martes, 4 de marzo de 2008

MURIENDO Y APRENDIENDO

Mi madre lo repite a menudo, y pone el acento en cada gerundio con una sutileza impropia de su nula formación académica, de manera que sus palabras siempre me llegan como en una cursiva de doble filo. Lo repite cuando desea recalcar que acaba de salir de un error en el que había entrado sola, confiada, consciente del mal paso, casi previendo que antes o después se confirmaría su engaño y triunfaría el desengaño, y que gracias a la reparación retornará, ya libre, a su verdad primigenia, tras haber agotado el periplo necesario en el engranaje singular que concatena cada pieza de nuestra experiencia. Muriendo y aprendiendo..., lo dice como si el tesoro del saber, tan cotidiano, no tuviera límite para quien hubo de abandonar demasiado pronto, como si su venturoso azar la persiguiera hasta el último instante.
También a mí, en la intimidad de esos proyectos que presumo magnos y que en el fondo no son sino quimeras de mi tesón, me vence cada vez con más frecuencia la desasosegante sensación de haber errado, de estarme apartando del camino, de sucumbir a la facilidad de recaudar los pequeños frutos que me depara la jornada, pero cerrando los ojos al horizonte que en verdad importa, o que hasta no hace tanto tiempo soñé que importaba. Sucede sobre todo cuando acudo al llamado de la actualidad más cerril, cuando me revuelco en la mentira hipócrita de los parabienes socioliterarios, cuando me dejo tentar por cenáculos insulsos y sorprendo el veneno del orgullo -hermano de la vanidad, sobrino de la envidia- llenando mis pulmones con su humo diabólico. Cómo me he dejado enredar poco a poco en esta trampa es lo que no acabo de entender, y más en días en los que vivo reconciliado con mis dotes y me sé favorecido, apto para no torcer la mirada de aquel objetivo que mi afán narcisista o mi voluntad de ser -o mi tozudo instinto de perdurabilidad- se marcaron por mí cuando yo aún no sumaba la mitad de los años que hoy tengo. Observándome así, a contraluz, desde fuera de mí, me pregunto si soy capaz, si seré digno de ese norte, si sabré prescindir de las migajas que a diario se me ofrecen y que acaso aliento -triste pedigüeño en la farsa del festín provinciano-, si la distancia real entre el alto proyecto y su ejecución estará o no al alcance cabal de mis talentos. Curioso: más de media vida dándome lecciones de integridad a propósito del destino del artista para, de repente, recuperar el promontorio de una incertidumbre cuyas raíces me sostienen en la tierra -así es, no lo dudo-, pero que en días como el de hoy no me dejan avanzar en paz conmigo.

3 comentarios:

Sebastián dijo...

"El camino que tomé
es el que sigo;
pero a veces me dan ganas
de no ir conmigo."

Perdona la autocita, Pedro, pero la traigo aquí para solidarizarme contigo. También podría traer esta, que le gustaba mucho a mi madre (¡ay, las madres!):

“Nunca es tarde ‘pa’ poner
derecho lo que pusiste
un mal día del revés.”

Comprendo y comparto tu inquietud, porque la he sentido muchas veces; pero, como vienes a decir, la vida es un gerundio de doble filo y, así, vamos tirando y aflojando, entrando y saliendo, viviendo y muriendo; pero lo más importante es que al mismo tiempo vayamos viendo y aprendiendo. Sólo es capaz de soportar el peso de un error quien como tú tiene la facultad de examinar su conciencia. Eso te dignifica y dice mucho sobre tu integridad.

Ante “la mentira hipócrita de los parabienes socioliterarios” antepón siempre tu verdad; y, ante “la farsa del festín provinciano”, el pan siempre recién hecho de la vida; y que otros, si quieren, recojan las migajas y se las den de sabios.

Quería decirte algo más, pero se me ha ido olvidando...

carmen dijo...

Querido Pedro, me duele leer estas palabras. No eres justo contigo o en todo caso eres demasiado duro. A veces, lo hemos comentado en ocasiones, nos dejamos llevar por el ambiente pequeño, envidioso y autocomplaciente de por aquí (y sospecho que también de por allá), pero creo que hemos rectificado a tiempo e intentamos ser fieles a lo que cada uno de nosotros en su día escogió como destino y razón de vida. Tú sabes que a veces yo también me siento un poco fraude pero sé que el hecho de hacer examen de conciencia y propósito de enmienda nos acerca a la salvación (momento judeo-cristiano que diría un tipo que, seguro, no siente tus remordimientos). Y sé que lo de los cenáculos no va por nosotros pero de alguna manera me decepciona que pensar en tus amigos escritores no te haga ver la otra cara de la luna, en mi caso que selenitas como Ginés Aniorte, Sebastián Mondejar o Pedro López me honren con su amistad querrá decir algo (bueno) sobre mí. Un beso.

Pedro López Martínez dijo...

Mamen, sé que existe la otra cara de la luna y yo mismo doy gracias por los amigos (sabes que uso esta palabra, "amigo", con mucha prudencia) que me ha deparado la literatura. Está claro a qué tipo de ambientes y de relaciones me refiero en esta entrada, y está más claro aún que ni los nombres que has dado ni el tuyo propio podrían darse jamás por aludidos. Para mí la palabra cenáculo, no sé por qué, tiene un aire conspirativo que de ningún modo se podría aplicar a nuestros inocentes cafés con marlboro o a las tertulias post-lectura-de-poemas. Lo que digo es algo mucho más íntimo, es el peso de la incertidumbre y la sensación de ceder a veces, no a la mediocridad, que acaso es disculpable cuando no hay mala fe detrás de ella, sino a las impensadas leyes de la mezquindad, que nos lleva en volandas sin que sepamos prevenirnos de ella. Es verdad, también, que todo va por rachas, y el cuerpo me pedía escribir lo que tantas veces he rumiado en el seno de la amistad.

Y tú, Sebas, sé que habías olvidado algo, pero me lo has ido diciendo...

Salu-dos!!