miércoles, 30 de abril de 2008

...Y SIN EMBARGO

Hace unas jornadas escribí aquí acerca de mi reciente experiencia como preseleccionador de originales para un dotadísimo premio de poesía, y ya entonces constaté el tamaño de mi sorpresa -porque soy novato en estas lides- y magnifiqué mi decepción -acaso proporcional a la cuantía del cheque- ante el porcentaje de participantes que apenas se limitan a participar sin concursar -he dicho bien: a participar sin concursar-, pues en rigor es su impericia misma la que a menudo los aparta del proceso selectivo, ya que, si mi olfato semántico no yerra, el término "concurso" exige en propiedad un principio de competencia leal.
Y sin embargo, tirando del hilo de aquella experiencia, poco a poco me va venciendo la paradójica sensación de haber enjuiciado con una ligereza no exenta de soberbia, más aún, de haber cedido al desdén prepotente de quienes creemos atesorar el frío bisturí de la verdad crítica. En el desatino técnico y estructural de esos poemarios que en contadas ocasiones alcanzaban la virtud de ser libros, en la penuria y el desvalimiento de sus versos ripiosos y sin duende, en la mera presentación más propia de colegial de primaria y hasta en el burdo efectismo del título, se presentía sin embargo la profunda orfandad y el deseo imperioso de decirse y mostrarse, se podía palpar el latido intimísimo de mujeres y de hombres anónimos para quienes la palabra escrita guarda todavía un aura confesional insustituible, un valor terapéutico con el que no sabría competir ningún fármaco, y un espejo fiel y descarnado de sus ilusiones socavadas y de sus cotidianos desafectos y de su sencilla retahíla de añoranzas trenzadas en la soledad de sus noches. Abundaba, es verdad, la efusión de despecho femenino, el alarde de emotividad senil, el balbuceo adolescente que se quiere canallesco. Y había también algún panfletista, algún salvacionista sin rebaño ni púlpito, algún agorero que clama por la justicia de este mundo, algún seudomístico sin trance, algún filosofante desprovisto de otro programa que no fuere su tesón mercenario. Y en casi todos ellos, sin embargo, esgrimida como un don, llameaba la necesaria antorcha de esa poesía de trinchera que transita de mano en mano, de tristeza en tristeza, y que se aposenta en nuestras vidas sin mayores ambiciones, afianzada en el grito inaugural que profirió el primer hombre, para disolverse en su propia luz y cargarse de razón por las escuras regiones del olvido.

2 comentarios:

Vargas dijo...

Es cierto, quien busca encuentra, aunque sea en un pésimo poema. Y, en cualquier caso, la mala literatura resulta inofensiva, su práctica no suele perjudicar a terceros. Prefiero que se crucen cotidianamente en mi vida malos poetas que malos médicos, malos albañiles o malos mecánicos. Y oye, si muchísima más gente, en sus ratos ociosos, se dedicase a leer y a escribir, tal vez las garcilasianas regiones del olvido fuesen menos oscuras. O no. La verdad es que da un poco de miedo imaginárselo.

Sebastián dijo...

Yo no calificaría precisamente de prepotentes tus desdenes, ni de soberbios o ligeros tus juicios; tampoco creo que vayamos a cambiar mucho las cosas con nuestras opiniones. Los escritores son (o somos), ante todo, intérpretes y siempre los ha habido buenos, malos y virtuosos. Tú pones a cada uno en su sitio. Las palabras, al fin, como la música, pertenecen a quienes las escuchan. Serán luz y razón si nos habitan. Sea en forma de poesía atrincherada o vanguardista, de canto o grito inaugural, pueden llegar a encerrar algo que las redima. Pero las palabras también son muy pendencieras, roban, matan, embaucan, y pueden conducirnos igualmente a sombrías y perturbadas regiones que por desgracia distan mucho aún del reparador olvido.