lunes, 18 de mayo de 2009

INTUICIÓN EN CARRERA

Hace un rato, mientras completaba mi corretear nocturno de cuarenta minutos por ese circuito que ya me conoce y por el que me dejo llevar muy de tarde en tarde -"una constante en mi estancia / ha sido y es la inconstancia", escribí hace tres décadas y media, imitador precoz de Benedetti-, se me ha ocurrido algo que inmediatamente he juzgado digno de mi talento: que desde el momento mismo en que nacemos, a tan sólo un segundo del útero materno, ya estamos sin embargo más cerca de la muerte que del nacimiento, por la simple razón de que éste se queda en una zona del tiempo que ya es irrecuperable, irreversible, mientras que el final llegará sin remedio, se dilate cuanto se dilate la espera, porque si no es en un segundo o en un minuto o en una hora o en un día o en un año por delante, lo será en diez o en veinte o en cincuenta o en ochenta y ocho, que son los años que han esperado a Benedetti después de aquel primer segundo al que nunca hubiera regresado.
Esto fue hace un rato, en carrera, sudando, controlando el ritmo de mi cuerpo. Pero después de la ducha y de la fruta reconstituyente y del cigarrillo inevitable, me he puesto a gestionar por escrito aquella intuición y he concluido para mí que se me había extraviado su genialidad en algún recoveco indigno de mi talento. No obstante, en un día en el que tocaba hablar de Benedetti a cualquier precio, o citar esos versos suyos que nos hicieron más personas en la travesía de la vida, me he resignado a dejar aquí esta reflexión atropellada que tal vez mañana mismo vuelva a leer como el insospechado homenaje en el que ya se habrá convertido. La viceversa está servida, don Mario, Poeta.

5 comentarios:

Vargas dijo...

No me sorprendería, Pedro, que por la velocidad de la carrera te hubiera asaltado ese sentimiento de vertiginosa fugacidad vital. Ignoro si Quevedo también estaba corriendo, aunque me extrañaría con su cojera, con su espada, con el sombrero de plumas y demás apechusques, cuando se le ocurrió aquello de "en el hoy y mañana y ayer/ junto pañales y mortaja,/ y he quedado presentes sucesiones de difunto". Pero ya sabemos, creo que fue Gómez de la Serna quien dijo algo por el estilo, que Quevedo siempre tuvo vocación de muerto en su poesía metafísica. El entrañable Benedetti, sin embargo, era poco dado a la metafísica, porque pensaba más en la muerte (o en la mala vida) de los demás que en la suya propia. En fin, Pedro, yo también me veo más cerca de la losa que de la cuna, entre otras cosas porque, desgraciadamente, no creo en la reencarnación, así que no veo manera de volver a nacer, aunque fuese como piojo en la cabeza de un escolar poco aplicado, que menos da una losa.

Miguel Ángel Orfeo dijo...

Es curioso que, por una asociación de ideas no sé si pretendida por ti, Pedro, la fatiga de la carrera o el control del ritmo del cuerpo y de la respiración me han remitido a la cruz vital de Benedetti, que fue sin duda su asma (incluso se me viene ahora, a vuelapluma, la ocurrencia de que la supresión de comas en su obra poética tiene algo que ver con esa cruz). Por otra parte, sí, es cierto lo que apunta Vargas: Benedetti pensaba, al menos en sus poemas, más en la muerte ajena que en la suya, aunque también es verdad que a veces gastaba una suerte de metafísica social. Me acuerdo, por ejemplo, de este minipoema:

"Tengo un mañana que es mío
y un mañana que es de todos
el mío acaba mañana
pero sobrevive el otro"

Y viceversa, claro.

Sebastián dijo...

"la muerte invade
de vez en cuando el sueño
y hace sus cálculos"

"después de todo
la muerte es sólo un síntoma
de que hubo vida"

"a nuestra muerte
no conviene olvidarla
ni recordarla"

"puedo morirme
mas no acepto que muera
la humanidad"

"quiero vivir
hasta el último instante
de la tiniebla"

"los epitafios
vienen a ser la gracia
del cementerio"

"sólo un milagro
puede hacer de un velorio
dos carnavales"

"cuando me entierren
por favor no se olviden
de mi bolígrafo"

"pasan las horas
y ya nos queda un poco
menos de vida"

"no eras nadie
hoy sos el personaje
de tu velorio"

(...)

Muy lúcida tu intuición, amigo Pedro. Pero después de leer estos haikus, ¿de verdad seguís creyendo que Benedetti pensaba más en la muerte ajena que en la propia? ¿Cómo es posible pensar en la muerte (o en la vida) de alguien sin pensar en la propia?

Sebastián dijo...

Quiero decir que la muerte es el único pensamiento que nos acompaña siempre. A todos. El único pensamiento cierto, podríamos añadir, a diferencia de todos los demás. Otra cosa es que a Benedetti le importara más la muerte ajena que la propia (dicho así, incluso tiene su trasfondo irónico) porque le preocupaba más la vida ajena que la propia.

carmen dijo...

Estoy totalmente de acuerdo contigo, Sebas.
Me imagino que vosotros también habreis asistido al momento en que los niños descubren que la vida es finita,todo cambia para ellos y nos preguntan, con la angustia pintada en sus rostros, si nosotros, sus papás, les vamos a dejar, si estamos seguros de que nos haremos muy viejos para acompañarlos la mayor parte de sus vidas, si ellos mismos están en peligro.
Creo que que ése es un primer paso hacia el fin de la inocencia, esa primera intuición de la muerte que percibimos deslumbradoramente cierta y ya nos acompaña siempre.
Terminamos aceptando la muerte, a la fuerza ahorcan, y parece que conforme crecemos nuestro cerebro, tan plástico él, crea conexiones que nos permitan aceptar despedirnos de nustros mayores, asumimos que es ley de vida.
Pero cuando la muerte llega a destiempo, cuando no le toca, cuando nos pilla sin aceite en la lámpara...nos parece tan real la fantasía de invertir el tiempo, rezamos, invocamos al genio que nos ofrezca tres deseos, venderíamos el alma, y nos desesperamos porque se impone la intuición que un día tuvimos mientras corríamos por la vida: que es más lejos hace un minuto que dentro de mil años. Y no nos consuela ni Benedetti.