martes, 15 de noviembre de 2011

ELIMINAR CONTACTOS

Creo que fue en diciembre de 2004 cuando sucumbí a la llamada del correo electrónico y solicité una cuenta con una dirección que todavía conservo. Pese a mi reticencia natural -nunca supe integrarme con rapidez en la órbita de determinados progresos, llámese conducir mi propio coche o escribir poemas en una pantalla de ordenador o llevar un teléfono en el bolsillo-, sería necio no admitir la utilidad objetiva de este medio, las innumerables ventajas, las maravillosas facilidades que indiscutiblemente me ha regalado una herramienta cuyo mérito mayor es la inmediatez. Si al principio me pudo la obsesión, esa especie de euforia incontenible que me obligaba a mirar y a volver a mirar si se había ejecutado el milagro, es verdad que poco a poco todo aquello fue derivando hacia una tranquila indiferencia, hoy solo atemperada por un resto saludable del hábito de entonces: recibo un número ridículo de mensajes personales y envío aún menos de los que recibo.
Ayer se me ocurrió abrir mi carpeta de contactos y revisar uno a uno los 97 que guardaba; de algunos había olvidado hasta la identidad de quien pudiera estar detrás, de otros muchos atisbé apenas la vaga intención comunicativa que los pudo haber depositado ahí, de la mayor parte me sorprendió que hiciera ya tantos años que ni los había usado yo ni se habían asomado ellos a la paciencia de mi bandeja de entrada. Urgido por un resorte que no sé si llamar "impulso depurativo", señalé unos veinticinco y pinché en eliminar, luego quince más y pinché en eliminar, después diez, y otros diez, y alguno más que se resistía a cualquier criterio, y pinché en eliminar... Al fin comprobé que salvaba 29, una cifra sin redondez ni encanto. Siento que todavía sobra la mitad de 30.

1 comentario:

María dijo...

A mi me cuesta hacer éso. Bueno, me cuesta tirar cualquier cosa. (Suprimo los motivos que seguí como criterio).

¡Por cierto, esta soberana desconocida se habrá ido al limbo, supongo!