domingo, 5 de octubre de 2014

LA ESPERA

Habían ido desapareciendo durante la primera quincena de septiembre, aferrados a sus pesadísimas maletas, nerviosos con la inminencia de una travesía que en aquel entonces duraba jornada y media entre vagones y trasbordos y horas muertas, rehenes de ese vértigo sin medida que se ceba en los humildes cuando se ven forzados a cruzar fronteras.
Aquí solo quedaban los más viejos y los más niños, y también alguna familia extraviada que este año no encontró patrón o que regentaba su pequeño negocio, de modo que las callejuelas se convertían en espacios fantasmales donde al caer la tarde apenas se escuchaban esporádicos pasos misteriosos, intrigantes voces que susurran, el aporreo persistente de una puerta; o el ladrido nocturno de los perros.
A su llegada, los vendimiadores mandaban una carta de caligrafía penosa que informaba de los cuatro tópicos -los rigores del viaje, el sol y la lluvia, las añoranzas-, y tan solo los más osados y cosmopolitas se atrevían a concertar una conferencia telefónica en el locutorio del pueblo. Narbona, Florensac, Pézenas, Montblanc, Béziers o Sainthibery eran para nosotros nombres míticos, lugares referidos que coloreaban el mapa de la emigración estacional y prometían el desahogo de muchas familias.
Ahora, vencido san Miguel, se anunciaba el retorno jubiloso de los primeros grupos. Pero no había manera de saber con certeza qué día ni a qué hora, si en el autobús de la mañana o en el de la noche o en el intempestivo taxi de la madrugada. Así que cada atardecer, por si sí o por si no, con lluvia o sin ella, caminaba con mi madre hasta el punto de venta de billetes y me sentaba en el banco de una sala escueta a esperar, nunca se aseguraba por cuánto tiempo, compartiendo la desidia con otros vecinos que aguardaban a los suyos lo mismo que nosotros, conversando entre suspiros fúnebres, tolerando la tos endémica de los fumadores.
Casi siempre regresábamos tristes, doblegados por la evidencia, sumidos en un silencio apático. Pero hubo alguna vez en que se insinuó el rostro al otro lado de la ventanilla y era él, el padre o el tío o el abuelo; sucedía el abrazo y el chasquido de besos, y luego caminábamos todos juntos calle arriba, tirando de las mismas maletas pesadísimas, con una punzada de alivio, como si también los que esperábamos estuviéramos volviendo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tienes un don, innegable.

Juan