martes, 24 de enero de 2017

La madeja de los clásicos es inagotable. Con motivo del estudio de La Celestina, propuse un texto de creación en que las chicas asumieran la identidad de Alisa y los chicos la identidad de Pleberio. Han pasado unos años, pocos, tres o cuatro, desde aquel desenlace en que su hija Melibea se arrojó desde la torre, estando aún caliente el cuerpo de su amado Calisto, y su cristianísima conciencia de nobles medievales ha tenido que sobrellevar el peso íntimo y la carga social de una tragedia y de un escándalo que sobrevivirán a los siglos. Azorín ya tergiversó la historia en su celebérrimo relato Las nubes. Yo -mi yo más arrogante- quise a mi vez rizar el rizo en mi cuento Nubes y claros, que partía del juego nietzscheano de Las nubes de Azorín. Ahora a mis alumnos y alumnas solo les pido que se conviertan en el padre o la madre y demuestren que conocen los meandros del argumento de Rojas. El resultado de sus invenciones siempre sorprende a mis expectativas.

lunes, 23 de enero de 2017

Un buen principio sería aprender a eludir (y, en su caso, a combatir y aniquilar) todo aquello que lastre nuestra creatividad o que de algún modo nos distraiga de la voluntad de singularizarnos en el ejercicio de un talento, cualquiera que sea, artístico o artesanal, ese que todavía nos permite elevarnos sobre nuestra altura y, de tarde en tarde, sabernos viento, sentirnos nubes, volar.

domingo, 22 de enero de 2017

Mientras el magnate cejirrojo contempla desde su despacho presidencial la vastedad de Trumpelandya y cientos de miles de ciudadanos se concentran en las calles para protestar por el fondo y la forma de sus promesas, nunca faltará algún alma cándida que nos diga delante de una cámara que en esto precisamente se sustentan los valores democráticos, en aceptar el decreto de la mayoría de votantes y, si no es de nuestro agrado, resignarnos y comprender su paradójica grandeza.
Postada 1.- Urge que las democracias del mundo, o lo que queda de ellas, se vayan inventando algún resorte para defenderse de su propia generosidad.
Posdata 2.- Tarde propicia para volver a ver, en familia, El gran dictador de Chaplin.

sábado, 21 de enero de 2017

Aunque fui un pésimo alumno de matemáticas -tan insolente que todavía lo llevo a gala-, lo cierto es que me atraen las bondades del cálculo y, siempre que puedo, tiro a un lado la maquinita que no tengo y lo practico por gusto, con un bolígrafo o, mejor, de cabeza, como veía hacer a mi madre tras el mostrador de la tienda.
Hoy me desperté enredado en pensamientos ociosos, hurgando en vertiginosas estadísticas que no conducirán a nada, pero que entretienen la mañana y el gris plomizo de mi primer día con cincuenta vueltas completas alrededor del Sol, o con veinticinco años en cada pata, como se dice. Resulta que desde que nací han pasado 600 meses, unas 2.600 semanas, la friolera de 18.250 días (excuso los bisiestos, claro), el reguero aproximado de 438.000 horas de reloj, una tras otra, la impertinencia incalculable de 26.280.000 minutos.
¿Cuántas veces me habré frotado los dientes con un cepillo, cuántas habré hecho el gesto de batir un huevo para una tortilla, cuántas me habré metido bajo la ducha repitiendo los mismos movimientos, cuántas me habré bañado en el mar? ¿Con cuántas personas habré intercambiado una mirada, cuántos kilómetros habré recorrido a pie o en bicicleta o sobre cualquier vehículo motorizado, cuántos versos se me habrán deslizado, cuántos renglones? ¿Cuántos cafés, cuántas películas y libros, cuántas fotografías con mi imagen, cuántos coitos, cuántos despertares?
La pregunta -la gran pregunta- es cuántos más querrán pertenecerme a este lado del tiempo.

viernes, 20 de enero de 2017

Hace diez años reuní en la misma cama a Federico, a Helena y a su madre y les leí en primicia, antes de irnos todos a desayunar, los cuarenta versículos del poema Cantando los cuarenta.
Hace veinte yo todavía no pasaba de los treinta ni había firmado una hipoteca, apurábamos los últimos coletazos del segundo milenio y aún no había cogido en brazos a ninguno de mis hijos.
Hace tres veces diez fui un alumno despistado que escribía versos tristes y aforismos intrépidos y relatos frustrados en la soledad de su celda, inconsciente de nada, inexperto de todo, soñador de cualquier cosa.
Hace cuatro décadas no había besado a una chica ni había visto el mar ni partidos de fútbol en color, mi padre no se había dejado crecer su eterno bigote y a mi madre no le recetaban abundantes pastillas de distintos colores.
Hace medio siglo, en un día viernes como este, también veinte y enero, a él le pilló obrando una baldosa y un escalón con que adecentar la entrada de la casa, mientras ella, mi madre, aguardaba en el dormitorio la visita de la comadrona del pueblo para que la ayudase en la tarea de alumbrar a su primogénito.

jueves, 19 de enero de 2017

Lo vengo constatando desde hace unos cuantos lustros, de manera que ya puedo cifrarlo en décadas: cada vez que se me impone el comentario en clase de algún texto de la denominada Generación del 98 concluyo que aquello que se escribió hace más de un siglo es, por desgracia, perfectamente extrapolable a la España de hoy; bastaría tapar la fecha y el nombre del autor. Azorín y Valle-Inclán, sobre todo, pero también Unamuno y Baroja, evidencian más que nunca nuestra orfandad en el examen riguroso y la interpretación de los problemas sustanciales, profundos, como sociedad y como país. En muchos aspectos seguimos en el mismo sitio, tan orgullosos como entonces de nuestros cerrilismos e ignorancias. Sobrecoge el déficit actual de intelectuales de altura, verdaderamente comprometidos con las causas perdidas, que sepan hacerse oír.

miércoles, 18 de enero de 2017

Nieve en la ciudad. Estas mismas palabras las escribí hace justo veinticuatro años, en un cuaderno que usé como diario durante mi erasmus en Turín. Nieve en la ciudad. Las recuerdo con asombrosa nitidez sobre la cuadrícula, como única anotación de aquel día lunes primero de marzo de 1993. Hoy la ciudad es Murcia, y la nieve una rareza del cielo, un capricho de proporciones casi inverosímiles, una fiesta.Y yo un observador que dobla su edad de entonces y mira desde la ventana del aula y asiste al desasosiego contagioso de unos alumnos que nunca han visto nieve en la ciudad, no en esta.
Dependencia digital, artículo publicado hace un rato, aquí.

martes, 17 de enero de 2017

La víspera de san Antón se prendían altas hogueras -nosotros las llamábamos castillos- en el punto en donde las calles se ensanchaban. Acudían vecinos de cualquier edad, aunque destacaba el jolgorio iniciático de niños y adolescentes. Se asaban patatas en los rescoldos y se bebía de alguna bota de vino que pasaba de mano en mano. Era el tercer y último castillo señalado por la tradición, el que cerraba el largo mes de la pascua, un periodo que se abría en diciembre con la hoguera de la Purísima (víspera de la Inmaculada) y se repetía la noche previa a santa Lucía. El 17 de enero, por la mañana, los animales domésticos y de labor, sobre todo burros y caballos, salían en procesión al lado de sus dueños, ataviados los unos y los otros con el mejor aparejo que se les podía buscar. El cura les dedicaba una misa y luego, al terminar, se les iban entregando unos grandes rollos bendecidos, amasados con el fin de agradar a las bestias. Hablo de una geografía y de una época que hoy evoco con cierto regusto exótico, como si ya pertenecieran al extravío de la imaginación.
Dicen quienes la vivieron que algunas amistades de la mili pueden durar toda la vida. Yo no la hice -la mili-, pero mi padre transcurrió dieciséis meses de su juventud en un acuartelamiento del norte de África. Allí conoció a Marcos, un muchacho de la vecina Caravaca, y pronto se hicieron inseparables. Aunque todos sufrían carencias, las de Marcos, al parecer huérfano, eran todavía mayores, así que mi padre le iba prestando algunas monedas que al final de sus respectivos servicios a la patria sumaban una cierta cantidad.
A los pocos meses de licenciarse, el amigo vino al pueblo y buscó la casa de mis abuelos para devolver, íntegro, un dinero que mi padre, tajante, rechazó. Después Marcos se instaló en Barcelona, formó una familia y montó un negocio en el que le iba bien, y cada verano, cuando venía a visitar a sus parientes de Caravaca, llamaba a mi padre por teléfono y quedaban para comer y pasar juntos unas horas.
Hace semanas le pregunté por su amigo Marcos. Me dijo que este año no se habían visto; peor: me dijo que la última vez que se vieron el otro le confesó que estaba bastante jodido, problemas de salud, evitando pronunciar la palabra cáncer. ¿Pero tú lo has llamado, a ver qué pasa? La respuesta de mi padre, pausada, discreta, se desbordó de una serena emotividad:
-Yo no voy a llamar a ningún teléfono para que me digan que se ha muerto.