viernes, 26 de mayo de 2017

Hacía tiempo que no imaginaba un título. Para mí, el título suele ser el principio de lo que luego se convertirá en libro; muy pocas veces me ha ocurrido que el título se me revele al final. Pero ahora lo he visto claro sobre la portada, y si lo abro me recreo con un índice de capítulos que alternan la refutación y el elogio, con alusiones clásicas y derivaciones hacia el mundo de hoy, hacia la actualidad más rabiosa y casi hacia el futuro inmediato, y ello desde el justo equilibrio de un ensayo divulgativo, asequible en su estilo, entretenido, sugerente, discreto. No es necesario hacer un estudio de mercado para averiguar que se venderán unos cuantos miles de ejemplares, la mayoría gracias a las bondades del boca a boca. Tratado sobre la pereza, tal es su título. Lo he visto claro, lo he rumiado en mi cabeza y he tenido el impulso de tomar alguna nota inicial, algún apunte que me sirva de trampolín, y casi con el mismo ímpetu se ha ido diluyendo como la arena en un reloj y he terminado escribiendo esta reseña entusiasta sobre un libro que no existe, que no existirá por mí, pero que podría... Ay, qué pereza...

jueves, 25 de mayo de 2017

Un visitador de este sitio me dice que ha leído lo que dejé el otro día, el martes, pero que se lo ha apropiado talmente como si fuera un poema, aunque no sean versos que riman ni se evidencie afán métrico, sino palabras seguidas en renglones seguidos.
Vuelvo al texto de los horarios y las prisas, a la guillotina del sueño y al tiempo agujereado por sus cuatro puntos cardinales, y lo releo imponiéndome una gravedad lírica, tratando de tasar el tesoro escondido y de recolocar sus piezas para sentir cómo suenan en su nueva apariencia. Quito y pongo sílabas, evito las tediosas asonancias, arriesgo encabalgamientos versales, procuro un cauce limpio que desemboque en la retórica de la pregunta, o acaso la duda, sobre si llegará el día en que echemos en falta cuanto enaltece nuestras quejas de hoy.
Pero algo falla: todo se me antoja artificioso, técnico, impostado. No me vence el misterio, no conecto con el alma de la idea. Así que borro todos los borradores y me digo que quede como estaba, como surgió aquel martes.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Jugábamos al juego de la falsa modestia, de la humildad con trampa.
Si os fijáis, soy poca cosa: un profesor sin galones, sin deseos de asumir jefaturas, uno más entre los muchos que sobrevivimos en la trinchera (con perdón) de una clase tras otra; sé de unos cuantos que me mandan por arriba y de nadie a quien yo deba mandar por abajo, y eso me tranquiliza, me otorga el maravilloso aplomo de la irresponsabilidad. Soy tan nada, aquí y fuera de aquí, que apenas conozco dos situaciones en las que me siento realmente grande, inmenso, como un dios (un dios con minúscula, pero un dios a fin de cuentas): una, cuando me expreso por escrito, cuando busco y encuentro las palabras que digan lo que quiero decir; y la otra, la otra... (aquí me entretengo buscando el efecto, con amplio dominio del escenario), la otra es... (bajo la voz, ralentizo su intriga) cuando alguno de mis hijos me llama papá.
En ese instante, casi todos los alumnos rompen en un aplauso espontáneo, quizá porque coincide con el timbre de salida.

martes, 23 de mayo de 2017

Un día llegará en que echemos de menos las prisas, los horarios, el estrés sucesivo, las inútiles quejas, las páginas de una agenda desierta y sin eventos, la guillotina del sueño en la alarma del despertador, las tareas que no admiten plazo ni excusa, este tiempo agujereado por sus cuatro puntos cardinales, tanta frustración elemental, tanto destiempo.
¿Llegará un día? ¿Lo echaremos de menos?

lunes, 22 de mayo de 2017

¿Qué recuerdan de nosotros quienes pasaron fugazmente o se quedaron un rato en nuestras vidas, qué huella les quedó que ahora, al referirnos desde lejos o al indagar en la hucha de la memoria, se les impone con la fuerza irreprimible de una anécdota, de un gesto del que no fuimos del todo conscientes?
Hace dos veranos, en las fiestas del pueblo, saludé a un compañero de aula en la escuela y en el instituto, un buen muchacho, un alumno brillante que hoy ejerce de médico anestesista. Me confesó que a menudo se acordaba de mis torpes progresos en la clase de francés: no había olvidado cómo una vez, antes de entrar a un examen, me dio por repetir frases y expresiones silabeándolas a la española, para no perder ni una letra, así le chat monte sur la table como les enfants mangent et boivent, registro humorístico de las formas originarias, respectivas, le chat monte sur la table y les enfants mangent et boivent.
Supongo que, en buena medida, ese soy o seré yo para él: el antiguo compañero de escuela y de instituto al que un día de examen le dio por repetir cómicamente, hasta memorizarla, aquella sarta de palabras de otro idioma.

domingo, 21 de mayo de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
4. HACE MEDIA VIDA.

sábado, 20 de mayo de 2017

Vida socio-literaria nula. O casi: a media mañana del jueves entré unos minutos al receptáculo donde trabajan las máquinas para fotocopiar hojas de exámenes. Una de las conserjes, que no ignora mis inclinaciones, me habló de una novelista a la que vio el otro día firmando ejemplares y la larga fila de interesados que esperaba turno. Es una mujer sin titulación, con un estilo muy sencillo, pero que al parecer gusta mucho. Esa es la clave para vender libros, concedí: no poner el listón alto y escribir fácil. Me insinuó que lo intentara yo, que escribiera una saga de esas con secuela que luego llevan al cine. Bromeé, como otras veces, que si yo supiera hacer un best-seller no tendría inconveniente en dejarme la literatura. Alcancé mi manojo de folios y salí al pasillo, un poco avergonzado de la arrogancia que acababa de cometer, pensando que los que leímos a Borges a destiempo estamos incapacitados para esa clase -legítima- de éxito.
Supongo que me lo diría, pero no consigo recordar su nombre ni dónde se celebró el evento.

viernes, 19 de mayo de 2017

1966 no fue un año prolífico en los diarios de Julio Ramón Ribeyro: apenas seis o siete páginas. La primera anotación, de enero: "Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar sólo migajas de felicidad". La última, sin marca de día ni de mes: "El camino al viajero: las huellas que he dejado en tus pies". Y entre ambas, un par de fragmentos subrayados por mi mano: "Para salir de la Agencia tendría que escribir una buena obra, pero para escribir una buena obra tendría que salir de la Agencia. En dos o tres ocasiones he roto el círculo mediante un viaje, una escapada, una renuncia. Pero ya tengo 37 años"; "Necesidad de codificar mis conocimientos, que por falta de uso se disuelven en el crepúsculo del olvido. Si supiera todo lo que supe, sabría más de lo que sé".

jueves, 18 de mayo de 2017

Es una maleta de materia pesada, chapada por las esquinas, que cierra con un enganche central y dos hebillas metálicas, una a cada lado. La tumba sobre una caja de la fruta y la destapa para mí, parsimonioso, como si alentara un misterio.
Hay casi una decena de escrituras de propiedad firmadas ante notario. Hay un sobre grande que contiene ensayos de planos a bolígrafo y planos oficiales hechos con líneas de computadora y otros papeles relacionados con la construcción de la casa. Hay un bloc pequeño lleno de anotaciones tomadas en el servicio militar, nombres de mandos, soluciones de galones y estrellas, contabilidades primitivas, esbozos de frases destinadas a una novia. Hay una libreta con el registro a mano, por fechas y cantidades, del cómputo de todos y cada uno de los camiones de vino traídos de Jumilla a Moratalla desde 1980, siempre de la misma bodega, la de Fermín Gilar. Hay pasaportes antiguos, carnets vencidos y fotografías anacrónicas, cartas de residencia y de trabajo selladas en su día por la administración francesa. Hay polvo, mucho polvo...
Cuando la cerramos y carga con ella hasta su modesto escondite me dice que esa es la maleta que se llevó a la dura siega de Albacete, y la que se llevó a Ceuta y a sus dieciséis meses de mili, y la que se volvió a llevar en sus viajes de trabajo a Francia, en las décadas del cincuenta y del sesenta.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Hace una eternidad, en un antro sublimado por el alcohol y la inteligencia, mi amigo Kosta me reveló el argumento de una novela o quizá de una obra de teatro que tenía en la cabeza: los personajes eran albañiles que trabajaban en la construcción de un interminable muro que rodeaba la ciudad, pero ni ellos ni el propio autor conocían aún el porqué de ese muro, y acaso nunca lo supieran, eso no era lo que importaba.
Legendario es el recuerdo de la gran muralla china, cuyos vestigios sorprenden a los turistas. Hace unos meses, el presidente de los Estados Unidos de América amenazaba patéticamente, inverosímilmente, con el levantamiento de un enorme muro fronterizo que separaría su gran país de hierro (según verso de Rubén Darío) del vecino pobre del sur. Berlín ya tuvo el suyo -su muro y su vergüenza, digo-, y su derribo por la presión social se convirtió en símbolo histórico de la tolerancia y de la convivencia en libertad.
Ahora, en mi ciudad -la casa donde vivo a un lado y el centro donde trabajo al otro-, ruidosas máquinas y operarios anónimos se afanan en erigir una tapia de varios metros de hormigón infranqueable que cortará al tráfico toda una calle, una tapia de varios metros de hormigón que relegará a su ostracismo a todo un barrio, bajo la excusa poderosa de que un tren velocísimo circule por sus vías, en superficie.