miércoles, 16 de abril de 2008

DON SALVADOR

Sin vehemencia, sin la estúpida jactancia de los necios, devaluado ya el torpe alarde que mi bisoñez interpretó en otro tiempo, hoy tan sólo corroboro el franco tobogán de mi ateísmo, ese convencimiento íntimo y desapasionado que, para serlo, hubo de transitar los parajes que dan vida y luz a las razones del agnóstico. Pero, antes aún, mucho antes de aposentarme en la edad de las razones -pues la razón, si es una e indivisa, no está a nuestro humano alcance-, también yo me dejé tentar por la inercia del incienso, y cedí al teatro de los signos repetidos, a la genuflexión mansa, al trauma del confesionario, y quise creer en una justicia mayúscula que gravita más arriba de nuestras bondades y maldades, y humillé a mi naturaleza independiente jugando a la ceremonia de una fe ya entonces impostada. En aquel tiempo, el cura del pueblo se llamaba Salvador, y, aunque sus facciones se me borraron o las confundo ahora en las de otro, mi memoria guarda intacta la actitud siempre dispuesta, generosa y servil de aquel hombre cercano, sin amanerados aspavientos ni austeridades falsas, que se daba cada día a la causa de su fe. Cuenta mi padre que en los albores democráticos -reconozco en la anécdota el rescoldo presente de mi anacrónica empatía-, cuando al profesor don Enrique Tierno Galván le negaron espacios oficiales para reuniones de partido en su peregrinar por la comarca, este cura Salvador, don Salvador, tuvo a bien abrirle las puertas todas de su iglesia para que oficiase su mitin político, para que divulgase su mensaje de izquierda; y así se hizo, cuenta mi padre. Luego lo trasladaron, lo cambiaron por otro de modales más hoscos. Se dijo que vivía en Roma, que andaba de misiones por América Latina, pero lo cierto es que le perdí la pista, y en mí sólo quedó como una vaga sombra, benévola, de la infancia.
A menudo los recuerdos se concilian trágicamente con la peor literatura. Hace unos meses, pasando las páginas del diario de la ciudad que habito, mi estupor matutino se heló frente al titular de la noticia: sacerdote septuagenario robado y asesinado en su casa del Barrio del Carmen, donde según fuentes de la vecindad daba cobijo esporádico a cuantos mendigos acudían, sobre todo a inmigrantes sin papeles. Me ganó un presentimiento que poco a poco derivó en certeza: la información complementaria terminó de atar todos los cabos. Don Salvador, sí. En la siguiente visita a la casa de mis padres, en el pueblo, comenté el suceso con los ojos turbios.

2 comentarios:

Sebastián dijo...

Reconozco que siento un profundo pero respetuoso desprecio por la Iglesia, inversamente proporcional al daño psicológico que tanto me costó superar desde que, a mis trece o catorce años, decidiera romper radicalmente con ella; pero también reconozco que dentro de la Iglesia conocí a unas cuantas almas generosas que amortiguaron mis traumas y contribuyeron racional y emocionalmente a esa liberación; fieles, curas y monjas de la estirpe de Don Salvador que antes que fieles, curas y monjas eran, sencillamente, buena gente, personas íntegras y ejemplares que supieron saltarse a la torera muchos de los rígidos, absurdos e inquisidores dogmas con los que nos acribillaban. Con algunos de ellos (aunque ya quedan pocos) sigo manteniendo una sana amistad. Por suerte, incluso dentro de la Iglesia hay una noble resistencia que opera práctica y necesariamente desde la clandestinidad. ¡Si Jesucristo levantara la cabeza!

Pedro López Martínez dijo...

No sé dónde lo leí, pero se me quedó grabado: "Si Cristo levantara la cabeza, no sería cristiano". Creo que como este Salvador ha habido y hay algunos, como bien apuntas. Y el suceso de su muerte seguramente lo recordarás, pues ocupó los periódicos dos o tres días. Ahora también recuerdo que, ya jubilado, ejercía de capellán en algún hospital de Murcia.