APENAS
Tal día como hoy,
en el futuro inconcebible
que anticipan los astros,
nadie sabrá de mí ni de mis pasos,
nadie tendrá noticia de las fechas
que acotaron mis horas en la Tierra.
Apenas... el lejano fulgor
de cierta estrella que se apagó hace siglos
dirá de mí que la miré un instante
-embelesado y niño y casi eterno-,
que en un instante me dictó estos versos,
su vuelo fugitivo hacia la nada.
lunes, 18 de abril de 2016
jueves, 7 de abril de 2016
J. Martínez de Paco dixit:
Escribir es siempre pretencioso, pero a fin de cuentas un gesto íntimo que en determinadas ocasiones se torna, además, inevitable, necesario. Publicar, en cambio, es transigir a la vanidad para provocar el efecto patético del elogio o, como mal menor, para satisfacer la tristeza burocrática de un currículum, de un cartel anunciador en la feria literaria. Pero lo más ridículo, al cabo, es leer solemnemente para otros lo que uno ha escrito -hablo de la parafernalia del micrófono, del botellín de agua, de la erótica del púlpito-, porque entonces se revela la farsa toda en la amplitud social del evento, y aquel impulso pretencioso desciende al submundo de las frivolidades, a los terrores de la complacencia.
Escribir es siempre pretencioso, pero a fin de cuentas un gesto íntimo que en determinadas ocasiones se torna, además, inevitable, necesario. Publicar, en cambio, es transigir a la vanidad para provocar el efecto patético del elogio o, como mal menor, para satisfacer la tristeza burocrática de un currículum, de un cartel anunciador en la feria literaria. Pero lo más ridículo, al cabo, es leer solemnemente para otros lo que uno ha escrito -hablo de la parafernalia del micrófono, del botellín de agua, de la erótica del púlpito-, porque entonces se revela la farsa toda en la amplitud social del evento, y aquel impulso pretencioso desciende al submundo de las frivolidades, a los terrores de la complacencia.
jueves, 31 de marzo de 2016
lunes, 28 de marzo de 2016
En el contexto de una entrevista publicada en prensa días atrás, el ya octogenario poeta Francisco Brines deja caer una idea que sosiega y endulza mis habituales incertidumbres: agradece a la vida el haberle dado una vocación, que es, según él, lo máximo a lo que puede aspirar una persona. No habla de un oficio ni de un talento ni de un apacible prestigio en el arte que practica, sino de una vocación, esto es, de una voluntad que trasciende lo mundano, de un afán y de una fe que se muestran irreductibles al triunfo y a la fama, pero a cuyo alrededor gira todo lo que se es de manera irremediable, tozuda. Una inclinación capaz por sí sola de inquietar y optimizar y acaso justificar las vidas sucesivas que consumen la existencia de una mujer o un hombre. No cualquiera puede compartir esa plenitud, esa dicha, ese sentido.
sábado, 26 de marzo de 2016
Casi apiadándose de mis quejas, me observó con suficiencia y dijo:
-Nos hemos equivocado tanto que necesitaríamos dos vidas más: una para recrearnos uno a uno en todos los errores cometidos; y otra para, uno a uno, poder rememorarlos, reescribirlos y olvidarlos.
Era el Destino. Intenté agarrarlo y se deshizo en humo. En el mismo instante desperté.
-Nos hemos equivocado tanto que necesitaríamos dos vidas más: una para recrearnos uno a uno en todos los errores cometidos; y otra para, uno a uno, poder rememorarlos, reescribirlos y olvidarlos.
Era el Destino. Intenté agarrarlo y se deshizo en humo. En el mismo instante desperté.
martes, 22 de marzo de 2016
Mirar la lluvia acodado en el alféizar de la ventana y sentir el crepitar del fuego en la lumbre de la vieja chimenea son placeres anacrónicos que siempre remiten a una vida anterior, a la memoria de un tiempo lento y paciente en que el fuego y la lluvia eran parte esencial de nuestra inocencia. Por eso, ahora, al contemplarlos de nuevo, sabemos que algo irremediable se nos escapa: su cualidad de presente, la fascinación primigenia del misterio.
sábado, 19 de marzo de 2016
jueves, 17 de marzo de 2016
Estaba depositando dos bolsas de basura en el contenedor municipal, anoche, cuando un resorte de la memoria me sacudió por dentro, con esa exactitud exasperante de los signos impresos: "Entre renovarse y morir, ¿por qué no morir?", pensé o murmuré.
Veinticinco años después, la misma autocita de ecos insolentes, el mismo regodeo de filiación ciorana; salvo que hoy, en esta hora de mi vida, ya no suena a mera irreverencia bendecida bajo el palio de la fe literaria: hoy se sustancia lo que en aquel entonces no era más que burdo anacronismo o ejercicio lúdico.
Veinticinco años después, la misma autocita de ecos insolentes, el mismo regodeo de filiación ciorana; salvo que hoy, en esta hora de mi vida, ya no suena a mera irreverencia bendecida bajo el palio de la fe literaria: hoy se sustancia lo que en aquel entonces no era más que burdo anacronismo o ejercicio lúdico.
jueves, 25 de febrero de 2016
Doy la vuelta a mis bolsillos y caen algunas cosas, calderilla del pensamiento o garabatos sin porvenir que no sé ni cuánto tiempo llevarán ahí, escondidos, al acecho:
¡Cuántas cosas que hacemos por amor se convierten, más tarde, en un lastre para ese mismo amor!
"Dante es uno de los precursores de la dolce vita, que es el género que se llevaba por entonces en esa época" (de un examen de Selectividad corregido en 2015).
De joven, solo una cosa me aterrorizaba más que perder el tiempo: desperdiciarlo.
Día tras día,
el sol se tensa en arco
para bastarse.
El dulce vértigo de las decisiones drásticas, definitivas.
"En el rostro del tiempo permanece
una sonrisa, aún, de gratitud" (Joan Margarit).
Hasta que los sorprendió -era inevitable- el ocioso cáncer de las comparaciones.
"Las novelas cuentan lo que ni la Historia ni el Periodismo pueden contar" (Juan Gabriel Vasques).
No concibo el final y no lo admito.
Cada pieza del puzle de la vida
encontrará el lugar de su certeza
y en él la llave del amor, su triunfo.
"[...] y que nunca sabré cuál de mis caras
escogerás un día al recordarme" (Joan Margarit).
¡Cuántas cosas que hacemos por amor se convierten, más tarde, en un lastre para ese mismo amor!
"Dante es uno de los precursores de la dolce vita, que es el género que se llevaba por entonces en esa época" (de un examen de Selectividad corregido en 2015).
De joven, solo una cosa me aterrorizaba más que perder el tiempo: desperdiciarlo.
Día tras día,
el sol se tensa en arco
para bastarse.
El dulce vértigo de las decisiones drásticas, definitivas.
"En el rostro del tiempo permanece
una sonrisa, aún, de gratitud" (Joan Margarit).
Hasta que los sorprendió -era inevitable- el ocioso cáncer de las comparaciones.
"Las novelas cuentan lo que ni la Historia ni el Periodismo pueden contar" (Juan Gabriel Vasques).
No concibo el final y no lo admito.
Cada pieza del puzle de la vida
encontrará el lugar de su certeza
y en él la llave del amor, su triunfo.
"[...] y que nunca sabré cuál de mis caras
escogerás un día al recordarme" (Joan Margarit).
lunes, 8 de febrero de 2016
Cualquier tarde de la semana pasada, mirando libros en un bazar moderno, se me ocurrió que, hace años, cuando adquiría títulos que primero colmaban los estantes de la casa y luego se amontonaban en cajas de cartón según criterios volubles, lo que de verdad buscaba en ellos, en los libros, era invertir en idílicos futuros de inteligencia y reflexión, en horas sucesivas de crecimiento y placer, en jornadas enteras de laboriosa quietud y de soledad conmigo. La paradoja es que hoy vivo en ese porvenir que entonces imaginaba y muchos de aquellos libros dejaron de interesarme o ya no están al alcance de mi mano, o el discurso del tiempo me ha enredado poco a poco con quehaceres triviales, con poderosas excusas.
No, apenas leo. Empiezo varios libros y concluyo muy pocos, o negocian su tregua interminable por un capítulo intermedio, o son tan sugerentes que decido aplazarlos para cuando sepa despacharlos con un mínimo de continuidad: este es, al cabo, el modesto paraíso que todavía se tolera mi fe.
No, apenas leo. Empiezo varios libros y concluyo muy pocos, o negocian su tregua interminable por un capítulo intermedio, o son tan sugerentes que decido aplazarlos para cuando sepa despacharlos con un mínimo de continuidad: este es, al cabo, el modesto paraíso que todavía se tolera mi fe.
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