sábado, 11 de marzo de 2017

Corregir exámenes es tarea anacrónica, casi siempre tediosa, académicamente estéril. Su razón punitiva, administrativa, burocrática, contradice los cimientos de la antigua filosofía y acaso también los de las modernas pedagogías. Corregir exámenes es asumir como propios los éxitos o los fracasos de un aula; apenas sirve para certificar intuiciones, para propiciar fríos porcentajes en frías tablas comparativas, para justificar frustraciones, para cubrir espaldas, para lavar conciencias. Corregir exámenes, en suma, es la postrer penitencia del profesor; pero también lo lleva en el sueldo.