martes, 22 de diciembre de 2009

LA SEBASTIÁN HERENCIA MONDÉJAR INVISIBLE

Nuestros pasos nos llevan a donde deseamos incluso si ignoramos los deseos, los pasos. De los libros de poesía estimo sobre todo su sustancia tangible, ese halo de luz suave que proyecta en nosotros su Verdad desde el primer manoseo, desde el primerísimo abrazo, y que se nos impone como un sustrato emocional que ya nunca se agota, que, antes al contrario, cobra renovado vigor con cada relectura. Las calles las generan nuestros pasos, la vida. Y no sólo su Verdad: también la Belleza que indefectiblemente la acompaña por los corredores de la existencia cuando uno acierta a mirarla en toda su amplitud sin desdeñar la brizna, sin obviar sus minucias, en todo el esplendor de lo creado. De tallos, hojas, pétalos y espinas tienen forma los tiempos; de troncos y raíces invisibles. Tal es, a mi entender, el talento singular que atesora Sebastián Mondéjar (Murcia, 1956), poeta por cuyos versos discurre esa ráfaga lúcida que parece recaudada en el manantial calmo de las sabidurías orientales, allí donde el mínimo gesto festeja la eternidad del todo y cada sonido, cada palabra, hallan sigilosamente, discretamente -como sólo a la modestia laboriosa del artista curtido le es dado hallar-, su exacto lugar en el espacio. Ala quieta de instante. Latido detenido en su constancia. Conforme se avanza por las páginas de La herencia invisible -éste es el título-, se respira una suerte de determinismo integrador, rebosante de armonía cósmica, una secreta vitalidad que ha aprovechado los mejores momentos de la mística española y que, tras el vuelo alto, sabe descender a la entraña misma de las cosas y, en soledad consigo, contemplativo y austero, nutrirse de la savia sencilla que regala la tierra. No desembocan. Los ríos, en el mar, siguen su cauce. El resultado es una misteriosa complicidad con el ser que somos, también con nuestra fragilidad y con nuestras dudas y miedos, en ese tránsito incomparable que nos hace únicos en la jornada de la vida. He vivido, he soñado, he pasado mis días siendo otro para poder ser yo sin fatigarme. Uno tuvo la suerte de descubrir algunas piezas de este libro interpretadas de viva voz por su autor (así, “Libélula dorada” o “Losas sueltas”, que a la postre se postulan entre mis favoritas); poco después las volví a saborear al abrigo de un manojo más amplio que las dotaba de la unidad necesaria, merced al mecanuscrito que llegó a mi dominio bajo el modo de plica; y finalmente las he leído y vuelto a leer en la cuidada edición de Calambur (Madrid, 2008). Como hiedra intangible en su insistencia, nuestra herencia sutil nos prevalece. Bien sé yo que Lo fortuito, a veces, nos sume en la aventura, bien lo sé y lo agradezco; pero también a mí, cuando menos falta me hace, me rondan otras verdades ancestrales con su enigma infinito: Volver, vivir, amar, ¿qué más quiere la vida? Anoche tomé en las manos mi ejemplar con su dedicatoria y su autógrafo, y mientras doblaba las hojas comprendí otra vez, una vez más, que sin duda La vida es de quien vive, entendí que Nuestra vida es la vida que hay después de la muerte, que probablemente Es bueno distanciarnos, vaciar nuestro lugar con nuestra ausencia, para volver después, como hijos pródigos, reconciliados con las discrepancias. Hoy, cuando el calendario refrenda el comienzo del invierno de los astros, he querido salvarme de nuevo en la Poesía, por la Poesía, a través de la Poesía, y sentir en la plenitud de tu palabra, Sebastián, amigo, que Nuestra herencia no es nuestra. Está en nosotros. No somos herederos. Somos la herencia misma.
Salud!

3 comentarios:

Miguel Ángel Orfeo dijo...

Gracias a nuestra amiga Mamen, a la que desde aquí envío un cariñoso saludo, tuve la suerte de poder sumergirme en "La herencia invisible" de Sebastián Mondéjar, esa herencia de todos definida por el extrañamiento de estar vivos y en tránsito perpetuo, por la bella contradicción que late en el "fervor de existir/presagiando el mañana". Se da -o al menos yo la encontré de una manera nítida- una suerte de identificación vital en los poemas de este libro, de manera que estos terminan siendo nubes, y "esas nubes que miro navegan por mis ojos" como una herencia propia.

Sebastián dijo...

Querido Pedro, qué puedo decir... Y qué más puedo esperar... Me has dejado en suspenso... Desbordado por tus palabras, con la copa de mi corazón en la mano, brindo por ti y por nuestra amistad en esta Noche Más Buena Que Nunca. Y la alzo también, desde mi nube más alta y mi más hondo fervor, por Miguel Ángel Orfeo, por mi querida Mamen y por el privilegio de teneros como amigos.

¡Un fuerte abrazo invisible!

Sergi dijo...

Las ciudades son libros que se leen con los pies