miércoles, 14 de mayo de 2008

LA SEQUÍA, ORFEO

En correo que me llegó días atrás, un amigo en la literatura -empiezo a pensar que las amistades literarias, cuando las hay, son también las que mejor colman mis modestas expectativas de fidelidad hacia las personas- me confiaba el periodo de sequía que está atravesando su musa. El mensaje escrito no me transmitió, o yo no supe leer, señal alguna de inquietud o alarma; lo entendí simplemente como la constatación de una tregua creativa no buscada, no sujeta a datos objetivos que pudieran justificar esa ausencia de luz que nos atenaza a veces y que, me atrevo a sospechar, nadie que no comparta la fatalidad de la escritura podrá sentir en todo su rigor. Me preguntaba el amigo si a mí también me pasa, si también yo atravesé por estas rachas de silencio, crisis que, si se prolongan, acaso cercenen el crédito que nos debemos y estilicen la alargada sombra de la propia estima. Y sí, claro que sí, a mí también me ha pasado y me pasa, cómo no; salvo que a mi respuesta impremeditada a vuelta de correo se le ocurrió matizar que esas crisis, para mí, se emparentan más con una suspensión de la predisposición anímica que con la mera capacidad intelectual de hallar y pergeñar ideas. A menudo intercepto asuntos que luego se malogran por falta de ánimo; más raro es que cuando la búsqueda obedece a una fe firme no acabe encontrando algo valioso y regalándole acomodo definitivo en la vasija de la grafía.
Un artista nunca duerme, suelo afirmar en esos alardes hiperbólicos que cada vez dispenso con más celo, y la maravilla es que los creadores que me escuchan lo suscriben cual verdad irrefutable, menos exagerada de lo que a otros que no lo son, pero que desean pasar por serlo, les pudiera parecer. De modo que nuestros periodos de crisis ocasional habría que asimilarlos a la noción de barbecho, descanso necesario para sanear la tierra fértil, hasta que nuestras manos son llamadas a la siembra, y de ahí al asombro repetido de las flores y al milagro de sus frutos. Si no se respeta la siesta de la musa, el pensamiento y la imaginación -así sucede con la tierra de cultivo- se vician en su raíz misma y sólo producen mediocridades a granel, para el consumo rápido de una demanda engañosa -no es broma, hoy en día proliferan los invernaderos literarios-, mas sin la textura ni el olor ni el sabor de aquellos libros que nuestros autores favoritos alentaron sin trampa ni artificio, con amor artesanal, dando tiempo al tiempo.
La sequía, Orfeo, no lo dudes, trabaja mientras duermes.

4 comentarios:

Sebastián dijo...

Sequía, barbecho, siembra, raíces, flores, frutos... ¿Por qué casa tan bien lo agrícola con lo literario? Hay muchos tipos de aridez y muchas categorías de silencio. Hay sequías anímicas que sólo son comparables con la muerte; hay desiertos en los que no es posible ninguna revelación; pero creo, como tú, Pedro, que hay que respetar “la siesta de la musa” como medida estrictamente higiénica y procurar vivirlos como una mera, útil y necesaria regresión climatológica.

carmen dijo...

A modo de divagación:
Tras constatar que escribir, sobre todo poesía, require un estado alterado de la conciencia, de gracia, casi de gravidez me ha surgido a veces la sospecha de que bajo la influencia de determinadas sustancias podríamos despertar a la musa. Afortunadamente no pasa de ser un juego imaginativo a los que soy muy aficionada pero he de reconocer que sin el estímulo de la nicotina no sé si sería capaz de poner el mecanismo en marcha.

Miguel Ángel Orfeo dijo...

Y a fin de cuentas puede, amigo Pedro, que la tierra sea fértil y que llueva, y que la musa de la cueva esté cantando. Puede que la serpiente pretenciosa que Orfeo lleva dentro picara mortalmente su víscera de versos y estos ya se encontraran en el reino del Tártaro. Puede ser que él bajara a rescatarlos, sedujera a Cerbero, a Caronte y a Hades y este le repitiera que de acuerdo, que aquí tienes tu víscera de versos, pero no se te olvide por enésima vez la condición... Lo ves, hasta en tu blog me da por buscar fantasías y acabo enmarañado de imágenes difusas por mirar hacia atrás, por tirar de la pierna a la musa que duerme... ¿Lo ves? ¡No tengo remedio! A veces pienso que para mí, más que un amor, la literatura es un vicio, precisa sus rituales, sus estímulos -como bien dice Carmen-, pero también provoca -cuando, con las ideas, también se nos esfuman los gozos del proceso- su inevitable síndrome. ¡Qué admirable el maestro Saramago, qué honesta su sequía de más de veinte años por su no tener nada que decir! Hace falta mucho más que una pizca de su talento para tomar tan sabia decisión.

Pedro López Martínez dijo...

Siguiendo con las correspondencias entre lo agrícola y lo literario, y divagando al albur de lo que Carmen apunta, está claro que, aparte de la lluvia y del riego y de la mano paciente del agricultor, nunca viene mal el abono y el incentivo de ciertos productos naturales que destierran plagas y embellecen la cosecha. Sin pasarse. Tú hablas de la nicotina donde yo preferiría hablar de otra cosa, eso va en gusto y en sensibilidades. Un whisky oportuno o un café revitalizante están en el germen de muchas de mis mejores ocurrencias, estoy seguro.

Me congratulo de que saques en tu comentario la referencia a Saramago: para mí, todo un ejemplo en su vida y en su obra (conste que no hablo de política, sólo de literatura). Creo que pronto me referiré también a él, en una entrada del blog.