sábado, 11 de febrero de 2017

Era la hora de la siesta de un sábado sin alma cuando Locusamoenus se dejó caer, aburrido, sobre el césped artificial de su jardín, debajo de un cielo plomizo y sin presagio alguno. Pensaba acaso en su Donnangelicata, tan lejos ella de este paraíso en el que él cifraba de continuo su dulce lamentar, su dolorido sentir. A los pocos minutos, antes de que el canto de los pajarillos y las corrientes aguas puras cristalinas le entornaran los ojos, surgieron entre los árboles, gesticulando como de costumbre, las figuras inseparables de Tempusfugit y Carpediem. Debatían acerca de la supuesta incoherencia, todavía sin confirmar, en que habría incurrido ese extraño individuo, Beatusille: al parecer, tras abandonar su modesta parcela del monte en la ladera, se había citado en la noche dichosa nada menos que con Auramediocritas, habiendo yacido juntos, a la intemperie. No se ponían de acuerdo los dos amigos en las consecuencias inmediatas del suceso; hubo incluso quien sacó trapos sucios sobre una tal Fortunamutabile, poco dada a lealtades, del signo que fueren. La disputa se extendió una porción de eternidad, al punto de que el bueno de Locus creyó conciliar el vitalismo de Carpe con la melancolía de Tempus, viéndolos por primera vez como un solo tópico, celosos ambos -aunque nunca van a reconocerlo- del insólito albedrío de Aura y de Beatus. Les dijo adiós con la mano y siguieron con su charla interminable.