que la una no era más que una cualidad del otro. Conforme dilapidamos este presente que para nuestros nietos constituirá el pasado, la historia con minúscula y la Historia con mayúscula, me doy cuenta de que el sentido común y la sensatez han echado por caminos distintos, a menudo opuestos. Basta mirar alrededor y tratar de ver; basta mirarnos de frente en cualquier espejo.

domingo, 16 de abril de 2017

No hay vuelta a Cioran que no compense, sea por su fatalismo, sea por su lucidez. Abra el libro por donde lo abra (hoy, al azar, por la sección VI de Del inconveniente de haber nacido), siempre hallo el dardo exacto, la revelación cómplice, el nihilismo sin fisuras: "La sustancia de una obra es lo imposible: lo que no hemos podido lograr, lo que no nos podía ser concedido; es la suma de todas las cosas que nos fueron negadas". Y más abajo: "El único medio de salvaguardar la soledad es hiriendo a todo el mundo, empezando por aquellos a quienes amamos".

sábado, 15 de abril de 2017

En los canales de televisión local -todos los municipios han patentado el suyo propio- se escenifica de continuo la autocomplacencia pueblerina y el regodeo en un modelo de identidad tergiversado por los culturetas del lugar. Da pasmo ver y escuchar a quienes desean mostrarse y dejarse oír, repetidos en la pantalla de cada vecino, y cualquier manifestación del orgullo de pertenencia se interpreta patético e impostado, irremediablemente ridículo. Lo difícil es asumir la marginalidad, juzgarse ajeno.

viernes, 14 de abril de 2017

Escritura como resarcimiento: de lo vivido y de lo no vivido; pero también del sinvivir y de todo lo invivible.
El poema que surge de las vísceras se justifica en ellas y por ellas, y es acaso más luz y más poema.

jueves, 13 de abril de 2017

En 2004, mis paisanos me encomendaron el pregón de turno para ensalzar la Semana Santa del pueblo. Fue una temeridad (por su parte) y un sonoro desafío (por la mía). Aunque cada año que pasa soy menos semanasantero, me picó el orgullo y acepté, sabiendo que la de Moratalla podrá ser cualquier cosa, pero no santa. Escribí un manojo de folios que, ahora releídos, me parece que dicen bien lo que aquel niño y aquel joven sintieron cuando se acercaba cíclicamente la época de los tambores, o lo que el adulto de hoy desea entender que sentían. Léase aquí.

miércoles, 12 de abril de 2017

Aviso para inconformistas de conciencia: muchos de nuestros errores del pasado fueron antes proyectos de futuro.
La única gran guerra -lo expreso así, aun a riesgo de parecer frívolo- es la que cada cual libra consigo mismo. Ninguna batalla es decisiva, ni siquiera la última. Y todo acaba en tablas.

lunes, 10 de abril de 2017

Horas de arena y sonidos de mar bravo. Somos la fragilidad de cada instante, la adormecida inercia que sabe nuestros pasos y averigua nuestras detenciones y caídas. Quiero aprender a respirar aquí, oxigenar mi alforja, limpiarme los pulmones y la sangre con una buena ración de indiferencia.

domingo, 9 de abril de 2017

Siempre la Luna guarda un recado para los que la miran. Hace un momento, mientras volvía de arrojar varias bolsas con desechos a los depósitos que la autoridad dispone, me ha susurrado estos versos que me apresuro a registrar:
Soy la misma de ayer, la de mañana;
la que existe en los ojos de los hombres
que fueron y serán, como en los tuyos.
A todos sobrevive mi presencia
redonda y femenina, el hechizo
que dice su misterio a los que aman
y asesina a un poeta cada noche.
Guárdate de ser tú, vuelve a tu nido.

sábado, 8 de abril de 2017

Se llama vacaciones, pero no es cierto; o, al menos, no es del todo verdad.

viernes, 7 de abril de 2017

Echo cuentas desde la modorra de sofá que mira al techo y concluyo que, si dispusiera de tiempo a mi antojo, aún necesitaría un sexenio solamente para inventariar las empresas aplazadas u olvidadas y para retomar y definir los antiguos borradores; esto es, para poner orden en las cosas mediadas y, por así decirlo, limpiar mi currículum de frustraciones. Sería entonces, si dispusiera de más tiempo a mi antojo, cuando uno podría entregarse a nuevos proyectos, muchos de ellos ya esbozados o guardados bajo llave en algún lugar de la memoria, y volver a disfrutar de una obra por delante.
Soñar despierto se encarece por horas.

jueves, 6 de abril de 2017

Me bajo de un salto en la parada del Palacio de Justicia, ávido de callejear por el centro. Aunque no he sido ningún calavera, ningún noctámbulo de los de antro fijo y camaradería de barra, tengo años para reconstruir en cada esquina ese rostro y esa imagen de entonces, esa anécdota perfectamente ubicada que ahora se recrea en la memoria. He vivido en varios inmuebles de la zona, he dejado parte de mí en todos ellos.
Mis huesos acaban, como de costumbre, en una librería, donde paso revista al expositor de novedades. Entre ellas, De qué hablo cuando hablo de escribir, un sugestivo título de Murakami que a mí me retrotrae a De qué hablo cuando hablo de correr (maratoniano Murakami) y que al más simple rastreador de títulos ha de llevarlo sin duda al clásico De qué hablamos cuando hablamos de amor, los cuentos de Carver. He estado a punto de comprarlo.
Después reparo en una selección, aun así voluminosa, de los diarios de Paul Léautaud, aquel personaje. Abro al azar por el viernes 7 de abril de 1944, y leo: "Al volver de mis compras, me he encontrado con Picasso, en la calle Jacob. Yo estaba en una acera; él, en la otra. Ha cruzado para venir hacia mí"; y continúa con el registro de la breve conversación que ambos sostienen sobre la guerra que se está librando en Europa. He estado a punto de preguntar el precio.
Cuando salgo, el sol todavía no se ha ido de los edificios más altos.

miércoles, 5 de abril de 2017

De pequeño, en mi pueblo no se sabía lo que era un pediatra, o al menos mi inocencia de niño no conoció a ninguno. Médicos había dos, el gratuito que lo atendía todo y a todos, y el de paga, que aceptaba visitas en una sala de su propio domicilio. Si el médico de familia así lo creía, derivaba al enfermo a una consulta específica en Murcia, la capital, para que lo vieran y trataran otros ojos y otras manos más experimentados, lo cual significaba dos horas de ida y dos de vuelta en el viejo coche de línea, más la propina de un día desperdiciado entre ruidos y distancias, comiendo la merienda en cualquier banco de cualquier parque, ninguneado por la urbe, con una indescriptible sensación de extravío.
Con el ejercicio de la paternidad he frecuentado a unos cuantos pediatras, y en verdad que los hay para todos los gustos. Unos son más alarmistas y otros interpretan los síntomas con una naturalidad pasmosa; unos escupen su diagnóstico casi con rencor y otros se demoran explicándolo con afectación pedagógica; unos se hacen con la voluntad del paciente desde que entra por la puerta y otros lo auscultan con remilgos y lo trastean temerariamente, como si fuera un trapo o un robot.
Hoy me he topado a un pediatra que, pese a rozar la edad de jubilación, aún no conocía, un hombre a quien no sé dar nombre y que se define en la medianía de cualquier extremo, sobrio y amable en la medida justa, discreto, dibujado en unos rasgos que no sabría recordar.

martes, 4 de abril de 2017

Uno llega exhausto, casi sorprendido de que le quede un resto de energía para destapar aún el ordenador y poner los dedos sobre el teclado. Tantos asuntos pendientes, tantas tareas circunstanciales que no se terminan nunca, tantos aplazamientos forzosos que supeditamos a los hábitos domésticos, tantas urgencias que imponen su criterio confuso. Ahí me aguarda la novela estancada desde hace un año, por aquí y por allá los poemas que se me extraviaron sin darles al menos el cobijo de un volumen y que a esta altura ya no sabría recuperar, y sobre todo, por todas partes, las ganas cautelosas de emprender algo nuevo, la necesidad de concederme la ilusión de un orden perdurable.
Con los ojos enrojecidos de cansancio, agotado el cerebro, sin ideas sensatas, dejo atrás los renglones y vuelvo a cerrar la máquina. Me desnudo a tientas y compruebo que sigue activa la alarma que me despertará mañana, como cada mañana, fija en la misma cifra.
Ya duermo.

lunes, 3 de abril de 2017

La técnica es un instrumento al servicio del talento; la disciplina y la voluntad, también. Cualquier inversión en el sentido de los factores abrirá mil puertas a la impostura y a la mediocridad, aunque no es improbable que por alguna de esas puertas se cuele el espectro de lo que llamáis éxito.
El primer verano apareció un gato que se dejaba querer y lo bautizamos Rubén, para que fuese inseparable de Darío; el siguiente ya merodeaba un rival al que le pusimos Gustavo, para que se prolongara la estela de poetas ilustres. Rufino estuvo en su mano unos minutos, pero desde entonces todos los caracoles que nos salen al encuentro llevan el mismo nombre. También se presentaron los perritos Toby y Nico, uno marrón y el otro blanco, cuya mamá, invariablemente, solo puede ser Helena.
Poco a poco fueron llegando las reproducciones de plástico: los inseparables Ramón, el elefante, y Manolo, el león; las dos cebras idénticas que la intuición llamó Rosana y Felipa; el mamut Carlos, que extraditó Federico de su intercambio francés; la jirafa Rafa; el dinosaurio Florentino. Hay un rinoceronte y un hipopótamo que permanecen aún sin etiquetar, en su limbo de juguete.
A la mona Saltarina del cuento de papel y al cocodrilo Drilo de la pandilla de moda, ya con sus respectivas nominaciones de origen, hubo que añadir el ejército de peluches: la vaca Lola (que tiene cabeza y tiene cola), el elefante Pepe (insólita asignación del propio Darío) y un largo etcétera que todavía no ha merecido el preceptivo baño del Jordán.
Mientras haya quien nos nombre, sabremos que existimos.

domingo, 2 de abril de 2017

Entre la caricia y la cosquilla se libera el preciso dominio del placer; salvo que la naturaleza indomable -que huye de convenciones, que coquetea con lo mórbido, que suscribió un pacto secreto con lo prohibido y extremoso- también indaga su verdad por otros cauces.

sábado, 1 de abril de 2017

Mi afición a las frases elocuentes, a los aforismos y sentencias, viene de lejos. Todavía no me afeitaba la barba cuando leí o capturé al vuelo estas palabras que luego registré en cualquier cuaderno: "El Arte es una amante celosa, que no admite rivales". Es probable que desde entonces me haya afeitado alrededor de cinco mil veces, según una estimación aproximada, y que me haya susurrado esas mismas palabras en cientos de ocasiones, y que mi fe se haya inclinado ante el compromiso noble que destilan. Sin embargo, hasta hoy no había reparado en que nunca me las tomé demasiado en serio (ya saben: me casé dos veces, tuve tres hijos...). Sé que la mayor parte de quienes se sueñan artistas han afrontado algún día la dolosa disyuntiva de elegir entre acomodarse a una forma de vida y entregarse a la tiranía de una obra. Yo no: yo nunca calculé seriamente que una familia (o dos) pudiera ser impedimento para mi carrera literaria; yo siempre confié en que ambas, familia y carrera, se realizarían codo con codo, sin estorbarse, cómplices de un único destino; yo...
Temo que hasta el último latido me acompañará la duda de lo que hubiera podido ser (de un lado) si no hubiera sido cuanto fue (del otro lado).

viernes, 31 de marzo de 2017

En el gesto de arrancar y arrugar una hoja del almanaque, cuando acababa el mes o en las primeras horas del siguiente, había una determinación y una conciencia de cambio, de salto entre dos fechas, que hoy adquiere para nosotros el tono amarillo de las imágenes antiguas, su regusto anacrónico. Había en aquel gesto, también, una cierta solemnidad, un desgarro del tiempo vencido frente a la promesa de los treinta o treinta y un dígitos que quedaban por delante, un discreto ejercicio de borrón y cuenta nueva.
Termina marzo y empieza abril, y lo hace sin transición, sin la licencia de los gestos, como si ambos meses fueran emisarios de una loca voracidad sin tregua.

jueves, 30 de marzo de 2017

Desconfío de los artistas que desdeñan la inspiración oponiéndola al trabajo. Aprender a crear las condiciones, el clima propicio, el resorte necesario, es una tarea que juzgo inseparable del mismo acto creador. Sentarse a escribir o inclinarse ante un lienzo no basta cuando no se vive en un continuo estado de alerta. No en balde dijo Graves, Robert Graves, que el primer verso lo dictan los dioses, que el resto ya es obra del poeta.
Los apóstoles de la digitalización compulsiva, los adoradores de la pantalla eléctrica, los fieles de la divinísima Internet, los satanizadores del papel y la tinta, los fundamentalistas de la modernidad más desalmada, han tomado las aulas, y anuncian que vienen para quedarse. A saco, sin filtro, con esa fijeza dócil y perentoria que les va abriendo las puertas de su cielo. Su credo es tan convincente que cada día suma adeptos: no se puede luchar contra el futuro, al parecer irreversible; no se puede ir contra la corriente de unos tiempos que encumbran la virtualidad y la inmediatez, que se felicitan de la globalización de lo superfluo. Inútil recordarles que hay futuros que no tienen porvenir.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Si en el corazón de la mañana de miércoles se abre un hueco no esperado, un regalo de la providencia del docente, yo echo a andar sin rumbo y me dejo conducir por la dulce inercia de aceras, de jardines y de plazas. La ciudad se exhibe, bulliciosa, indiferente a quienes existen sometidos a horario y nómina. Rebaños de turistas con su estrafalaria pose de turistas y oleadas de muchachos que cargan con sus mochilas a la espalda colonizan los adoquines bajo un sol ya no de marzo, ya más de abril. Sentado al resguardo del toldo en la terraza, el enigma de un hombre da sorbos al café, agradece los dones y las vistas y atrapa en su libreta el mismo verso, la misma plenitud de tantas veces, quizá con otra música.
Respiro aquí mi fe,
henchido de esta brisa
sin promesas ni altares,
sin después que me obligue
ni ayer que me doblegue.
Respiro aquí: me basto.

martes, 28 de marzo de 2017

Tras una larga temporada replegado en mi concha, los astros se alinearon para que en el intervalo de una semana haya acudido a un par de presentaciones, una de un texto teatral y la otra de un ensayo muy crítico sobre el estado de la enseñanza en España. Ambas me captaron por razón de amistad con sus autores, lo que no es, por cierto, mala razón. En las dos saludé o me saludó algún que otro frecuentador del mundillo que inmediatamente me reconocía y me preguntaba dónde me escondo, si tengo poemas nuevos para publicar y otras solemnidades de salón a las que no supe responder sino con mi calculada ironía o con mi incalculable cinismo, según los casos. En las dos presentí el afecto discreto de los protagonistas respectivos; en las dos, también, un insólito modo de desubicación que, por paradójico que suene, satisfacía la telaraña profunda de mi ego.

lunes, 27 de marzo de 2017

De la precocidad de Camus dan fe las constantes intuiciones que jalonan sus diarios. A los veinticuatro años, en agosto del 38, ya anticipa los primeros párrafos de El extranjero, que se publicó en 1942, y desliza notas sobre su versión teatral de Calígula, de 1944. La agudeza y la lucidez, a menudo incisivas, nos salpican aquí y allá desde las primeras páginas: "No se piensa sino por imágenes. Si quieres ser filósofo escribe novelas"; "El placer nos aparta de nosotros mismos"; "La necesidad de tener razón, signo de un espíritu vulgar"; "Uno se determina a lo largo de su vida. Conocerse perfectamente es morir"; "Cultura: grito de los hombres ante su destino"; "Soledad, lujo de los ricos"; "Encontrar una desmesura en la mesura"; "El cinismo, tentación común a todas las inteligencias"; etcétera.

domingo, 26 de marzo de 2017

Aunque soy tan sensible como cualquiera, lo cierto es que ni la literatura ni la música me han deparado demasiadas lágrimas. Hablo de ese marasmo que sucede dentro del pecho y que, en escasos segundos, sin que uno lo domine, escala hasta los ojos y los nubla. Disfrute estético e intelectual sí, pero verdadera conmoción física, visible para otros, en muy pocas ocasiones.
Me recuerdo llorando -literalmente llorando- mientras avanzaba por los diálogos entre aquel Cipriano protagonista de La caverna (José Saramago, 2000) y su hija. En cuanto a las canciones y sus letras, más proclives que otras artes (sálvese el cine, sálvese la poesía), hay una que siempre me afectó con especial encono: Qué va a ser de ti, un tema de Joan Manuel Serrat que ya me emocionaba antes de ser padre, pero que después de serlo se ha ido concretando en el nombre y en la imagen de Helena, de mi Helena. Es una punzada de ternura sin límite que se nutre del vértigo de las edades y se contagia de la fuga incesante de la vida que somos, de la nostalgia y la incertidumbre y el vacío en que convergirán al fin todos los pretéritos y todos los futuros.
Esta noche Helena se sube a un avión que ella misma reservó y viaja a Londres, y duerme en Londres, y amanecerá lunes en Londres, junto a una compañera de su primer curso en Bellas Artes.

sábado, 25 de marzo de 2017

Anoche salimos a cenar bajo la excusa de una efeméride íntima.
Como no habíamos reservado, el primer intento resultó fallido. Mientras nos cofirmaban que no era posible, identifiqué en la barra a un antiguo conocido, amigo de un amigo, que tapeaba con la que presumo que ha de ser su pareja. Él se llama José Antonio y es de Mula, estudió Derecho aquí y, curiosamente, no nos habíamos visto en lo que va de siglo, de milenio. Ignoro si él me reconoció a mí, pero yo no me decidí a saludarlo.
En el siguiente restaurante nos emplazaron varios minutos, mientras se vaciaba una mesa. Nos sentamos por fin, yo de espaldas a la pantalla donde se emitía un partido de la selección española de fútbol. De inmediato, en un extremo de la barra advertí a otro antiguo conocido que hablaba bajo y cenaba junto a la que será su esposa. Se llama Luciano y es profesor de Historia; compartimos claustro en mi primer destino, hace la friolera de veintidós cursos, precisamente en un instituto de Mula al que muchos días acudí de paquete en su coche, cuando yo no tenía ni carnet. Su mujer, si es la misma, se seguirá llamando como la refirió una sola vez y no he olvidado: Paloma. Apenas ha cambiado, sigue como entonces. Supongo que no le resultará difícil acordarse de mí, y que no le habría sido ingrato que yo me acercase, pero ni siquiera sé si me vio. Dudé, sí, pero tampoco a él me decidí a saludarlo.
Luego, al regreso, me censuré en silencio esa prudencia mía, esa pereza de los hábitos sociales. Cuántos años habrán de transcurrir para que me los vuelva a cruzar en cualquier sitio. Si me los cruzo: nunca sabremos con quiénes hemos coincidido por última vez en esta vida.

viernes, 24 de marzo de 2017

Finalmente recupero los Carnets de Albert Camus, a los que puse una señal por diciembre del 38, y los cinco relatos que acompañan en un solo volumen a la novela breve La playa, de Cesare Pavese, leída hace unos meses. El primero falleció en accidente de tráfico en la Borgoña francesa, a los cuarenta y seis; el segundo se suicidó en un céntrico hotel de Turín, a escasos días para haber cumplido los cuarenta y dos. Ya tengo más edad que muchos clásicos.

jueves, 23 de marzo de 2017

Elegir la lectura que nos acompañará diez o quince minutos cada noche, antes de apagar el foco y cerrar los ojos, no es tarea simple. A mí me gusta disponer de un par de libros al alcance, para turnarlos, títulos cuya letra sea grande y su composición fragmentaria, y a ser posible condescendientes con un hombre que, a mi edad, fija el despertador a las siete, transcurre por varias aulas, vuelve taciturno y no puede perder tiempo en someterse al rito de la siesta. De modo que cuando el cuerpo recupera su horizontalidad primigenia, a eso de las once y pico o las doce, ya a mi espíritu no le queda ánimo para demorarse con las palabras de otros. Hace rato que vivo curado de insomnio, sí; pero entre tanto los días se suceden y yo no me decido a dignificar la superficie lisa de mi mesilla de noche. De mañana no pasa.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Muchas veces, la mala conciencia se concreta en un desajuste interpretativo entre lo que un día hicimos o dijimos y lo que, llegados a este punto, aún no sabemos si debimos hacer o decir. Otras muchas, no.
Con suerte o sin ella, le faltan más de diez años para liberarse definitivamente del trabajo al que acude y lo mantiene. La otra tarde se sorprendió a sí mismo fantaseando con ese futuro, coqueteando con el sueño de la cada vez más cercana jubilación y poder dedicarse a otras cosas que, así lo cree él, son las que de verdad anhela, las que llenan la ilusión del porvenir. Qué enorme torpeza... Y cuánta ingratitud habrá de acumular en el tramo baldío que discurra entre ese hoy y aquel entonces...
Habla su conciencia; sus dedos lo teclean.

martes, 21 de marzo de 2017

Ramón Gaya sentado en una silla, él solo, en la penumbra de la sala, mirando la pantalla sorda del televisor.
Desde que Juan Ballester, amigo de la persona y del artista, me deslizó un día esa curiosa estampa, muchas veces me he visto reflejado en ella de un modo que regatea cualquier explicación. Noble imagen de la inocencia y el asombro, de la mansedumbre y la sorpresa, del ser ensimismado en trance creativo.
A Ramón no lo conocí, pero presiento en su atmósfera vital un refugio de melancolías satisfechas, de reposo expectante, de gozo quizás. Como en su pintura.

lunes, 20 de marzo de 2017

Todo se enfría, todo se desapasiona, todo busca su calma anterior.
Los misterios se revelan o, lo que es más terrible, se diluyen poco a poco.
La nada se aproxima con sus fauces enormes.

domingo, 19 de marzo de 2017

Hay recuerdos que, sin serlo, nos pertenecen por derecho, referentes que se integran en nuestra memoria para que sea ella la que los elabore, en un proceso inverso.
Era yo un bebé de pocos meses cuando mi padre me llevaba en brazos, y ambos sobre la burra de mi abuelo. Regresábamos de un día transcurrido en la zona de baño que llaman Somogil, a varios kilómetros del pueblo. Justo en un repecho del camino -siempre que pasamos por ahí volvemos a concretar las circunstancias y el lugar exacto- el animal dio una espantada que nos derribó a los dos, de manera que mi padre cayó conmigo, pero hábil para hincar los codos en la tierra sin que mi cuerpo se despegara de la fortaleza del suyo. Fue un gran susto para él y no lo fue menos para mi madre, que marchaba muy cerca de nosotros, a pie.
Es improbable, por edad, que mi memoria haya registrado ese instante tantas veces repetido como anécdota familiar; sin embargo, lo evoco vívidamente, con asombrosa precisión de imágenes.
En el trato social, lo que más me entristece es el desaire, la ingratitud; en el familiar, la frondosa telaraña de compromisos cautivos, el cíclico rigor de los calendarios impostados.

sábado, 18 de marzo de 2017

Durante muchos años acumulé decenas de libros, en la esperanza de que la edad adulta me otorgaría las condiciones mínimas para entregarme a su lectura. Vanas esperanzas, pues los estantes que ahora controlo y los que dejé de controlar atesoran demasiados volúmenes que aún no he leído, que ya no leeré, que empecé a leer y abandoné sin claudicar del todo, que ni siquiera sé cuándo ni bajo qué excusa tuve la debilidad de adquirir. Al paso que voy, si me aplico un sencillo cálculo que optimiza las expectativas de vida, esto es, los días y las horas que razonablemente podría dedicar solo a los libros que me miran y me esperan, no es verosímil que consiga satisfacer más allá de dos o tres al mes, pongamos veinticinco al cabo del año, cien cada cuatro años, unos ochocientos de aquí al 2050, mil si llego con todas las facultades en su sitio. Y eso, claro, si no hiciese caso de los periodos imposibles, de las tentadoras y necesarias relecturas, de las imprevistas novedades que por uno u otro azar acabarán imponiendo su criterio.
En cuestiones bibliófilas -lo admito sin orgullo- siempre fui más hormiga que cigarra.

viernes, 17 de marzo de 2017

Toda ideología, toda actitud política, arranca de una de estas dos premisas: el individualismo excluyente y la obstinación solidaria. Pese a que conviven hora tras hora dentro de nosotros, expresando las contradicciones y las incoherencias más íntimas, ambas son difícilmente conciliables. Cervantes lo entendió como nadie.

jueves, 16 de marzo de 2017

Creé un archivo y, con cierta pompa, lo bauticé "Inventario de ideas para escribir después". Me quedé mirando la pantalla y no se me ocurría nada que mereciese la pena. Lo cerré en blanco, tentado de eliminarlo, de borrar cualquier rastro de infertilidad.
A los pocos minutos, en la ducha, pensé un monólogo de Dios, previo a la Creación, dictándose a sí mismo un proyecto ambicioso con que entretener los próximos milenios, una tregua lúdica antes de recogerse de nuevo en su eterno cotidiano. Ahí queda.
En el lapso de un café, precisó la cuota de nieve según lo que había oído esa mañana en la radio e increpó a los asesores de la Conserjería de Educación por su fragante inaptitud. Hablaba con la misma suficiencia con que explicará, mohíno, los temas de su disciplina. Mientras, yo distraía el pensamiento contando confusiones paronímicas. No quise corregirlo, líbreme Dios.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Mi padre tenía 57 años cuando murió el suyo, y 65 cuando murió su madre; ambos habían alcanzado los 90.
Mi madre tenía 53 años cuando murió la suya, y 61 cuando murió su padre; ella contaba 77 y él 90.
Ahora mis padres tienen 78 y 75, respectivamente.
Yo, que discurro por la implacable medianía de mi año 50, ya observo por detrás, incesantes y veloces, con vértigo anticipado, los casi 19 de Helena, los 16 de Federico, los dos de Darío.
Son datos objetivos que calculo sin moverme de mi silla, como un juego de la voluntad, frías cifras que se me imponen sin quererlo y que no buscan ninguna conclusión.
Pero siempre la hay.

martes, 14 de marzo de 2017

¡Ah el generoso azar de los pisos de estudiantes! Promediaba el mes de septiembre de 1987 cuando mi colega del pueblo y yo fuimos a dar a una tercera planta con terraza de la calle Alfaro, en el corazón de la ciudad. Allí conocí a un madrileño, a un terulense, a uno de Cartagena y a Pedro Amorós, un muchacho criado en Villena. Pedro estudiaba Historia Antigua, era cinéfilo solitario y se pasaba dos tardes de la semana enganchado a la máquina que le drenaba la sangre. La diálisis fijó sus hábitos y quizá su carácter, su predisposición de reserva ante la propia vida. Desde aquel entonces nos vimos esporádicamente, en la casualidad de las aceras y bibliotecas; pero fue hace cuatro o cinco años cuando me lo tropecé en una concentración por la enseñanza pública, nos saludamos y me informó con cierta jovialidad de que se había hecho escritor, que había publicado algunos libros de ficción. Daba clases en un instituto de secundaria y tenía mejor aspecto. La última vez que nos tomamos un café me confesó que vivía a la espera de otro riñón -lo han trasplantado varias veces, y varias veces lo ha terminado rechazando- y me anticipó novedades. ¡Albricias!: esta tarde se presenta en Murcia El exilio de Dante, una obra de teatro. Quiero acompañarlo.

lunes, 13 de marzo de 2017

"Me parecen horribles todos los asesinatos, estoy totalmente en contra con independencia de quién los cometa, pero hay diferencias entre unos y otros. Cuando un bracero de un cortijo, mal pagado y con frecuencia humillado, harto de esa vida aperreada, en un momento propicio, de revuelta popular, cae en la tentación de cortarle el cuello al amo, culpable de su miseria, sí, es un asesinato. Pero cuando tres señores bien vestidos, bien comidos, terminada la contienda, constituyen un tribunal con total impunidad y bajo un crucifijo cuyo mensaje es amaos los unos a los otros, envían al paredón a un hombre por haber defendido unas ideas y un régimen establecido democráticamente, ahí el asesinato es mucho más censurable. Es decir, aun no justificando ninguno de ellos, es más comprensible el asesinato cometido por ignorancia, hambre e incultura que el cometido de esa manera fría y despiadada" (José Luis Sampedro, Escribir es vivir).

Bajo la etiqueta de lo políticamente correcto se agazapa buena parte de la hipocresía que nos circunda, de la farsa que entre todos construimos y a la que casi todos servimos. Parece que hay que decir y autorizar por escrito lo que la corriente de los tiempos espera y aplaude de uno, aunque en lo más íntimo no se esté de acuerdo en la parte ni en el todo. Por eso me sorprendió, cuando lo leí, el fragmento de arriba, máxime viniendo de quien venía, un ciudadano de probada integridad, un intelectual de prestigio que se atrevía a meter el dedo en esa llaga siempre incómoda -la posguerra civil española- por la que aún supura este país o nación de naciones o lo que quiera que sea. ¿Acaso es tan descabellado el deslinde que hace Sampedro?

domingo, 12 de marzo de 2017

Fue ayer, a esa hora en que el sábado aún se resarce de los cinco días que lo preceden. Bajé al puesto ambulante y ahí estaba el hombre de siempre, encorvado ante la balsa hirviendo de aceite, sudando tras el delantal, dispensando su saludo sobrio a los que venían o se iban. Llegó mi turno y estábamos los dos solos, él dentro de su caravana y yo en la baldosa, mirándolo hacer. Por decir algo -el sol impropio de estos días se colaba casi horizontal en su negocio-, advertí que en verano tendría que cambiar de ubicación. Había sacado la rueda de churros y los había cortado con la tijera. No -sonrió él-, en verano no estoy por aquí. De pronto se detuvo con el cucurucho en la mano: había perdido la cuenta, no sabía cuántos me había echado, pero eso no importaba porque al no haber nadie más esperando pensaba ponerme la rueda entera; y sin transición admitió que él, por lo visto, no sabía hacer dos cosas a la vez. Se lo agradecí con la fórmula más cómplice que hallé: eso es lo que suelen decir de nosotros las mujeres, ¿no? Al cambiar la bolsa rebosante por los cuatro euros añadió su apostilla melancólica: ellas siempre son más listas, mucho más.
Fue ayer, a esa hora del sábado... Pero su última frase y la amargura de sus ojos al pronunciarla no acaban de abandonarme todavía.

sábado, 11 de marzo de 2017

Corregir exámenes es tarea anacrónica, casi siempre tediosa, académicamente estéril. Su razón punitiva, administrativa, burocrática, contradice los cimientos de la antigua filosofía y acaso también los de las modernas pedagogías. Corregir exámenes es asumir como propios los éxitos o los fracasos de un aula; apenas sirve para certificar intuiciones, para propiciar fríos porcentajes en frías tablas comparativas, para justificar frustraciones, para cubrir espaldas, para lavar conciencias. Corregir exámenes, en suma, es la postrer penitencia del profesor; pero también lo lleva en el sueldo.

viernes, 10 de marzo de 2017

La pasada primavera, de camino a la guardería, puse un caracol en la pequeña palma de la mano de Darío e intercepté en sus ojos lo más parecido a la fascinación. La otra mañana dije de improviso, no sé a cuento de qué, que deberíamos tomar ejemplo de los caracoles, porque llevan a cuestas su refugio y en él todo cuanto les pertenece en este mundo. Luego, más tarde, mientras conducía por la ciudad, seguí tirando del hilo del pensamiento: no es solo su consabida lentitud (menos apreciada que la de la tortuga de la fábula, aunque sin duda más ceremoniosa), sino la excelsa lección de prudencia y el perpetuo hábito del silencio. Se admiraba Borges de la belleza del tigre, cuyo oro convirtió en motivo de sus versos. Yo entiendo que la miniatura en espiral del caracol no es obra menor de la naturaleza. Hasta su fragilidad se me impone esta noche con la fuerza paradójica de los símbolos.

jueves, 9 de marzo de 2017

Huelga decir que las huelgas -menos que para tasar el grado de compromiso individual con la causa o causas que dicen defender- sirven ante todo para presumir las afinidades ideológicas de cada uno, sus adhesiones inconfesables o sus fantasmagorías de corta y pega, los prejuicios políticos que arrastra, las humanas contradicciones, la santa hipocresía.
Huelga decirlo de las huelgas de llamamiento general, pues las otras, las sectoriales, las corporativas -si se secundan porque se secundan, y si no se secundan porque no se secundan-, suelen adornarse de un reguero de intereses exclusivos o de privilegios y prebendas que, es cierto, acaban ofreciendo al resto del mundo su pose más vulgar, su versión más egoísta.
La pregunta, en absoluto capciosa, es si una jornada de huelga de la enseñanza pública es o no es un asunto de interés general, esto es, si incumbe o no a la entraña misma de la ciudadanía, o si por el contrario se limita a la pataleta sempiterna de los maestros y profesores, esos a quienes cedemos la educación de los hijos y que, como es bien sabido, gozan de tantos y tantos días de vacaciones.
En este país me temo que no. Y así nos va. Y así nos irá.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Aburrido, tecleo en el buscador mi nombre y apellidos -tan común, tan corrientes- y a continuación las cuatro sílabas del pueblo donde nací, y espero a que se ilumine la página. Una remota amalgama de narcisismo y curiosidad mueve mis dedos.
De inmediato descubro que Pedro María López Martínez fue profesor de Filosofía y catedrático de Metafísica en La Habana, Sevilla y Valencia, que nació en Moratalla (Murcia) el primero de agosto de 1861, hijo legítimo de Pedro y de Vicenta, y que falleció hacia el año 1934.
Durante la larga etapa valenciana tuvo entre sus alumnos más notorios al también filósofo José Gaos González-Pola -"una vez tuve que visitarle en su casa y me recibió en su despacho y biblioteca, donde vi que ésta se componía de unos cuantos libros sueltos y, ocupando prácticamente todas las estanterías, que ocupaban a su vez prácticamente la pieza –cierto, reducida–, la colección, encuadernada, en gruesos volúmenes –no olviden, por Dios, que era profesor de Lógica Fundamental y de Teoría de la Literatura y de las Artes–, del Blanco y Negro, la revista de las buenas familias españolas, burguesas, católicas y poco letradas. A pesar de todo lo cual, perseveré en mi entusiasmo por la Filosofía"-; al literato Vicente Lloréns Castillo -"de rostro rojizo, barba blanca, bajo de estatura, pero macizo y grueso, una vez en un hotel se lavó la cara en un bidet creyendo que aquello era una palangana especial"-; al poeta Juan Gil-Albert -"rubicundo y en bloque, nos iba soltando su plúmbea explicación de Lógica que no era, al pie de la letra, sino el texto impreso del grueso volumen que tenía delante"-; o al abogado Rafael Supervía -"que Dios le haya perdonado"-. Según se desprende de las citas que entrecomillo, no guardaban de él un recuerdo lo que se dice afectuoso.
Discúlpese la distracción que nos ha traído hasta este individuo, activista católico y ultraconservador (o viceversa), del que nada sabíamos. Anacronías del paisanaje que solo podía satisfacer el milagro de Internet.

martes, 7 de marzo de 2017

El lienzo del poniente se despliega en la tarde: siempre he preferido los museos al aire libre.

lunes, 6 de marzo de 2017

Llega la hora calma de un día lunes que se incrusta en marzo. Nada de particular, ninguna lectura memorable, ninguna intuición digna de nota, ningún apunte que me redima. Recuerdo que erré al elegir chaqueta y luego tuve que regresar para cambiarla por otra más primaveral. Pese a que la sensación de fatiga no me abandona en toda la mañana, explico a dos docenas de bostezos potenciales la extraordinaria pirueta metafictiva que, de la mano y el talento de Cervantes, protagoniza Álvaro Tarfe -personaje ideado por aquel Avellaneda- al colarse sin permiso en el segundo tomo del Quijote verdadero. Oigo tras la ventana el traqueteo del tren que surge y avanza, interminable, y por unos minutos mi voluntad flaquea, se frena mi discurso, me refugio en la silla del profesor y hago como si pasara lista. Mi conciencia crítica se pregunta si alguien habrá entendido algo, si habrá captado al menos la sustancia de ese juego de realidades y ficciones, si valdrá la pena hablarles todavía de estas cosas. Al día se le está poniendo cuerpo de martes.

domingo, 5 de marzo de 2017

En aquella tesis sobre narrativa erótica (que acotaba un periodo de veinticinco años, entre 1977 y 2002) defendí tres novelas del valenciano Vicente Muñoz Puelles. Ahora el destino ha puesto a mi alcance un título que andan leyendo alumnos de la ESO, una historia que se sitúa en un ámbito de ciencia-ficción: 2083. Su estilo pulcro y su nostalgia bibliófila, en un tiempo en que verosímilmente ya no quedan libros de papel, dan el tono y la clave para adentrarnos en un viaje al interior de los clásicos -la Biblia, la Ilíada, El Quijote, David Copperfield, Primer amor de Turgueniev...-, una aventura bien documentada, una experiencia didáctica, de ambición juvenil alentadora, que termina siendo -para mí lo ha sido- un ejercicio genuino y sugerente. De muestra, dos botoncitos:
"[...] pensé en los libros, en el poder que tenían para buscar nuestra complicidad y para despertar en nosotros sentimientos desconocidos. Y eso que yo solo había viajado a ellos, y no había leído ninguno. Recordé algo que me había dicho Pa: que el mérito de los buenos libros no dependía únicamente del argumento que contaban, sino del orden de las palabras y las frases".
"[...] cuando uno lee un libro realaciona continuamente lo que está leyendo con lo que ha leído o con lo que sabe, de modo que uno va cambiando mientras lee, y al mismo tiempo va aportando al libro detalles, como un paisaje o una cara, que no estaban en él. Eso puede parecer obvio, pero yo no lo sabía. Si hay un objeto realmente interactivo, es el libro".

sábado, 4 de marzo de 2017

Pese al viaje de ida y vuelta a que tan acostumbrados nos tiene el diccionario, lealtad y fidelidad no son lo mismo, hay matices irremediables, como también los hay entre la deslealtad y la infidelidad, menos remediables todavía. No sé explicarlo, pero el caso es que lo sé. Quien lo probó lo sabe. La pretendida sinonimia es a menudo un fraude, una solución para salir del paso, un comodín del estilo.

viernes, 3 de marzo de 2017

EL TALENTO QUE NO SE CULTIVA, SE PIERDE.- El estudio es un asunto algo olvidado en el debate educativo.- La capacidad es una variable continua.- No hay más que una categoría: cada persona y su capacidad.- El desarrollo de la capacidad o el talento es un proceso que dura toda la vida.- Uno nunca es nada, uno siempre está en proceso de ser; y esto es la educación.- La escuela no está para proponer la igualdad, sino la equidad.- Es necesario que el rendimiento de los alumnos se equipare a su potencial.- A los estudiantes hay que enseñarles solo lo que no saben.- Aristóteles dixit: "Para saber lo que queremos hacer, tenemos que hacer lo que queremos saber".
Javier Tourón.
EDUCAR EN EL ASOMBRO.- Para que crezca una planta no hay que tirar de las hojas, sino echar fertilizante en sus raíces.- Inculcar es meter a la fuerza, mientras que educar es sacar de dentro.- ¡Cuánto daño ha hecho la filosofía de la estimulación temprana!.- Respetar el silencio es el principio para respetar el asombro, y es lo que genera la reflexión del niño.- Mediante el uso en clase de contenidos audiovisuales se potencia una actitud pasiva; entretenemos a los alumnos, pero no los asombramos.- La crisis educativa no es más que una crisis de atención.- El consumismo es la forma más eficaz de matar el asombro de un niño, pues le embota los sentidos y deja de apreciar lo pequeño.- El asombro es lo que da sentido a la rutina.- No es lo mismo el ritual que la repetición mecánica.- Juzgar vs. discernir.- El "misterio" según Montesori.- "Habla con tus hijos de belleza antes de que la industria de la belleza hable con ellos".- Es la sensibilidad de los padres la que permite discernir entre lo que pide un niño y lo que reclama su naturaleza.
Catherine L'Ecuyer.

jueves, 2 de marzo de 2017

Tan sordos y tan ciegos estamos que se agradece escuchar obviedades, cosas sabidas o intuidas pero que, dichas desde la tarima por boca de alguna autoridad, nos reconfortan, nos ayudan a sentir que no estamos tan solos. Digo esto a propósito del curso sobre cómo cuidar el talento y fomentar el desarrollo de las altas capacidades, un foro al que como profesor reconvertido en alumno he asistido durante toda la jornada. Dos conferencias de interés: la de la mañana, "Cómo educar en el asombro", a cargo de Catherine L'Ecuyer; la de la tarde, por Javier Tourón, bajo el lema "El talento que no se cultiva, se pierde". Lleno seis folios de notas a mano para registrar unas pocas -y definitivas- verdades. Estoy agotado; a mi edad, los cursos intensivos son letales. Mañana añadiré algo más.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El único aprendizaje, el que nos hace más o menos sabios en esta vida -hecha la excepción de la prudencia-, es el que se limita a distinguir lo realmente importante de lo que realmente no lo es. El proceso es largo, pero, a poco que duremos, la experiencia comprobará cómo crece el listado de lo que no vale la pena, de lo que importa poco o nada, mientras que la larga suma de lo que tanto nos importaba en otro tiempo se va estrechando día a día, minimizando su espejismo. La meta es entender que apenas importan -de verdad- dos o tres cosas; quizá tan solo una. O quizá ninguna.

martes, 28 de febrero de 2017

Estaba con el mando en la mano, pulsando el botón maquinalmente, cuando surgió un documental que no conocía sobre el atentado que destruyó las Torres Gemelas de Nueva York. Se nutre de grabaciones realizadas por usuarios que estaban o pasaban por allí, o que vivían en apartamentos con vistas al escenario de la tragedia. El montaje es pulcro, dotado de una discreta vocación de intriga, y respeta minuto a minuto el orden en que se encabalgaron las informaciones y los hechos. No escasea el plano demorado de quienes ese día se convirtieron en testigos inmediatos de la historia, individuos anónimos cuyos rostros miran incrédulos en dirección a la humareda y a los cuerpos que se arrojan desde las ventanas, oficinistas que bajaron a tomar algo o que se habían retrasado por cualquier causa, agentes de policía y bomberos que trajinan sin demasiada fe y que tal vez perecieron más tarde, a consecuencia del derrumbe que nadie supo prevenir. Es dificil no conmoverse, no sentirnos absorbidos por la desolación de las imágenes, por más que uno se repita que lo que muestran esas dos horas de película ya ha cumplido tres lustros. La cama nos recibe bien entrada la madrugada, preguntándose de qué infierno regresa nuestro insomnio.

lunes, 27 de febrero de 2017

Cuando pienso en mis padres como ahora los pienso -solos en el pueblo, septuagenarios, a una hora veloz de carretera- me embarga una melancolía anticipada, un desgarro emocional que se nutre del conflicto entre la vida que elegí y las renuncias que conlleva. El miedo más antiguo de todos los que conozco es el que, de niño, urdía mi imaginación para concretar alguna tragedia familiar, algún desenlace irreversible del que era protagonista cualquiera de mis padres. Hoy todos los desenlaces están cerca, el futuro ha dejado de tener esa cualidad indescifrable y ficticia. Siento los días y las semanas de ausencia como una punzada cada vez más dolorosa y más infame. Me sé en deuda no solo con mi destino de ramas y de frutos, sino también con su tronco y sus raíces. Los extraño a los dos, aún vivos, con un fondo de tristeza que no encuentra consuelo. No quiero intuir el color de las cruces marcadas en el calendario inmediato.

domingo, 26 de febrero de 2017

El otro día usé la palabra gárgaras y me sonó muy lejana aunque no del todo ajena, como si se hubiera independizado del acto que refiere, como si solo sirviera ya para evocarlo. Es una voz extraña que a mí me habla siempre de otro tiempo.
En mi tierra, cuando uno se ponía pesado, era corriente mandarlo a hacer gárgaras. Yo no hago gárgaras (ignoro si alguien de mi entorno me habrá insinuado que las haga) desde no recuerdo cuándo, pero sé que las hice de pequeño y que era una práctica común para suavizar la irritación de garganta. En mi casa nos poníamos un vasito de vino tinto con mucha azúcar, dosis que alcanzaba para cuatro o cinco lavados. Cada gorgoteo podía durar un minuto, al cabo del cual se expulsaba en el lavabo.
Si se me diese la oportunidad de inventar un archipiélago lo llamaría así, Gárgaras.

sábado, 25 de febrero de 2017

El grado de frustración de un profesor puede medirse muchas veces por el porcentaje de alumnos suspensos que acumula; si, además, alardea de ello mientras escupe su asco y su doctrina, entonces el margen de error se aproxima tristemente al cero. Comprobado.
Esta tarde, tomando una cerveza enorme frente a la fachada del Museo Ramón Gaya, pienso en la longevidad productiva del pintor, que se dejó llevar al cumplir los noventa y cinco. Sé que había nacido en Murcia en 1910, y una asociación lúdica, meramente cronológica, me trae el recuerdo del poeta Miguel Hernández, vecino de la cercana Orihuela y asimismo de 1910, pero que no alcanzó ni los treinta y dos años.
Regreso al anochecer, flotando sobre mis zapatos e intrigado por las paradojas del destino, hasta que, ya en casa, la fiebre de las simetrías y los azares decide averiguar el día exacto de sus respectivos nacimientos: es curioso que los dos son del mes diez (octubre), que a los dos los alumbraron con apenas veinte días de diferencia y a solo veinte kilómetros de distancia. Ignoro si llegaron a conocerse; no adivino quién era el uno para el otro.
Inevitable preguntarse ahora qué obras aguardaban a Miguel de haber sobrevivido a su edad, de haber respirado los sesenta y cuatro años de más que sí respiró Ramón. Tan inevitable como inútil responderse.

viernes, 24 de febrero de 2017

No sé dónde leí que la prueba más fiable de que el autor o autores del Corán fueron árabes es que en sus páginas nunca se describe el desierto en términos de fascinación, extremo que no he contrastado; su presencia es tan obvia que no necesitan mencionarlo. Tras el fallo emitido esta semana en el caso que imputaba a una hermana de Su Majestad y a un cuñado de Su Majestad (ambos cónyuges y residentes en el extranjero), la plana mayor de la clase y/o casta política española se ha apresurado a confirmar, basándose en la sentencia y en la pirula ulterior -confortable multa económica; seis años de cárcel ahora eludibles bajo fianza-, que en España la justicia es igual para todos. Alabado sea el Señor de los Cielos... ¡Y el Otro!

jueves, 23 de febrero de 2017

La memoria se abastece de inducciones, aproximaciones, invenciones, revisiones y, en definitiva, desmemoria. Hay un proceso de conformación y aceptación de los diversos estratos del recuerdo, hasta alcanzar la que será nuestra versión definitiva. Es entonces cuando el pasaje rememorado se solidifica, deja de corregirse a sí mismo y acabamos dándolo por bueno, última rebaba de aquel instante sucesivo. Cuando ello ocurre habremos accedido a la madurez, y desde ahí nos lo repetimos y lo repetiremos invariablemente, casi con las mismas palabras, a veces incluso ante los mismos interlocutores. Es lo que a mí me sucede si pienso en la tarde o el anochecer del 23 de febrero de 1981, aquel histórico 23 de Tejero.
Razones imperativas (llámese indisposición del niño) me mantienen en casa toda la mañana, tras una noche de interrupciones y turbulencias, de mal dormir. El tiempo transcurre lento, espeso, con una textura gelatinosa. Los ruidos de la calle y de las vías próximas igualarán los decibelios de cualquier otro jueves, pero a mí me llegan con un extraño murmullo, como si mi presencia intrusa en este día y a esta hora auspiciara un mensaje que no sabré descifrar. Siento que me muevo en un oasis transitorio, hurtado a las responsabilidades propias de la jornada laboral. Ahora el niño se ha vuelto a dormir.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Deslenguados y desliteraturizados, título para un artículo sobre los programas de Lengua y Literatura que todavía no he escrito, que no sé si escribiré.
La pereza es la guinda de las buenas intuiciones (la pereza como opción asumida, claro).
Algunos dardos (persistentes) de aquel Chamfort:
"Un hombre honesto debe obtener la estima pública sin haberlo previsto y, por así decirlo, a pesar suyo. Quien se dedica a buscarla, revela su estatura".
"La importancia sin mérito da lugar a la consideración sin estima".
"El hombre que vive habitualmente consigo mismo tiene necesidad de virtud; pero si vive con otros precisa honores".
"Cuando en el mundo se desea agradar, hay que resignarse a dejarse enseñar muchas cosas, que se saben, por personas que las ignoran".
"El sabio, el amigo de sí mismo, describe una línea en círculo cuyo fin le devuelve a sí mismo".
"Lo que comporta el éxito de buena cantidad de obras es la relación que se establece entre la mediocridad de las ideas del autor y la mediocridad de las ideas del público".
"Los pobres son los negros de Europa".
"Hay en todo una madurez que es preciso saber esperar. Feliz el hombre que llega en el momento justo de esa madurez".
"Existe una melancolía que conduce a la grandeza del espíritu".

martes, 21 de febrero de 2017

Casi en el principio de los tiempos, un prologuista municipal detectó en mis poemas "aforismos de chamfortniana esencia". Los había remitido a un concurso y el jurado les concedió mención de honor, por lo que se editaron en volumen colectivo. Aunque relegada a un par de renglones, fue una de las primeras apreciaciones críticas que mi obra recibía, así que investigué el nombre que daba ocasión al adjetivo y descubrí a un moralista francés del XVIII: Nicolas de Chamfort. Al poco encargué un ejemplar a Círculo de Lectores (Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas) que lleva prefacio de Antonio Martínez Sarrión y epílogo repescado de los ensayos de -nada menos- Albert Camus. Lo leí entero, subrayé alguna cosa; luego nos separaron los trabajos y los días; meses atrás regresó a mis dominios; y ahora preside, junto a Marco Aurelio, la mesilla de las relecturas.
El victimismo es el colmo del egoísmo. No lo soporto, sobre todo cuando alguien me descubre que soy yo quien lo practica.

lunes, 20 de febrero de 2017

El programa Salvados -que no suele dejarme indiferente- trataba anoche sobre el imperio de los teléfonos móviles y su impacto en la conducta del individuo. Por desgracia, todo lo que escuché resulta tan obvio y se percibe con tal dosis de complacencia o de impotencia que casi desdibuja sus peligros, los inmediatos y los otros, de alcance imprevisible. Y a los más reticentes nos convierte de paso en unos exagerados, en unos catastrofistas insufribles, en unos aguafiestas incapaces de transigir con las bondades del progreso.
En un momento dado surgió el análisis de uno de esos ancianos de aspecto y discurso venerables, Zygmunt Bauman, un pensador a quien (me avergüenza admitirlo) no conocía; por no saber, no sabía siquiera que sus palabras de anoche hubieran debido sonarme póstumas, porque falleció hace algo más de un mes, el 9 de enero. A él concierne la idea de "modernidad líquida", fórmula o concepto que, per se, ya es hallazgo poético, manantial de sugerencias. Me he enterado hoy, ahora, al rastrear su nombre y adentrarme en algunas páginas sobre su persona y obra.
Hemos observado últimamente, más aún desde que de puntillas llega a la manivela, que no para de cerrar puertas. Un día de la semana pasada le dijo a su madre la razón: lo hacía para que no entraran monstruos; así que su madre me insinuó que le inventara un cuento a propósito, con pedagogía disuasoria. De ahí la fábula del monstruo que tenía miedo. Yo nunca había escrito para niños, pero reconozco que me divierte improvisar historias que se recrean en la inmediatez, argumentos simples que sin embargo enristran peripecias inauditas, a menudo disparatadas, oníricas. Mi experiencia sabe que los entretienen y relajan, y que no pocas veces, si el clima es propicio, alcanzan el objetivo de dormirlos. En el caso del monstruo que tenía miedo no lo tengo tan claro, más que nada por su brevedad, de modo que ya me veo añadiendo pormenores efímeros y estirándolo como un chicle cuando me decida a leérselo.

domingo, 19 de febrero de 2017

Cuando empezó en este oficio pasaba horas indagando qué hacer para motivar a sus alumnos, qué estrategias aplicar dentro y fuera del aula y, en suma, cómo llegar a seducirlos. Un sexenio después ya se había convencido de que el verdadero reto no es otro que defenderse de la propia experiencia, siempre tan presuntuosa y tan escéptica; y también, cómo no, arreglárselas él solo para que la hornada anual de jóvenes sucesivos no lo desmotive sucesivamente a él.

sábado, 18 de febrero de 2017

Érase una vez un monstruo que tenía mucho miedo. Los animales del bosque le preguntaban por qué tenía tanto miedo, siendo como era un monstruo. Él les decía que todos los monstruos tienen miedo, aunque algunos más que otros, y que a él, por ejemplo, cuando más miedo le daba era cuando se veía en el espejo, porque entonces sí que se parecía a un monstruo de los de verdad. Pero también le daba mucho miedo dar miedo a los humanos, darse cuenta de que algunos niños se asustaban nada más verlo. Siempre que se proponía asustar a alguien para demostrarse que era un monstruo, le sudaban las manos y le temblaba la voz de tanto miedo como le daba. Si se abría una puerta, el monstruo iba a cerrarla inmediatamente, porque le daba mucho susto que pudiera entrar alguien y se asustara de verlo ahí. Un día, por fin, los animales del bosque y el monstruo que tenía mucho miedo conocieron al niño Darío y empezaron a jugar con él. El monstruo y Darío se hicieron muy amigos, tanto que dejaron de cerrar las puertas que se quedaban abiertas y ya nunca más volvieron a asustarse el uno del otro.

viernes, 17 de febrero de 2017

Ataraxia es una palabra de origen griego que aprendí en El árbol de la ciencia, la novela de Pío Baroja que llevábamos como lectura obligatoria los que estudiamos el antiguo COU. Quizá es por eso que siempre que la pienso o me entretengo en paladear su música me resulta indisociable de la peripecia humana y del destino literario de Andrés Hurtado, el protagonista. El de ataraxia es un soplo de sonidos que me relaja, que me lleva a su terreno semántico, que me envuelve como una promesa de tranquilidad. Ataraxia: casi me basta pronunciarla para estar allí, en ella o con ella o sobre ella, como si fuera un lugar o una voluntad o un descanso. Si se me diese la oportunidad de inventar una isla la llamaría así, Ataraxia.

jueves, 16 de febrero de 2017

"Nos separan tantos metros de biblioteca...", solía decir al principiar el curso un catedrático soberbio, un pobre hombre. Qué fácil y tentador es a veces mirar por encima del hombro, sonreír hacia adentro con suficiencia y cinismo, marcar distancias intelectuales afirmándolas en la complicidad del grupo, añadir a la estupidez más estupidez, juzgar sin conocer el contexto. No hay que hacer sangre de la ignorancia de los otros, de su estulticia probada. Pienso ahora en Diego Armando Maradona, exfutbolista notable y poco más.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Mientras reviso los folios escritos a mano -se trata del capítulo de las autobiografías que versa sobre los maestros y profesores que han pasado por sus vidas de catorce años-, conforme corrijo errores muy obvios y deslizo anotaciones al margen, se apodera lentamente de mí una sensación paradójica que circula entre el ansia y el miedo.
Por una parte, con algunos alumnos más que con otros, me decepciona que no me citen siquiera, que no se refieran a mi labor o a mi persona en términos de velada admiración o estima, que no se muestren como fieles discípulos; tal vez los intimide saber que lo voy a leer yo, o será tal vez -lo más probable, qué le vamos a hacer- que yo no he sido ni puedo aspirar a ser tan importante para ellos, o no tanto, en comparación con otros colegas a los que se nota que idolatran.
De pronto me sorprende un muchacho que sí (o dos, o tres), una muchacha que se acuerda de quien va a leer sus rememoraciones y pone su nombre y su apellido, que habla de la materia que imparte y de cómo la imparte, que trenza algún renglón de indulgencia o gratitud mesurada. Pero lo que al principio es halago no tarda en convertirse en especie fraudulenta, casi en tormento: hubiera preferido que no cayera en la facilidad de mencionarme, como si la sola mención fuese una trampa que hubiera urdido yo mismo para satisfacer mi complacencia. Una trampa en la que hemos caído los dos.

martes, 14 de febrero de 2017

Subo antes de las ocho la persiana y muevo los cristales correderos, en la habitación del niño, para que penetre el chorro de sol y se ventile. La luz casi hiere los ojos de tan limpia, y el cielo, por encima de las últimas plantas y del horizonte, proyecta su gama de azul intenso.
Abajo, en la calle peatonal, hay dos camiones de mudanza con sus escalas preparadas, apuntando al edificio de enfrente. No sé qué piso será, no conozco a los vecinos ni tengo trato con ellos; apenas podría decir si lo son porque me los he cruzado mil veces en la calle o en el supermercado.
Pero dentro de mí se activa, solo al ver los camiones, una vaga intriga de filiación novelesca. ¿Quién o quiénes serán los que se van? ¿Cuánto tiempo llevarían entrando y saliendo de ahí, comiendo ahí, durmiendo ahí? ¿Qué razones tendrán para sacar los muebles y marcharse ahora, hoy precisamente? ¿Adónde se mudan?
Y luego, cuando ya estoy en la cocina preparando los cafés: ¿qué identidades y qué rostros y hábitos se adueñarán más pronto o más tarde de los espacios cotidianos de la casa?
¡Ah, el amor, el amor...!, artículo publicado hace un rato, aquí.

lunes, 13 de febrero de 2017

Continuamente, el manantial de los días nos surte de ese agua de la que en alguna ocasión dijimos que nunca beberíamos. Muchas veces a lo largo de mi vida -casi tantas, supongo, como decepciones acumulo- me he propuesto en solemne secreto no volver a competir en un concurso literario, no perder mi tiempo ni malgastar mi energía en una liturgia en la que no creo, no atizar para mí ni para otros ese futuro ilusorio y baldío, ese atajo sin salida, ese espejismo. Puede creer quien esto lea que, a día de hoy, vivo libre de pecado, así que no pido confesión ni preciso penitencia. Pero el ego es vulnerable, y más el del artista que negocia su gloria más mundana.

domingo, 12 de febrero de 2017

Si el día fue malo, la noche puede ser peor. ¿Conspiración en el dibujo de los astros o mero cúmulo de casualidades sin intérprete? Nadie lo sabe. Hablo del vaso que solemos ver medio lleno y de repente ya está medio vacío, de los poderosos contratiempos, de las promesas frustradas, de la casa que se nos cae encima, de las pequeñas rencillas y rencores, de las malas caras sin motivo, de mi falta de temple. ¿Qué insomne desvirtuado coligió que al que madruga Dios lo ayuda? ¿Qué estratega del tiempo sentenció que no hay que dejar para mañana lo que puedas hacer hoy? ¿Qué emprendedor de pacotilla pudo concluir que agua pasada no mueve molino? Las preguntas, si son retóricas, ayudan a digerir las penurias de conciencia.

sábado, 11 de febrero de 2017

Era la hora de la siesta de un sábado sin alma cuando Locusamoenus se dejó caer, aburrido, sobre el césped artificial de su jardín, debajo de un cielo plomizo y sin presagio alguno. Pensaba acaso en su Donnangelicata, tan lejos ella de este paraíso en el que él cifraba de continuo su dulce lamentar, su dolorido sentir. A los pocos minutos, antes de que el canto de los pajarillos y las corrientes aguas puras cristalinas le entornaran los ojos, surgieron entre los árboles, gesticulando como de costumbre, las figuras inseparables de Tempusfugit y Carpediem. Debatían acerca de la supuesta incoherencia, todavía sin confirmar, en que habría incurrido ese extraño individuo, Beatusille: al parecer, tras abandonar su modesta parcela del monte en la ladera, se había citado en la noche dichosa nada menos que con Auramediocritas, habiendo yacido juntos, a la intemperie. No se ponían de acuerdo los dos amigos en las consecuencias inmediatas del suceso; hubo incluso quien sacó trapos sucios sobre una tal Fortunamutabile, poco dada a lealtades, del signo que fueren. La disputa se extendió una porción de eternidad, al punto de que el bueno de Locus creyó conciliar el vitalismo de Carpe con la melancolía de Tempus, viéndolos por primera vez como un solo tópico, celosos ambos -aunque nunca van a reconocerlo- del insólito albedrío de Aura y de Beatus. Les dijo adiós con la mano y siguieron con su charla interminable.

viernes, 10 de febrero de 2017

Hurgando en una estantería del departamento donde pernoctan colecciones interesantísimas de volúmenes de crítica (Gredos, Cátedra, Taurus), se me aparece a modo de polizón una historia de la literatura en la Región de Murcia de la que supe en su día, hacia el 98 o el 99 del pasado siglo, pero que ya había echado en el buzón de los olvidos. La abro para que mi mano experta cabalgue hasta la página exacta, la 257, donde el hado de la celebridad tuvo a bien teclear mi nombre (y entre paréntesis mi lugar y año de nacimiento), así como un par de renglones que hablaban de una producción poética que hasta ese instante constaba de dos entregas: "Pedro López Martínez (Moratalla, 1967) es poeta irónico, que busca una nueva expresividad lírica, entre lo cotidiano y lo sorprendente". No voy a indagar lo que pueda significar el tándem poeta irónico, así, en este orden; pero admito que me ha fastidiado un poco el desamparo de esa coma ilegítima apostada justo a continuación.

jueves, 9 de febrero de 2017

Como ya va pidiendo intimidad para algunas cosas, Darío se quedó solo pero con la puerta abierta, ocultándose la cara tras una toalla, sentado como un monarca en su orinal. Estaba tan silencioso que su madre fue a ver lo que hacia y se tropezó con la ingrata primicia: jugando a darle vueltas al mecanismo, había sacado, sin romperlo, más de la mitad del papel higiénico. Yo lo recogí del suelo y me ofrecí para volverlo a enrollar más tarde, cuando tuviera tiempo, cuando se desechara el cono de cartón de otro rollo al que trasladarlo. A la mañana siguiente dediqué un rato a la tarea, lapso que me trajo a las mientes la imagen de mi abuelo Pedro -veinte años enterrado ya-, quien solía buscar, cuando le venía la gana, algún recodo del bancal, detrás de un tronco o atrincherado en una acequia o en el desnivel de un ribazo, y luego se limpiaba con el gasón que interceptara en el camino. El nuevo rollo quedó casi perfecto. Desde esa hora yo llevo pegada a la conciencia la palabra gasón: ¡cuántas vidas hará que no escuchaba ese sonido del terruño!

miércoles, 8 de febrero de 2017

Igual que hay personas que ya desaparecieron y que, a saber por qué, uno no se acostumbra a ubicar aún entre los no vivos (pienso ahora en Umberto Eco, que se fue el año pasado), también se da el caso de las que suponíamos fallecidas o habíamos olvidado y de repente un día descubrimos que no (pienso ahora en Rafael Sánchez Ferlosio, que será nonagenario, o casi), o bien (lo cual redobla la impresión luctuosa) escuchamos de improviso la noticia de su muerte recién. Es lo que he sentido hoy con Tzvetan Todorov, nombre que solía citarse en las clases de crítica literaria, en la universidad, hace un tercio de siglo, y de quien yo mismo manejé entonces una muy nutrida antología de textos de los formalistas rusos. Lo creía muerto, pero solo contaba setenta y siete años, pocos meses menos que mi padre.
La cosecha de enero ha sido generosa. Saneo en archivo aparte las anotaciones de todo el mes (al final rescato treinta y siete) y pongo a salvo los pequeños deslices de la inmediatez, que se cuelan hasta en el más depurado de los borradores. Debo estar satisfecho, me digo, más aún si reparo en que durante los últimos coletazos del año anterior estuve muy tentado de abandonar para siempre el cauce incierto de estos retales y dedicar mi tiempo, siempre escaso, siempre cautivo, a razones en las que se presume mayor rentabilidad o alcance literario. Sin embargo, un soplo calmo que viene de no se sabe dónde ha reavivado la llama, la ha disciplinado y le ha otorgado una preeminencia definitivamente dietarista, lo que de momento basta para saciar mi empedernida propensión al apunte. Hoy por hoy, y a falta de otras opciones, quizá sea este el mejor libro que uno es capaz de ir escribiendo, porque se va dejando escribir él solo, día a día, hora tras hora, picando de aquí y de allá.

martes, 7 de febrero de 2017

No habrá invierno que no se reserve su oportunidad, el instante propicio para certificar y compartir, junto a un vecino que entra o sale contigo, que baja o sube contigo, la deriva incesante de los días: sí, ya se nota cómo se van alargando las tardes.

lunes, 6 de febrero de 2017

"Melibeo soy", le dice Calisto a su criado cuando este le pregunta si es cristiano, apenas en el primer acto de La Celestina. A la historia de la literatura no le disgustan los efectos simbólicos: en tan solo dos palabras puede uno cifrar la magnitud extraordinaria del salto entre dos épocas, entre dos edades, entre dos mundos; el paso definitivo desde la vieja mentalidad hacia la nueva mentalidad, extremo que no podía expresarse más que con la insolencia temeraria de un joven atravesado por el delirio de la pasión.
Bagatela sobre el doble rasero, artículo publicado hace un rato, aquí.

domingo, 5 de febrero de 2017

La tarde cae detrás de la ventana con la sordidez de un domingo ventoso de febrero. Los focos del alumbrado urbano y los de los automóviles que bajan la carretera del puerto no hieren todavía; al principio se difuminan y luego, poco a poco, se imponen sobre esa luz transitoria entre el día y la noche. He visto en la pantalla del televisor la imagen fugaz de un hombre que tomaba en brazos a su bebé, gracias a la suspensión judicial del veto migratorio, en el área de llegada de un aeropuerto de USA. Más cerca, a pocos kilómetros de aquí, intuyo a cinco madres y cinco padres que empiezan a acostumbrarse a la ausencia definitiva de esos hijos que no volverán de su noche de sábado, al desgarro indecible y seguramente interminable en que algún azar ha convertido sus vidas. Cae la tarde sin remisión, ajena a cualquier gesto, desapasionada y generosa en su dibujo de nubes violáceas sobre el recorte de la montaña. 
La deriva medioambiental y la otra, no menos imprevisible, la que concierne a las nuevas tecnologías de la información y a su incidencia tanto en el control del ciudadano como en su desarrollo individual: tales son, a mi entender, los dos grandes desafíos que ha de afrontar la Humanidad en las próximas décadas, en los próximos años. No sé cuál de los dos me provoca más vértigo e incertidumbre, más miedo del porvenir que nos aguarda, no a mí, sino a nuestros hijos. Pese a que tal vez se puedan atenuar, lo único seguro es que son ya dos procesos irreversibles.

sábado, 4 de febrero de 2017

Pretender interpretar, del bueno de fray Luis, la Oda a la vida retirada -por la que no oculto mi íntima predilección- para chicos y chicas de bachillerato que te miran de hito en hito, como a bicho raro, a la hora más intempestiva, puede significar hoy en día una disparatada incongruencia, una paradoja curricular que habrían de resolver los pedagogos, si supieran. Primero por la edad literario-emocional que media entre esos chavales y yo mismo; y segundo por las distancias me temo que insalvables entre el mundo del fraile que leía a Horacio y nuestro mundo globalizado, digitalizado y virtual. Por mucho entusiasmo que uno le ponga.

viernes, 3 de febrero de 2017

Solo concibo dos opciones: lamentarte de tu suerte y relamer tus heridas antiguas y futuras, reales y fingidas, mendigando el vano alivio de las complicidades tóxicas; o bien, aceptar el curso de las cosas y aceptarte tú -lo que viene a ser lo mismo-, reconocerte para conocerte, inmunizarte de todo lo accesorio, emular en lo posible el prudente desapego de los pocos sabios que en el mundo han sido. He llegado a este punto. No hay más.

jueves, 2 de febrero de 2017

La poesía -cuando la busco y sobre todo cuando la escribo- se abastece de soledad y de silencio. Es la dulce tregua del tiempo suspendido en su presente continuo, sin lastres, sin acucias. Es un hábito de contemplación humilde, un impúdico ejercicio de introspección. Es, quizá, la dicha del hallazgo.
La poesía es mi yoga.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Gana nuevo impulso la acariciada idea de redactar unas memorias parciales, un registro de los años vividos en torno a la casa donde nací, de la que me mudé con mis padres y mi hermana pocos meses después del salto a la universidad y de la ansiadísima alternancia entre la ciudad y el pueblo. Los recuerdos de entonces, los diversos rostros que me habitaron, los espacios y las escenas que transité, los tiempos sin tiempo que ocuparon mis días, son acaso los más nítidos y verosímiles que guardo, los que en este momento de mi vida mejor sabría manejar como proyecto de escritura. Muchos de aquellos materiales ya han ido salpicando a esta página, a esta pantalla. Pero es ahora cuando presiento el tono y el ánimo que toda empresa con vocación de continuidad debe atesorar para ponerse en marcha. Antes, claro, habrá que terminar esa novela de Turín que ya me parece interminable, despachar para siempre los escritos póstumos de Martínez de Paco y organizar la remesa indiscreta de poemas inéditos. Uf.

martes, 31 de enero de 2017

"¿Sabes meditar?, pregunto a todo aquel con quien me encuentro. Eso es realmente lo que hoy me interesa de las personas a quienes voy conociendo, y es así como mido su nivel de humanidad. Por meditar entiendo hacer silencio, es decir, percatarse del silencio que somos. Por meditar entiendo ver sin pensar, algo que parece vacío porque identificamos ver con pensar. Por meditar entiendo examinar la conciencia, poder recrearse en una palabra, mantener un coloquio de amor y, por supuesto, escuchar. Quien sepa hacer todo esto es para mí una persona; quien no, vive todavía en una condición infrahumana".
Párrafo de El olvido de sí (autobiografía apócrifa, novelada, del vizconde francés Charles de Foucauld) leído ayer en la consulta del dentista; pero yo no era el dentista ni era tampoco el paciente.

lunes, 30 de enero de 2017

Como cayó en sábado, se ha traído al lunes el festejo de la santidad de Tomás de Aquino, de modo que los centros de enseñanzas medias no han abierto sus puertas. De este italiano, benedictino, sabemos que nació y murió en pleno siglo XIII, que estudió e interpretó a Aristóteles queriéndolo compatible con la fe cristiana, que es el artífice de las cinco vías para la demostración de la existencia de Dios.
A mí, santo Tomás me trae a la memoria los cuatro años de alumno en el pequeño instituto de mi pueblo, cuando gracias al concurso que allí se convocaba se reveló mi disposición para juntar palabras o, mejor dicho, para la literatura. La timidez exacerbada de mis catorce y quince años necesitaba singularizarse, decirse, así que se entregó al juego literario de manera fatal, irreversible. Participaba con mis panfletos adolescentes, medio artículos (Una manzana podrida) y medio poemas (Cambio, Mirando al techo) y medio letras de canción protesta (Reflexiones imprimidas en el fondo del vaso), y santo a santo acaparaba honores con la absoluta avaricia del principiante. Hubo entonces -no los he olvidado- quienes vaticinaron en mí un talento seguro que había que alentar y pulir. Los premios consistían en un vale canjeable por lotes de libros que yo mismo cuadraba en la librería. Fueron los primeros ejemplares, los primeros clásicos que entraban en la casa. Aún puedo ver y oler y sentir sus portadas, la tinta de sus páginas, el hechizo secreto de su tacto. Aún sé evocar sus lomos alineados en la pared del cuarto.
Nostalgias por santo Tomás, día de asueto.

domingo, 29 de enero de 2017

Hay manías que se agudizan con el tiempo, y las hay que se relajan y claudican. Unas y otras se confunden a menudo con las supersticiones, pero no son lo mismo, no para mí.
Hoy en día, mis manías más arraigadas se realizan en el ámbito doméstico, casi diría que íntimo, y muy pocas salpican al resto de la humanidad: el criterio ascendente o descendente con que cuelgan mis camisas y camisetas en el espacio de armario; la elección equidistante de los colores de las pinzas en las cuerdas del tendedero; el aprovechamiento escrupuloso de las bandejas del frigorífico y la despensa; la simetría milimétrica de platos, vasos y cubiertos si soy yo quien pone la mesa, si soy yo quien llena el lavavajillas.
Siempre voy a correr solo, cuando ha caído la tarde, dando vueltas al mismo circuito urbano, sin ningún dispositivo que traiga música a mis orejas. Me peso todas las mañanas, justo al salir de la ducha. No piso la calle en ayunas.
Necesito un orden previo para escribir, ningún objeto que me distraiga, la promesa de un tiempo mínimo por delante, una ventana abierta, una puerta cerrada.
Nunca dejo una novela por la mitad del capítulo.

sábado, 28 de enero de 2017

Desde que solo me afeito los días pares -por decisión, por extremar el orden doméstico, por aplicarme la más barata de las excentricidades- el espejo ya no me pregunta: lo miro y me mira, nos murmuramos un buenos días inaudible y con una simple mueca nos sometemos al dictamen del calendario.

viernes, 27 de enero de 2017

Federico ya está en Francia, desde ayer a mediodía. El lugar se llama Bourg-en-Bresse, a medio camino entre Lyon y Los Alpes suizos; de hecho, aterrizó en el aeropuerto de Ginebra con el resto de compañeros y profesores. Será una semana, hasta el jueves, residiendo en casa de la chica cuya familia participa en este programa de intercambio entre institutos de secundaria; en marzo, creo, nos visitará ella. El curso anterior, con una excusa similar, marchó a Winchester, al sur de Inglaterra. Tampoco es la primera vez que vuela a estos países: ha pisado Londres y París (no conmigo), y hace años recorrimos con aquel megane ya desahuciado la Costa Azul, hasta Mónaco y Marsella. También conoce Roma. Y, cómo no, Madrid.
A su edad, yo no había sobrepasado los límites de mi provincia, y solo desplazarme en transporte público al pueblo más cercano, a trece kilómetros del mío, me parecía una aventura digna de algún Homero, una proeza con altos índices de adrenalina, un subidón de libertad en la boca del estómago. Admito que nunca me venció la urgencia de cambiar de sitio: mi primer viaje largo fue el que se organizó al terminar el bachillerato, a Cataluña, a un hotel de Lloret. Después, el periplo universitario me trajo venturosamente a vivir a la ciudad, a Murcia, desde donde me dejé llevar de tarde en tarde hasta Alicante, Madrid o Granada. La primera vez que salí de la Península Ibérica fue a los veintiséis, con motivo del erasmus de tres meses en Turín; y casi hasta los veintiocho no cogí el primer avión, rumbo a la isla de Tenerife.

jueves, 26 de enero de 2017

"Un suceso es algo que ocurre en un punto particular del espacio y en un instante específico del tiempo".
"El concepto de tiempo no tiene significado antes del comienzo del universo. Esto ya había sido señalado por san Agustín. Cuando se le preguntó qué hacía Dios antes de crear el universo, él no respondió; estaba preparando el infierno para aquellos que preguntaran tales cuestiones. En su lugar, dijo que el tiempo era una propiedad del universo que Dios había creado, y que el tiempo no existía con anterioridad al principio del universo".
"No sabemos qué está sucediendo lejos de nosotros en el universo, en este instante: la luz que vemos de las galaxias distantes partió de ellas hace millones de años, y en el caso de los objetos más distantes observados, la luz partió hace unos ocho mil millones de años. Así, cuando miramos el universo lo vemos tal como fue en el pasado".
"En la teoría de la relatividad no existe un tiempo absoluto único, sino que cada individuo posee su propia medida personal del tiempo, medida que depende de dónde está y de cómo se mueve".

De los clásicos más populares -más divulgativos, más asequibles-, tanto de la ciencia como de la filosofía -dos disciplinas a las que siempre me acerco con mucho pudor intelectual-, me interesan sobre todo su honestidad de diccionario y la pulcritud de sus apreciaciones inabarcables, pero también sus treguas metódicas, el descenso esporádico a la arena de la subjetividad, el pecadillo inesperado de una sugerencia ambigua o de una ironía, el desliz poético. Eso es lo que subrayé en libros como el Tractatus de Wittgenstein o, ahora, en Historia del tiempo, de Stephen W. Hawking.

miércoles, 25 de enero de 2017

Siempre el mismo sueño, aunque cambian los pormenores.
Normalmente parte de una acción que se ha de realizar con relativa urgencia (el lento avance de la fila para que me atiendan en un comercio, que alguien termine de encontrar unas llaves imprescindibles y me las entregue en mano, que mis pies torpes caminen a la velocidad que les impone mi deseo), pero que no se sabe bien por qué se va retardando y retrasando hasta tensar el hilo de mi paciencia, que roza el borde de lo que denominamos pesadilla: esa dilación previa, angustiosa, me impedirá llegar a una cita inexcusable, a un encuentro que me importa extraordinariamente dentro de la exagerada lógica del sueño; por ejemplo, al timbre de entrada a clase.
Entonces, justo al límite, abrumado por ese tozudo criterio de la responsabilidad, me despierto.

martes, 24 de enero de 2017

La madeja de los clásicos es inagotable. Con motivo del estudio de La Celestina, propuse un texto de creación en que las chicas asumieran la identidad de Alisa y los chicos la identidad de Pleberio. Han pasado unos años, pocos, tres o cuatro, desde aquel desenlace en que su hija Melibea se arrojó desde la torre, estando aún caliente el cuerpo de su amado Calisto, y su cristianísima conciencia de nobles medievales ha tenido que sobrellevar el peso íntimo y la carga social de una tragedia y de un escándalo que sobrevivirán a los siglos. Azorín ya tergiversó la historia en su celebérrimo relato Las nubes. Yo -mi yo más arrogante- quise a mi vez rizar el rizo en mi cuento Nubes y claros, que partía del juego nietzscheano de Las nubes de Azorín. Ahora a mis alumnos y alumnas solo les pido que se conviertan en el padre o la madre y demuestren que conocen los meandros del argumento de Rojas. El resultado de sus invenciones siempre sorprende a mis expectativas.

lunes, 23 de enero de 2017

Un buen principio sería aprender a eludir (y, en su caso, a combatir y aniquilar) todo aquello que lastre nuestra creatividad o que de algún modo nos distraiga de la voluntad de singularizarnos en el ejercicio de un talento, cualquiera que sea, artístico o artesanal, ese que todavía nos permite elevarnos sobre nuestra altura y, de tarde en tarde, sabernos viento, sentirnos nubes, volar.

domingo, 22 de enero de 2017

Mientras el magnate cejirrojo contempla desde su despacho presidencial la vastedad de Trumpelandya y cientos de miles de ciudadanos se concentran en las calles para protestar por el fondo y la forma de sus promesas, nunca faltará algún alma cándida que nos diga delante de una cámara que en esto precisamente se sustentan los valores democráticos, en aceptar el decreto de la mayoría de votantes y, si no es de nuestro agrado, resignarnos y comprender su paradójica grandeza.
Postada 1.- Urge que las democracias del mundo, o lo que queda de ellas, se vayan inventando algún resorte para defenderse de su propia generosidad.
Posdata 2.- Tarde propicia para volver a ver, en familia, El gran dictador de Chaplin.

sábado, 21 de enero de 2017

Aunque fui un pésimo alumno de matemáticas -tan insolente que todavía lo llevo a gala-, lo cierto es que me atraen las bondades del cálculo y, siempre que puedo, tiro a un lado la maquinita que no tengo y lo practico por gusto, con un bolígrafo o, mejor, de cabeza, como veía hacer a mi madre tras el mostrador de la tienda.
Hoy me desperté enredado en pensamientos ociosos, hurgando en vertiginosas estadísticas que no conducirán a nada, pero que entretienen la mañana y el gris plomizo de mi primer día con cincuenta vueltas completas alrededor del Sol, o con veinticinco años en cada pata, como se dice. Resulta que desde que nací han pasado 600 meses, unas 2.600 semanas, la friolera de 18.250 días (excuso los bisiestos, claro), el reguero aproximado de 438.000 horas de reloj, una tras otra, la impertinencia incalculable de 26.280.000 minutos.
¿Cuántas veces me habré frotado los dientes con un cepillo, cuántas habré hecho el gesto de batir un huevo para una tortilla, cuántas me habré metido bajo la ducha repitiendo los mismos movimientos, cuántas me habré bañado en el mar? ¿Con cuántas personas habré intercambiado una mirada, cuántos kilómetros habré recorrido a pie o en bicicleta o sobre cualquier vehículo motorizado, cuántos versos se me habrán deslizado, cuántos renglones? ¿Cuántos cafés, cuántas películas y libros, cuántas fotografías con mi imagen, cuántos coitos, cuántos despertares?
La pregunta -la gran pregunta- es cuántos más querrán pertenecerme a este lado del tiempo.

viernes, 20 de enero de 2017

Hace diez años reuní en la misma cama a Federico, a Helena y a su madre y les leí en primicia, antes de irnos todos a desayunar, los cuarenta versículos del poema Cantando los cuarenta.
Hace veinte yo todavía no pasaba de los treinta ni había firmado una hipoteca, apurábamos los últimos coletazos del segundo milenio y aún no había cogido en brazos a ninguno de mis hijos.
Hace tres veces diez fui un alumno despistado que escribía versos tristes y aforismos intrépidos y relatos frustrados en la soledad de su celda, inconsciente de nada, inexperto de todo, soñador de cualquier cosa.
Hace cuatro décadas no había besado a una chica ni había visto el mar ni partidos de fútbol en color, mi padre no se había dejado crecer su eterno bigote y a mi madre no le recetaban abundantes pastillas de distintos colores.
Hace medio siglo, en un día viernes como este, también veinte y enero, a él le pilló obrando una baldosa y un escalón con que adecentar la entrada de la casa, mientras ella, mi madre, aguardaba en el dormitorio la visita de la comadrona del pueblo para que la ayudase en la tarea de alumbrar a su primogénito.

jueves, 19 de enero de 2017

Lo vengo constatando desde hace unos cuantos lustros, de manera que ya puedo cifrarlo en décadas: cada vez que se me impone el comentario en clase de algún texto de la denominada Generación del 98 concluyo que aquello que se escribió hace más de un siglo es, por desgracia, perfectamente extrapolable a la España de hoy; bastaría tapar la fecha y el nombre del autor. Azorín y Valle-Inclán, sobre todo, pero también Unamuno y Baroja, evidencian más que nunca nuestra orfandad en el examen riguroso y la interpretación de los problemas sustanciales, profundos, como sociedad y como país. En muchos aspectos seguimos en el mismo sitio, tan orgullosos como entonces de nuestros cerrilismos e ignorancias. Sobrecoge el déficit actual de intelectuales de altura, verdaderamente comprometidos con las causas perdidas, que sepan hacerse oír.

miércoles, 18 de enero de 2017

Nieve en la ciudad. Estas mismas palabras las escribí hace justo veinticuatro años, en un cuaderno que usé como diario durante mi erasmus en Turín. Nieve en la ciudad. Las recuerdo con asombrosa nitidez sobre la cuadrícula, como única anotación de aquel día lunes primero de marzo de 1993. Hoy la ciudad es Murcia, y la nieve una rareza del cielo, un capricho de proporciones casi inverosímiles, una fiesta.Y yo un observador que dobla su edad de entonces y mira desde la ventana del aula y asiste al desasosiego contagioso de unos alumnos que nunca han visto nieve en la ciudad, no en esta.
Dependencia digital, artículo publicado hace un rato, aquí.

martes, 17 de enero de 2017

La víspera de san Antón se prendían altas hogueras -nosotros las llamábamos castillos- en el punto en donde las calles se ensanchaban. Acudían vecinos de cualquier edad, aunque destacaba el jolgorio iniciático de niños y adolescentes. Se asaban patatas en los rescoldos y se bebía de alguna bota de vino que pasaba de mano en mano. Era el tercer y último castillo señalado por la tradición, el que cerraba el largo mes de la pascua, un periodo que se abría en diciembre con la hoguera de la Purísima (víspera de la Inmaculada) y se repetía la noche previa a santa Lucía. El 17 de enero, por la mañana, los animales domésticos y de labor, sobre todo burros y caballos, salían en procesión al lado de sus dueños, ataviados los unos y los otros con el mejor aparejo que se les podía buscar. El cura les dedicaba una misa y luego, al terminar, se les iban entregando unos grandes rollos bendecidos, amasados con el fin de agradar a las bestias. Hablo de una geografía y de una época que hoy evoco con cierto regusto exótico, como si ya pertenecieran al extravío de la imaginación.
Dicen quienes la vivieron que algunas amistades de la mili pueden durar toda la vida. Yo no la hice -la mili-, pero mi padre transcurrió dieciséis meses de su juventud en un acuartelamiento del norte de África. Allí conoció a Marcos, un muchacho de la vecina Caravaca, y pronto se hicieron inseparables. Aunque todos sufrían carencias, las de Marcos, al parecer huérfano, eran todavía mayores, así que mi padre le iba prestando algunas monedas que al final de sus respectivos servicios a la patria sumaban una cierta cantidad.
A los pocos meses de licenciarse, el amigo vino al pueblo y buscó la casa de mis abuelos para devolver, íntegro, un dinero que mi padre, tajante, rechazó. Después Marcos se instaló en Barcelona, formó una familia y montó un negocio en el que le iba bien, y cada verano, cuando venía a visitar a sus parientes de Caravaca, llamaba a mi padre por teléfono y quedaban para comer y pasar juntos unas horas.
Hace semanas le pregunté por su amigo Marcos. Me dijo que este año no se habían visto; peor: me dijo que la última vez que se vieron el otro le confesó que estaba bastante jodido, problemas de salud, evitando pronunciar la palabra cáncer. ¿Pero tú lo has llamado, a ver qué pasa? La respuesta de mi padre, pausada, discreta, se desbordó de una serena emotividad:
-Yo no voy a llamar a ningún teléfono para que me digan que se ha muerto.

lunes, 16 de enero de 2017

A muy pocas jornadas para agotar mi año cuarenta y nueve, dos modestas certezas: la primera, que no ser joven no significa ser viejo; la segunda, que no ser viejo no significa ser joven. Todavía.
He notado que hablar con desapego del dinero y de los recursos materiales, de las falsas ilusiones que a muchos les procura la posibilidad de adquirirlo en un golpe de suerte -en forma de lotería del Estado o por otros medios igual de lícitos-, puede herir a quienes suspiran por un cierto desahogo, aunque no les falte para cubrir las necesidades esenciales. ¿Pero cuáles son, y según para quién, las necesidades esenciales? He notado, sí, el reproche silencioso de sus rostros, como si con mi discurso desprendido y mi elogio de los hábitos austeros -yo, que recibo un sueldo de funcionario y se me presume una posición holgada- estuviera sucumbiendo a una falta grave, de hipocresía o de soberbia o, acaso, de insólita insolencia. Desde ahora me callaré mis convicciones a este respecto.   

domingo, 15 de enero de 2017

Salió ayer, con Helena, en el coche, el tema de la puntualidad. De sus dos mejores amigas, hay una tradicionalmente más tardona, de modo que cuando las tres quedan para salir fijan una hora, sí, pero existe el acuerdo tácito entre la otra y mi hija, a escondidas de la más tardona, de retrasar la cita con un margen determinado para presentarse las tres a la vez, o más o menos a la vez.
Parece que coincidimos Helena y yo en que cuando proponemos, por ejemplo, estar en un sitio en cinco o en quince o en veinticinco minutos no hacemos una estimación vaga, aleatoria, sino que multiplicamos mentalmente cada minuto por los sesenta segundos que contiene con un alto grado de fiabilidad, a expensas de que luego, por los imponderables, podamos oscilar un par de minutos arriba o abajo.
Yo, con frecuencia, cuando voy solo, me marco el propósito de llegar con algún retraso a un encuentro, aposta, para prevenirme de la segurísima impuntualidad de la otra parte; sin embargo, siempre me sobra tiempo, y entonces me dedico a callejear o a mirar escaparates o a acechar a quien acude tarde adonde dijimos y aún no me ve y hace amago de usar su teléfono móvil.
Puestos a elegir, Helena y yo preferimos esperar a que nos esperen: es insufrible imaginar que has dado tu palabra a alguien y que ese alguien está mirando nerviosamente su reloj y acordándose de ti, y tú no apareces.

sábado, 14 de enero de 2017

Me despierto temprano, con esa urgencia inexplicable del impulso creador. En la cama procuro no moverme, limitándome a fraguar con el pensamiento y a fijar en la memoria las palabras precisas, pues sé que si se me extravía una sola o la cambio de lugar es muy posible que malogre el tono y se desmorone la idea. Sin accionar la llave de ninguna luz ni abrigarme con la bata que ahora no sabría encontrar, salgo a tientas, en busca de un papel y un lápiz. Escribo al dictado y regreso al calor de las sábanas. Diez horas después, leo el garabato con los tres versos del hayku y siento como un fraude el rapto de la inspiración madrugadora, esa pausa creativa que excitó mi desvelo. Detengo mis dedos sobre el teclado, dudo unos minutos; pero al final lo transcribo:
Sé de los años
que pasan como balas; 
ya ni me rozan.

viernes, 13 de enero de 2017

Recibí, con pocos días de distancia, sendos ejemplares de dos publicaciones multitudinarias en las que figuran mi nombre y una muestra de mi poesía. Lo que me sorprende es que llamaron a mi puerta sin que yo moviera un dedo; de hecho, ni en uno ni en otro caso conozco aún a los emprendedores y ejecutores del bonito suceso, y me maravilla que supieran encontrarme.
La primera es el número 6 de la revista La Galla Ciencia (se subtitula "Los poetas sensatos", qué curioso), que recauda una entretenida selección de treinta y siete autores nacidos entre 1963 y 1993, de los cuales apenas ubico a media docena. Lleva impreso, con mi permiso, el poema Helena [25-04-2016], que hoy por hoy es acaso la mejor muestra que puedo ofrecer de (con perdón) mi arte.
La segunda es un volumen antológico de poetas murcianos contemporáneos, Composición de lugar, donde, si no he contado mal, cohabitamos cincuenta y cinco. Aventura más o menos previsible, opino que ni somos todos los que estamos (en mi caso, con cuatro poemas) ni estamos todos los que somos. Si por prudencia me ahorro detalles de aquel grupo, del segundo diré que siento gravemente la omisión, quizá por desconocimiento, de La memoria inventada y de La pradera de los asfódelos y otros poemas inevitables, los dos títulos más auténticos, más genuinos, que han pasado por mis manos murcianas. Sus artífices respectivos: Javier Orrico y Jose F. Kosta.
Por lo demás, mi eterna gratitud a unos y a otros.

jueves, 12 de enero de 2017

Inesperadamente, me quedo solo durante buena parte de la tarde. Lo que con frecuencia tiendo a imaginar como una situación idílica, como una maravillosa oportunidad para centrarme en mis lecturas y para que nada ni nadie me distraiga de un sinfín de proyectos tanto tiempo aplazados, se torna poco a poco en una tregua enojosa que acabo malgastando en tediosas tareas, en turbios despropósitos. Está claro que sin hábito no hay monje.
Cuando la mañana de invierno se despereza en la periferia de la urbe y el sol no se eleva aún en el horizonte, más allá de los puentes sobre el trazado, los raíles de las vías de tren destilan una esencia originaria, fundacional, conmovedora. Dan ganas de fotografiarlos desde todos los ángulos, de capturar la nube que forman las partículas en suspensión, de fijar en la cámara esa luz de acero desgastado, ahora humedecido de escarcha, que dibuja las líneas sinuosas hasta perderse en un punto lejano, imposible. El espíritu se sublima con una consistencia lírica, como si todo ocurriera por primera vez.

miércoles, 11 de enero de 2017

Iba a teclear "entre bromas y veras" y cuando cerré el texto, al repasarlo, me di de bruces con "entre brumas y veras". Me quedé mirando la locución, en actitud divertida, como si aún me sorprendiese que de lo más inesperado pueda surgir y resplandecer una asociación novedosa, original, de vocación poética.
Tirando del hilo, creo recordar -debí leerlo en Como la sombra que se va, pero ahora no doy con la página- que la palabra "bruma" también propició, felizmente, el nombre Burma, inventado por Muñoz Molina gracias a la casualidad de las erratas, sin querer, para El invierno en Lisboa.
Siempre que se habla de estas cosas evoco aquel gazapo antológico, espléndido, que se coló en cualquier edición de alguna novela del XIX, cuando la princesa tenía que fruncir el ceño, como de costumbre, y una vocal oportunísima se trocó en otra para que frunciera el coño.
Luego, mientras corregía mi u, se irguió en la memoria ese otro título, intencionado, genial, que tanto envidio: Zozobras completas, de Javier Krahe.