miércoles, 5 de marzo de 2014

UNA MAÑANA COMPLETA

Como los miércoles disfruto de un horario lectivo sorprendentemente benévolo, me despierto mucho antes de que irrumpa la alarma y me entrego a la amable expectativa que me depara la mañana. Me he cerciorado de mis progresos en la báscula (77 kilos y 400 gramos, no está mal), he despachado un par de clases con lecturas de redacciones y he dejado a mi espalda el instituto con la idea de rentabilizar el preciso itinerario de mis pasos. En la oficina de correos, he efectuado el envío de mi último cuento, calentito aún, botella lanzada al proceloso mar de los concursos. En la otra acera, he sellado los seis números de la suerte (12, 15, 19, 34, 47 y 49, todos excepto el último portadores de un secreto valor sentimental). Mientras caminaba hacia una mercería céntrica se me han ocurrido hasta cinco entradas para verter a este blog, y ninguna la que ahora escribo; allí he dejado un pantalón nuevo para que le doblen los bajos. Deambulando, sin saber cómo, tras constatar en el escaparate la persistencia de otros coetáneos y demás ralea de la provincia, me he sorprendido a mí mismo censurándole al librero que mi volumen (del que aquí se han vendido 45 ejemplares con un margen de beneficio del 35%) esté ausente de sus mostradores desde hace meses. Luego me he sonreído un rato con los microcuentos, casi chistes de whatsapp, que sobre matrimonios y divorcios recoge un título que no recuerdo, de autor inglés nacido en 1970, editado por Alfaguara. Con sorpresa tibia, he hojeado un poemario que leí mecanuscrito, años ha, por cortesía de la misma autora que hoy no gasta la cortesía de obsequiármelo ni de citarme, al final, junto a esos otros que al parecer también leyeron el mecanuscrito y que, acaso como yo, le sugirieron mejoras sustanciales. He pagado mi café con un euro y cuarenta céntimos, y en ese intervalo se ha acercado un cantaor verosímilmente andaluz y ha voceado al aire su copla ("Pajarillo volandero / si pasas por la tierra mía / pajarillo volandero / si ves a la madre mía / dile lo mucho que la quiero / que por ella pierdo la vííía") y al terminar he puesto sobre su guitarra un euro y pico de calderilla. Al minuto, he fotografiado con mi móvil a un amigo que, como a cincuenta metros de mi mesa, acuclillado entre transeúntes, hacía otra foto con su móvil, y lentamente se ha ido alejando hasta desaparecer de mi vista. He cerrado en mi cabeza un relato que ya sueño con sentarme a escribir y que tratará de regresos y de lunas y no digo más. Volviendo, porque no me apetecía suspender mi buen ánimo, he evitado tropezarme con dos jubilados de la enseñanza de los que alguna vez fui colega. Por fin, de nuevo en la sala de profesores, hoy tampoco he hallado el momento de revelarle a nadie la primicia: este mismo año volveré a ser padre, padre tercerizo.

martes, 4 de marzo de 2014

NO SOPORTO

Que el volumen de la música exceda en decibelios el espacio del coche deportivo que conduce un pijo muy pijo, sobre todo si la música no es música, sino el torpedeo interminable de una máquina sintetizadora.
Que el niño estúpido o cualquiera de los padres no menos estúpidos que a su lado discurren dejen caer sin disimulo la bolsita del cruasán o la lata sonora de cerveza.
Que los dos parroquianos intimiden con su repertorio de prostíbulo a la chica mona que les sirve los cafés, y que la chica mona les siga el juego.
Que los besos femeninos de saludo chapoteen al aire su chasquido espontáneo de mentira, eludiendo el contacto alternativo en la mejilla.
Que el currículum de solapa del escritor mediocre recaude su interminable lista de premios menores y concluya "entre otros".
Que el prójimo se atreva a justificar sus fobias y sus filias amparándose en el repugnante yo no soy racista pero...
Que los poetas y las poetas, los poetisos y las poetisas, le pongan tilde al pronombre ti
Que la mano, sobre todo la del hombre, se muestre fláccida al chocarla con la mía.
Que demasiados políticos usen tan demagógicamente la palabra demagogia.
Que se mastique ostentosamente chicle, con la boca muy abierta.
Que aquel con quien converso no me mire a los ojos.
Que tú me preguntes si aún sigo escribiendo.
No voy a negar que siempre me sedujeron las enumeraciones caóticas, su virtud torrencial y purgativa.

lunes, 3 de marzo de 2014

LIBROS

Tarde ociosa de sábado, primera de marzo. Me muevo sin destino por las calles y paseos céntricos de la ciudad, arrastrando mi versión privada de eso que los italianos etiquetan dolce far niente. Me tienta la certeza de este inopinado paréntesis de soledad en la pequeña urbe, la promesa íntima de dos o tres horas yendo y viniendo conmigo mismo, anónimo entre anónimos, evitando tener que pararme a saludar a nadie. De pronto vislumbro las casetas en el sitio de siempre: Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Me aproxima la inercia de un ritual que poco a poco ha ido disipando su entusiasmo de antaño. Libros, muchos libros, demasiados libros. Paseo mi vista y alcanzo algún ejemplar y lo abro entre mis manos como una paloma recién salida de la chistera: un título, un nombre, una edición, un azar. Los frecuento casi con desdén, o como a viejos camaradas que han perdido su encanto. Cuánto papel, cuántos afanes, cuántos propietarios sucesivos, cuántas horas reunidas de pasión lectora, cuántos desvelos para encontrar el tono y las palabras que digan lo inefable, cuántas cajas de embalaje y bibliotecas malvendidas al peso por herederos sin escrúpulos, cuántos gestos tan aburridos como el mío; y todo para venir a morir al mostrador promiscuo de este habitáculo de quita y pon, sutiles víctimas de esta tarde de primero de marzo. Hay buenas ofertas, precios módicos, impulsos anacrónicos que desecho de inmediato, sin esfuerzo, resignado a la evidencia de que ya no soy el bibliófilo ávido que llenaba su despensa pensando en mañana o en pasado mañana. Recuerdo casi cada uno de los libros que adquirí, y dónde, y en qué circunstancia. Algunos los leí y muchos otros, los más, se quedaron esperándome en vano: la vida sentenció que debíamos separarnos, de repente se convirtieron en un doloroso lastre que no podía transportar en el espacio de mi alforja. Muchas noches sueño que susurran mi nombre desde la altura de sus baldas, hermanados por mi mano en la verticalidad persistente de sus lomos, y en el sueño soy yo quien acude, y los voy acariciando uno tras otro, y recupero su olor ebrio, su tacto de entonces, sus heridas de amor y de guerra, nuestro pasado cómplice. Son pocas las casetas este año. Sigo mi camino sin mirar atrás. Hay una tacita de café triste en una mesa de la plaza, frente a la fachada de la catedral. En mi bolsillo, suena el teléfono móvil.

jueves, 27 de febrero de 2014

LA VERDAD

-Si después de esto mañana no cae nadie, este país está definitivamente perdido.
Acababa de poner el broche a un relato de seis páginas que me había ocupado varias tardes de la última semana, una historia que tira su piedra ya en el título y que, con ese reclamo o esa trampa, se desliza a través del personaje forzando las sucesivas anticipaciones del lector, todas erróneas salvo la definitiva, o eso espero.
Tomé asiento frente al ingenio de la tele y me dejé tentar por la sana expectativa de las palabras con que se me había recibido. En los primeros minutos experimenté una vaga punzada de incredulidad o de reserva que poco a poco se transformó en vértigo; después, con su inevitable reguero de estupor por el alcance histórico de los hechos, me fue venciendo la afable espiral de las tramas impensadas. Los testigos, ahora protagonistas directos e intérpretes autorizados, no hablaban desde la tosca hipótesis ni se amparaban en artificiosas teorías revisionistas, sino que daban la vuelta a la versión conocida -la versión oficial, la única versión- con la naturalidad pasmosa y a ratos insultante de lo obvio, pese a haber permanecido treinta y tres años exactos en un silencio cómplice, bajo llave del interés general del Estado o algo así. Diré que hubo un momento álgido, al menos para mí, en que la imaginación, excitada por lo que estaba viendo y escuchando, se extravió en las regiones de la ficción literaria preguntándose cómo no se le había ocurrido a nadie -¡y a mí tampoco!- un argumento tan jugoso e inteligente sobre el golpe del 23-F, fuere para una novela o para el guion de una película. Pero a esas alturas el experimento televisivo (que eso era, como en la radiofónica Guerra de los mundos de Orson Welles) tocaba a su fin, los hilos sutiles del falso documental se iban desdibujando en la pantalla y alcanzaban al corazón dividido de los espectadores con una mezcla de decepción y de gratitud. Se había conseguido lo más difícil: zarandear nuestra conciencia adormecida, alertarnos frente al poder disuasorio de las verdades aceptadas y de las medias verdades, recelar de las arbitrariedades impunes de los medios.
-No, mañana no caerá nadie, aunque razones no falten.

domingo, 23 de febrero de 2014

UN BIS (PARA LOS QUE LLEGARON TARDE)


http://retalesdemialforja.blogspot.com.es/2011/02/23-de-tejero.html

Tal vez lo más jugoso sean los comentarios a la entrada, en particular la anécdota de Sebastián. A veces se me ocurre que esta clase de sucesos, tan arraigados en la conciencia colectiva, merecerían la convocatoria de un certamen temático-memorístico donde cada uno pudiera expresar libremente su vivencia, o su recuerdo personal del suceso vivido. Daría mucho juego, hablando en clave intrahistórica. Y luego editarlos todos juntos, sin excepción.

viernes, 21 de febrero de 2014

AFROAHOGADOS


A una palabra la sucede otra
y el reloj se convence de su imperio con toda pulcritud con timo
[ exacto

así
las horas muertas de esta infame estadística se mecen y
[ entumecen
y estremecidamente apilan los cientotreintaiséis afroahogados
[ clandestinos en lo que va de año

uno a uno pero ni tú ni yo

uno
a
uno
hasta fletar las cientotreintaiséis muecas o miembros agarrotados
[ como signos de interrogación
confirma a pie de playa informativos telecinco

y nosotros
simples descuidos en medio de este escombro
podredumbre afeitada bajo la estricta ducha de la pensión más
[ pobre
invasores de orín en los blancos lavabos de la gran superficie a las
[ afueras
ebrios de luna nueva en esos bulevares del crepúsculo que
[ discurren hacia todas las estaciones inventadas sin billete de 
[ vuelta

y nosotros
descifraremos uno a uno los cientotreintaiséis cadáveres
[ repatriados y los que el mar marea
uno a uno hasta anudar las cientotreintaiséis razones u olvidos
[ sobremuertos
en esa instantánea triste del reportero triste de la associated press
esa instantánea gris
gris y triste
como las horas vanas de este otoño perenne que se nutre de
[ epítetos y cifras

De Libro ciudad (2006)

jueves, 20 de febrero de 2014

ABUNDANDO EN ESTAS COSAS

Un par de años antes me habían premiado el relato La sonrisa del ahorcado, engarce de cuatro monólogos de protagonista único que más tarde amplié hasta seis. Así que me pidieron un texto breve, a manera de introducción o de poética o qué sé yo, para el libro que reuniría los textos ganadores en las últimas ediciones del concurso. Lo que me salió es esto que acabo de encontrarme, debajo de una foto de entonces en la que parezco un presidiario, sea por la melena incontrolada de aquellas mocedades o por la camiseta de franjas horizontales, rojas y blancas, que a tantas batallitas sirvió. Aquel muchacho era tan osado, o pretendía serlo, que se tomó la licencia de iniciar sus palabras con un gerundio y con una frase que nadie sabe de dónde manaba o a qué ancestros remitía:
"Abundando en estas cosas, y no queriendo ser prolijo en asunto que ya no lo merece, añadiré tan solo, para terminar mi perorata, que de un tiempo a esta parte narrar ha empezado a ser, al menos para mí, y cada vez más cariñosamente, un simpático ejercicio de aproximación a la Verdad -a mi Verdad- por medio del Lenguaje; tal vez un privilegio. A veces, claro, este primario espíritu onanista se desliza necesariamente hacia un exhibicionismo infecto de matices vergonzantes, de gozosos sucedáneos. Es la hora de la publicación y de los premios".
Está en la página 30 del volumen Premios del Certamen Jara Carrillo, 1988-1990. En la siguiente, bajo el título del cuento y el seudónimo que adopté (Abenjacán el Bojarí, acaso mi primer tributo a Borges), dos citas de sendas lecturas de aquel tiempo:
"Las cosas que terminan dan paz y las cosas que no cambian comienzan a concluirse, están siempre concluyéndose. Lo terrible es la esperanza", de El lugar sin límites (José Donoso);
"Nada se parece tanto a una persona como la forma de su muerte", de El amor en los tiempos del cólera (García Márquez).
Ahí queda lo que alguna vez fue.

lunes, 17 de febrero de 2014

EL TÍO SILVELA

Se llamaba Jesús Niceto Álvarez Rodríguez, pero en mi familia lo recordamos como el tío Silvela, apodo insólito que nadie sabe de dónde le vendría y que a mí siempre me remite a un político español del siglo XIX. Lo conocí ya septuagenario, con su gorra calada y su bastón, parroquiano fiel de la taberna que mis padres regentaron durante más de un lustro en el centro del pueblo. Para el almuerzo solía pedir una tortilla con el manojo de ajos tiernos que él mismo buscaba en el mercado. Salvo que la cadena pública oficial emitiese toros, las tardes se le agotaban en broncas tertulias y en sonoras partidas de dominó, y las trasnochadas en un dormitar ininterrumpido entre gritos de borrachos, en aquella nube de tabaco podrido y de frituras. Solterón sempiterno, hablaba a veces de una novia de juventud que le había durado seis años, pero a la que dejó de ver de un día para otro, sin más, porque le pareció que tenía bigote. A las dos de la tarde y en pleno agosto se le veía caminar bajo el sol con la zamarra puesta sobre la camisa, y en cuanto soplaban los primeros fríos se quejaba de la estación venidera, que él llamaba el mataviejos, gráfico sinónimo del invierno. Al cerrar la taberna, mi padre lo acompañaba a su inhóspito caserón y le prendía la lumbre, pues pasaba la noche entera frente a ella, hundido en su sillón de mimbre, como un príncipe de los ratones; a menudo le oímos repetir su único deseo: morirse despierto. Un mediodía de octubre de 1977 lo hallaron y lo hallamos perfectamente sentado en el escalón de la puerta de la calle, a la que había salido con algún vómito, trastornado, presintiendo el final, porque le aterraba quedarse tanto tiempo solo en la soledad de la casa, solo y muerto hasta que alguien diera con su cuerpo.

sábado, 15 de febrero de 2014

DISPAROS AL MAR

Mientras la soberanía del pueblo helvético decide democráticamente, en ajustada mayoría electoral, limitar por ley el acceso y la libre circulación de ciudadanos extranjeros en su territorio, el gobierno absoluto de mi querida España -esta España mía, esta España nuestra- de repente se saca de la manga otra disposición legal que impide a nuestros jueces más osados investigar y proceder en flagrantes casos de injusticia universal, como el terrorismo o el genocidio. Son dos noticias de la última semana, dos más, tristes ejemplos de una actualidad próxima y peligrosa que percibimos y asimilamos casi sin tiempo de reacción, anestesiados por el cúmulo de insensateces y por el vértigo de los acontecimientos. No hará falta recordar que también Adolfo Hitler, en su etapa embrionaria, pudo promover y recaudar democráticamente en su país decisiones de similar alcance que la aprobada el otro día en Suiza; no hará falta observar que, tras la ocurrencia del gobierno de España, ningún Adolfo Hitler del pasado ni del presente ni del futuro podrá ser investigado y juzgado en esta tierra por sus fechorías. Como si no le bastase a mi asombro provinciano, cualquier mañana emerge en las pantallas un ministro en pose de ministro que -impelido por el suceso lamentable de los trece o los catorce o los quince africanos muertos en aguas próximas a Ceuta- trata de desacreditar las evidencias justificando sin empacho los disparos al mar de la guardia civil. Este es el mundo al que nacen nuestros hijos.

viernes, 14 de febrero de 2014

PURO TEATRO

Cada mañana se eleva el telón, se enciende arriba el gran foco de la vida, nos ponemos nuestras máscaras frente al espejo de todos los días, salimos a los distintos escenarios que nos tiene reservada la rutina o soñamos con interpretar ese guion improvisado que nos justifique ante nosotros y ante el mundo. Nuestra libertad es la libertad del personaje que encarnamos, y asimismo lo son también nuestras cadenas. Y luego regresamos como Ulises a su Ítaca o como Quijote a su aldea, un poco derrotados a veces, decepcionados casi siempre, sospechosamente satisfechos otras, aferrados al convencimiento último de que no hay más verdad que la ilusión de continuar vivos, e inventamos a solas la esperanza de poder repetir cada mañana esos gestos que creemos nuestros, como si no quisiéramos saber que la función continuaría sin nosotros, que somos todos actores de reparto perfectamente sustituibles, dolorosamente prescindibles.