lunes, 22 de marzo de 2010

FOLIO 300 / NOVELA

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imaginárnoslo fantaseando con la posibilidad objetiva de cobrarse la pieza que le ha traído su alumna, demostrado queda que cuando la poesía no es fin se conforma con ser medio para acariciar otras empresas. No será éste el caso, pues la identidad sexual de Pablo está tan fuera de duda que el señor Tozzi capta el desinterés y se distrae con una mujerona que le extendió un ejemplar que el otro habrá de dedicarle con todo su afecto, gajes del oficio, en menos de un lustro hojearemos este libro y su autógrafo anacrónico en un quiosco de segunda mano, a mitad de precio. Mientras, nuestra parejita ya ganó la puerta de la calle.
En la esquina de la estación Porta Nuova, muchos años atrás, Cesare Pavese tuvo que resolver el dilema definitivo, esto es, comprar un billete para huir de sí mismo o refugiarse en el hotel para mirar cara a cara a su destino. En cambio, la alternativa que se dirime en el silencio de estos dos no es en modo alguno comparable, ayer Pablo y Toya se despidieron sin que nadie les informara de que ya no volverán a verse en estas páginas, hoy Pablo y Claudia pueden separarse con la fachada de la estación a su espalda o pueden continuar caminando hasta donde el camino lo permita, de ellos depende, una idea es sentarlos a consumir el café o el chocolate del Platti, bastará con ponerlos a cruzar la avenida y desentumecerles las gargantas, de hecho ya han echado a andar por el paso de peatones y se dejan absorber por los arcos, entre el bullicio de transeúntes ajenos a nuestro relato. Pero la muchacha no obedece, no se para en la cafetería ni busca la conformidad de Pablo, ella sigue calle arriba marcando su ritmo de tacón en las baldosas y Pablo la acompaña unos centímetros por detrás, espiando el movimiento de su media melena bajo la boina, respirando el perfume que la convierte en la mujer que es, que será, porque en la memoria del deseo podemos cerrar los ojos para revivir el preciso olor de la mujer que fue, más allá de un nombre y de unos rasgos. Cuando ya se divisan los castaños de Corso Re Umberto, ella afloja la marcha para prender un cigarrillo con su ritual de cine negro, y él, que no ignora que la puerta de su piso está al doblar esta manzana, la
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