miércoles, 8 de febrero de 2017

Igual que hay personas que ya desaparecieron y que, a saber por qué, uno no se acostumbra a ubicar aún entre los no vivos (pienso ahora en Umberto Eco, que se fue el año pasado), también se da el caso de las que suponíamos fallecidas o habíamos olvidado y de repente un día descubrimos que no (pienso ahora en Rafael Sánchez Ferlosio, que será nonagenario, o casi), o bien (lo cual redobla la impresión luctuosa) escuchamos de improviso la noticia de su muerte recién. Es lo que he sentido hoy con Tzvetan Todorov, nombre que solía citarse en las clases de crítica literaria, en la universidad, hace un tercio de siglo, y de quien yo mismo manejé entonces una muy nutrida antología de textos de los formalistas rusos. Lo creía muerto, pero solo contaba setenta y siete años, pocos meses menos que mi padre.