viernes, 9 de septiembre de 2011

SOCORRO

Mientras regresaba del instituto, a mediodía, dando un plácido paseo de quince minutos, me he topado a la puerta de un colegio con ese grupo inconfundible de madres jóvenes y de abuelos jubilados que aguardaban la salida de los niños tras su primer día de este nuevo curso. Para algunos habrá sido también el primerísimo día de sus vidas en calidad de alumnos, seguramente inconscientes de que con él, hoy, inauguran un periodo de no menos de diez o doce años de escolaridad, a los que habrá que sumar, si la cosa funciona, todos los que sepan ganarle al bachillerato y luego a la universidad. Y me he acordado de aquel chaval de casi cinco inviernos que tal día de tal septiembre acudió nervioso y pálido a la misma cita, de la mano de su madre, y que después de varios ruegos y preguntas sin éxito forzó a la maestra a cerrar con llave por dentro, hasta que cesara su llanto irrepetible. Si a quien me llevaba de la mano y a mí mismo nos hubieran dicho entonces que mi paso por las aulas se extendería dos décadas y que, casi sin transición, cada septiembre continuaría reiniciando el curso y las clases hasta después de los cuarenta, ya como profesor, no hubiéramos acertado a imaginarlo. Hoy sigue en la memoria de mi olfato, con su resto de pánico invencible, el perfume que gastaba aquella señora gorda y vieja, maestra cuyo nombre, acaso para coronar la escueta verdad con un guiño estructural siniestro, no podía llamarse de otro modo: doña Socorro.

1 comentario:

María dijo...

A mi la hermana Teodosia me encasquetó un bofetón. Puede que ahí comenzara a crujir mi fé. Teodosia: "La que ha sido dada como regalo de dios". Pues yo no quiero ningún regalo de ese tal dios habría pensado la niña de siete años...

P.D.: No hago mas que escribir tonterías. Solo por descubrir que has vuelto con ganas de hacer. Lo que sea, pero algo. Bueno, la realidad es que tengo medio borrado ese periodo infantil por tantos temores incrustados. Dicen que todo ha cambiado, pero no puedo dejar de mirar a mi hija todas las mañanas como una heroina que parte a una guerra en la que yo no puedo protegerla.