lunes, 27 de marzo de 2017

De la precocidad de Camus dan fe las constantes intuiciones que jalonan sus diarios. A los veinticuatro años, en agosto del 38, ya anticipa los primeros párrafos de El extranjero, que se publicó en 1942, y desliza notas sobre su versión teatral de Calígula, de 1944. La agudeza y la lucidez, a menudo incisivas, nos salpican aquí y allá desde las primeras páginas: "No se piensa sino por imágenes. Si quieres ser filósofo escribe novelas"; "El placer nos aparta de nosotros mismos"; "La necesidad de tener razón, signo de un espíritu vulgar"; "Uno se determina a lo largo de su vida. Conocerse perfectamente es morir"; "Cultura: grito de los hombres ante su destino"; "Soledad, lujo de los ricos"; "Encontrar una desmesura en la mesura"; "El cinismo, tentación común a todas las inteligencias"; etcétera.

domingo, 26 de marzo de 2017

Aunque soy tan sensible como cualquiera, lo cierto es que ni la literatura ni la música me han deparado demasiadas lágrimas. Hablo de ese marasmo que sucede dentro del pecho y que, en escasos segundos, sin que uno lo domine, escala hasta los ojos y los nubla. Disfrute estético e intelectual sí, pero verdadera conmoción física, visible para otros, en muy pocas ocasiones.
Me recuerdo llorando -literalmente llorando- mientras avanzaba por los diálogos entre aquel Cipriano protagonista de La caverna (José Saramago, 2000) y su hija. En cuanto a las canciones y sus letras, más proclives que otras artes (sálvese el cine, sálvese la poesía), hay una que siempre me afectó con especial encono: Qué va a ser de ti, un tema de Joan Manuel Serrat que ya me emocionaba antes de ser padre, pero que después de serlo se ha ido concretando en el nombre y en la imagen de Helena, de mi Helena. Es una punzada de ternura sin límite que se nutre del vértigo de las edades y se contagia de la fuga incesante de la vida que somos, de la nostalgia y la incertidumbre y el vacío en que convergirán al fin todos los pretéritos y todos los futuros.
Esta noche Helena se sube a un avión que ella misma reservó y viaja a Londres, y duerme en Londres, y amanecerá lunes en Londres, junto a una compañera de su primer curso en Bellas Artes.

sábado, 25 de marzo de 2017

Anoche salimos a cenar bajo la excusa de una efeméride íntima.
Como no habíamos reservado, el primer intento resultó fallido. Mientras nos cofirmaban que no era posible, identifiqué en la barra a un antiguo conocido, amigo de un amigo, que tapeaba con la que presumo que ha de ser su pareja. Él se llama José Antonio y es de Mula, estudió Derecho aquí y, curiosamente, no nos habíamos visto en lo que va de siglo, de milenio. Ignoro si él me reconoció a mí, pero yo no me decidí a saludarlo.
En el siguiente restaurante nos emplazaron varios minutos, mientras se vaciaba una mesa. Nos sentamos por fin, yo de espaldas a la pantalla donde se emitía un partido de la selección española de fútbol. De inmediato, en un extremo de la barra advertí a otro antiguo conocido que hablaba bajo y cenaba junto a la que será su esposa. Se llama Luciano y es profesor de Historia; compartimos claustro en mi primer destino, hace la friolera de veintidós cursos, precisamente en un instituto de Mula al que muchos días acudí de paquete en su coche, cuando yo no tenía ni carnet. Su mujer, si es la misma, se seguirá llamando como la refirió una sola vez y no he olvidado: Paloma. Apenas ha cambiado, sigue como entonces. Supongo que no le resultará difícil acordarse de mí, y que no le habría sido ingrato que yo me acercase, pero ni siquiera sé si me vio. Dudé, sí, pero tampoco a él me decidí a saludarlo.
Luego, al regreso, me censuré en silencio esa prudencia mía, esa pereza de los hábitos sociales. Cuántos años habrán de transcurrir para que me los vuelva a cruzar en cualquier sitio. Si me los cruzo: nunca sabremos con quiénes hemos coincidido por última vez en esta vida.

viernes, 24 de marzo de 2017

Finalmente recupero los Carnets de Albert Camus, a los que puse una señal por diciembre del 38, y los cinco relatos que acompañan en un solo volumen a la novela breve La playa, de Cesare Pavese, leída hace unos meses. El primero falleció en accidente de tráfico en la Borgoña francesa, a los cuarenta y seis; el segundo se suicidó en un céntrico hotel de Turín, a escasos días para haber cumplido los cuarenta y dos. Ya tengo más edad que muchos clásicos.

jueves, 23 de marzo de 2017

Elegir la lectura que nos acompañará diez o quince minutos cada noche, antes de apagar el foco y cerrar los ojos, no es tarea simple. A mí me gusta disponer de un par de libros al alcance, para turnarlos, títulos cuya letra sea grande y su composición fragmentaria, y a ser posible condescendientes con un hombre que, a mi edad, fija el despertador a las siete, transcurre por varias aulas, vuelve taciturno y no puede perder tiempo en someterse al rito de la siesta. De modo que cuando el cuerpo recupera su horizontalidad primigenia, a eso de las once y pico o las doce, ya a mi espíritu no le queda ánimo para demorarse con las palabras de otros. Hace rato que vivo curado de insomnio, sí; pero entre tanto los días se suceden y yo no me decido a dignificar la superficie lisa de mi mesilla de noche. De mañana no pasa.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Muchas veces, la mala conciencia se concreta en un desajuste interpretativo entre lo que un día hicimos o dijimos y lo que, llegados a este punto, aún no sabemos si debimos hacer o decir. Otras muchas, no.
Con suerte o sin ella, le faltan más de diez años para liberarse definitivamente del trabajo al que acude y lo mantiene. La otra tarde se sorprendió a sí mismo fantaseando con ese futuro, coqueteando con el sueño de la cada vez más cercana jubilación y poder dedicarse a otras cosas que, así lo cree él, son las que de verdad anhela, las que llenan la ilusión del porvenir. Qué enorme torpeza... Y cuánta ingratitud habrá de acumular en el tramo baldío que discurra entre ese hoy y aquel entonces...
Habla su conciencia; sus dedos lo teclean.

martes, 21 de marzo de 2017

Ramón Gaya sentado en una silla, él solo, en la penumbra de la sala, mirando la pantalla sorda del televisor.
Desde que Juan Ballester, amigo de la persona y del artista, me deslizó un día esa curiosa estampa, muchas veces me he visto reflejado en ella de un modo que regatea cualquier explicación. Noble imagen de la inocencia y el asombro, de la mansedumbre y la sorpresa, del ser ensimismado en trance creativo.
A Ramón no lo conocí, pero presiento en su atmósfera vital un refugio de melancolías satisfechas, de reposo expectante, de gozo quizás. Como en su pintura.

lunes, 20 de marzo de 2017

Todo se enfría, todo se desapasiona, todo busca su calma anterior.
Los misterios se revelan o, lo que es más terrible, se diluyen poco a poco.
La nada se aproxima con sus fauces enormes.

domingo, 19 de marzo de 2017

Hay recuerdos que, sin serlo, nos pertenecen por derecho, referentes que se integran en nuestra memoria para que sea ella la que los elabore, en un proceso inverso.
Era yo un bebé de pocos meses cuando mi padre me llevaba en brazos, y ambos sobre la burra de mi abuelo. Regresábamos de un día transcurrido en la zona de baño que llaman Somogil, a varios kilómetros del pueblo. Justo en un repecho del camino -siempre que pasamos por ahí volvemos a concretar las circunstancias y el lugar exacto- el animal dio una espantada que nos derribó a los dos, de manera que mi padre cayó conmigo, pero hábil para hincar los codos en la tierra sin que mi cuerpo se despegara de la fortaleza del suyo. Fue un gran susto para él y no lo fue menos para mi madre, que marchaba muy cerca de nosotros, a pie.
Es improbable, por edad, que mi memoria haya registrado ese instante tantas veces repetido como anécdota familiar; sin embargo, lo evoco vívidamente, con asombrosa precisión de imágenes.