viernes, 2 de noviembre de 2018

El insomnio: la conciencia dando vueltas, centrifugando, como el tambor de una lavadora en el ecuador de la noche.
Hace más de un mes que pasé por aquí sin saber que no volvería a pasar en más de un mes, paréntesis que se ha ido estirando impremeditadamente, casi al mismo ritmo en que crecía mi barba cana impremeditada.
Helena se fue a la región de la Toscana, a Carrara la del mármol, con sus veinte añitos y una beca por disfrutar. Más lejos aún, en la insondable lógica de su desvarío inmemorial, mi madre examina el rostro de mi padre y lo reconoce por momentos, sorprendida de que vuelva a ser él y no esté muerto como le habían dicho, y soy testigo de cómo se buscan en un abrazo y de cómo él deposita en su mejilla media docena de besos que resumen toda una vida.
Entre tanto, a Federico, el mayor de mis hijos, ya lo miro desde abajo, inclinando un poco la cerviz y mi orgullo intransferible, con la inútil certeza de que más pronto que tarde se marchará también, o de que ya se me está yendo desde hace un buen rato; el pequeño Darío, en cambio, se adhiere a mi día y casi a cada instante de mi día enhebrando entre nosotros una dependencia mutua, como si sus breves ausencias se hubieran adueñado de mi tiempo sin él, como si me extrañara de no hallarlo siempre al alcance de mi vista.
La vida pasa a una velocidad endiablada, engulle las horas sucesivas con un vértigo que ni siquiera yo, desde mi antigua y fenomenal atalaya anticipatoria, supe prever.  

domingo, 23 de septiembre de 2018

Procuro escribir todos los días -cuando digo escribir me refiero a crear una secuencia de palabras con voluntad de permanencia, susceptible de ser releída con agrado-, procuro hacer el gesto antiquísimo de abrir un libro con mis manos y recuperar, al azar, el universo de un fragmento apetecido, necesario. Pero no todos los días lo logro; a menudo se imponen inercias ajenas que van trabando los diversos flecos de mi pereza, dibujando su rostro definitivo.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Vida intelectual nula, salvo que hablo en clase para unos alumnos. Ya ni siquiera me visitan indicios de posibles poemas, ni fantaseo con títulos de novelas que nunca escribiré, ni imagino desenlaces.
Y luego me sorprendo de que mi madre enferma, desmemoriada, a veces no me reconozca.

domingo, 26 de agosto de 2018

Eterno disco
que iluminó aquel beso;
moneda o signo.

Gracias a una entrevista publicada en prensa, descubro a Yuval Noah Harari, israelí nueve años más joven que yo, autor de un best-seller que también ignoraba: Sapiens. De animales a dioses (2011).
Dice que "el mayor problema político, legal y filosófico de nuestra época es cómo regular la propiedad de los datos", y que los tres grandes retos del siglo (suscribo el segundo y el tercero) son "la amenaza de una guerra nuclear, el cambio climático y la disrupción tecnológica, en especial el auge de la inteligencia artificial y la bioingeniería".
Cuando se le pregunta qué es lo que más le preocupa de la tecnología incide en el control de los individuos: "El gran tema son los datos biométricos. No se trata solo de los datos que dejas cuando haces clic en la web, lo que dices o adónde vas, sino de los datos que dicen qué pasa en el interior de tu cuerpo".
Y pone el dedo en la llaga, que no es sino la gestión de la atención: "La atención es un recurso muy disputado y está vinculado a los datos. Todo el mundo quiere atraer tu atención. El modelo de la industria informativa ha sido completamente distorsionado. Ahora el patrón básico es que recibes la mayoría de las noticias supuestamente gratis (sean reales o falsas), pero en realidad lo haces a cambio de tu atención, y esta se vende a otros. El nuevo símbolo de estatus es la protección contra los ladrones que quieren captar y retener nuestra atención. No tener un smartphone es un símbolo de estatus. Muchos poderosos no tienen uno".
Él tampoco lo tiene.

jueves, 23 de agosto de 2018

Qué puedo reprocharles a quienes viven por encima de sus posibilidades: yo he vivido muchos años imaginando un destino que estaba, sin duda, muy por encima de mi talento.

miércoles, 22 de agosto de 2018

El primer hombre
miró la misma Luna
que yo contemplo.

martes, 14 de agosto de 2018

Tras una peripecia de celos, desagradable, todavía dentro del sueño, alguien parecido a mí pero que está enfrente de mí y lo contemplo a distancia advierte que cada Emma Bovary, con su reclamo morboso, su moderna rebeldía y su indudable atractivo literario, mítico, presupone la existencia callada de un Charles Bovary tal vez silenciado, relegado, pero no menos interesante para un examen psicológico. Entonces brota un aplauso de manos cansadas que no acabo de entender cuando ya estoy despierto.

lunes, 6 de agosto de 2018

Los periódicos de papel son para el domingo, diseccionados a ser posible en el dominio doméstico, cómplices de toda la mañana e incluso de parte de la tarde. A nosotros, por afinidad o tradición, el que más nos gusta es El País, que ayer precisamente cumplió la bonita cifra de quince mil números.
Leí un montón de entradas y artículos de actualidad, o eso que el fluir de los tiempos llama actualidad: los ataques de Trump a la prensa, la permanencia del programa nuclear en Corea del Norte según denuncia Naciones Unidas, el incremento de las agresiones xenófobas en Italia, la ola de violencia y homicidios (unos 85 cada día) que no cesa en un país tan civilizado como México, la multiplicada vergüenza de los asaltos por aporofobia u odio a los pobres, el desigual reparto de menores tutelados que arriban a la Península Ibérica en pateras o entre las ruedas de un camión o en el maletero de un coche...
Llama mi atención la historia del preso, violador y asesino, huido y hallado entre Senegal y Gambia junto a la novia que conoció en la cárcel hace una década. Me detengo en una entrevista al físico y premio Nobel en 2004, un tal Frank Wilczek, preocupado por la deriva de los avances en inteligencia artificial. Leo un artículo de Manuel Cruz sobre los impostores de la filosofía y otro, al lado, de una agente literaria que alecciona sobre el libro que no todos llevamos dentro porque no todos somos escritores. Luego el estreno de un documental sobre Chavela Vargas, el enésimo suicidio de un exciclista profesional, el obituario del disidente del régimen soviético que fuera el escritor Vladímir Voinóvich, la siempre golosa pluma de Manuel Vicent en la contraportada.
Vuelvo muchas páginas atrás para reencontrarme con la crónica luctuosa de Vargas Llosa sobre un amigo suyo de juventud y me sorprende aún la clarividencia ocasional de ciertos fragmentos extrapolables, como cuando se pregunta "cuántas promesas se quedaron en embrión (...) por ese derrotismo psicológico que la pobreza intelectual y literaria del medio expande en torno, paralizando a los mejores".
Me chapuzo de nuevo en la piscina y siento que ha sido un domingo más o menos dichoso.

sábado, 4 de agosto de 2018

Es un texto que, intuitivamente, con muchas dudas, a modo de apostilla tal vez inoportuna, adherí al relato "Historia de mis vecinos" (La sonrisa del ahorcado, 2013), aquel en que trataba la soledad y el olvido -tal es la deriva del Alzheimer- desde un ángulo trágico. Ahora lo releo con otros ojos, con una mirada que se solapa a la verdad irremediable y hunde sus tentáculos en el imperioso pronóstico de la ficción:
"Por suerte, hay un tenue resplandor benéfico, una sigilosa forma de dignidad postrera, una especie de tabla de salvación que acecha y que se yergue tras el cristal borroso de una pesadilla, de cualquier pesadilla. No sabemos qué nombre darle exactamente, pero eso mismo es lo que al despertar de un mal sueño nos reconcilia con nosotros y con esas verdades nuestras que llamamos cotidianas y que tan insoportables nos parecen".
Qué no daríamos por despertar ahora, justo en este punto.