viernes, 10 de marzo de 2017

La pasada primavera, de camino a la guardería, puse un caracol en la pequeña palma de la mano de Darío e intercepté en sus ojos lo más parecido a la fascinación. La otra mañana dije de improviso, no sé a cuento de qué, que deberíamos tomar ejemplo de los caracoles, porque llevan a cuestas su refugio y en él todo cuanto les pertenece en este mundo. Luego, más tarde, mientras conducía por la ciudad, seguí tirando del hilo del pensamiento: no es solo su consabida lentitud (menos apreciada que la de la tortuga de la fábula, aunque sin duda más ceremoniosa), sino la excelsa lección de prudencia y el perpetuo hábito del silencio. Se admiraba Borges de la belleza del tigre, cuyo oro convirtió en motivo de sus versos. Yo entiendo que la miniatura en espiral del caracol no es obra menor de la naturaleza. Hasta su fragilidad se me impone esta noche con la fuerza paradójica de los símbolos.