martes, 31 de enero de 2017

"¿Sabes meditar?, pregunto a todo aquel con quien me encuentro. Eso es realmente lo que hoy me interesa de las personas a quienes voy conociendo, y es así como mido su nivel de humanidad. Por meditar entiendo hacer silencio, es decir, percatarse del silencio que somos. Por meditar entiendo ver sin pensar, algo que parece vacío porque identificamos ver con pensar. Por meditar entiendo examinar la conciencia, poder recrearse en una palabra, mantener un coloquio de amor y, por supuesto, escuchar. Quien sepa hacer todo esto es para mí una persona; quien no, vive todavía en una condición infrahumana".
Párrafo de El olvido de sí (autobiografía apócrifa, novelada, del vizconde francés Charles de Foucauld) leído ayer en la consulta del dentista; pero yo no era el dentista ni era tampoco el paciente.

lunes, 30 de enero de 2017

Como cayó en sábado, se ha traído al lunes el festejo de la santidad de Tomás de Aquino, de modo que los centros de enseñanzas medias no han abierto sus puertas. De este italiano, benedictino, sabemos que nació y murió en pleno siglo XIII, que estudió e interpretó a Aristóteles queriéndolo compatible con la fe cristiana, que es el artífice de las cinco vías para la demostración de la existencia de Dios.
A mí, santo Tomás me trae a la memoria los cuatro años de alumno en el pequeño instituto de mi pueblo, cuando gracias al concurso que allí se convocaba se reveló mi disposición para juntar palabras o, mejor dicho, para la literatura. La timidez exacerbada de mis catorce y quince años necesitaba singularizarse, decirse, así que se entregó al juego literario de manera fatal, irreversible. Participaba con mis panfletos adolescentes, medio artículos (Una manzana podrida) y medio poemas (Cambio, Mirando al techo) y medio letras de canción protesta (Reflexiones imprimidas en el fondo del vaso), y santo a santo acaparaba honores con la absoluta avaricia del principiante. Hubo entonces -no los he olvidado- quienes vaticinaron en mí un talento seguro que había que alentar y pulir. Los premios consistían en un vale canjeable por lotes de libros que yo mismo cuadraba en la librería. Fueron los primeros ejemplares, los primeros clásicos que entraban en la casa. Aún puedo ver y oler y sentir sus portadas, la tinta de sus páginas, el hechizo secreto de su tacto. Aún sé evocar sus lomos alineados en la pared del cuarto.
Nostalgias por santo Tomás, día de asueto.

domingo, 29 de enero de 2017

Hay manías que se agudizan con el tiempo, y las hay que se relajan y claudican. Unas y otras se confunden a menudo con las supersticiones, pero no son lo mismo, no para mí.
Hoy en día, mis manías más arraigadas se realizan en el ámbito doméstico, casi diría que íntimo, y muy pocas salpican al resto de la humanidad: el criterio ascendente o descendente con que cuelgan mis camisas y camisetas en el espacio de armario; la elección equidistante de los colores de las pinzas en las cuerdas del tendedero; el aprovechamiento escrupuloso de las bandejas del frigorífico y la despensa; la simetría milimétrica de platos, vasos y cubiertos si soy yo quien pone la mesa, si soy yo quien llena el lavavajillas.
Siempre voy a correr solo, cuando ha caído la tarde, dando vueltas al mismo circuito urbano, sin ningún dispositivo que traiga música a mis orejas. Me peso todas las mañanas, justo al salir de la ducha. No piso la calle en ayunas.
Necesito un orden previo para escribir, ningún objeto que me distraiga, la promesa de un tiempo mínimo por delante, una ventana abierta, una puerta cerrada.
Nunca dejo una novela por la mitad del capítulo.

sábado, 28 de enero de 2017

Desde que solo me afeito los días pares -por decisión, por extremar el orden doméstico, por aplicarme la más barata de las excentricidades- el espejo ya no me pregunta: lo miro y me mira, nos murmuramos un buenos días inaudible y con una simple mueca nos sometemos al dictamen del calendario.

viernes, 27 de enero de 2017

Federico ya está en Francia, desde ayer a mediodía. El lugar se llama Bourg-en-Bresse, a medio camino entre Lyon y Los Alpes suizos; de hecho, aterrizó en el aeropuerto de Ginebra con el resto de compañeros y profesores. Será una semana, hasta el jueves, residiendo en casa de la chica cuya familia participa en este programa de intercambio entre institutos de secundaria; en marzo, creo, nos visitará ella. El curso anterior, con una excusa similar, marchó a Winchester, al sur de Inglaterra. Tampoco es la primera vez que vuela a estos países: ha pisado Londres y París (no conmigo), y hace años recorrimos con aquel megane ya desahuciado la Costa Azul, hasta Mónaco y Marsella. También conoce Roma. Y, cómo no, Madrid.
A su edad, yo no había sobrepasado los límites de mi provincia, y solo desplazarme en transporte público al pueblo más cercano, a trece kilómetros del mío, me parecía una aventura digna de algún Homero, una proeza con altos índices de adrenalina, un subidón de libertad en la boca del estómago. Admito que nunca me venció la urgencia de cambiar de sitio: mi primer viaje largo fue el que se organizó al terminar el bachillerato, a Cataluña, a un hotel de Lloret. Después, el periplo universitario me trajo venturosamente a vivir a la ciudad, a Murcia, desde donde me dejé llevar de tarde en tarde hasta Alicante, Madrid o Granada. La primera vez que salí de la Península Ibérica fue a los veintiséis, con motivo del erasmus de tres meses en Turín; y casi hasta los veintiocho no cogí el primer avión, rumbo a la isla de Tenerife.

jueves, 26 de enero de 2017

"Un suceso es algo que ocurre en un punto particular del espacio y en un instante específico del tiempo".
"El concepto de tiempo no tiene significado antes del comienzo del universo. Esto ya había sido señalado por san Agustín. Cuando se le preguntó qué hacía Dios antes de crear el universo, él no respondió; estaba preparando el infierno para aquellos que preguntaran tales cuestiones. En su lugar, dijo que el tiempo era una propiedad del universo que Dios había creado, y que el tiempo no existía con anterioridad al principio del universo".
"No sabemos qué está sucediendo lejos de nosotros en el universo, en este instante: la luz que vemos de las galaxias distantes partió de ellas hace millones de años, y en el caso de los objetos más distantes observados, la luz partió hace unos ocho mil millones de años. Así, cuando miramos el universo lo vemos tal como fue en el pasado".
"En la teoría de la relatividad no existe un tiempo absoluto único, sino que cada individuo posee su propia medida personal del tiempo, medida que depende de dónde está y de cómo se mueve".

De los clásicos más populares -más divulgativos, más asequibles-, tanto de la ciencia como de la filosofía -dos disciplinas a las que siempre me acerco con mucho pudor intelectual-, me interesan sobre todo su honestidad de diccionario y la pulcritud de sus apreciaciones inabarcables, pero también sus treguas metódicas, el descenso esporádico a la arena de la subjetividad, el pecadillo inesperado de una sugerencia ambigua o de una ironía, el desliz poético. Eso es lo que subrayé en libros como el Tractatus de Wittgenstein o, ahora, en Historia del tiempo, de Stephen W. Hawking.

miércoles, 25 de enero de 2017

Siempre el mismo sueño, aunque cambian los pormenores.
Normalmente parte de una acción que se ha de realizar con relativa urgencia (el lento avance de la fila para que me atiendan en un comercio, que alguien termine de encontrar unas llaves imprescindibles y me las entregue en mano, que mis pies torpes caminen a la velocidad que les impone mi deseo), pero que no se sabe bien por qué se va retardando y retrasando hasta tensar el hilo de mi paciencia, que roza el borde de lo que denominamos pesadilla: esa dilación previa, angustiosa, me impedirá llegar a una cita inexcusable, a un encuentro que me importa extraordinariamente dentro de la exagerada lógica del sueño; por ejemplo, al timbre de entrada a clase.
Entonces, justo al límite, abrumado por ese tozudo criterio de la responsabilidad, me despierto.

martes, 24 de enero de 2017

La madeja de los clásicos es inagotable. Con motivo del estudio de La Celestina, propuse un texto de creación en que las chicas asumieran la identidad de Alisa y los chicos la identidad de Pleberio. Han pasado unos años, pocos, tres o cuatro, desde aquel desenlace en que su hija Melibea se arrojó desde la torre, estando aún caliente el cuerpo de su amado Calisto, y su cristianísima conciencia de nobles medievales ha tenido que sobrellevar el peso íntimo y la carga social de una tragedia y de un escándalo que sobrevivirán a los siglos. Azorín ya tergiversó la historia en su celebérrimo relato Las nubes. Yo -mi yo más arrogante- quise a mi vez rizar el rizo en mi cuento Nubes y claros, que partía del juego nietzscheano de Las nubes de Azorín. Ahora a mis alumnos y alumnas solo les pido que se conviertan en el padre o la madre y demuestren que conocen los meandros del argumento de Rojas. El resultado de sus invenciones siempre sorprende a mis expectativas.

lunes, 23 de enero de 2017

Un buen principio sería aprender a eludir (y, en su caso, a combatir y aniquilar) todo aquello que lastre nuestra creatividad o que de algún modo nos distraiga de la voluntad de singularizarnos en el ejercicio de un talento, cualquiera que sea, artístico o artesanal, ese que todavía nos permite elevarnos sobre nuestra altura y, de tarde en tarde, sabernos viento, sentirnos nubes, volar.

domingo, 22 de enero de 2017

Mientras el magnate cejirrojo contempla desde su despacho presidencial la vastedad de Trumpelandya y cientos de miles de ciudadanos se concentran en las calles para protestar por el fondo y la forma de sus promesas, nunca faltará algún alma cándida que nos diga delante de una cámara que en esto precisamente se sustentan los valores democráticos, en aceptar el decreto de la mayoría de votantes y, si no es de nuestro agrado, resignarnos y comprender su paradójica grandeza.
Postada 1.- Urge que las democracias del mundo, o lo que queda de ellas, se vayan inventando algún resorte para defenderse de su propia generosidad.
Posdata 2.- Tarde propicia para volver a ver, en familia, El gran dictador de Chaplin.

sábado, 21 de enero de 2017

Aunque fui un pésimo alumno de matemáticas -tan insolente que todavía lo llevo a gala-, lo cierto es que me atraen las bondades del cálculo y, siempre que puedo, tiro a un lado la maquinita que no tengo y lo practico por gusto, con un bolígrafo o, mejor, de cabeza, como veía hacer a mi madre tras el mostrador de la tienda.
Hoy me desperté enredado en pensamientos ociosos, hurgando en vertiginosas estadísticas que no conducirán a nada, pero que entretienen la mañana y el gris plomizo de mi primer día con cincuenta vueltas completas alrededor del Sol, o con veinticinco años en cada pata, como se dice. Resulta que desde que nací han pasado 600 meses, unas 2.600 semanas, la friolera de 18.250 días (excuso los bisiestos, claro), el reguero aproximado de 438.000 horas de reloj, una tras otra, la impertinencia incalculable de 26.280.000 minutos.
¿Cuántas veces me habré frotado los dientes con un cepillo, cuántas habré hecho el gesto de batir un huevo para una tortilla, cuántas me habré metido bajo la ducha repitiendo los mismos movimientos, cuántas me habré bañado en el mar? ¿Con cuántas personas habré intercambiado una mirada, cuántos kilómetros habré recorrido a pie o en bicicleta o sobre cualquier vehículo motorizado, cuántos versos se me habrán deslizado, cuántos renglones? ¿Cuántos cafés, cuántas películas y libros, cuántas fotografías con mi imagen, cuántos coitos, cuántos despertares?
La pregunta -la gran pregunta- es cuántos más querrán pertenecerme a este lado del tiempo.

viernes, 20 de enero de 2017

Hace diez años reuní en la misma cama a Federico, a Helena y a su madre y les leí en primicia, antes de irnos todos a desayunar, los cuarenta versículos del poema Cantando los cuarenta.
Hace veinte yo todavía no pasaba de los treinta ni había firmado una hipoteca, apurábamos los últimos coletazos del segundo milenio y aún no había cogido en brazos a ninguno de mis hijos.
Hace tres veces diez fui un alumno despistado que escribía versos tristes y aforismos intrépidos y relatos frustrados en la soledad de su celda, inconsciente de nada, inexperto de todo, soñador de cualquier cosa.
Hace cuatro décadas no había besado a una chica ni había visto el mar ni partidos de fútbol en color, mi padre no se había dejado crecer su eterno bigote y a mi madre no le recetaban abundantes pastillas de distintos colores.
Hace medio siglo, en un día viernes como este, también veinte y enero, a él le pilló obrando una baldosa y un escalón con que adecentar la entrada de la casa, mientras ella, mi madre, aguardaba en el dormitorio la visita de la comadrona del pueblo para que la ayudase en la tarea de alumbrar a su primogénito.

jueves, 19 de enero de 2017

Lo vengo constatando desde hace unos cuantos lustros, de manera que ya puedo cifrarlo en décadas: cada vez que se me impone el comentario en clase de algún texto de la denominada Generación del 98 concluyo que aquello que se escribió hace más de un siglo es, por desgracia, perfectamente extrapolable a la España de hoy; bastaría tapar la fecha y el nombre del autor. Azorín y Valle-Inclán, sobre todo, pero también Unamuno y Baroja, evidencian más que nunca nuestra orfandad en el examen riguroso y la interpretación de los problemas sustanciales, profundos, como sociedad y como país. En muchos aspectos seguimos en el mismo sitio, tan orgullosos como entonces de nuestros cerrilismos e ignorancias. Sobrecoge el déficit actual de intelectuales de altura, verdaderamente comprometidos con las causas perdidas, que sepan hacerse oír.

miércoles, 18 de enero de 2017

Nieve en la ciudad. Estas mismas palabras las escribí hace justo veinticuatro años, en un cuaderno que usé como diario durante mi erasmus en Turín. Nieve en la ciudad. Las recuerdo con asombrosa nitidez sobre la cuadrícula, como única anotación de aquel día lunes primero de marzo de 1993. Hoy la ciudad es Murcia, y la nieve una rareza del cielo, un capricho de proporciones casi inverosímiles, una fiesta.Y yo un observador que dobla su edad de entonces y mira desde la ventana del aula y asiste al desasosiego contagioso de unos alumnos que nunca han visto nieve en la ciudad, no en esta.
Dependencia digital, artículo publicado hace un rato, aquí.

martes, 17 de enero de 2017

La víspera de san Antón se prendían altas hogueras -nosotros las llamábamos castillos- en el punto en donde las calles se ensanchaban. Acudían vecinos de cualquier edad, aunque destacaba el jolgorio iniciático de niños y adolescentes. Se asaban patatas en los rescoldos y se bebía de alguna bota de vino que pasaba de mano en mano. Era el tercer y último castillo señalado por la tradición, el que cerraba el largo mes de la pascua, un periodo que se abría en diciembre con la hoguera de la Purísima (víspera de la Inmaculada) y se repetía la noche previa a santa Lucía. El 17 de enero, por la mañana, los animales domésticos y de labor, sobre todo burros y caballos, salían en procesión al lado de sus dueños, ataviados los unos y los otros con el mejor aparejo que se les podía buscar. El cura les dedicaba una misa y luego, al terminar, se les iban entregando unos grandes rollos bendecidos, amasados con el fin de agradar a las bestias. Hablo de una geografía y de una época que hoy evoco con cierto regusto exótico, como si ya pertenecieran al extravío de la imaginación.
Dicen quienes la vivieron que algunas amistades de la mili pueden durar toda la vida. Yo no la hice -la mili-, pero mi padre transcurrió dieciséis meses de su juventud en un acuartelamiento del norte de África. Allí conoció a Marcos, un muchacho de la vecina Caravaca, y pronto se hicieron inseparables. Aunque todos sufrían carencias, las de Marcos, al parecer huérfano, eran todavía mayores, así que mi padre le iba prestando algunas monedas que al final de sus respectivos servicios a la patria sumaban una cierta cantidad.
A los pocos meses de licenciarse, el amigo vino al pueblo y buscó la casa de mis abuelos para devolver, íntegro, un dinero que mi padre, tajante, rechazó. Después Marcos se instaló en Barcelona, formó una familia y montó un negocio en el que le iba bien, y cada verano, cuando venía a visitar a sus parientes de Caravaca, llamaba a mi padre por teléfono y quedaban para comer y pasar juntos unas horas.
Hace semanas le pregunté por su amigo Marcos. Me dijo que este año no se habían visto; peor: me dijo que la última vez que se vieron el otro le confesó que estaba bastante jodido, problemas de salud, evitando pronunciar la palabra cáncer. ¿Pero tú lo has llamado, a ver qué pasa? La respuesta de mi padre, pausada, discreta, se desbordó de una serena emotividad:
-Yo no voy a llamar a ningún teléfono para que me digan que se ha muerto.

lunes, 16 de enero de 2017

A muy pocas jornadas para agotar mi año cuarenta y nueve, dos modestas certezas: la primera, que no ser joven no significa ser viejo; la segunda, que no ser viejo no significa ser joven. Todavía.
He notado que hablar con desapego del dinero y de los recursos materiales, de las falsas ilusiones que a muchos les procura la posibilidad de adquirirlo en un golpe de suerte -en forma de lotería del Estado o por otros medios igual de lícitos-, puede herir a quienes suspiran por un cierto desahogo, aunque no les falte para cubrir las necesidades esenciales. ¿Pero cuáles son, y según para quién, las necesidades esenciales? He notado, sí, el reproche silencioso de sus rostros, como si con mi discurso desprendido y mi elogio de los hábitos austeros -yo, que recibo un sueldo de funcionario y se me presume una posición holgada- estuviera sucumbiendo a una falta grave, de hipocresía o de soberbia o, acaso, de insólita insolencia. Desde ahora me callaré mis convicciones a este respecto.   

domingo, 15 de enero de 2017

Salió ayer, con Helena, en el coche, el tema de la puntualidad. De sus dos mejores amigas, hay una tradicionalmente más tardona, de modo que cuando las tres quedan para salir fijan una hora, sí, pero existe el acuerdo tácito entre la otra y mi hija, a escondidas de la más tardona, de retrasar la cita con un margen determinado para presentarse las tres a la vez, o más o menos a la vez.
Parece que coincidimos Helena y yo en que cuando proponemos, por ejemplo, estar en un sitio en cinco o en quince o en veinticinco minutos no hacemos una estimación vaga, aleatoria, sino que multiplicamos mentalmente cada minuto por los sesenta segundos que contiene con un alto grado de fiabilidad, a expensas de que luego, por los imponderables, podamos oscilar un par de minutos arriba o abajo.
Yo, con frecuencia, cuando voy solo, me marco el propósito de llegar con algún retraso a un encuentro, aposta, para prevenirme de la segurísima impuntualidad de la otra parte; sin embargo, siempre me sobra tiempo, y entonces me dedico a callejear o a mirar escaparates o a acechar a quien acude tarde adonde dijimos y aún no me ve y hace amago de usar su teléfono móvil.
Puestos a elegir, Helena y yo preferimos esperar a que nos esperen: es insufrible imaginar que has dado tu palabra a alguien y que ese alguien está mirando nerviosamente su reloj y acordándose de ti, y tú no apareces.

sábado, 14 de enero de 2017

Me despierto temprano, con esa urgencia inexplicable del impulso creador. En la cama procuro no moverme, limitándome a fraguar con el pensamiento y a fijar en la memoria las palabras precisas, pues sé que si se me extravía una sola o la cambio de lugar es muy posible que malogre el tono y se desmorone la idea. Sin accionar la llave de ninguna luz ni abrigarme con la bata que ahora no sabría encontrar, salgo a tientas, en busca de un papel y un lápiz. Escribo al dictado y regreso al calor de las sábanas. Diez horas después, leo el garabato con los tres versos del hayku y siento como un fraude el rapto de la inspiración madrugadora, esa pausa creativa que excitó mi desvelo. Detengo mis dedos sobre el teclado, dudo unos minutos; pero al final lo transcribo:
Sé de los años
que pasan como balas; 
ya ni me rozan.

viernes, 13 de enero de 2017

Recibí, con pocos días de distancia, sendos ejemplares de dos publicaciones multitudinarias en las que figuran mi nombre y una muestra de mi poesía. Lo que me sorprende es que llamaron a mi puerta sin que yo moviera un dedo; de hecho, ni en uno ni en otro caso conozco aún a los emprendedores y ejecutores del bonito suceso, y me maravilla que supieran encontrarme.
La primera es el número 6 de la revista La Galla Ciencia (se subtitula "Los poetas sensatos", qué curioso), que recauda una entretenida selección de treinta y siete autores nacidos entre 1963 y 1993, de los cuales apenas ubico a media docena. Lleva impreso, con mi permiso, el poema Helena [25-04-2016], que hoy por hoy es acaso la mejor muestra que puedo ofrecer de (con perdón) mi arte.
La segunda es un volumen antológico de poetas murcianos contemporáneos, Composición de lugar, donde, si no he contado mal, cohabitamos cincuenta y cinco. Aventura más o menos previsible, opino que ni somos todos los que estamos (en mi caso, con cuatro poemas) ni estamos todos los que somos. Si por prudencia me ahorro detalles de aquel grupo, del segundo diré que siento gravemente la omisión, quizá por desconocimiento, de La memoria inventada y de La pradera de los asfódelos y otros poemas inevitables, los dos títulos más auténticos, más genuinos, que han pasado por mis manos murcianas. Sus artífices respectivos: Javier Orrico y Jose F. Kosta.
Por lo demás, mi eterna gratitud a unos y a otros.

jueves, 12 de enero de 2017

Inesperadamente, me quedo solo durante buena parte de la tarde. Lo que con frecuencia tiendo a imaginar como una situación idílica, como una maravillosa oportunidad para centrarme en mis lecturas y para que nada ni nadie me distraiga de un sinfín de proyectos tanto tiempo aplazados, se torna poco a poco en una tregua enojosa que acabo malgastando en tediosas tareas, en turbios despropósitos. Está claro que sin hábito no hay monje.
Cuando la mañana de invierno se despereza en la periferia de la urbe y el sol no se eleva aún en el horizonte, más allá de los puentes sobre el trazado, los raíles de las vías de tren destilan una esencia originaria, fundacional, conmovedora. Dan ganas de fotografiarlos desde todos los ángulos, de capturar la nube que forman las partículas en suspensión, de fijar en la cámara esa luz de acero desgastado, ahora humedecido de escarcha, que dibuja las líneas sinuosas hasta perderse en un punto lejano, imposible. El espíritu se sublima con una consistencia lírica, como si todo ocurriera por primera vez.

miércoles, 11 de enero de 2017

Iba a teclear "entre bromas y veras" y cuando cerré el texto, al repasarlo, me di de bruces con "entre brumas y veras". Me quedé mirando la locución, en actitud divertida, como si aún me sorprendiese que de lo más inesperado pueda surgir y resplandecer una asociación novedosa, original, de vocación poética.
Tirando del hilo, creo recordar -debí leerlo en Como la sombra que se va, pero ahora no doy con la página- que la palabra "bruma" también propició, felizmente, el nombre Burma, inventado por Muñoz Molina gracias a la casualidad de las erratas, sin querer, para El invierno en Lisboa.
Siempre que se habla de estas cosas evoco aquel gazapo antológico, espléndido, que se coló en cualquier edición de alguna novela del XIX, cuando la princesa tenía que fruncir el ceño, como de costumbre, y una vocal oportunísima se trocó en otra para que frunciera el coño.
Luego, mientras corregía mi u, se irguió en la memoria ese otro título, intencionado, genial, que tanto envidio: Zozobras completas, de Javier Krahe.

martes, 10 de enero de 2017

Paso a nivel con barreras, artículo publicado hace un rato, aquí.
Ir y volver andando del trabajo (un cuarto de hora no es ningún sacrificio); moderar o incluso suprimir en lo posible el seguimiento de los partidos de fútbol de mi equipo de siempre (fui del Barça, no sabría ser de otro); no sellar más boletos de lotería ni suscribirme a ese hábito aborregado que en lo más profundo detesto (es aleatorio, viene de fuera); eludir el reenvío compulsivo de materiales audiovisuales y demás paridas ociosas a través de la Red; encontrar cinco minutos diarios (o diez, o quince) de silencio absoluto y de completa soledad; procurar que no se me pase ni una sola tilde en los mensajes de texto...
Como no soy fumador ni me queda mucha grasa que perder, mis objetivos para el cambio de año reducen ostensiblemente su campo. Se trata de pequeñeces, sí, de caprichos menores, y por lo tanto de propuestas asequibles. Hay que prevenirse ante la frustración que acecha tras las ilusiones demasiado costosas.

lunes, 9 de enero de 2017

Vuelta a las aulas. Pese a tantos años en esto, casi siempre, en las horas previas, me va ganando cierta reticencia, no sé si llamarlo miedo escénico, como si me hallara inmerso en una discreta pesadilla y ni mi voz ni mis gestos acertaran a resolver el inminente reencuentro con los alumnos. Luego todo es más fácil, las clases fluyen con naturalidad y cuando quiero darme cuenta ya ha terminado la jornada.
Hoy, al principio, se me ocurrió darles las gracias por venir, a lo que ellos opusieron miradas de extrañeza, cejas interrogativas. Así es -he aclarado-: sin vosotros yo no existiría como lo que soy, no estaría aquí para hablaros de mi materia, me tendría que buscar otro trabajo para mantenerme a mí y a mi familia..., y solo imaginarlo ya me produce una pereza infinita. Creo que se han sentido importantes.
Casi con el final de 2016 concluí Alegría, un libro de un tal Osho. El ejemplar estaba por ahí, me vio y lo vi, me alcanzó o lo alcancé, me lo llevé a mi rincón o me fui yo al suyo y me puse a leerlo. Tardé unas cuantas veladas, pero lo terminé, incluso con algún que otro renglón subrayado. Aquí no hay espacio para una recensión cabal, así que me la ahorraré. Solo digo que he fijado en mí, gracias a él, media docena de ideas que, creo, me van a ser muy útiles para afrontar el día a día.
Entre bromas y veras, a alguien se le ocurrió que estaba leyendo uno de esos pastiches que, en los anaqueles de los grandes almacenes, se catalogan como libros de autoayuda. Yo, orgulloso y mordaz, casi dolido por el golpe bajo, repliqué que, si bien se entiende, no hay libro en este mundo que no sea finalmente de autoayuda, desde los de Homero hasta el último de nuestros contemporáneos, pues qué sino ayudarse en uno u otro sentido es lo que buscan en la lectura lectores como yo.
Solo ahora reparo en la justicia proverbial de aquellas palabras mías, dictadas por la situación.

domingo, 8 de enero de 2017

Cuando todo parece más perdido que nunca -me refiero a los ámbitos educativos-, hasta a los menos proclives nos consuelan por momentos estas palabras -en verdad justas y necesarias- que no he sabido contrastar y verificar, pero que mis malas fuentes adjudican a Francisco, el actual Papa de Roma. Y resultan verosímiles:
"El Sol no se apaga durante la noche, se nos oculta por un tiempo por encontrarnos al otro lado, pero no deja de dar su luz y su calor. El docente es como el Sol. Muchos no ven su trabajo constante, porque sus miras están en otras cosas, pero no deja de irradiar luz y calor a los educandos, aunque únicamente sabrán apreciarlo aquellos que se dignen girarse hacia su influjo.
Yo les invito a ustedes, profesores, a no perder los ánimos ante las dificultades y contrariedades, ante la incomprensión, la oposición, la desconsideración, la indiferencia o el rechazo de sus educandos, de sus familias y hasta de las mismas autoridades encargadas de la administración educativa. La educación es el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad, pues es la base de toda transformación de progreso humano, tanto personal como comunitario. Este sacrificado servicio pasa desapercibido para muchos. Probablemente, ustedes no podrán ver el fruto de su labor cuando este aparezca, pero estoy convencido de que gran parte de sus alumnos valorará y agradecerá algún día lo sembrado ahora. No confundan nunca el éxito con la eficacia. En la vida no siempre lo eficaz es exitoso, y viceversa. Tengan paciencia; mejor, esperanza. No olviden que la clave de toda obra buena está en la perseverancia y en ser conscientes del valor del trabajo bien hecho, independientemente de sus resultados inmediatos. Sean fuertes y valientes, tengan fe en ustedes y en lo que hacen".
Anoche, a última hora y casi como un regalo inesperado, la película The Artist, estrenada en 2011 y avalada por unos cuantos reconocimientos. Peculiar homenaje al cine mudo, o quizás al blanco y negro y a los mimos sin voz de los actores, la cámara oscila entre la nostalgia y la parodia sabiéndose protagonista, recreándose en sus ángulos, queriéndose.

sábado, 7 de enero de 2017

La escritura de diarios -o, ahora, de tantos blogs que, como este, se publican a golpe de tecla gracias a la tecnología- posee una irremediable dosis narcisista más o menos visible, más o menos inteligente o vergonzante. Se quiera o no, se disimule o no, el autor se apresta en todo momento a mostrarse, a declararse, a exhibirse desde su ventana.
Casi en la misma medida, quienes nos acercamos a leerlos y los seguimos con fidelidad compulsiva proyectamos en ellos una presencia voyeurista, inmediata, deseosos de saber los entresijos cotidianos, de conocer los meandros del pensamiento, de rastrear día a día las lecturas, los viajes, los azares.
Nos necesitamos, nos buscamos. Y de vez en cuando nos encontramos y compartimos un trecho del camino.

viernes, 6 de enero de 2017

La inteligencia suele ser humilde; es su naturaleza. La estupidez, en cambio, tira más a la inmodestia, a la fanfarronería y a la soberbia. Si me he topado con excepciones a la regla, siempre ha sido entre individuos del primer grupo, el de los inteligentes; nunca entre los estúpidos, que al parecer lo son en términos absolutos. Y aun en aquel caso, superado el estadio en que el alarde pudiera disfrazarse de ironía o de cinismo, el desenlace acaba siendo insufrible, decididamente patético.

jueves, 5 de enero de 2017

Sus Majestades de Oriente, que a juicio de padres y abuelos simbolizan la ilusión ingenua de los hijos y nietos que aguardan su manojo de regalos, se han convertido al cabo en un paripé institucional y sociofamiliar, en un espectáculo de masas que le hace el juego a la economía de mercado y, en definitiva, a quienes la programan y dirigen. Nadie está a salvo, a menos que no le importe que lo tomen por un bicho raro, por un aguafiestas que se inhibe de la vorágine consumista.
No obstante, sin ninguna duda, los Reyes Magos existen, aunque no vengan cargados de videojuegos ni de cosméticos de marca. Los Reyes Magos, que antaño fueron nuestros padres, hoy sabemos con certeza irrevocable que en realidad son nuestros hijos, y que si hay tiempo y lugar llegarán a serlo también nuestros nietos. Melchor, Gaspar y Baltasar, en mi caso, cobran de repente los nombres respectivos de Darío, Federico y Helena. Ellos son los presentes que ilusionan mi vida.

miércoles, 4 de enero de 2017

Ahora, a mi izquierda, sobre la superficie minimalista de mi mesilla de noche, al lado de una foto de mis hijos mayores con Toby, el perro, y de la jarra con la regla de subrayar y los bolígrafos de colores, dos libros, uno encima del otro: Historia del tiempo, de Stephen W. Hawking, y El olvido de sí, de Pablo d'Ors. Presiento en ellos, apenas iniciados, una antagonía de signo complementario, si se puede decir así: si el uno otea en el infinito circundante, el otro escarba en las profundidades del propio ser. Todavía no sé qué especie de azar o de confabulación me habrá sugerido que alterne su lectura en estos primeros días de enero.

martes, 3 de enero de 2017

Con el auge de la telefonía móvil y sus fabulosas aplicaciones en aras de la comunicación global, se ha universalizado también el imperio de la frivolidad y la cursilería. Mensajes masivos de felicitación que se cuelan en la intimidad, ocurrencias de corta y pega que se pretenden ingeniosas, grabaciones domésticas de dudoso gusto, chistes buenos y chistes malos y chistes que devienen ofensivos, una alarmante infantilización del homo sapiens adulto que se ríe o se sonríe con cualquier cosa, por trivial y chabacana que sea, y luego la reenvía a sus grupos de contacto, cuyos miembros, rehenes de una ociosidad estéril, sin brújula, sabrán disfrutarla en su medida y devolver el preceptivo acuse de recibo dilapidando emoticonos.
Yo no he dejado de contribuir con mi parte en esta tontería encadenada, impulsiva y facilona, innecesaria, gratuita. Yo me acuso, sí, y pido perdón a quienes me hayan sufrido. Y desde este instante me dicto el casto propósito de reprimir el uso indiscriminado, de no volver a enviar lo que nadie me ha pedido que envíe, de no perder mi tiempo ni hacer que tú pierdas el tuyo pululando en vanos foros de camaradería artificiosa.
Declaración de independencia; primera premisa:
Yo no necesito a nadie para estar solo.

lunes, 2 de enero de 2017

De rebaños y rebajas, artículo publicado hace un rato, aquí.
En el pueblo, recupero una antiquísima sensación que ya es inseparable de las mañanas soleadas de invierno, sobre todo si caen en domingo: una placidez integral, una especie de dicha que se contagia del humo de las chimeneas y registra el rugido de la aguerrida motosierra de algún vecino que corta su leña en los huertos lejanos. 

domingo, 1 de enero de 2017

Me contaron el caso de dos compañeros de trabajo -con él apenas compartí claustro; a ella ni la conozco- que después de cenar en sus casas con sus cónyuges e hijos respectivos salieron a la plaza del pueblo a comerse las doce uvas y ya no regresaron sino a buscar las respectivas maletas que se dejaron hechas. Adúlteros y clandestinos, lo habían previsto todo para fugarse como dos adolescentes, justo al producirse el tránsito anual en los dígitos del calendario. Eso sí es dar la campanada, o el campanazo, según se diga en cada sitio. Año nuevo, vida nueva...