domingo, 5 de marzo de 2017

En aquella tesis sobre narrativa erótica (que acotaba un periodo de veinticinco años, entre 1977 y 2002) defendí tres novelas del valenciano Vicente Muñoz Puelles. Ahora el destino ha puesto a mi alcance un título que andan leyendo alumnos de la ESO, una historia que se sitúa en un ámbito de ciencia-ficción: 2083. Su estilo pulcro y su nostalgia bibliófila, en un tiempo en que verosímilmente ya no quedan libros de papel, dan el tono y la clave para adentrarnos en un viaje al interior de los clásicos -la Biblia, la Ilíada, El Quijote, David Copperfield, Primer amor de Turgueniev...-, una aventura bien documentada, una experiencia didáctica, de ambición juvenil alentadora, que termina siendo -para mí lo ha sido- un ejercicio genuino y sugerente. De muestra, dos botoncitos:
"[...] pensé en los libros, en el poder que tenían para buscar nuestra complicidad y para despertar en nosotros sentimientos desconocidos. Y eso que yo solo había viajado a ellos, y no había leído ninguno. Recordé algo que me había dicho Pa: que el mérito de los buenos libros no dependía únicamente del argumento que contaban, sino del orden de las palabras y las frases".
"[...] cuando uno lee un libro realaciona continuamente lo que está leyendo con lo que ha leído o con lo que sabe, de modo que uno va cambiando mientras lee, y al mismo tiempo va aportando al libro detalles, como un paisaje o una cara, que no estaban en él. Eso puede parecer obvio, pero yo no lo sabía. Si hay un objeto realmente interactivo, es el libro".