martes, 25 de abril de 2017

Hace poco, sorpresivamente, le oí decir -aún me sorprendo de la naturalidad con que lo dijo- que estaba conforme con todo lo que había hecho, que no se arrepentía de nada, que haría lo mismo si volviera atrás en el tiempo. Creo que su conciencia no manejaba el típico porcentaje de aciertos y errores con el que, considerado a posteriori, tanto nos castigamos a partir de cierta edad, sino que percibía su propia vida como un contínuum, como un desarrollo ininterrumpido en el que cada efecto justifica su causa, aceptando no tanto el resultado como el criterio aplicado a cada una de sus decisiones. Mi padre.

lunes, 24 de abril de 2017

Reecuentro inesperado con el borrador manuscrito de lo que -supongo- aspiraba a ser un poema a su debido tiempo. Está en una página -con la esquina doblada por arriba- de la agenda que utilicé en 2015, que me he puesto a hojear distraídamente mientras buscaba otra cosa. Ahora, de pronto, ya no sé si la tentativa tiene arreglo, si vale tal como la recupero o si acaso la fui puliendo en otra parte y ya no lo recuerdo. Quede, pues, así, en su eterna y venturosa provisionalidad:
Para todos nosotros
nace el día con sus dones.
Para quien poco espera,
para quien tanto aguarda.
Del último al primero,
dones y días y hombres.

domingo, 23 de abril de 2017

Siempre hubo una isla desierta a la que alguien se empeñará en que nos llevemos un solo libro. Lo determinante no es si existe tal isla, sino cuánto tiempo se nos permitirá permanecer en ella con ese único libro.
Mi respuesta, esta vez, va a ser más meditada que de costumbre. Si adopto un criterio desenfadado y festivo, digo que me llevaría el Manual del perfecto náufrago, broma que le escuché hace siglos a un premio Nobel de Literatura que pasó por la ciudad y dejó su impronta. Si me decanto por la legítima verdad, so pena de resultar poco ingenioso y nada original, acaso un fraude a las expectativas del auditorio, digo que me llevaría El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, porque de cuantas novelas he leído es, con absoluta certeza, la más vasta en nuevas sugerencias y reinterpretaciones. Si prefiero mostrarme genuino sin que ello suponga agravio a la sinceridad, digo que me llevaría las siete partes de En busca del tiempo perdido, porque aún no lo he leído y me daría, sospecho, entretenimiento para rato.
Otra cosa es si se me pregunta qué único libro de mi biblioteca salvaría de un incendio, o qué único libro de los escritos por los hombres y las mujeres de este mundo indultaría de una conflagración universal.
Buena jornada para redireccionar este discurso fechado en marzo de 2009, acerca de mi memoria de lector: Leer para vivirla.

sábado, 22 de abril de 2017

"El arte es compromiso y es sigilo".
Lo escribí en Necedarius, el libro más críptico que he dado al papel, el más inasequible también (alguien habrá que lo juzgue pretencioso), el más agradecido de mis líricas insolencias.
Conocí a nueve lectores que acaso entendieron algo o que creyeron entender (AGuirado, ASalom, DLópez, JA Martínez, JF Kosta, JM de Paco, MA Orfeo, Marta y Pepe), o que de sus ulteriores observaciones y comentarios deduje yo que entendían (Pepe y Marta, MA Orfeo, JM de Paco, JF Kosta, JA Martínez, DLópez, ASalom, AGuirado). Lo demás fue silencio: ni una sola reseña en un solo medio reseñable.
La obviedad es que el tiempo no ha sido benévolo con ninguno de mis títulos. Si la meta continúa siendo el olvido (como quería Borges), mi obra y yo debemos estar muy cerca de merecer el podio.
No obstante, el endecasílabo de arriba aún me parece válido. Y también estos tres (o dos y pico), verdaderamente premonitorios:
"He muerto ayer pero he muerto
Conmigo.
El epitafio es noble si son nobles
Los labios que repiten el misterio".

viernes, 21 de abril de 2017

Viaje de unas horas a la casa de los padres, hoy. No me imagino cómo será no haber nacido en un pueblo y haber huido de él, no conservar la referencia de un espacio mítico rural que contenga la memoria de los años y al que poder regresar de vez en cuando.
Recién llego, ellos sacan del horno su bizcocho artesano rectangular, de casi medio metro; yo, según habíamos previsto, les amaso la base para la pizza (aceite, cerveza y harina con unos granos de sal) y dispongo los ingredientes que sé que les gustan. Hemos hablado y hemos comido. Antes, en el huerto, le hice dos fotografías a mi padre, discreto y orgulloso, emergiendo de su pequeña plantación de habas, como un expedicionario entre matas tan altas como él. Luego he ido a las estanterías y, por enésima, he recolocado los libros buscando otro modo, un criterio definitivo y unánime que sin embargo nunca acaba de satisfacerme. Al caer la tarde deposito en el maletero las habas, una gran bolsa de naranjas, un manojo de ajos tiernos, un pedazo de aquel bizcocho que tanto echaré de menos cuando ellos falten.
Mi padre me despide desde la puerta, con un gesto de la mano. Mi madre se fue a caminar con una vecina.

jueves, 20 de abril de 2017

Hablar de fútbol es ceder a la frivolidad, someterse a los mil credos que apuntalan esa fe, dar pábulo a la inocencia presunta y presuntuosa de sus pasiones, contribuir a la desmesura ética y al disparate mediático, rebajarse.
Hablar de fútbol es siempre hablar de otra cosa.
La única educación posible es la que se sustancia en el ejemplo, tanto en el bueno como en el mal ejemplo. De tal palo... ya se sabe. La rigidez normativa y las prohibiciones no bastan, y tampoco los discursos, que en demasiadas ocasiones apenas sirven para disuadir de sus mismas razones, o bien para confrontarlas, para afearlas.
Si quieres que tus hijos lean libros o que respeten el medio ambiente o que no sean reos de una máquina dispensadora de imágenes veloces, lee tú con ellos, o al menos lee tú para que ellos te vean leer, sé tú respetuoso con el mundo y que ellos te vean serlo en tu hora cotidiana, no te abandones tan fácilmente a la facilidad de cuanto repudias cuando no eres tú quien lo practica.
Parece una edulcorada proclama publicitaria, una cuña pastelosa con estrategia de mercado; pero así lo entiendo, y así se me confirmó este mediodía: aguardaba yo con Darío, junto al paso a nivel, sin precipitar mis urgencias, paciente, y me ofuscaba y me indignaba a partes iguales porque otros padres y otras madres con su respectiva prole, pequeñajos de la mano o sujetos al carrito, se aventuraban a atravesar la vía pese a la ruidosa señal de alerta. Todo un ejemplo.

miércoles, 19 de abril de 2017

Día sin molla, con todo el tiempo para no hallarlo, para echarlo de menos antes de que se borre, para quejarnos de su promesa incumplida y de su fórmula naturalmente efímera, huidiza, frágil.
Tocaba dedicar la tarde al coche, perderla en él, y así ha sido. Primero la tantas veces postergada reposición de aceite y filtros; después, la visita por ley a una de esas superficies de inspección técnica donde se somete a control y examen, previo pago de las tasas oficiales. En total, más de cuatro horas pendiente de la desgana de los sucesivos operarios, aburrido de observarlos yendo y volviendo en el trasiego exasperante de sus vidas, tan cansinos y tan tristes, tan agrios.
Pocos lugares (para mí) más inhóspitos que un taller mecánico de vehículos a motor. Por aquí la mugre y el hollín, las manchas residuales, esa amalgama sucia de polvo y lubricante; por allá la propia estética, el paisaje de acero y hojalata, la sordidez pesada de las herramientas, la insufrible metalurgia de las piezas y las cosas, los ruidos y olores, un gato que cruza con un ratón en la boca.
Ya en casa, enemistado conmigo mismo, me propongo relajarme (es un decir) mientras miro en la pantalla silenciada del televisor cómo agoniza otro partido de fútbol.

lunes, 17 de abril de 2017

Durante mucho tiempo, el sentido común y la sensatez supieron avanzar juntos, de la mano, o quizá es que la una no era más que una cualidad del otro. Conforme dilapidamos este presente que para nuestros nietos constituirá el pasado, la historia con minúscula y la Historia con mayúscula, me doy cuenta de que el sentido común y la sensatez han echado por caminos distintos, a menudo opuestos. Basta mirar alrededor y tratar de ver; basta mirarnos de frente en cualquier espejo.