miércoles, 22 de febrero de 2017

Deslenguados y desliteraturizados, título para un artículo sobre los programas de Lengua y Literatura que todavía no he escrito, que no sé si escribiré.
La pereza es la guinda de las buenas intuiciones (la pereza como opción asumida, claro).
Algunos dardos (persistentes) de aquel Chamfort:
"Un hombre honesto debe obtener la estima pública sin haberlo previsto y, por así decirlo, a pesar suyo. Quien se dedica a buscarla, revela su estatura".
"La importancia sin mérito da lugar a la consideración sin estima".
"El hombre que vive habitualmente consigo mismo tiene necesidad de virtud; pero si vive con otros precisa honores".
"Cuando en el mundo se desea agradar, hay que resignarse a dejarse enseñar muchas cosas, que se saben, por personas que las ignoran".
"El sabio, el amigo de sí mismo, describe una línea en círculo cuyo fin le devuelve a sí mismo".
"Lo que comporta el éxito de buena cantidad de obras es la relación que se establece entre la mediocridad de las ideas del autor y la mediocridad de las ideas del público".
"Los pobres son los negros de Europa".
"Hay en todo una madurez que es preciso saber esperar. Feliz el hombre que llega en el momento justo de esa madurez".
"Existe una melancolía que conduce a la grandeza del espíritu".

martes, 21 de febrero de 2017

Casi en el principio de los tiempos, un prologuista municipal detectó en mis poemas "aforismos de chamfortniana esencia". Los había remitido a un concurso y el jurado les concedió mención de honor, por lo que se editaron en volumen colectivo. Aunque relegada a un par de renglones, fue una de las primeras apreciaciones críticas que mi obra recibía, así que investigué el nombre que daba ocasión al adjetivo y descubrí a un moralista francés del XVIII: Nicolas de Chamfort. Al poco encargué un ejemplar a Círculo de Lectores (Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas) que lleva prefacio de Antonio Martínez Sarrión y epílogo repescado de los ensayos de -nada menos- Albert Camus. Lo leí entero, subrayé alguna cosa; luego nos separaron los trabajos y los días; meses atrás regresó a mis dominios; y ahora preside, junto a Marco Aurelio, la mesilla de las relecturas.
El victimismo es el colmo del egoísmo. No lo soporto, sobre todo cuando alguien me descubre que soy yo quien lo practica.

lunes, 20 de febrero de 2017

El programa Salvados -que no suele dejarme indiferente- trataba anoche sobre el imperio de los teléfonos móviles y su impacto en la conducta del individuo. Por desgracia, todo lo que escuché resulta tan obvio y se percibe con tal dosis de complacencia o de impotencia que casi desdibuja sus peligros, los inmediatos y los otros, de alcance imprevisible. Y a los más reticentes nos convierte de paso en unos exagerados, en unos catastrofistas insufribles, en unos aguafiestas incapaces de transigir con las bondades del progreso.
En un momento dado surgió el análisis de uno de esos ancianos de aspecto y discurso venerables, Zygmunt Bauman, un pensador a quien (me avergüenza admitirlo) no conocía; por no saber, no sabía siquiera que sus palabras de anoche hubieran debido sonarme póstumas, porque falleció hace algo más de un mes, el 9 de enero. A él concierne la idea de "modernidad líquida", fórmula o concepto que, per se, ya es hallazgo poético, manantial de sugerencias. Me he enterado hoy, ahora, al rastrear su nombre y adentrarme en algunas páginas sobre su persona y obra.
Hemos observado últimamente, más aún desde que de puntillas llega a la manivela, que no para de cerrar puertas. Un día de la semana pasada le dijo a su madre la razón: lo hacía para que no entraran monstruos; así que su madre me insinuó que le inventara un cuento a propósito, con pedagogía disuasoria. De ahí la fábula del monstruo que tenía miedo. Yo nunca había escrito para niños, pero reconozco que me divierte improvisar historias que se recrean en la inmediatez, argumentos simples que sin embargo enristran peripecias inauditas, a menudo disparatadas, oníricas. Mi experiencia sabe que los entretienen y relajan, y que no pocas veces, si el clima es propicio, alcanzan el objetivo de dormirlos. En el caso del monstruo que tenía miedo no lo tengo tan claro, más que nada por su brevedad, de modo que ya me veo añadiendo pormenores efímeros y estirándolo como un chicle cuando me decida a leérselo.

domingo, 19 de febrero de 2017

Cuando empezó en este oficio pasaba horas indagando qué hacer para motivar a sus alumnos, qué estrategias aplicar dentro y fuera del aula y, en suma, cómo llegar a seducirlos. Un sexenio después ya se había convencido de que el verdadero reto no es otro que defenderse de la propia experiencia, siempre tan presuntuosa y tan escéptica; y también, cómo no, arreglárselas él solo para que la hornada anual de jóvenes sucesivos no lo desmotive sucesivamente a él.

sábado, 18 de febrero de 2017

Érase una vez un monstruo que tenía mucho miedo. Los animales del bosque le preguntaban por qué tenía tanto miedo, siendo como era un monstruo. Él les decía que todos los monstruos tienen miedo, aunque algunos más que otros, y que a él, por ejemplo, cuando más miedo le daba era cuando se veía en el espejo, porque entonces sí que se parecía a un monstruo de los de verdad. Pero también le daba mucho miedo dar miedo a los humanos, darse cuenta de que algunos niños se asustaban nada más verlo. Siempre que se proponía asustar a alguien para demostrarse que era un monstruo, le sudaban las manos y le temblaba la voz de tanto miedo como le daba. Si se abría una puerta, el monstruo iba a cerrarla inmediatamente, porque le daba mucho susto que pudiera entrar alguien y se asustara de verlo ahí. Un día, por fin, los animales del bosque y el monstruo que tenía mucho miedo conocieron al niño Darío y empezaron a jugar con él. El monstruo y Darío se hicieron muy amigos, tanto que dejaron de cerrar las puertas que se quedaban abiertas y ya nunca más volvieron a asustarse el uno del otro.

viernes, 17 de febrero de 2017

Ataraxia es una palabra de origen griego que aprendí en El árbol de la ciencia, la novela de Pío Baroja que llevábamos como lectura obligatoria los que estudiamos el antiguo COU. Quizá es por eso que siempre que la pienso o me entretengo en paladear su música me resulta indisociable de la peripecia humana y del destino literario de Andrés Hurtado, el protagonista. El de ataraxia es un soplo de sonidos que me relaja, que me lleva a su terreno semántico, que me envuelve como una promesa de tranquilidad. Ataraxia: casi me basta pronunciarla para estar allí, en ella o con ella o sobre ella, como si fuera un lugar o una voluntad o un descanso. Si se me diese la oportunidad de inventar una isla la llamaría así, Ataraxia.

jueves, 16 de febrero de 2017

"Nos separan tantos metros de biblioteca...", solía decir al principiar el curso un catedrático soberbio, un pobre hombre. Qué fácil y tentador es a veces mirar por encima del hombro, sonreír hacia adentro con suficiencia y cinismo, marcar distancias intelectuales afirmándolas en la complicidad del grupo, añadir a la estupidez más estupidez, juzgar sin conocer el contexto. No hay que hacer sangre de la ignorancia de los otros, de su estulticia probada. Pienso ahora en Diego Armando Maradona, exfutbolista notable y poco más.