jueves, 20 de julio de 2017

El surrealismo no descansa ni deja en paz a sus muertos. Los huesos de Salvador Dalí van a se exhumados esta tarde para someterlos a pruebas que determinen si es el padre biológico de una pitonisa que reclama su ascendencia con fundamento jurídico. Ante una expectación tan imprevista y anacrónica, el fantasma del genio de Cadaqués se estará atusando, de gozo, las afiladas puntas de sus bigotes.

miércoles, 19 de julio de 2017

Recrearse con la vista: quizá no haya pasatiempo más gratificante, ni más austero.

martes, 18 de julio de 2017

Los 18 de julio de mi infancia eran aún días feriados, según dictado del Dictador. Había que celebrar la fecha del glorioso alzamiento, de la cruzada militar contra los enemigos de Dios y de España, así que el cuerpo de la Guardia Civil inspeccionaba los caminos rurales para disuadir al pueblo humilde de que acudiese a laborar la tierra. No sabía entonces mi padre, y por cierto que tardó en enterarse, que ese día era asimismo el que santificaba el nombre de Federico, que es el suyo propio y fue el de su abuelo por parte de madre. De origen tedesco, significa "príncipe de la paz": cuántas ironías se cobra el destino o sucumben a la neta casualidad. Ahora también lleva ese título uno de sus nietos, uno de mis hijos.

lunes, 17 de julio de 2017

Ubaldo.
No suelo retener bien los nombres de personas más inmediatos y comunes, pero permanecen soberbios en mi memoria otros que frecuenté en los primeros lustros de mi vida, ataviados incluso con sus inseparables apellidos, ya fueran compañeros de colegio e instituto (Zacarías Navarro Martínez, Eduardo Rueda Ciller, Pedro Jesús Vélez Garrido, Sebastián Burguillos...) o fugaces maestros y profesores (Virtudes Turpín Serrano, Eugenio Ruiz de Amoraga, Ricardo Rodríguez de Rávena, Eduardo Thiers...).
Hace unas horas, en el entorno popular de la fiesta, avisté en un lance torero a este Ubaldo que arribó desde Madrid en el ecuador de los ochenta para dar clase de Geografía -sin mayor pena ni menor gloria- en un pueblo a medio camino entre la huerta de Murcia y la meseta manchega. Se decía de él que era especialista en economía política y que había publicado algún artículo en El País, lo cual nunca certifiqué. Estuvo acaso un curso, dos a lo sumo, mas forjó amistades y se agregó a una peña festera y por aquí se le ve de julio en julio, con una lealtad vitalicia, innegociable, como si no hubieran transcurrido más de treinta años. Si hago cuentas, ha de estar jubilado, pero conserva la misma apariencia de soltero de oro -bigote cano incluido- que ya atesoraba entonces. Iba a decirle que fui alumno suyo, aunque él no me identificara en la maraña inmemorial de los nombres y los rostros de muchachos imberbes que engalanan los olvidos de un exprofesor, cuando de repente ha irrumpido una vaquilla y me he encaramado a la reja dichosa.
Ubaldo, sí... O también Waldo. Ubaldo Berenguer.

domingo, 16 de julio de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
12. LA ALBATROS.

sábado, 15 de julio de 2017

Me desperté sabinero -ayer- y me acosté joaquinero -de madrugada-, y esta mañana no sé bien de qué lado está la balanza, después del concierto de anoche en la plaza de toros de la ciudad. Al artista lo encontré más viejo y más gordito, pero también más saludable que otras veces, más de vuelta de la vida y de sus muertes, más en el papel de desacralizarlo todo, de negarlo todo. Volvió a cantar, entre otras, La Magdalena. Yo, que no soy mitómano, me reconozco infinitamente más en las letras de las canciones de este tipo, en la sensibilidad y en los juegos que las entrelazan, que en los setecientos versos bien medidos de muchos de los libros de los poetas que hoy postula la actualidad literaria, esto es, los voceros de los suplementos que vienen de Madrid.

viernes, 14 de julio de 2017

Demasiada gente, demasiados medios, demasiado ruido, demasiado todo. Si se pudiera silenciar el mundo...

jueves, 13 de julio de 2017

El día menos pensado surge de una zona recóndita de mi cerebro el argumento imprescindible de una novela imprescincible que no sé si escribiré, pero sí sé que, de escribirla, revolucionaría el universo de la fábula con una cala intemporal en el destiempo absoluto de la ciencia-ficción o en los intersticios relativos de la ficción histórica, con toda la carga alegórico-simbólica que una obra necesita para tocar la gloria. Fue la semana pasada, hace diez o doce días, y vi claro el detonante, su originalidad limpia, la anécdota que desencadena toda una trama de proporciones cósmicas.
Me ocurrió algo similar en el otoño de 2001 (sé que era 2001 porque mi hijo mayor contaba meses y esa misma tarde lo llevamos a una cita pediátrica, relacionada con su alergia). A la hora de la siesta nos aventuramos unos kilómetros para avistar el milagro de la nieve recién caída en los montes próximos. En un camino angosto un coche que parece que viene, y el mío que parece que va, y ahí, en ese instante lúcido, se me reveló la entraña de una fábula en la que todavía creo, el magma de una idea que presumí sublime (digna de un Kafka o de un Saramago) y que acaso solo se quede en eso, pero que me arrebató como una arcilla informe en la que intuimos la plenitud de una figura.
Son dos novelas que temo empezar siquiera, por si se diluye su magia mientras las escribo. En ambas me vence el pánico a malograr, como otras veces, lo que aún es la perfección de un proyecto. O será también que las retrasa mi pereza.

miércoles, 12 de julio de 2017

Una casa con amplios ventanales y cornisas que desean mostrarse, haciéndose valer de fuera adentro, satisfecha de su fachada y de la privacidad de sus espacios interiores, construida para que la mire y la admire el transeúnte, para que la envidie incluso, mas sin vistas a ningún paisaje. Y una casa modesta, que ni sabe presumir de diseños ni arquitecturas ni esconde sus dones y privilegios tras ninguna verja de seguridad, pero que surge y se orienta para recreo de los ojos y del pensamiento, que vale no por sí sino por cuanto la circunda, que se significa de dentro afuera desde su pequeño balconcito.
Uno tiene muy claro cuál de las dos prefiere.

martes, 11 de julio de 2017

La vaca venía trotando, tan asustada como yo. El callejón, de bote en bote. No me apetecía correr, así que en tres zancadas salté a la reja. El animal aminoró la marcha, se detuvo con un cabeceo indescifrable y me miró. Al principio lo cité con el pie suelto; después me quedé inmóvil, esperando a que se fuera. A la media hora me daba de lleno el sol de julio y sudaba como un pollo de granja. A la hora tenía el cuerpo molido por el esfuerzo de la parálisis. A las dos horas alguien tuvo la humanísima idea de ponerle agua en un cubo; no a mí, que me moría de sed. A las tres horas sufría ampollas hasta en el alma, pero no me atrevía a soltar las manos. A las cuatro horas casi todo el mundo se había ido a dormir la siesta; solo quedaba un grupo de parroquianos, apoyados en el ventanuco de un bar y más pendientes de sus cervezas que de la vaca. A las cinco horas regresó la sombra y casi me sentí aliviado. A las seis horas vino un cámara de la televisión local y estuvo grabándonos, mientras su colega informaba con una sonrisa de la exclusiva del hombre subido en la reja. A las siete horas se largaron los de la tele, se abrió la ventana tras la reja y una chica que se definió reportera me solicitó una entrevista. Tras ocho horas y cuarenta y cinco minutos, dos taurinófilos experimentados cogieron la vaca por donde hay que cogerla mientras otros dos de Protección Civil separaron de la reja mis miembros agarrotados. El médico de guardia me ha dicho que viviré para contarlo.

lunes, 10 de julio de 2017

Reflexiones sobre los teléfonos móviles y el nuevo "homo cellularis", sobre los paradójicos primores y los excesos de Internet, sobre la necesidad -aún, frente a la ceguera virtual- del profesor que separe el grano de la paja, sobre el aluvión de información y la urgente tarea de procesarla, contrastarla y discriminarla, sobre los viejos y los jóvenes, sobre lo humano y lo divino...
Me acompaña a ratos, en estas horas de clausura hospitalaria, la clarividencia próxima, campechana, del último Umberto Eco, en su recopilación de artículos De la estupidez a la locura, o "cómo vivir en un mundo sin rumbo". Ya queda menos.
Me canso. Me canso de ser tantos en un solo individuo. Me canso de abarcarme.

domingo, 9 de julio de 2017

Retales para hilvanar unas memorias:
11. ME CONTARON QUE.

sábado, 8 de julio de 2017

Para cualquier observador, el contraste de realidades paralelas cobra un énfasis particularmente cínico en la sala de urgencias de un hospital. Mientras el accidentado y el enfermo -y asimismo su estela de familiares- ponen gesto grave y compungido, alarmado o discreto, el personal sanitario -con su elenco de figuras subalternas- se esfuerza en promulgar desenfado, bromean en corrillos, hablan de frivolidades, ríen, como si el ejercicio de su profesión les hubiera enseñado a marcar distancias con el dolor, con la angustia y las incertidumbres que vienen del otro lado, de la otra realidad.
Confirmado: parece que esta noche toca dormitar aquí, en una habitación hospitalaria de nombre 606.

viernes, 7 de julio de 2017

Mañana de gestiones burocráticas, de desafíos a la paciencia.
Cita previa en la parte norte de la ciudad y -¡maldita sea!- dos papeles que faltan para expedir el documento. Qué bien que uno de ellos está en casa, recién hecho: lo batallé la semana pasada en la parte centro de la ciudad, para otro trámite, y me admitieron la fotocopia, así que lo guardé sin saber que lo necesitaría tan pronto. El otro es una partida de nacimiento que debo solicitar en la parte sur de la ciudad, lo más rápido posible, para no perder la preferencia de turno antes de que cierren las oficinas de la parte norte. En ambos sitios, salas llenas de árabes con sus familias, de sudamericanos con sus familias y de nativos españoles, caras tristes o inexpresivas delante y detrás del mostrador, tiempos estrangulados por la desidia, uniformes que se postulan con amabilidad o con desdén, pantallas móviles en las manos aburridas de grandes y pequeños, ciudadanos que esperan pendientes de un número, sometidos al rodillo, con obediencia hostil.
Al fin, tras alguna que otra pirula administrativa, aquí está el primer carnet con foto de Darío, o, como él dice, su "tarjeta para montar en avión".
Cuando se llena,
la Luna pone al cielo
guinda de plata.

jueves, 6 de julio de 2017

Ha de ser digno de verse, digno de verme.
Cuando se me agotan las excusas, acudo a un hipermercado más allá del barrio, a veces con mi mujer y otras solo. Son compras extensas, variadas, en las que se mezclan envases de cristal o plástico con envoltorios sensibles, efectos para la limpieza con víveres de charcutería o carnicería, congelados industriales y productos del tiempo, necesidades que no había previsto en mi organizadísima lista.
Ya en caja, aprovecho la tregua que me da el comprador al que sigo (si se demora en el trámite de pago, tanto mejor) para ir colocándolo todo en la cinta todavía fija, según criterios razonables de peso, volumen o fragilidad (lo más pesado y resistente, primero), de higiene del hogar o alimentario, de conservación frigorífica, etc.
Hasta el minuto fatídico en que se inicia el caos: la cajera (porque suele ser mujer) va pasando el registro de cada cosa y la deja sin miramiento sobre la cinta incesante, mientras yo me afano en reubicar en las bolsas abiertas esto y aquello y lo otro, los botes de cerveza, los cartones de leche, las frutas y verduras, los yogures, los huevos, el pan de molde, las patatas fritas...
En pleno proceso, agobiado por el desorden y la inoperancia de mi estrés, de pronto se detiene la máquina y cesan los ruidos de toda su mecánica, y una voz impasible dicta una cifra que no oigo pero que me incumbe, y de soslayo veo que los clientes que llegan detrás aguardan su turno con cierto interés.
Abandono mis bolsas a medio llenar, busco una tarjeta y luego otra, marco el número secreto correcto, vuelvo a mi actividad frenética, inserto latas en los huecos, deslizo botellas que no entran de pie, hago cambios que generan espacio. Entonces la cajera extiende su mano y me abruma con varios vales de regalo, promociones, descuentos y otros papeles impresos que me guardo de mala gana en el bolsillo, tras mi gracias forzado.
Con el botín en el carro, me aparto un poco, arreglo el desarreglo, almaceno de nuevo en el maletero de mi coche, introduzco la llave en la ranura, respiro.
Sé que hacer la compra me resta vida.

miércoles, 5 de julio de 2017

Los tres tomos de La forja de un rebelde de Arturo Barea (Turner, 1984); El extranjero de Camus (Alianza Emecé, 14ª edición, 1983); Poesía Completa de Cavafis en traducción de Pedro Bádenas de la Peña (Alianza Tres, 3ª edición, 1983); La realidad y el deseo de Luis Cernuda (Fondo de Cultura Económica, 1976; usado); La Regenta de Clarín (Alianza Editorial, 15ª edición, 1983); estuche con la tetralogía de Lawrence Durrell El cuarteto de Alejandría (Edhasa, 1978); El amor en los tiempos del cólera de García Márquez (Bruguera, 1ª edición, diciembre 1985); Poemas sociales, de guerra y de muerte (Alianza Editorial, 5ª edición, 1983) y Poemas de amor (Alianza Alfaguara, 7ª edición, 1982), ambos de Miguel Hernández; Libro del desasosiego de Pessoa en traducción de Ángel Crespo (Seix Barral, 5ª edición, septiembre 1985); Pedro Páramo / El llano en llamas y otros textos de Juan Rulfo (Seix Barral, 2ª edición, 1983); La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa (Plaza&Janés, 1ª edición, octubre 1981; usado); y Hojas de hierba de Walt Whitman en traducción de Francisco Alexander (Mayol Pujol, 3ª edición, 1983).
¿Qué criterio ha hermanado esta selección de títulos y autores de mi biblioteca personal? ¿Qué secreto impulso me obsequió poco a poco esos dieciocho volúmenes, su aliento imprescindible en mi itinerario de lector?

martes, 4 de julio de 2017

Las dedicatorias de los libros (lo mismo las impresas que las improvisadas a mano, y quizá más las destinadas que las recibidas) envejecen como un mal chiste, pierden muy rápido la pujanza o la gracia, se tornan anacrónicas casi en el instante de la rúbrica. A veces avergüenza reencontrarlas, nos abochorna su exacta persistencia tras una travesía inimaginable.

lunes, 3 de julio de 2017

El deterioro físico, la decadencia mental, los signos de la edad marchita. No es esto lo que más me conmueve de la vejez -pues a menudo se ceba, con más saña aún, en la vulgaridad insufrible del adulto joven-, sino la parcela de dignidad humana que arrastra consigo, la indefensión y el abandono. Lo veo, impotente, en mi madre.

domingo, 2 de julio de 2017

No es infrecuente confundir la perfección y el orden, como si el uno se definiera por la otra, o viceversa. Para el orden, la simetría es una burda tentación estética, un recurso estridente y sin alma, pura apariencia. O el espejismo de su verdad.
Retales para hilvanar unas memorias:
10. ALEGRÍA DE SÁBADO.

sábado, 1 de julio de 2017

En ocasiones pruebo a salirme de mí para observarme como si fuera un extraño. No es lo mismo que mirarse en el espejo del ascensor o en la cristalera de un comercio, con más o menos complacencia o desdén, sino asumir el desdoble tan completamente que yo dejo de ser mi cuerpo para ocupar el cuerpo del otro: el del inmigrante que hay sentado en ese banco y que acaso posa en mí su mirada, al pasar; el de la cajera del supermercado que no se atreve a levantar demasiado la persiana de sus ojos cuando me devuelve el cambio; el del músico callejero que me habrá visto acercarme y avanzar y perderme por esa acera decenas de veces, enredado en la madeja de mis pensamientos. Me esfuerzo en imaginarme qué queda de mí en ellos, en cada uno, cómo perciben ellos mis facciones y mi aspecto, el descuido aparente de mi atuendo, la presencia discreta de mis rasgos, la forma de caminar o de disimular mi atención por algo, esos gestos que uno repite sabiendo que los repite, como si actuara para sí mismo, como si el espectador de mi vida fuera siempre el otro, o yo mismo en cada uno de esos otros que registran mi existencia en su retina. ¿Quién soy yo para ellos, qué minucia o azar les hablará de mí?