miércoles, 8 de febrero de 2017
La cosecha de enero ha sido generosa. Saneo en archivo aparte las anotaciones de todo el mes (al final rescato treinta y siete) y pongo a salvo los pequeños deslices de la inmediatez, que se cuelan hasta en el más depurado de los borradores. Debo estar satisfecho, me digo, más aún si reparo en que durante los últimos coletazos del año anterior estuve muy tentado de abandonar para siempre el cauce incierto de estos retales y dedicar mi tiempo, siempre escaso, siempre cautivo, a razones en las que se presume mayor rentabilidad o alcance literario. Sin embargo, un soplo calmo que viene de no se sabe dónde ha reavivado la llama, la ha disciplinado y le ha otorgado una preeminencia definitivamente dietarista, lo que de momento basta para saciar mi empedernida propensión al apunte. Hoy por hoy, y a falta de otras opciones, quizá sea este el mejor libro que uno es capaz de ir escribiendo, porque se va dejando escribir él solo, día a día, hora tras hora, picando de aquí y de allá.
martes, 7 de febrero de 2017
lunes, 6 de febrero de 2017
"Melibeo soy", le dice Calisto a su criado cuando este le pregunta si es cristiano, apenas en el primer acto de La Celestina. A la historia de la literatura no le disgustan los efectos simbólicos: en tan solo dos palabras puede uno cifrar la magnitud extraordinaria del salto entre dos épocas, entre dos edades, entre dos mundos; el paso definitivo desde la vieja mentalidad hacia la nueva mentalidad, extremo que no podía expresarse más que con la insolencia temeraria de un joven atravesado por el delirio de la pasión.
Un artículo: Bagatela sobre el doble rasero.
Hay evidencias tan clamorosas que pierden crédito
cuando se verbalizan.
Me llega de refilón la noticia de que varios
periodistas a sueldo de la Radio Televisión Española -entidad de
servicio público gestionada con fondos públicos- han denunciado
supuestos y continuos tratos de favor al informar sobre dos clubes de
fútbol de indudable raigambre y trayectoria en la conciencia
colectiva -léase el Real y el Atlético, ambos de Madrid-, en
detrimento de un tercero quizá menos arraigado en estas latitudes
-el FC Barcelona-, pero que, hoy por hoy, si examinamos el promedio
anual de resultados y la ulterior remesa de títulos, acumula méritos
deportivos tan encomiables como en el caso de los otros, si no más.
El doble rasero en la interpretación de los lances del
juego, la diversa vara de medir cuando se alude a desafíos y
provocaciones, el impudor profesional cuando se relativizan los
éxitos y se exageran los fracasos -o viceversa- de los unos y los
otros, o cuando directamente se ningunean, o cuando se cotejan los
respectivos titulares y cabeceras, o cuando se confunden los pitos
con las flautas: todo eso era una realidad con la que habíamos
aprendido a convivir aquellos aficionados del universo futbolero que
nos fijamos un poco más que otros en los recursos tendenciosos de la
lengua castellana. Así que nada de esto nos sorprende.
Si el mediático atropello lo produjera -como de hecho
lo produce, y con qué encono- alguna de esas cadenas de capital
privado a cuyos redactores, presentadores, locutores y fanáticos de
feria se les ve tan nítido el plumero de sus preferencias, yo me
indignaría cordialmente, o sonreiría como de costumbre, y por la
mañana lo compartiría entre ironías y cinismos con mis iguales en
la causa, en el ratico del almuerzo. Pero es que la denuncia expresa
señala sin titubeo a esa sacrosanta institución patria que es la
Radio Televisión Española, también la tuya, también la mía, la
que tú y yo costeamos con un pellizco de nuestros impuestos.
No se trata solo de un momentáneo fraude de
objetividad en el noble ejercicio del periodismo, sino de una quiebra
ética que ya es tradición, que ya se percibe desde la naturalidad
de la costumbre.
Supuestamente.
domingo, 5 de febrero de 2017
La tarde cae detrás de la ventana con la sordidez de un domingo ventoso de febrero. Los focos del alumbrado urbano y los de los automóviles que bajan la carretera del puerto no hieren todavía; al principio se difuminan y luego, poco a poco, se imponen sobre esa luz transitoria entre el día y la noche. He visto en la pantalla del televisor la imagen fugaz de un hombre que tomaba en brazos a su bebé, gracias a la suspensión judicial del veto migratorio, en el área de llegada de un aeropuerto de USA. Más cerca, a pocos kilómetros de aquí, intuyo a cinco madres y cinco padres que empiezan a acostumbrarse a la ausencia definitiva de esos hijos que no volverán de su noche de sábado, al desgarro indecible y seguramente interminable en que algún azar ha convertido sus vidas. Cae la tarde sin remisión, ajena a cualquier gesto, desapasionada y generosa en su dibujo de nubes violáceas sobre el recorte de la montaña.
La deriva medioambiental y la otra, no menos imprevisible, la que concierne a las nuevas tecnologías de la información y a su incidencia tanto en el control del ciudadano como en su desarrollo individual: tales son, a mi entender, los dos grandes desafíos que ha de afrontar la Humanidad en las próximas décadas, en los próximos años. No sé cuál de los dos me provoca más vértigo e incertidumbre, más miedo del porvenir que nos aguarda, no a mí, sino a nuestros hijos. Pese a que tal vez se puedan atenuar, lo único seguro es que son ya dos procesos irreversibles.
sábado, 4 de febrero de 2017
Pretender interpretar, del bueno de fray Luis, la Oda a la vida retirada -por la que no oculto mi íntima predilección- para chicos y chicas de bachillerato que te miran de hito en hito, como a bicho raro, a la hora más intempestiva, puede significar hoy en día una disparatada incongruencia, una paradoja curricular que habrían de resolver los pedagogos, si supieran. Primero por la edad literario-emocional que media entre esos chavales y yo mismo; y segundo por las distancias me temo que insalvables entre el mundo del fraile que leía a Horacio y nuestro mundo globalizado, digitalizado y virtual. Por mucho entusiasmo que uno le ponga.
viernes, 3 de febrero de 2017
Solo concibo dos opciones: lamentarte de tu suerte y relamer tus heridas antiguas y futuras, reales y fingidas, mendigando el vano alivio de las complicidades tóxicas; o bien, aceptar el curso de las cosas y aceptarte tú -lo que viene a ser lo mismo-, reconocerte para conocerte, inmunizarte de todo lo accesorio, emular en lo posible el prudente desapego de los pocos sabios que en el mundo han sido. He llegado a este punto. No hay más.
jueves, 2 de febrero de 2017
La poesía -cuando la busco y sobre todo cuando la escribo- se abastece de soledad y de silencio. Es la dulce tregua del tiempo suspendido en su presente continuo, sin lastres, sin acucias. Es un hábito de contemplación humilde, un impúdico ejercicio de introspección. Es, quizá, la dicha del hallazgo.
La poesía es mi yoga.
La poesía es mi yoga.
miércoles, 1 de febrero de 2017
Gana nuevo impulso la acariciada idea de redactar unas memorias parciales, un registro de los años vividos en torno a la casa donde nací, de la que me mudé con mis padres y mi hermana pocos meses después del salto a la universidad y de la ansiadísima alternancia entre la ciudad y el pueblo. Los recuerdos de entonces, los diversos rostros que me habitaron, los espacios y las escenas que transité, los tiempos sin tiempo que ocuparon mis días, son acaso los más nítidos y verosímiles que guardo, los que en este momento de mi vida mejor sabría manejar como proyecto de escritura. Muchos de aquellos materiales ya han ido salpicando a esta página, a esta pantalla. Pero es ahora cuando presiento el tono y el ánimo que toda empresa con vocación de continuidad debe atesorar para ponerse en marcha. Antes, claro, habrá que terminar esa novela de Turín que ya me parece interminable, despachar para siempre los escritos póstumos de Martínez de Paco y organizar la remesa indiscreta de poemas inéditos. Uf.
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