martes, 14 de marzo de 2017

¡Ah el generoso azar de los pisos de estudiantes! Promediaba el mes de septiembre de 1987 cuando mi colega del pueblo y yo fuimos a dar a una tercera planta con terraza de la calle Alfaro, en el corazón de la ciudad. Allí conocí a un madrileño, a un terulense, a uno de Cartagena y a Pedro Amorós, un muchacho criado en Villena. Pedro estudiaba Historia Antigua, era cinéfilo solitario y se pasaba dos tardes de la semana enganchado a la máquina que le drenaba la sangre. La diálisis fijó sus hábitos y quizá su carácter, su predisposición de reserva ante la propia vida. Desde aquel entonces nos vimos esporádicamente, en la casualidad de las aceras y bibliotecas; pero fue hace cuatro o cinco años cuando me lo tropecé en una concentración por la enseñanza pública, nos saludamos y me informó con cierta jovialidad de que se había hecho escritor, que había publicado algunos libros de ficción. Daba clases en un instituto de secundaria y tenía mejor aspecto. La última vez que nos tomamos un café me confesó que vivía a la espera de otro riñón -lo han trasplantado varias veces, y varias veces lo ha terminado rechazando- y me anticipó novedades. ¡Albricias!: esta tarde se presenta en Murcia El exilio de Dante, una obra de teatro. Quiero acompañarlo.