jueves, 12 de enero de 2017

Cuando la mañana de invierno se despereza en la periferia de la urbe y el sol no se eleva aún en el horizonte, más allá de los puentes sobre el trazado, los raíles de las vías de tren destilan una esencia originaria, fundacional, conmovedora. Dan ganas de fotografiarlos desde todos los ángulos, de capturar la nube que forman las partículas en suspensión, de fijar en la cámara esa luz de acero desgastado, ahora humedecido de escarcha, que dibuja las líneas sinuosas hasta perderse en un punto lejano, imposible. El espíritu se sublima con una consistencia lírica, como si todo ocurriera por primera vez.

miércoles, 11 de enero de 2017

Iba a teclear "entre bromas y veras" y cuando cerré el texto, al repasarlo, me di de bruces con "entre brumas y veras". Me quedé mirando la locución, en actitud divertida, como si aún me sorprendiese que de lo más inesperado pueda surgir y resplandecer una asociación novedosa, original, de vocación poética.
Tirando del hilo, creo recordar -debí leerlo en Como la sombra que se va, pero ahora no doy con la página- que la palabra "bruma" también propició, felizmente, el nombre Burma, inventado por Muñoz Molina gracias a la casualidad de las erratas, sin querer, para El invierno en Lisboa.
Siempre que se habla de estas cosas evoco aquel gazapo antológico, espléndido, que se coló en cualquier edición de alguna novela del XIX, cuando la princesa tenía que fruncir el ceño, como de costumbre, y una vocal oportunísima se trocó en otra para que frunciera el coño.
Luego, mientras corregía mi u, se irguió en la memoria ese otro título, intencionado, genial, que tanto envidio: Zozobras completas, de Javier Krahe.

martes, 10 de enero de 2017

Ir y volver andando del trabajo (un cuarto de hora no es ningún sacrificio); moderar o incluso suprimir en lo posible el seguimiento de los partidos de fútbol de mi equipo de siempre (fui del Barça, no sabría ser de otro); no sellar más boletos de lotería ni suscribirme a ese hábito aborregado que en lo más profundo detesto (es aleatorio, viene de fuera); eludir el reenvío compulsivo de materiales audiovisuales y demás paridas ociosas a través de la Red; encontrar cinco minutos diarios (o diez, o quince) de silencio absoluto y de completa soledad; procurar que no se me pase ni una sola tilde en los mensajes de texto...
Como no soy fumador ni me queda mucha grasa que perder, mis objetivos para el cambio de año reducen ostensiblemente su campo. Se trata de pequeñeces, sí, de caprichos menores, y por lo tanto de propuestas asequibles. Hay que prevenirse ante la frustración que acecha tras las ilusiones demasiado costosas.

lunes, 9 de enero de 2017

Vuelta a las aulas. Pese a tantos años en esto, casi siempre, en las horas previas, me va ganando cierta reticencia, no sé si llamarlo miedo escénico, como si me hallara inmerso en una discreta pesadilla y ni mi voz ni mis gestos acertaran a resolver el inminente reencuentro con los alumnos. Luego todo es más fácil, las clases fluyen con naturalidad y cuando quiero darme cuenta ya ha terminado la jornada.
Hoy, al principio, se me ocurrió darles las gracias por venir, a lo que ellos opusieron miradas de extrañeza, cejas interrogativas. Así es -he aclarado-: sin vosotros yo no existiría como lo que soy, no estaría aquí para hablaros de mi materia, me tendría que buscar otro trabajo para mantenerme a mí y a mi familia..., y solo imaginarlo ya me produce una pereza infinita. Creo que se han sentido importantes.
Casi con el final de 2016 concluí Alegría, un libro de un tal Osho. El ejemplar estaba por ahí, me vio y lo vi, me alcanzó o lo alcancé, me lo llevé a mi rincón o me fui yo al suyo y me puse a leerlo. Tardé unas cuantas veladas, pero lo terminé, incluso con algún que otro renglón subrayado. Aquí no hay espacio para una recensión cabal, así que me la ahorraré. Solo digo que he fijado en mí, gracias a él, media docena de ideas que, creo, me van a ser muy útiles para afrontar el día a día.
Entre bromas y veras, a alguien se le ocurrió que estaba leyendo uno de esos pastiches que, en los anaqueles de los grandes almacenes, se catalogan como libros de autoayuda. Yo, orgulloso y mordaz, casi dolido por el golpe bajo, repliqué que, si bien se entiende, no hay libro en este mundo que no sea finalmente de autoayuda, desde los de Homero hasta el último de nuestros contemporáneos, pues qué sino ayudarse en uno u otro sentido es lo que buscan en la lectura lectores como yo.
Solo ahora reparo en la justicia proverbial de aquellas palabras mías, dictadas por la situación.

domingo, 8 de enero de 2017

Cuando todo parece más perdido que nunca -me refiero a los ámbitos educativos-, hasta a los menos proclives nos consuelan por momentos estas palabras -en verdad justas y necesarias- que no he sabido contrastar y verificar, pero que mis malas fuentes adjudican a Francisco, el actual Papa de Roma. Y resultan verosímiles:
"El Sol no se apaga durante la noche, se nos oculta por un tiempo por encontrarnos al otro lado, pero no deja de dar su luz y su calor. El docente es como el Sol. Muchos no ven su trabajo constante, porque sus miras están en otras cosas, pero no deja de irradiar luz y calor a los educandos, aunque únicamente sabrán apreciarlo aquellos que se dignen girarse hacia su influjo.
Yo les invito a ustedes, profesores, a no perder los ánimos ante las dificultades y contrariedades, ante la incomprensión, la oposición, la desconsideración, la indiferencia o el rechazo de sus educandos, de sus familias y hasta de las mismas autoridades encargadas de la administración educativa. La educación es el mejor servicio que se puede prestar a la sociedad, pues es la base de toda transformación de progreso humano, tanto personal como comunitario. Este sacrificado servicio pasa desapercibido para muchos. Probablemente, ustedes no podrán ver el fruto de su labor cuando este aparezca, pero estoy convencido de que gran parte de sus alumnos valorará y agradecerá algún día lo sembrado ahora. No confundan nunca el éxito con la eficacia. En la vida no siempre lo eficaz es exitoso, y viceversa. Tengan paciencia; mejor, esperanza. No olviden que la clave de toda obra buena está en la perseverancia y en ser conscientes del valor del trabajo bien hecho, independientemente de sus resultados inmediatos. Sean fuertes y valientes, tengan fe en ustedes y en lo que hacen".
Anoche, a última hora y casi como un regalo inesperado, la película The Artist, estrenada en 2011 y avalada por unos cuantos reconocimientos. Peculiar homenaje al cine mudo, o quizás al blanco y negro y a los mimos sin voz de los actores, la cámara oscila entre la nostalgia y la parodia sabiéndose protagonista, recreándose en sus ángulos, queriéndose.

sábado, 7 de enero de 2017

La escritura de diarios -o, ahora, de tantos blogs que, como este, se publican a golpe de tecla gracias a la tecnología- posee una irremediable dosis narcisista más o menos visible, más o menos inteligente o vergonzante. Se quiera o no, se disimule o no, el autor se apresta en todo momento a mostrarse, a declararse, a exhibirse desde su ventana.
Casi en la misma medida, quienes nos acercamos a leerlos y los seguimos con fidelidad compulsiva proyectamos en ellos una presencia voyeurista, inmediata, deseosos de saber los entresijos cotidianos, de conocer los meandros del pensamiento, de rastrear día a día las lecturas, los viajes, los azares.
Nos necesitamos, nos buscamos. Y de vez en cuando nos encontramos y compartimos un trecho del camino.

viernes, 6 de enero de 2017

La inteligencia suele ser humilde; es su naturaleza. La estupidez, en cambio, tira más a la inmodestia, a la fanfarronería y a la soberbia. Si me he topado con excepciones a la regla, siempre ha sido entre individuos del primer grupo, el de los inteligentes; nunca entre los estúpidos, que al parecer lo son en términos absolutos. Y aun en aquel caso, superado el estadio en que el alarde pudiera disfrazarse de ironía o de cinismo, el desenlace acaba siendo insufrible, decididamente patético.

jueves, 5 de enero de 2017

Sus Majestades de Oriente, que a juicio de padres y abuelos simbolizan la ilusión ingenua de los hijos y nietos que aguardan su manojo de regalos, se han convertido al cabo en un paripé institucional y sociofamiliar, en un espectáculo de masas que le hace el juego a la economía de mercado y, en definitiva, a quienes la programan y dirigen. Nadie está a salvo, a menos que no le importe que lo tomen por un bicho raro, por un aguafiestas que se inhibe de la vorágine consumista.
No obstante, sin ninguna duda, los Reyes Magos existen, aunque no vengan cargados de videojuegos ni de cosméticos de marca. Los Reyes Magos, que antaño fueron nuestros padres, hoy sabemos con certeza irrevocable que en realidad son nuestros hijos, y que si hay tiempo y lugar llegarán a serlo también nuestros nietos. Melchor, Gaspar y Baltasar, en mi caso, cobran de repente los nombres respectivos de Darío, Federico y Helena. Ellos son los presentes que ilusionan mi vida.