lunes, 13 de marzo de 2017

"Me parecen horribles todos los asesinatos, estoy totalmente en contra con independencia de quién los cometa, pero hay diferencias entre unos y otros. Cuando un bracero de un cortijo, mal pagado y con frecuencia humillado, harto de esa vida aperreada, en un momento propicio, de revuelta popular, cae en la tentación de cortarle el cuello al amo, culpable de su miseria, sí, es un asesinato. Pero cuando tres señores bien vestidos, bien comidos, terminada la contienda, constituyen un tribunal con total impunidad y bajo un crucifijo cuyo mensaje es amaos los unos a los otros, envían al paredón a un hombre por haber defendido unas ideas y un régimen establecido democráticamente, ahí el asesinato es mucho más censurable. Es decir, aun no justificando ninguno de ellos, es más comprensible el asesinato cometido por ignorancia, hambre e incultura que el cometido de esa manera fría y despiadada" (José Luis Sampedro, Escribir es vivir).

Bajo la etiqueta de lo políticamente correcto se agazapa buena parte de la hipocresía que nos circunda, de la farsa que entre todos construimos y a la que casi todos servimos. Parece que hay que decir y autorizar por escrito lo que la corriente de los tiempos espera y aplaude de uno, aunque en lo más íntimo no se esté de acuerdo en la parte ni en el todo. Por eso me sorprendió, cuando lo leí, el fragmento de arriba, máxime viniendo de quien venía, un ciudadano de probada integridad, un intelectual de prestigio que se atrevía a meter el dedo en esa llaga siempre incómoda -la posguerra civil española- por la que aún supura este país o nación de naciones o lo que quiera que sea. ¿Acaso es tan descabellado el deslinde que hace Sampedro?