lunes, 25 de septiembre de 2017

Tras sugerirme una archiconocida cadena norteamericana de comida rápida que dispensa sus productos a más de medio mundo, yo hice un gesto ostensivo que equidistaba entre el asombro y el asco.
-Tío, te estás aburguesando peligrosamente -fue su dardo de veneno cordial.
Entonces, la bondad del idioma vino en mi auxilio casi sin forzar ningún resorte, inmediata y mordaz, ingeniándoselas por sí misma, satisfecha de su juego saludable:
-Mejor aburguesado que hamburguesado, ¿no?
Y ahí se zanjó cualquier disputa.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Llegados a este punto, cada uno de nosotros -me refiero sobre todo a los demócratas del lado de acá- debería hacer el descomunal esfuerzo de preguntarle a su conciencia si sabe tolerar -o si acaso no sabe- que otro ciudadano pueda sentir, desear y defender con sus propios argumentos la idea política de independencia para el territorio en el que vive. Solo entonces concluiremos si el manoseado adjetivo -esto es, demócrata- se ha de escribir con letra firme o si debe prorrogarse la cursiva. 
Retales para hilvanar unas memorias:
22. EL TIEMPO DE LOS ALATONES.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Me puse a pensar una lista de cosas que puede hacer un colega (un colega que admitió cierta desorientación para afrontar lo inevitable) en su primer día de jubilado, y la lista pronto se convirtió en una enumeración caótica que alternaba lo sensato y lo insensato en su amalgama lírica, así que finalmente aquella pretendida lista acabó siendo una letanía en verso libre al estilo de alguno de los poemas que debemos a Borges. Lo pensé y no lo escribí, pero he dejado la puerta entreabierta, por si un día de estos me asistiera el ánimo de hacerlo.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La jornada empezó temprano. A eso de la una estábamos llegando a la puerta de urgencias, y a las tres ya habíamos vuelto. El pediatra que atendía, desconocido para nosotros, era parsimonioso en su decir de acentos argentinos, presentaba un bigote denso y se abonaba a esa edad indiferente que va de los cincuenta largos a los sesenta escasos. Dos nebulizaciones consecutivas y regreso por las calles solitarias del centro. Mala noche, poco descanso. Luego, avanzada la mañana de cafés y de ojeras, me entero entre clase y clase de las novedades sobre Cataluña y, más tarde aún, del agresivo terremoto sucedido en Méjico. No me regalo una siesta, pero aguanto bien. Hablo por teléfono con mi padre, con mis hijos mayores. El día camina casi firme, sin oscilaciones ni imprevistos, hacia su desenlace; salvo que un breve episodio de tos se expande ahora desde el cuarto de Darío y mis manos permanecen quietas sobre el teclado. No soy de cruzar dedos ni de tocar madera ni de rezar rezos, pero a veces dan ganas. Hoy has hablado mucho; hoy, Pavese, no escribirás más. Me duele el cuello, la espalda.

martes, 19 de septiembre de 2017

Circunstancias complicadas para escribir a diario, para aislar un espacio íntimo y defender un paréntesis de creación. Ya me acerco al cuarto sexenio y siento como si cada principio de curso se me hiciera más difícil encajar las piezas, adaptarme a los horarios y a la proximidad de rostros que atienden a mi discurso repetido, conciliar esto y aquello y lo otro para llegar a tiempo a todo, integrar lo que soñé y lo que soy en lo que seré y en lo que quiero. Papeles varios y reuniones estériles y decisiones ajenas urden su revoltijo de eventualidades, y alguna vez, incluso, como la madrugada pasada, consiguen desvelarme con esa especie del pánico que se sustancia en el estrés. Antes de volverme a dormir, o acaso ya dentro del sueño, he presentido algo, una quiebra, un mal augurio, una bofetada inminente de la vida; pero no se ha concretado en nada, no aún.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
21. EL ZAPATO Y LA VIRGEN. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

Cunde en mi entorno el número de quienes pierden al padre o a la madre. Desde hace semanas es un goteo intermitente pero continuo, más o menos próximo. Ha de ser que, como hijos, ya nos vamos asomando a esa edad en que la ley natural impone su lógica. El otro día, a una afectada se le resbaló esta reflexión: "Hasta ahora, la muerte de tu padre o de tu madre era algo que siempre les sucedía a los otros, pero no a ti". Así es, así será.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Ante la inesperada perspectiva de tres largas horas para mí, hubiera podido incrustarme entre las páginas de una novela, o haber visitado algún comercio para procurarme el par de pantalones que necesito, o haber perfilado algún sermón pedagógico que capte la benevolencia de los grupos de alumnos que mañana recibiré en las aulas. Pero no; he buscado una sala céntrica y me he metido a ver una de las películas que anunciaba el cartel: Verano de 1993. Lo primero que uno piensa al toparse con un título así, mientras paga la entrada y sube las escaleras y se acomoda en una de las últimas filas, es qué hacía yo y con qué gentes andaba, qué mundos me definían y qué soñaba, quién era ese yo remoto de hace más o menos la mitad de mi vida, en la torridez de aquellos meses del año 93. De inmediato cesan las luces -no hay apenas anuncios publicitarios-, emergen los subtítulos junto a los primeros planos. Poco a poco, el espectador se va familiarizando con la lengua catalana y con el rostro de la niña protagonista y con la sencillez trágica de su historia.
A la salida, encuentro prescindible con un antiguo conocido, ególatra profundo que estrangula mi paseo de vuelta durante quince o veinte minutos.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Era un poema que me debía sobre todo a mí, y creo que ya lo tengo. Lo empecé meses atrás, cuando se me impusieron los dos primeros versos, pero no lo fatigué demasiado y dejé pasar las semanas y los días (y con ellos todo el verano) esperando esa disponibilidad de ánimo de la que a veces hablan quienes escriben poemas o componen canciones. Ahora, hoy, lo percibo casi acabado, digno hasta donde he sido capaz, y al revisarlo caigo en la cuenta de que casualmente consta de dieciséis endecasílabos, feliz correspondencia con los actuales dieciséis años del hijo al que va dedicado. Se titula De nombre Federico (Federico por su abuelo, a su vez Federico como el suyo), un nombre para mí familiar que sin embargo no quiebra su larga estela de malditismo poético, desde Nietzsche o Hölderlin hasta García Lorca o Fellini. Ahí queda.