lunes, 28 de febrero de 2011

SE PUEDE VIVIR SIN TODO

-Se puede vivir sin nada -dije, a modo de sentencia, en el transcurso de un café vespertino con un amigo poeta y músico, o con un poeta músico y amigo, o con un músico amigo y poeta.
Nos habíamos sentado en un enclave de nomenclatura irrepetible, casi mágica: frente a la fachada del Museo Ramón Gaya, en la terraza de la cafetería Aromas, a dos pasos de la plaza de Las Flores. El diálogo venía a cuento de un viaje mío a Marrakech, reciente, y de las carencias seculares de esos pueblos que, como el marroquí, viven inmersos en sus particulares crisis perpetuas; y de ahí derivó, casi sin transición, hacia dominios más íntimos: le hice notar que propiedades que alguna vez nos parecieron irrenunciables, por ejemplo ciertos libros o ciertos objetos próximos, de repente dejan de estar a nuestro lado y la ausencia nos acostumbra a prescindir, o nos enseña que son prescindibles. Mientras él se liaba su cigarrillo, yo pensaba en un poema de Borges que se titula Las cosas y concluye con este par de endecasílabos: "Durarán más allá de nuestro olvido. / No sabrán nunca que nos hemos ido". Pero entonces él, el amigo músico y poeta, o el poeta amigo y músico, o el músico poeta y amigo, antes de activar la mecha y acercarla al extremo de su manufactura, me corrigió sutilmente con su habitual clarividencia:
-¿Sin nada, dices? Se puede vivir sin todo.

10 comentarios:

carmen dijo...

La habitual clarividencia de tu amigo,poeta y músico o al revés, sobrecoge.

carmen dijo...

No obstante, me alegro que en tu camino franciscano te acompañe el libro de cierto ruso

Pedro López Martínez dijo...

¿"Vida y Destino"? Yo también me alegro.

José Manuel dijo...

Hombre, vivir, lo que se dice vivir, no te digo que no. Sobrevivir, subsistir; vale. Pero no es lo mismo vivir de cualquier modo. Al citar Marrakech no sé si te refieres a lo estrictamente material, si es posible separar lo material de lo espiritual, que todo alimenta, pero en cualquier caso convendrás en que privarse de lo que a uno le apetece es -no nos aventuremos a más- como poco peor que gozar de ello. Otra cosa es que nos adaptemos y hagamos de la necesidad virtud o que la felicidad se abra paso en cualesquiera circunstancias, aun las más adversas, como ese pino imposible que se yergue contra todo pronóstico en la pared de un acantilado. Lo digo porque a menudo he tenido la tentación de conceder que todo da igual, que no merece la pena tomarse tantas molestias por garantizar un buen pasar, una renta decente que no nos ha de faltar a poco que uno se esfuerce. Cierto que en seguida acuden justificaciones para enredarse más: que si los hijos, que si el futuro. Pero uno cree (o cree creer) que con la guitarra, un carnet de biblioteca y un ordenador a mano va bien servido; las calles y los jardines están abiertos para todos. Sí, pero ¿podrías prescindir de la salud para recorrerlos? ¿Del tiempo para disfrutar de la música y la literatura, por muy a mano que las tengas? ¿Serías indiferente ante quien proporciona a sus hijos diversiones u oportunidades que no quedan al alcance de los tuyos? ¿Y escuchando en un café las peripecias o los viajes que tú no has de concederte? Efectivamente, con los años soy de los que piensan que se debe administrar con cicatería el uso de determinados adjetivos, y reservarlos para mejor (o peor) ocasión que habrá de presentarse muy probablemente. Ya casi no recuerdo cuando tenía por imprescindible un rato diario de música, de guitarra, de lectura, de escritura, de atletismo, ¡de intimidad, sagrada e irrenunciable! Ahora sonrío cuando escucho esa palabra en boca de un imberbe o un inconsciente afortunado; qué sabrán. Tal vez sólo así, sometido a esta dieta espartana, soy capaz de saborear como lo hago un abrazo de mi hijo cuando vuelvo a casa y disfrutarlo con un placer que dudo que me proporcionase la posesión de todo lo que se me antojase. Pero en fin, aunque me sirva de consuelo, aunque con los años haya entendido que un parche provisional no es algo desdeñable o que todo se resume en una cuestión de prioridades, lo cierto es que yo no aspiro ni en sueños a una vida ascética y sin nada, yo quiero mis cosas para ir tirando y no veo en desembarazarme de ellas la oportunidad de alcanzar un éxtasis místico al que renuncio en favor de pasar un buen rato con esos objetos de los que me sirvo como de primitivas herramientas o instrumentos de caza: me hacen la vida más fácil. Mientras dure. Y si me dejan, ya iremos viendo.

Sebastián dijo...

Lo que Pedro viene a decir es que nosotros, acostumbrados a tener tanto (casa, coche, piscina, televisión, cocina, lavadora, lavavajillas, microondas, aire acondicionado, equipos de música, ordenador, cámara de vídeo, discos, libros, tiendas, un supermercado al lado de casa, bares de copas, cines, teatros, festivales de jazz..., colegios para nuestros hijos) comparándonos con aquellos que apenas tienen nada y sin embargo viven, podríamos vivir simplemente con menos. Hay lugares en los que nada de eso es necesario; lugares en los que aquello que no se tiene no existe, luego no se necesita; lugares capaces aún de devolvernos lo que, paradójicamente, muchas de las cosas que poseemos nos han quitado.

Pedro López Martínez dijo...

Como casi siempre, José Manuel, tu comentario ha eclipsado mi entrada, o tal vez la ha complementado con esa particular perspectiva; yo quería referirme a las cosas (de ahí la alusión al poema de Borges), a los objetos, y a nada más.
Lo que dice Sebastián (que tiene la potestad de ser el amigo músico y poeta, con todas sus posibilidades de variación en el núcleo sustantivo y sus adjetivos escoltas) aclara con más tino lo que yo quise expresar con mi verbo enmarañado.

Gracias a todos por andar por ahí.

José Manuel dijo...

Muy amistosa y acertadamente me lo has dicho, Pedro, que me voy del tema; mientras escribía entendía que me estaba desparramando en un montón de obviedades. Y abundando en ellas, yo lo que digo es que se llega igual, que da casi lo mismo, que a lo mejor no merece la pena, pero que se viaja mejor en primera que en turista, lo que resulta más notorio en el culo cuanto más largo es el camino. Y que yo he pecado con frecuencia de candidez o imprevisión, considerando que total, todo es provisional, qué más da, pero resulta que la vida es muy larga, o al menos lo bastante para darte cuenta de que los que se mataban por pillar un buen asiento tomando posiciones (propiedades, amistades, qué sé yo) sabían de qué iba el rollo. O andaban más listos que yo, alma de cántaro, o disponían de información privilegiada: alguien les había explicado ce por be adónde venimos a parar tarde o temprano, cuando amainan los vientos de la rebeldía. Sí, si igual da, pero la gente se mata por un palmo más de tierra de los que aquel capitán pirata tenía allí por suyos. Y yo me tengo de siempre por poco apegado a lo material, pero lo cierto es que esta condición no admite grados, ni mucho menos ese pretendido justo medio virtuoso: aparte los célebres pirados que abogan por la dulce y total renunciación, como dice el bolero (por cierto que el amor es la más frecuente razón para ello, pero no nos vale en el caso que nos ocupa: conservas una cosa aunque sustituyas por ella todo lo demás), los demás aspiramos a pillar tanto como quede a nuestro alcance desde la posición en la que vinimos a establecernos, y de puntillas si me apuras.
Razones hay a capazos: si no es por mí, es por ellos; si a mí me da lo mismo. Ya, ya, pero engrosas igual las estadísticas, porque a nadie le importan tus razones. Lo cierto es que acabamos gastándonos los pelos y comprando lo que necesitamos y lo que no, y dejaremos nuestros buenos propósitos de consumo responsable y desarrollo sostenible y las tres erres y todo lo que tú quieras a los que vengan, cuando ya no tengan más remedio o sencillamente por fin sea cierto que da igual, porque será demasiado tarde.

carmen dijo...

Creo que andáis por las ramas. Todo eso de lo material es una obviedad, claro que "el dinero no da la felicidad" o "pero ayuda a conseguirla" ,etc, etc...Yo, la verdad, Sebas, le había dado otro sentido a la frase, creo que "se puede vivir sin todo" es vivir sin lo que cada uno hubiera considerado que no podría vivir: el amor, la amistad, el conocimiento, el arte...qué se yo y sin embargo ahí seguimos

Sebastián dijo...

Bueno..., sí, Carmen, cuando dije "todo" me refería también a todo eso. Claro que podríamos vivir también sin esas cosas (que por otra parte son susceptibles de ser entendidas de diferentes maneras); de hecho, hay quien lo hace. Sin la mayoría de bienes materiales podríamos sin duda vivir o, como dice José Manuel, sobrevivir; pero sin bienes... inmateriales... ¡no concibo una vida peor! Sin ellos sí que malviviríamos.

carmen dijo...

Jose,lo de la "dulce y total renunciación" en contra de la creencia general no es por amor, o por lo menos, no por amor humano. Este bolero se lo dedicó Agustín Lara a un tío que se metía a cura. Y ya me callo.