domingo, 15 de enero de 2012

LA TRAVESÍA DE HAMZA

Al principio niega con la cabeza y se justifica desde una media sonrisa permanente: no le gusta hablar de aquello. Pero sus gestos no me cierran la puerta del todo y yo insisto, aupado a la honradez de mi propósito, ya que carezco de otro método. Él no tarda en admitir que sus padres trabajan en el campo, que lo hizo porque son muy pobres, solo por eso, y que ellos estaban de acuerdo aunque no conocían toda la verdad. También, con algunas dificultades de pronunciación, dice que tiene una hermana de diecisiete y un hermano de once, y que allá dejó vivos a dos abuelas y a un abuelo. Después, poco a poco, convoca las palabras de un idioma que aún no domina, y, entre el interés de mis preguntas y la materia viva de su recuerdo emborronado, vamos llenando de datos a veces contradictorios los espacios del mapa que yo improviso en una hoja de su libreta.
Salió del pueblo de Oulad Yaich (cerquita de Beni Mellal, no muy lejos de Marrakech) la medianoche del 23 de abril, con 50 euros en el bolsillo. Unas cinco horas tardó en alcanzar Tánger, donde lo estaba esperando con documentos de identidad falsos un amigo suyo de dieciséis años. Ese mismo día, entre las diez de la noche y la una o las dos de la madrugada, ambos cruzaron el Estrecho de Gibraltar escondidos en un camión, pero en el hilo confuso del relato no acabo de negociar los detalles más íntimos de su odisea. Luego, quiero entender que en el mismo camión, siguieron rumbo hasta Almería, ciudad que los recibió al amanecer del día 24. Ahí tomaron un tren para Lorca y luego otro tren con destino a Murcia, salvo que él se bajó en la estación del Carmen y su amigo Mohamed continuó viaje a Valencia, donde puede ser que aún esté pero él no lo sabe, no ha vuelto a saber nada, no tiene su teléfono. Entonces, a media mañana, ya irremediablemente solo y con "sero euro", buscó un puesto de la policía donde le ofrecieron algo de comer y lo condujeron al centro de acogida de menores.
Hamza Zamzami cumplió los trece años en España, el 15 de julio. Le dejan un móvil para hablar con su familia dos o tres veces al mes. Dice que no quiere volver a Marruecos mientras no consiga papeles, ha venido para ayudar a los suyos. Lo miro en el pupitre que ocupa -ora entregado a la tarea escolar, ora en abierta actitud de ensoñación o de ausencia- y trato de interceptar en algún destello de la mirada o en la pequeñez de su cuerpo cualquier signo, algún reflejo del secreto insondable de tamaña voluntad. Suena la sirena del cambio de clase y yo permanezco un rato más atrincherado en mi mesa, fijo en la estela del muchacho que ya se ha perdido junto a sus compañeros en el pasillo de la vida, preguntándole al silencio del aula cómo se irá fortificando en un cerebro de once y de doce años una decisión tan definitiva y tan adulta.

1 comentario:

José Luis Ávila Herrera dijo...

Qué tal Pedro!
No conocía tu blog y gracias a tu visita, pude conocerlo hoy.
Me gusta leer cosas como las que tú escribes.
Recibe mis saludos y pondré tu blog en mis favoritos.
Hasta pronto.