jueves, 22 de febrero de 2018

Con el tiempo -que es, entre otras muchas cosas, el gran maestro de la perspectiva- uno aprende que los propósitos irrevocables también pueden revocarse, y que basta acostumbrar nuestros ojos a la nueva realidad para comprender y asumir la belleza trascendente del destino. Algunos lo llamarán resignación, pero su verdadero nombre -que rebosa gratitud y es leve como una pluma- es otro muy distinto,  y a cada mujer y a cada hombre le corresponde encontrarlo y pronunciarlo para sí mismo, para sí misma. Solo se sabe con el tiempo.

domingo, 18 de febrero de 2018

Desde que di con ella, a mediados de los noventa, suelo recurrir casi todos los cursos a una página del volumen Tiempos y cosas de Azorín. La presento a quien me escucha como una muestra asequible y pedagógica de los postulados noventayochistas. Su lectura del paisaje a través de los tejados me contagia de los escenarios de mi infancia, y su interpelación final no me suele dejar indiferente: "¿No sentís vosotros esta concordancia secreta y poderosa de las cosas que nos rodean? ¿No veis en esta pequeña ciudad una vida tan intensa, tan bella como la de las más grandes y tumultuosas urbes del mundo?"
La tarde del viernes, requerido por obligaciones filiales, me acordé otra vez de aquella página de Azorín. Antes del regreso de una hora de automóvil -lo que dura un disco de Sabina-, me senté en la puerta-terraza de un bar del pueblo -mi pueblo...- y pedí un solitario café. No había nadie a este lado, pero en la acera contraria pululaba la clientela habitual del bar de enfrente, la fauna exacta de todas las tardes de todos los días del mundo en el previsible ecosistema de los bares de pueblo. Allí, si uno observaba, podía advertir la coexistencia pacífica de casi todos los tipos de la humanidad ociosa: el que desea medrar y el que ya medra, el fanfarrón tripudo, el solterón inmemorial, el que otorga cuando calla, el que solo mira su teléfono móvil, el que se le cae la casa encima, el que no tiene abuela, el antiguo edil y el edil actual, el más listo y el más tonto y también sus respectivas viceversas y viceversos (con perdón).
Y aquí, conmigo -no creo que nadie me viera-, el desarraigo, la invencible distancia. Pagué y me fui.

viernes, 16 de febrero de 2018

¿Será verdad que todo tiene un precio? Me resisto a aceptar que seamos meros mercaderes, títeres en manos de una razón más alta, formas de un capricho. Sin embargo...
La niebla no levanta. La tristeza me agota.

martes, 13 de febrero de 2018

No escasean ideas, a pesar de todo; pero de nada sirve una idea si no la guía un motivo, si no la mueve una voluntad, si no la ilumina una fe.
Tiempos de poco decir, de mucho rumiar.

viernes, 9 de febrero de 2018

Portavoces y portavozas: ignorantes e ignorantas.

jueves, 8 de febrero de 2018

Primero el trazo casi tímido, el impulso primitivo de unos renglones sesgados en la vastedad del folio; más tarde, sobreviviendo a cualquier mudanza, las escasas páginas recobradas y reunidas a modo de antología, de autoantología mínima: tal ha de ser el postrer asidero del poeta anciano, su intimísimo catecismo, su resistencia y su gloria y su descanso.

miércoles, 7 de febrero de 2018

En el ecuador de la noche me desvelan unas formas que todavía no son versos, que quisieran ser el andamiaje de un poema con más cuerpo:
Para sentirme vivo, 
necesito morir en cada instante.
Pasados varios minutos, mi pensamiento se debate entre sentir y saber; pruebo el cambio y me gusta:
Para saberme vivo,
necesito morir en cada instante.
Inseguro, emulando cierta diatriba de estirpe barojiana, dudo aún entre un manojo de preposiciones: ¿en cada instante, con cada instante, a cada instante? Al fin me quedo con la que mejor resuelve lo que deseo expresar:
Para saberme vivo,
necesito morir con cada instante.
Creo que el primer heptasílabo vale como principio, que después debería habilitar una sucesión limitada de negaciones versales y que, como cierre, se podría recuperar el primer verso y añadirle la sentencia, el endecasílabo:
Para saberme vivo, 
no [...]
no [...]
no [...]  
Para saberme vivo,
necesito morir con cada instante.
Ahora ya no hago cierto que fuera esto lo que intuí, ni si eran estas las palabras precisas que me asediaron en el ecuador de la noche.

martes, 6 de febrero de 2018

Con escepticismo me preguntas si me llevo bien con las máquinas. Entiendo que cuando me hablas de máquinas te refieres a los ordenadores y a sus mil aplicaciones, a la atracción de las pantallas, a los proyectores de imágenes, a los sistemas de digitalización, a los teléfonos móviles y, en fin, a esos amables artilugios que oficializan el progreso constituyendo las modernas tecnologías. Yo me quedo mirándote en silencio, conciliando mi cinismo a tu compasión, mascullando que acaso son ellas, las máquinas, las que no se llevan bien conmigo. Pero no lo verbalizo.
Sin duda, llega una edad a la que le interesa escudarse en los matices.

lunes, 5 de febrero de 2018

Se me acercó buscando consejo: él no ignoraba que yo había vivido hace años mi particular crisis y que esta, en efecto, acabó en divorcio. Angustiado por la incertidumbre y por las previsibles consecuencias -hijos, patrimonio común, etc.-, necesitaba hablarlo con quien hubiera experimentado una situación similar. Tras procesar mi gesto -un gesto incómodo, entre cauteloso y receptivo-, matizó que su caso no era como el mío, sino justo al revés. Enarqué las cejas cuanto pude: ¿cómo que al revés? Pues sí, porque a él no le tocaba, como me tocó a mí, tomar ninguna decisión inmediata; era la otra parte la que se estaba planteando seriamente la ruptura, y de ella dependía el desenlace. Entonces formulé la pregunta inevitable y él admitió que sí: le constaba la existencia de un tercero, pero al parecer aún no habia sucedido nada físico entre ellos, esto es, entre ese tercero a quien no identificaba y su propia esposa.
De lunes a viernes me mantenía al tanto de los derroteros del drama. Se autoinculpaba por sus innumerables desatenciones maritales (sin duda, decía, una actitud aprendida del mal ejemplo del padre) y cargaba contra la complacencia de unos suegros, los suyos, que alentaban con mala fe el desafío de la hija. Una mañana extrema me contó que ella le había pedido permiso para ausentarse dos noches y un día, y que él había cedido a regañadientes, para no perderla del todo, para que terminara de decidirse entre seguir con su matrimonio o tirarlo todo por la borda. Él estaba seguro de que ella iba a vivir su aventura de unas horas con el otro, tal vez en un hotel de una ciudad próxima, y que volvería asqueada y arrepentida, extrañando el calor de la casa y de los hijos.
Ese fin de semana pensé a menudo en los protagonistas, en el amigo confidente y también, cómo no, en la esposa. Me tentaba imaginarlo a él, desesperado, dejando transcurrir el goteo de minutos insufribles hasta que ella regresara, y me excitaba reubicar los pasos de ella en compañía del amante, como esa Emma que se encierra en un coche con Rodolphe o con Léon mientras la pericia del narrador describe las calles erotizadas de Ruan. 
A día de hoy siguen juntos. Él apenas habla de aquel episodio; no al menos a mí.

domingo, 4 de febrero de 2018

Retales para hilvanar unas memorias:
40. MI MADRE.