sábado, 21 de junio de 2008

LA CITA

Este verano voy a escribir relatos eróticos, pensó para sí y enunció luego para que lo oyera la mujer que lo miraba casi sin verlo desde el otro lado de los cafés y de la humareda producida por un solo cigarrillo en la sobremesa de un restaurante del centro. Este verano voy a escribir relatos eróticos, insistió en un tono más convincente. Su determinación no respondía a una pregunta previa, de ésas que el narrador obvia o deja olvidadas para iniciar su historia por mitad de la historia, sino que surgía de improviso y casi sin fe en el alcance real de sus ramificaciones discursivas. El silencio entre ellos ya duraba más de lo que aconsejan las modernas leyes del relato, así que le apeteció revelar esa especie de exclusiva profesional: dígase que él era un escritor de incierto éxito y ella la prometedora agente argentina con la que contactó por internet, y que ambos habían maquinado la osadía de citarse a ciegas, como en el título de aquel film, en un hotel de una ciudad que a lo mejor no tiene catedral, sita a medio camino entre la residencia del uno y la residencia de la otra. Ausente, la mujer forzó un gesto ininteligible al tiempo que aplastaba en el cenicero la penúltima colilla, pero permaneció muda. Él la observaba casi con lujuria, mesándose el bigote con el pulgar y el índice e ignorando qué clase de relatos eróticos iba a escribir este verano. Y entonces sucedió: la agente acarició el móvil y tecleó con la destreza de una alumna de la ESO durante los sesenta segundos que dan nombre al minuto, hasta que el celular de este lado de la mesa emitió una breve vibración acompañada de una luz intensa que produjo el pasmo del autor; luego él mismo tanteó el aparatito de última generación y tecleó a su vez para conocer el texto del mensaje: "Bajate, voy a pelo", emulando acaso otra escena de otro film. Ella se relamió el carmín fingiendo que se le caía el tenedor, pidió la cuenta al chico que los atendió desde el primer martini hasta el último café, y cuando el chico desapareció de la sala en la que sólo quedaban ellos dos y sus móviles (más el fantasma intrépido del narrador), el autor de éxito incierto se precipitó bajo la mantelería y buscó a tientas el tenedor caído y otras cosas, y husmeó rodillas separadas, y lamió muslos temblorosos, y olió y succionó la tibieza adúltera que manaba de aquella fuente enrevesada y frutal como la melodía inédita del verano que hoy empieza. Pues sí, voy a escribir relatos eróticos, pensó y tal vez dijo, mientras alguien que no estaba en el guion manipulaba aburridamente el teléfono móvil al otro lado de la mesa que ya era sobremesa; alguien que forzó un gesto ininteligible y aplastó la postrer colilla.

3 comentarios:

Gustavo Romera Marcos dijo...

NO creas,Pedro, que la ausencia de comentarios es producto del desinterés o de la baja calidad de tus retales. Al contrario, ante la perfecta construcción de textos como éste, sobra cualquier comentario. Yo, como profesor, confieso que una de mis mayores frustraciones es tener que comentar textos rotundos o redondos. Me siento, valga el símil, como el jugador de ajedrez que ha encontrado la posición perfecta pero le toca mover.
Gracias por regalarnos estas perlas que nos redimen de la mediocridad que nos rodea.

Pedro López Martínez dijo...

Gracias a ti, Gustavo, por el piropo. Me abruma la generosidad de los comentaristas de este blog, quizás porque quienes dejáis vuestra impronta sois amigos y próximos y cómplices, que otro gallo me cantaría si entraran lectores advenedizos... Lo cual no significa, ni mucho menos, que no advierta sinceridad en tus palabras y en las del resto de blogeros que por aquí pasan. Vuestra participación me ayuda a seguir, que no siempre es fácil.

Ah, el símil del ajedrez también es rotundo y redondo.

Un abrazo!

Pedro López Martínez dijo...

Supuse que no haría falta aclarar nada, pero una lectora muy avisada me alerta de dos posibles faltas de acentuación en este relato. Faltas que, a mi entender, no lo son.
Pero vayamos por partes:
- "guion": me he pasado cuatro quintas partes de mi vida alfabética poniéndole tilde por inercia, hasta que caí en la cuenta de que para mí es un perfecto monosílabo, lo que significa que según las normas no la necesita. Consulté el diccionario de ortografía y me dio la razón en parte, pues considera que puede o no llevar tilde dependiendo del usuario, que la percibirá como bisílaba o como monosílaba según los casos.
- "Bajate": aquí me parece más evidente el doble efecto que le quise dar a la sorpresa normativa de prescindir de tilde nada menos que en esdrújula, primero porque en el uso habitual de los mensajes de móvil (éste lo es) no es fácil respetar las reglas de puntuación, y segundo porque pretendía remarcar el acento grave que suelen hacer los argentinos (y esta agente literaria quise que fuera argentina).

En fin, amiga R., gracias por tu observación privada; espero hayan quedado satisfechas tus dudas.
Un abrazo.