domingo, 20 de noviembre de 2011

EL BESO Y LA TAZA

Sucedió en Madrid, julio el mes. Habíamos querido -fue la excusa perfecta- que nuestro fin de semana en la capital coincidiera con la toma pacífica de la Puerta del Sol por los indignados que marchaban desde toda España. Después de un sábado multitudinario y de su alud entrañable de consignas, para la tarde del domingo se preparaba la gran manifestación en las proximidades de Atocha. A mediodía nos sentamos a comer en una casa de comidas cuyos platos se ajustaban a la exigencia de nuestros paladares y también a nuestro bolsillo. Estaba completo, así que hubo que esperar un rato. Mientras llegaban los manjares estuve hojeando la edición antigua de El rojo y el negro que acababa de comprar en un puesto de la cuesta Moyano. De repente se oyó un golpe y luego un grito casi inmediato dentro del local, en la sala contigua. Le siguió un pequeño alboroto de voces, y todos los comensales nos miramos con la sorpresa paralizada en los rostros. Me levanté y miré y escuché a una camarera: el hombre mayor, ese al que un joven retiene junto a la puerta, le ha tirado una taza a aquel chico que permanece en su silla, atendido por otro que le tapona con la servilleta la brecha abierta en su frente; desde los cuatro metros que nos separan se aprecia el escándalo de la sangre. Volví a mi sitio y relaté el resto: según parece, al hombre mayor que acababa de pedir café (junto a su mujer y a una hija treintañera) le molestó que a dos muchachos varones de la mesa de al lado se les ocurriera darse un beso, así que les lanzó lo que tenía más a mano. Ahora uno de los tres amigos le impide marchar, a la espera de que llegue la policía. Cabe añadir que tanto el agredido como el que le tapa la brecha y el que retiene al agresor poseen cuerpos de gimnasio, perfectamente musculados, pero no hacen ningún ademán de disputa, ni siquiera verbal, frente a las previsibles barbaridades de razón política que escupe por su boca el hombre de la taza. Finalmente llega una ambulancia y llegan los agentes, que toman nota de lo sucedido y se lo llevan en el furgón, rumbo a la comisaría.
Me he despertado pensando en el beso y en la taza, y he constatado que por desgracia aún hay en este país miles de individuos que arrojarían su taza hirviendo contra un beso, sea del género que sea. Y sé que esos energúmenos, cuando hoy introduzcan su invariable papeleta en una urna, estarán legitimando la taza y proscribiendo el beso, aparte de otras muchas causas excluyentes cuya sola mención me provoca urticaria. Aunque mi desengaño y mi indignación no tenían muy claro si votar o no, acabo de decidir que sí, que ahora mismo me voy al colegio electoral y que me decantaré simbólicamente contra la taza de aquel domingo de julio en Madrid. Y a favor del beso, por supuesto.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Igualmente, querido Pedro. ¿Cómo no? Resistiremos con el beso por bandera (como siempre) y haremos un frente común contra todos los retrógrados intransigentes.

Morbidmacabra dijo...

Da miedo ver las transiciones, sentirte frente al vacío. Donde antes había banderas y honor, ahora parece que solo hay eso, energúmenos. Espero que en el eterno caminar del hombre, no se olviden las banderas y los estúpidos, pero se los vea de lejos, que los besos sean preferibles.

Morbidmacabra dijo...

P.D:Espero poder volver pronto a clase.

Arlane dijo...

bien cumpa, yo hubiera hecho la misma elección. Hay que sacarse de encima a esos fósiles que tiran pa'tras

Anónimo dijo...

¡Si votas, no te quejes!
http://www.youtube.com/watch?v=BgLIzlw5ryw

Pedro López Martínez dijo...

Esa es la condición que quieren vendernos, anónima o anónimo lector. Yo nací cuando en España no se podía votar, y crecí mirando la esperanza de quienes habían recuperado ese derecho. En mi voto va mi queja (porque me puedo quejar, ¡claro que puedo!), sea blanca e inmaculada o lleve impresa cualquier sigla. Si miro atrás (yo sigo mirando atrás), me cuesta trabajo no votar, aunque mi excusa sea apenas la oposición simbólica entre un beso y una taza.

Salud!!

Anónimo dijo...

No te lo voy a rebatir, no puedo: es el "virgencica, virgencica, que me quede como estoy" más dulce que he leído hasta ahora. :)

Pedro López Martínez dijo...

Gracias!