domingo, 23 de marzo de 2014

PARADA 9, LÍNEA D, LIBRO CIUDAD

PARÍS
ebria ciudad para morir de ingenio
cuando la noche cierra en los salones del elíseo
frente a la torre imantada de luciérnaga
y el arte por el arte y el sexo por el sexo ya no son las consignas
rótulos nobles de aquel pretérito en que había que morir aquí 
[ de cualquier cosa semejante al frío al hambre al coma etílico 
[ al suicidio aplazado de un incógnito wilde

ciudad
ciudad
ciudad
es decir parís
liturgia idónea para tragarse el hambre y el frío cruel de la 
[ bohemia
y asir el frasco intacto de los escaparates truncos de la infancia
y mirar tras las lentillas verdes de las niñas que salen del liceo
y multiplicar por ocho la razón prohibida de aquel desmayo de 
[ hierbas y de besos sin duda irrepetibles

o lo que es lo mismo
ciudad parís para morir de amor
de desamor también
de tango intempestivo y sodomita
de vulgar pederastia o de leucemia triste o de sida tránsfugo en 
[ la rayuela esquiva de los días
parís ciudad mentira   ciudad postal
ciudad de otros leída y desleída con el desgarro amargo de un 
[ mate trasterrado y un saxo perdulario
el arte por el saxo y el saxo por el sexo
ciudad cortázar
ciudad ficción
parís
c
i
u
d
a
d

sábado, 22 de marzo de 2014

AQUEL RECITAL DE HIERRO

Fue en una sala de la universidad de Murcia, a mediados de los noventa. El poeta José Hierro declamaba sus versos con emoción creciente, los ojos empañados, al extremo de que en un momento dado, sin asomo de impostura en el tono desgarrado de su voz, arrojó al aire el manojo de folios y continuó de memoria hasta el final de la pieza. No sabré decir si antes o después; el caso es que en uno de esos paréntesis de captación que sirven de engarce entre poema y poema, Hierro desveló -lo recuerdo con exactitud física, como si estuviera ocurriendo ahora- la anécdota que le había inspirado tal título, tal composición de cualquiera de sus libros. Relató que en una visita a la casa de Dámaso Alonso, la esposa del insigne profesor y poeta condujo a Hierro hasta la cama donde permanecía postrado, ya muy enfermo de alzhéimer, tomó su mano entre las suyas y le anunció con ternura la visita. Entonces Dámaso, las cuencas de los ojos de Dámaso, buscaron los ojos de la mujer de su vida para perpetuar en ellos las palabras más siniestras, las más dolorosas de tan dolorosa enfermedad: "Sé que te he querido mucho, pero no sé quién eres". A continuación leyó sus versos sin que el auditorio se sobrepusiera a la terrible adversativa: "Sé que te he querido mucho, pero no sé quién eres". El recital concluyó en un sollozo dignísimo, memorable como pocos, ajeno a la unanimidad emotiva del aplauso.

viernes, 21 de marzo de 2014

SALUTACIÓN DE LA PRIMAVERA

Dentro del grupo humano, existe una minoría adulta, sin duda selecta, que todavía es capaz de mirar alrededor con los ojos inocentes de un niño: son los artistas, son los poetas. Artista es todo aquel que conserva, en una minúscula franja de eternidad sin tiempo, esa facultad de sorpresa y extrañeza ante las cosas más elementales, esas mismas que a los demás, a la inmensa mayoría, ya dejaron de sorprendernos y extrañarnos. El artista, y por ende el poeta, percibe la trascendencia de cada gesto en lo más pequeño e insignificante, contagiándonos su valor esencial, su sentido único. El arte de la poesía nos vincula con aquella inocencia perdida, abre nuestros ojos a esos misterios que colman el espectáculo cotidiano de la vida, misterios que, a fuerza de repetirse, nos habíamos olvidado de percibir y de sentir: una nube que pasa, una hormiga acarreando reservas para el invierno, una rama florecida de almendro, un gorrión tras la ventana, el roce de una mano, los tonos del crepúsculo, esa joven que avanza ensimismada... Todos son indicios reciclables de una voluntad que torna a gozar la belleza inmediata de la vida, excusas maravillosas para propiciar la reflexión y reconciliar nuestro ser con lo que verdaderamente importa. Después de un poema, escrito o leído, yo ya he vuelto a ser otro, y soy mejor que antes de escribirlo o de leerlo; lo que me anima a sospechar que si los hombres y mujeres escribiéramos y leyéramos más poesía, este mundo nuestro sería más habitable para todos.

jueves, 20 de marzo de 2014

VOCACIÓN LITERARIA

En ocasiones, de buena fe, apiadado de mi desgana transitoria o de mi autoexigencia suicida, algún amigo lector me ha insinuado que procure mantener vivos mis retales y que lo haga, a ser posible, con periodicidad diaria, pero que me habitúe a escribirlos inspirándome en la discreta observación de lo cotidiano, sin otro aliento ni propósito que plasmar lo que pasa a mi alrededor, con celo notarial, en un instante, a vuelapluma, como un simple ejercicio que no se supedite a graves pretensiones formales ni que se convierta en un inútil derroche de estilo. Qué fácil será para otros, y cuán imposible para mí. Yo, cuando escribo, no me suelo conformar si no hallo la expresión o el término que busco, sirvan estos para responder a un email privado, para proponer las preguntas de un examen, para reclamar una multa de tráfico o para completar una estrofa o el párrafo de una novela; del mismo modo, por supuesto, también cuando me entrego a estos retales que se me van cayendo de la alforja. Creo -y excuso la vanidad paradójica que encierra esta fe mía- que muy pocas veces habré escrito una sola palabra que no fuese intencionada, que no estuviera sopesada y elegida y remplazada entre todas las posibles, que no haya sido calculada más allá de sí misma; o lo que es igual: que no albergase su inevitable pizca de vocación literaria. Temo que siento el lenguaje como la especie más depurada de mi compromiso con las cosas que nombra, con la verdad de esas cosas, y temo que, en mi caso, su virulencia enfermiza ya no tiene remedio.

miércoles, 19 de marzo de 2014

DE LA HERENCIA

Mi padre es labrador,
y yo también.

Él surca la tierra;
yo, el papel.

Él canta el sacrificio;
yo, su fe.

Mi padre es labrador,
y yo también.

viernes, 14 de marzo de 2014

¡BUEN VIAJE!

Ayer se presentó en la taberna un tipo con galones de marino y anunció a bombo y platillo que buscaba hombres para una expedición a las Indias. El viaje es idea de un almirante italiano y, según dijo, lo financia la reina Isabel de Castilla, así que no nos faltará de nada, podemos estar tranquilos. Luego pagó una ronda de cerveza y se despidió de nosotros recordando que hoy se cierra el plazo para alistarnos. La verdad es que yo aquí no tengo mucho que hacer, nada me ata a este lugar, soy joven y fuerte y me tienta la aventura. Y a eso he venido, a que me apunten. Zarpamos la semana que viene. Mi nombre es...

He llegado a clase con la idea de continuar con el programa -ejercicios sobre los complementos del verbo y ortografía de la x-, pero, después de pasar lista y constatar que ya es viernes en los rostros vencidos de los alumnos, el menos tímido del grupo ha sugerido escribir alguno de esos relatos que a veces les propongo, a bote pronto, para propiciar el estímulo de las palabras y para que, de paso, den rienda suelta a su imaginación. Tampoco esta vez he sabido negarme, y se me ha ocurrido improvisarles el párrafo de arriba, que han tomado al dictado en sus libretas y que ahora tendrán que desgranarlo y completarlo hasta donde su ilimitada fantasía les permita. Ahí cabe una novela, les he dicho, pero de momento bastará con una cara de folio o con un folio y medio. Inmediatamente se han aplicado a la labor, repitiendo esos gestos clásicos que pautan el misterio de la inspiración creadora, como abducidos por la llamada de un dios generoso. No me cabe duda de que los complementos del verbo y la ortografía de la x sabrán esperar su hora.

jueves, 13 de marzo de 2014

RETRATOS DEL ALMA

Hace mucho tiempo que nadie va al fotógrafo para hacerse un retrato; tanto, que ya es mayoritaria la gente que no sabe que existían estos fotógrafos especializados en captar "algo más" que nuestra simple imagen. La masificación de esta técnica -sobre todo desde la aparición de la fotografía digital y últimamente desde el acercamiento del hecho fotográfico a través de las redes sociales- ha propiciado que se pierda el interés por saber de nuestra imagen a través de la visión del otro. Así pues, esa necesidad que siempre ha acompañado al hombre por fijar en el tiempo su paso por la vida, habría sido resuelta definitivamente con la socialización de las tecnologías.
Sin embargo -como indicábamos antes-, hacerse un retrato era "algo más". Hacerse un retrato suponía casi un reto metafísico y estaba también teñido de acontecimiento social. En ese acto, casi sagrado, la persona que iba a retratarse sabía de antemano que no sólo iba a exponer su imagen externa, sino también su interior, o sea, algo de su identidad, de ahí que durante muchísimo tiempo ir al fotógrafo para hacerse un retrato supuso todo un rito: había cita previa, ese día el modelo se acicalaba más de lo habitual, se vestía con sus mejores prendas; en definitiva, se convertía en el protagonista de su entorno.
Ahora todos tenemos y distribuimos cientos de nuestras imágenes, poses festivas, de grupo, en viajes, anécdotas, acontecimientos que queremos enseñar, pero lo que ya no tenemos son retratos. Y es que para que un retrato exista siempre tiene que haber dos partes y una voluntad común: uno que hace de tema y otro que lo observa, selecciona y decide finalmente retenerlo. Un retrato es algo muy especial porque es también un encuentro, una cita, es el instante en el que dos almas -una de ellas agazapada- se juntan y reconocen en una milésima de segundo, es decir, se tocan en un lugar sin tiempo, en un espacio en el que no hay pasado, ni futuro, sólo presente. ¿Qué tiene pues la fotografía de retrato que no tengan otro tipo de imágenes? Creo que la luminosidad de un fondo insondable, siempre de dos.

Juan Ballester

miércoles, 12 de marzo de 2014

TEJEMANEJE

Va uno embebido en sus cavilaciones, templando asuntos pendientes por aquí y por allá, rellenando fichas y otros papeles pasajeros, alternando ideas repentinas y pensamientos fugaces que ni el mejor Joyce hubiera sabido discernir y garbillar para dar rienda suelta a las páginas de un monólogo monumental, y de pronto se fija en mí un vocablo, tejemaneje, y me distrae de todo lo que me ocupa y solo atiendo al hechizo neto de su inesperado protagonismo. Sustantivo nacido de un cruce legítimo entre el verbo tejer y el verbo manejar, me maravilla que una sola palabra acierte a decir y a nombrar tanto y tan bien aquella realidad para la que fue designada, así en lo semántico como en lo fonético. La pronuncio varias veces, la paladeo como si la estuviera degustando, y lentamente se me revela su destino de onomatopeya virtual -se me permitirá expresarlo así-, su soberana contundencia. Tejemaneje: mucho más de lo que opina la simpleza bienintencionada de cualquier diccionario.

lunes, 10 de marzo de 2014

UCRANIA

Tiempo atrás, cuando Helena había soplado tres velas y Federico acababa de nacer, su madre y yo llegamos a un acuerdo con una chica de poco más de veinte que se ofrecía como empleada de hogar, para suplir de urgencia a la ecuatoriana que desapareció de un día para otro, el mismo mes que le firmamos los papeles y se hizo con su permiso de residencia en España. Ulana procedía de una ciudad cercana a la central nuclear de Chernobyl, y había salido de su país buscando un mejor tratamiento para el hijo que le había nacido con problemas motrices muy visibles, probablemente por efecto retardado de la radiación. Meses después formalizamos los papeles de Ula y le concedieron el ansiado permiso de residencia. Echaba horas sueltas en varios domicilios, organizándose no se sabe cómo, y cuando reunió el dinero necesario regresó a Ucrania una vez y otra vez, con la inquebrantable voluntad femenina de traerse con ella al niño Oleg, salvando los rígidos controles fronterizos. Se sobrepuso a dos intentos frustrados, hasta que al fin, a la tercera, logró su objetivo, previo abono de comisiones ilegales a conductores y policías corruptos de su añorada tierra. Una navidad los invitamos a cenar en casa, a ella y al niño y también al marido -que trabajaba de albañil con un patrón que ya le adeudaba más de un año de sueldo-, y en el transcurso de la velada surgieron los típicos temas sobre nuestros países respectivos, sobre nuestros políticos, sobre la vida. Me sorprendió el orgullo patrio y visceralmente antiruso del joven Roman, que así se llamaba, con una carga de radicalismo ideológico y de odio exclusivo que por momentos coqueteaba con lo que solemos identificar con la extrema derecha (incluso admitió su simpatía por Franco); pero, viniendo de alguien que sobrevivía en España como inmigrante sin papeles y sin ningún derecho a nada, ni siquiera a reclamarle al constructor su deuda de un año de trabajo, me sorprendieron todavía más sus comentarios abiertamente xenófobos, en particular para referirse a sudamericanos y árabes. Ignoro su paradero actual, el de él y el de ella y el del niño, cómo estarán viviendo la espiral de violencia civil en su país. No hay vez que escuche o lea noticias de Ucrania que no me vuelva el recuerdo de aquella cena, de aquellas convicciones teñidas de tan paradójico odio al extranjero.

viernes, 7 de marzo de 2014

UN EPÍLOGO DEL AÑO 93

En el otoño de 1984 y en el otoño de 1985 escribí, respectivamente, la primera y la segunda parte de este libro. Poseído por una fuerza irrepetida y ajena que nunca entenderá el mayoritario gremio de los necios (así iletrados como reputadísimos teóricos) y con el ramalazo visible de primeras lecturas que no he querido eludir ahora (Neruda y Cernuda, Vicente Aleixandre), gocé del acto siempre agridulce de la creación y, debo añadir, ese acto me salvo (terapéuticamente, digo) de catástrofes íntimas mayores.
Nueve años después (siguiendo a Horacio) y a casi dos mil kilómetros del escenario, he retomado aquellos versos y los he templado con la parsimonia diligente de quien aprendió a observar, mejor o peor, las escasas (y definitivas) trampas del oficio, pero también con la mirada lúcida (más o menos) de quien ya no llora mientras cuenta sílabas ni se solaza en esa vasta necedad humana, la más disculpable acaso, que llamamos desconsuelo. Pésimo traductor, he privilegiado la esencia (que otros apodarán semántica), y el resto lo he trans-formado (la palabra lo dice todo) de acuerdo con mi oído de hoy, que quizá no es el de ayer ni será, por fortuna, el de mañana.
La parte final no pretende sino clausurar poéticamente lo que emocionalmente ingresó en el olvido, esa otra forma de amor que excluye el odio y la indiferencia.
Turín (Italia), 7 de marzo de 1993

Epílogo a El otoño de los tristes (El Bardo, 1995)

El suspiro de la vida... ¿Realmente han transcurrido veintiún años desde que concebí el tono osado de estas líneas, y asimismo su abundancia prescindible de paréntesis, en la cámara 404-B de aquella residencia del barrio de Mirafiori, en el extrarradio de Turín?