sábado, 4 de febrero de 2017

Pretender interpretar, del bueno de fray Luis, la Oda a la vida retirada -por la que no oculto mi íntima predilección- para chicos y chicas de bachillerato que te miran de hito en hito, como a bicho raro, a la hora más intempestiva, puede significar hoy en día una disparatada incongruencia, una paradoja curricular que habrían de resolver los pedagogos, si supieran. Primero por la edad literario-emocional que media entre esos chavales y yo mismo; y segundo por las distancias me temo que insalvables entre el mundo del fraile que leía a Horacio y nuestro mundo globalizado, digitalizado y virtual. Por mucho entusiasmo que uno le ponga.