miércoles, 4 de enero de 2017
Ahora, a mi izquierda, sobre la superficie minimalista de mi mesilla de noche, al lado de una foto de mis hijos mayores con Toby, el perro, y de la jarra con la regla de subrayar y los bolígrafos de colores, dos libros, uno encima del otro: Historia del tiempo, de Stephen W. Hawking, y El olvido de sí, de Pablo d'Ors. Presiento en ellos, apenas iniciados, una antagonía de signo complementario, si se puede decir así: si el uno otea en el infinito circundante, el otro escarba en las profundidades del propio ser. Todavía no sé qué especie de azar o de confabulación me habrá sugerido que alterne su lectura en estos primeros días de enero.
martes, 3 de enero de 2017
Con el auge de la telefonía móvil y sus fabulosas aplicaciones en aras de la comunicación global, se ha universalizado también el imperio de la frivolidad y la cursilería. Mensajes masivos de felicitación que se cuelan en la intimidad, ocurrencias de corta y pega que se pretenden ingeniosas, grabaciones domésticas de dudoso gusto, chistes buenos y chistes malos y chistes que devienen ofensivos, una alarmante infantilización del homo sapiens adulto que se ríe o se sonríe con cualquier cosa, por trivial y chabacana que sea, y luego la reenvía a sus grupos de contacto, cuyos miembros, rehenes de una ociosidad estéril, sin brújula, sabrán disfrutarla en su medida y devolver el preceptivo acuse de recibo dilapidando emoticonos.
Yo no he dejado de contribuir con mi parte en esta tontería encadenada, impulsiva y facilona, innecesaria, gratuita. Yo me acuso, sí, y pido perdón a quienes me hayan sufrido. Y desde este instante me dicto el casto propósito de reprimir el uso indiscriminado, de no volver a enviar lo que nadie me ha pedido que envíe, de no perder mi tiempo ni hacer que tú pierdas el tuyo pululando en vanos foros de camaradería artificiosa.
Yo no he dejado de contribuir con mi parte en esta tontería encadenada, impulsiva y facilona, innecesaria, gratuita. Yo me acuso, sí, y pido perdón a quienes me hayan sufrido. Y desde este instante me dicto el casto propósito de reprimir el uso indiscriminado, de no volver a enviar lo que nadie me ha pedido que envíe, de no perder mi tiempo ni hacer que tú pierdas el tuyo pululando en vanos foros de camaradería artificiosa.
lunes, 2 de enero de 2017
En el pueblo, recupero una antiquísima sensación que ya es inseparable de las mañanas soleadas de invierno, sobre todo si caen en domingo: una placidez integral, una especie de dicha que se contagia del humo de las chimeneas y registra el rugido de la aguerrida motosierra de algún vecino que corta su leña en los huertos lejanos.
domingo, 1 de enero de 2017
Me contaron el caso de dos compañeros de trabajo -con él apenas compartí claustro; a ella ni la conozco- que después de cenar en sus casas con sus cónyuges e hijos respectivos salieron a la plaza del pueblo a comerse las doce uvas y ya no regresaron sino a buscar las respectivas maletas que se dejaron hechas. Adúlteros y clandestinos, lo habían previsto todo para fugarse como dos adolescentes, justo al producirse el tránsito anual en los dígitos del calendario. Eso sí es dar la campanada, o el campanazo, según se diga en cada sitio. Año nuevo, vida nueva...
martes, 27 de diciembre de 2016
VOY TERMINANDO
Hace nueve años, en días como estos, se me ocurrió abrir una página pública en Internet, de acceso inmediato a cualquier lector, e ir depositando en ella mis cuitas y quimeras, algunas memorias y demasiados olvidos, artículos que no alcanzaban a la prensa de papel, vagos ejercicios de autoafirmación, ciertos versos de vocación transitoria, aparte de esas pequeñas o grandes ocurrencias que puntean el discurso cotidiano y que comúnmente se desintegran en el limbo de lo que pudo o podría, aún, llegar a ser.
Hoy ya no soy aquel; tampoco mis circunstancias lo son. La propia vida y sus azares incontables se han ocupado de traerme y de llevarme por caminos que nunca sospeché, casi en volandas, unas veces a mi pesar y otras con la golosa obstinación del capricho o del deseo. De manera que esta ventana abierta y los textos que en ella se han ido quedando recaudan el itinerario más certero, el caudal de saltos, recodos, lagunas, remansos e inercias que anudaron esos años míos que van del cuarenta y uno al cuarenta y nueve, casi al cincuenta.
Aquí acaba un ciclo y tal vez empieza otro que no quiere parecérsele, que casi reniega de él con la insolencia del vástago, que se sabe o se presume de otra estirpe, que sueña no obstante con alguna ráfaga de luz entre la niebla de los días venideros.
Que así sea.
Hoy ya no soy aquel; tampoco mis circunstancias lo son. La propia vida y sus azares incontables se han ocupado de traerme y de llevarme por caminos que nunca sospeché, casi en volandas, unas veces a mi pesar y otras con la golosa obstinación del capricho o del deseo. De manera que esta ventana abierta y los textos que en ella se han ido quedando recaudan el itinerario más certero, el caudal de saltos, recodos, lagunas, remansos e inercias que anudaron esos años míos que van del cuarenta y uno al cuarenta y nueve, casi al cincuenta.
Aquí acaba un ciclo y tal vez empieza otro que no quiere parecérsele, que casi reniega de él con la insolencia del vástago, que se sabe o se presume de otra estirpe, que sueña no obstante con alguna ráfaga de luz entre la niebla de los días venideros.
Que así sea.
lunes, 12 de diciembre de 2016
MALDITOS POPULISMOS
Las
civilizadísimas naciones del mundo establecido se están llenando de populismos,
esto es, de líderes políticos o de visionarios sin licencia que saben contarle
al pueblo llano la película que el pueblo llano quiere o necesita oír.
Es
una obviedad que a menudo lamentan los que llegaron primero a los democráticos
escaños y a las aterciopeladas poltronas del poder, y también, de rebote, a los
consejos de administración de las empresas que cotizan en bolsa. Hacen
aspavientos y se rasgan las vestiduras y ponen el grito en las celestes
alturas, porque, al parecer, aunque los populistas cobran la apariencia de
partidos con estatuto interno y se someten a la sentencia de las urnas, no hay
que confundir a los votantes: en realidad se trata de unos radicales movidos
por el oscuro propósito de dinamitar el sistema y de tirar por la borda los
importantes logros alcanzados, así como el estado del bienestar e incluso el
bienestar del estado. Los populistas, en fin, son una amenaza sin precedentes
para el espíritu de consenso y moderación del que brotó cuanto tenemos y
gozamos, y un avispero de separatistas que pone en peligro la unidad del gran
país que somos, una noble conclusión que nadie osará tachar de populista.
Como no me fío de mis intuiciones -en toda intuición puede anidar un prejuicio-, consulto el Diccionario del Español Actual (1999) y me doy de bruces con la escueta definición de populismo: “tendencia a prestar especial atención al pueblo y a cuanto se refiere a él”. No conforme, me voy al de la Real Academia Española en su versión de 2001, que ni siquiera recoge el término populismo, pero sí populista: “perteneciente o relativo al pueblo”. ¿Solo eso? ¡Cuán lacónicos y desabridos son los lexicógrafos y lingüistas...!
Sin embargo, oyendo a los casposos tertulianos de la TVE en versión 24 Horas, a los estreñidos portavoces de las diversas fuerzas del Congreso y a los politólogos de quita y pon que colonizan las emisoras de radio, sí es populismo afirmar, por ejemplo, que la Constitución del 78 no se cumple igual para todos los ciudadanos y que no sería ningún pecado modificar lo que debiera modificarse; o decir que los gobiernos sucesivos no respetan los acuerdos internacionales sobre la inmigración de personas; o recordar que el trabajo digno y la vivienda digna y las ayudas a la dependencia son exigencias recogidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no articulillos marginales de la Carta Magna o caprichitos de un sistema determinado.
En cambio, para esos mismos sabios que vocean su sapiencia y se congratulan de serlo, no es populismo prometer generosas bajadas de impuestos en campaña electoral (y luego hacer lo contrario); ni es populismo abusar en su discurso mitinero de palabras como España y los españoles y las españolas, atizando así el glorificado sentimiento de la pertenencia más exclusiva y excluyente; ni es populismo despreciar a los millones de ciudadanos que se dejan llevar por su democrático descontento y acuden un domingo, ingenuos, a un colegio de barrio para dejar caer en el montón su papeleta populista.
Hoy día, el mayor de los populismos consiste precisamente en desautorizarlos.
Como no me fío de mis intuiciones -en toda intuición puede anidar un prejuicio-, consulto el Diccionario del Español Actual (1999) y me doy de bruces con la escueta definición de populismo: “tendencia a prestar especial atención al pueblo y a cuanto se refiere a él”. No conforme, me voy al de la Real Academia Española en su versión de 2001, que ni siquiera recoge el término populismo, pero sí populista: “perteneciente o relativo al pueblo”. ¿Solo eso? ¡Cuán lacónicos y desabridos son los lexicógrafos y lingüistas...!
Sin embargo, oyendo a los casposos tertulianos de la TVE en versión 24 Horas, a los estreñidos portavoces de las diversas fuerzas del Congreso y a los politólogos de quita y pon que colonizan las emisoras de radio, sí es populismo afirmar, por ejemplo, que la Constitución del 78 no se cumple igual para todos los ciudadanos y que no sería ningún pecado modificar lo que debiera modificarse; o decir que los gobiernos sucesivos no respetan los acuerdos internacionales sobre la inmigración de personas; o recordar que el trabajo digno y la vivienda digna y las ayudas a la dependencia son exigencias recogidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no articulillos marginales de la Carta Magna o caprichitos de un sistema determinado.
En cambio, para esos mismos sabios que vocean su sapiencia y se congratulan de serlo, no es populismo prometer generosas bajadas de impuestos en campaña electoral (y luego hacer lo contrario); ni es populismo abusar en su discurso mitinero de palabras como España y los españoles y las españolas, atizando así el glorificado sentimiento de la pertenencia más exclusiva y excluyente; ni es populismo despreciar a los millones de ciudadanos que se dejan llevar por su democrático descontento y acuden un domingo, ingenuos, a un colegio de barrio para dejar caer en el montón su papeleta populista.
Hoy día, el mayor de los populismos consiste precisamente en desautorizarlos.
lunes, 5 de diciembre de 2016
JUAN MARÍA MUÑOZ
Gano el pasillo con mi brazada de libros y papeles y de repente lo adivino ahí, aún más disminuido por la edad, de espaldas en el despacho de la secretaria, solicitando tal vez algún documento que le piden en otra parte para solventar cualquier asunto administrativo. No puedo verle el rostro, pero por esa premura de las intuiciones que reinan en el subconsciente no me cabe duda de que es él.
Fuimos colegas en este mismo instituto hace más de tres lustros, diría que casi amigos. Luego perdimos contacto: a mí me mandaron a otros destinos y cuando regresé él ya no estaba; al parecer le habían concedido la baja indefinida o se había prejubilado o qué sé yo. Nadie me supo informar a ciencia cierta, quizá porque siempre fue muy celoso de su privacidad y no quiso dejar ninguna pista sobre su paradero y circunstancias. Lo que sé es que no volvería a pisar este centro.
Paradójico sibarita de izquierdas, Juan María fue quien me contagió el benévolo virus Saramago, una lectura para mí imprescindible que completé con creciente entusiasmo en las postrimerías del siglo pasado, un enorme fabulador del que, desde entonces y hasta su muerte, aguardé fiel cada nueva entrega. Un día, el colega me comentó que se había matriculado en un curso que duraba tres jornadas de junio, me suena que en Cádiz, curso al que acudiría en persona el mismísimo Nobel de las letras portuguesas. A su regreso, tomándonos sendos cafés, me confesó en voz baja que en realidad no hubo tal curso, que se suspendió por enfermedad repentina del protagonista, pero que él, aunque había sido informado con tiempo de sobra, no le dijo nada a nadie y no canceló el billete ni la reserva de hotel, y allá que se fue. Así que volvió contándole a todo el mundo un viaje inventado; incluso se permitía la licencia de un supuesto encuentro casual y una lúcida conversación de barra con don José, y todos lo creían: maravillosa anécdota que a mí me inspiró uno de los relatos más agradecidos de cuantos participan en el volumen La sonrisa del ahorcado.
La antigua delgadez de Juan María viene a mi encuentro y nos damos un largo abrazo en medio del pasillo, henchidos de esa virtualidad emotiva, tangible, que a veces saben cobrarse nuestros sueños.
Fuimos colegas en este mismo instituto hace más de tres lustros, diría que casi amigos. Luego perdimos contacto: a mí me mandaron a otros destinos y cuando regresé él ya no estaba; al parecer le habían concedido la baja indefinida o se había prejubilado o qué sé yo. Nadie me supo informar a ciencia cierta, quizá porque siempre fue muy celoso de su privacidad y no quiso dejar ninguna pista sobre su paradero y circunstancias. Lo que sé es que no volvería a pisar este centro.
Paradójico sibarita de izquierdas, Juan María fue quien me contagió el benévolo virus Saramago, una lectura para mí imprescindible que completé con creciente entusiasmo en las postrimerías del siglo pasado, un enorme fabulador del que, desde entonces y hasta su muerte, aguardé fiel cada nueva entrega. Un día, el colega me comentó que se había matriculado en un curso que duraba tres jornadas de junio, me suena que en Cádiz, curso al que acudiría en persona el mismísimo Nobel de las letras portuguesas. A su regreso, tomándonos sendos cafés, me confesó en voz baja que en realidad no hubo tal curso, que se suspendió por enfermedad repentina del protagonista, pero que él, aunque había sido informado con tiempo de sobra, no le dijo nada a nadie y no canceló el billete ni la reserva de hotel, y allá que se fue. Así que volvió contándole a todo el mundo un viaje inventado; incluso se permitía la licencia de un supuesto encuentro casual y una lúcida conversación de barra con don José, y todos lo creían: maravillosa anécdota que a mí me inspiró uno de los relatos más agradecidos de cuantos participan en el volumen La sonrisa del ahorcado.
La antigua delgadez de Juan María viene a mi encuentro y nos damos un largo abrazo en medio del pasillo, henchidos de esa virtualidad emotiva, tangible, que a veces saben cobrarse nuestros sueños.
sábado, 12 de noviembre de 2016
ALGO NOS OLVIDA DE MANERA PERFECTA
Ayer desayuné con la noticia de la muerte de Leonard Cohen, el cantante canadiense que nunca dejó de ser poeta. Recordé la cadencia hímnica de su voz, el compás envolvente y genuino, ese susurro poderoso que parece haber nacido de las entrañas mismas de la eternidad. Recordé haber leído, en una entrevista de hace semanas o días, que estaba preparado para morir. Recordé que alguna vez le tomé prestados tres versos para propiciar la debida insolencia en la cabecera de mi primer libro de versos. Recordé que antes aún, a mediados de la década del ochenta, mis manos dieron con un libro suyo por casualidad, sin saber quién era, en una leja de la biblioteca pública de mi pueblo, y que de aquel ejemplar bilingüe copié a mano fragmentos que me gustaban, unos traducidos y otros en el original inglés. Hoy he hojeado mis libretas de citas y ahí están, ahí siguen, archivados por mi caligrafía de entonces, rescoldo de una lectura de Poemas escogidos que feché en septiembre de 1987, cuando yo tenía veinte años y él muy poquitos más de los que tengo ahora.
"Temo al instante
en que tu boca
comience a llamarme cazador".
"Renuncio a la coartada universal".
"espero
que cada uno de vosotros confiese".
"Algo nos olvida de manera perfecta".
"Adiós pervertidos sexuales de Beaver Pond
que soñabais con ser masturbados
por máquinas ordeñadoras eléctricas".
"¿Por qué tengo que permanecer solo
si cuanto digo es cierto?"
"Ámame puesto que nada ocurre".
"Y él pensó que ella creía que él pensaba que ella creía que lo peor que puede hacer una mujer es apartar a un hombre de su trabajo, porque tal conducta en qué la convierte, ¿en algo feo o hermoso?"
"Aunque expusiésemos nuestro caso con toda claridad y todos los que opinan como nosotros, todos ellos, viniesen a nuestro lado, seríamos aún muy pocos".
"recé por ti
recé para que me amases
y para que no me amases".
"sabes que soy un dios
que necesita utilizar tu cuerpo".
"Solo contigo
dejo de imitarme a mí mismo".
"No confíes en él
a menos que lo ames".
"Temo al instante
en que tu boca
comience a llamarme cazador".
"Renuncio a la coartada universal".
"espero
que cada uno de vosotros confiese".
"Algo nos olvida de manera perfecta".
"Adiós pervertidos sexuales de Beaver Pond
que soñabais con ser masturbados
por máquinas ordeñadoras eléctricas".
"¿Por qué tengo que permanecer solo
si cuanto digo es cierto?"
"Ámame puesto que nada ocurre".
"Y él pensó que ella creía que él pensaba que ella creía que lo peor que puede hacer una mujer es apartar a un hombre de su trabajo, porque tal conducta en qué la convierte, ¿en algo feo o hermoso?"
"Aunque expusiésemos nuestro caso con toda claridad y todos los que opinan como nosotros, todos ellos, viniesen a nuestro lado, seríamos aún muy pocos".
"recé por ti
recé para que me amases
y para que no me amases".
"sabes que soy un dios
que necesita utilizar tu cuerpo".
"Solo contigo
dejo de imitarme a mí mismo".
"No confíes en él
a menos que lo ames".
jueves, 10 de noviembre de 2016
DE LOS PAPELES DE JORGE
Un buen rato pasando
revista, otra vez, a los papeles de Jorge. Su agudeza provoca en mí un
magnetismo de alcance imprevisible, como si poco a poco esas palabras, esas
piruetas verbales y hasta la raíz misma de su pensamiento se contagiaran de una
fe que ya no tengo, que quizá tuve hace muchísimo tiempo y luego se me extravió
en algún recodo del camino. Por momentos me reconozco en él, creo haber sido yo
quien le dictó en su día cada sentencia, cada aforismo. Pero él ya no está y no
puede defenderse.
He aquí la muestra con la
que esta tarde me quedo, a modo de homenaje, a punto de cumplirse quince años
desde su pérdida:
Cuando un hombre pierde una
chancla estamos más cerca de saber de qué pie cojea.
El miedo es muy cobarde:
mucho más de lo que sugieren sus muecas y de lo que tratan de ocultar sus
silencios.
¿Es lícita la autocita, o
nace deslegitimada y en pecado original?
La belleza no tiene
desperdicio, mientras que la inteligencia se desperdicia continuamente.
Las cosas materiales no dan
ninguna libertad; al contrario, para liberarse verdaderamente hay que empezar
por desprenderse.
No entiendo nada; nado sin
entender.
No hay refrán más certero
que aquel que pregunta por la sopa y responde con dos tazas.
Para ser perfecto hay que
cometer errores; para ser imperfecto, también.
Pensamiento positivo: lo
mejor del futuro es que siempre está por cumplirse.
Quien nada en la abundancia
corre el riesgo de ahogarse en su miseria.
Si sólo aspiras a ser
alguien, será que no te inspira ser quien eres.
Si te comes el mundo, como
dices, acabarás solo y sin nadie a quien contarlo, acorralado por la
indigestión o por el vómito.
¿Soy un apolíneo con
vocación dionisíaca o un dionisíaco con vocación apolínea? ¿Soy un dionilíneo o
un apolisíaco?
Su rencor compartido fue tan
largo y tan mutuo que ya no les dio tiempo a rencorciliarse.
Todo se resume en una cosa,
pero casi nunca sabemos cuál.
Un experimento con ratones
demuestra que la mente humana nunca deja de roer en la memoria.
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