lunes, 6 de marzo de 2017

Llega la hora calma de un día lunes que se incrusta en marzo. Nada de particular, ninguna lectura memorable, ninguna intuición digna de nota, ningún apunte que me redima. Recuerdo que erré al elegir chaqueta y luego tuve que regresar para cambiarla por otra más primaveral. Pese a que la sensación de fatiga no me abandona en toda la mañana, explico a dos docenas de bostezos potenciales la extraordinaria pirueta metafictiva que, de la mano y el talento de Cervantes, protagoniza Álvaro Tarfe -personaje ideado por aquel Avellaneda- al colarse sin permiso en el segundo tomo del Quijote verdadero. Oigo tras la ventana el traqueteo del tren que surge y avanza, interminable, y por unos minutos mi voluntad flaquea, se frena mi discurso, me refugio en la silla del profesor y hago como si pasara lista. Mi conciencia crítica se pregunta si alguien habrá entendido algo, si habrá captado al menos la sustancia de ese juego de realidades y ficciones, si valdrá la pena hablarles todavía de estas cosas. Al día se le está poniendo cuerpo de martes.