"Hay ciertas cosas que el destino se propone tercamente. En vano se le interponen la razón y la virtud, el deber y todo lo sagrado; tiene que ocurrir algo que a él le parece bien, y que a nosotros no; y, así, acaba por surgir sin remisión, hagamos lo que hagamos".
Hará unos dos meses que inicié la lectura de la novela Las afinidades electivas (1809), de J. W. Goethe (en traducción de José María Valverde), a cuyo capítulo XIV de la segunda parte pertenece el fragmento de arriba. Las circunstancias del día a día, unidas a una creciente inclinación a la pereza, han contribuido a este avance pausado por sus páginas, con interrupciones que a veces abarcaban semanas enteras. Admito, pese a tratarse de un clásico, que he transitado por parajes soporíferos, por escenas en blanco y negro que hubieran hecho las delicias de los guionistas de Hollywood en una adaptación con decorados falsos y melodías con ecos dramáticos -mejor dicho: melodramáticos- que asimismo hubieran merecido la bendición de algún óscar. Pero también me he topado con reflexiones memorables y con citas de dos o tres renglones, subrayadas por mi mano, que colman el primer requisito exigible a toda cita subrayada en una novela: que su decir universal sirva al lector, a su solo lector, para reconciliarse consigo mismo de un modo visceral, como si esas palabras que ahí se combinan hubieran sido escritas exclusivamente para uno y hubieran debido esperar tantos años para certificar la exactitud de su mensaje. Así, para quien hoy soy, el fragmento que transcribo.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
viernes, 17 de diciembre de 2010
CRISIS, EMPACHO Y COMIDAS DE EMPRESA
El lugar es propicio: una de esas denominadas "comida de empresa" donde cada comensal sabe de antemano que el dispendio le saldrá por unos cuarenta y cinco euros sentado, más la propina de euros que luego le apetezca consumir de pie, con el codo en la barra o con el pie en la pista. El tema, previsible: la crisis económica que venimos padeciendo y que, según los grandes números de los grandes calculadores, nunca tuvo igual desde aquella de 1929 que muchos de nosotros estudiamos para un examen olvidado en los libros de historia del instituto.
Después de pagar laica o religiosamente el dispendio -champán o cava y sobras incluidos-, y de haber acudido a varios bares nocturnos donde se respira humo y ni el que habla se oye a sí mismo, y de haber vomitado el empacho de entrantes y de platos varios y de postres sin tasa en esa taza en la que ya a nadie le apetecerá depositar su orina... Después de todo, uno va y se pregunta qué es exactamente eso que en los países del primer mundo llamamos crisis económica, y qué pensarían de este diagnóstico apocalíptico aquellos antepasados nuestros que perdían dos días de tren en llegar como borregos a su destino en la vendimia francesa, y qué tonalidad tendrá hoy, a esta hora exacta, la mirada de un niño africano que sabe que sus posibilidades de sobrevivir al hambre no son más altas que las de sus padres o abuelos.
En los tiempos que corren, no se me ocurre una imagen más egoísta y repugnante del mundo que la expresión satisfecha de quien se queja de la crisis con la boca llena.
Después de pagar laica o religiosamente el dispendio -champán o cava y sobras incluidos-, y de haber acudido a varios bares nocturnos donde se respira humo y ni el que habla se oye a sí mismo, y de haber vomitado el empacho de entrantes y de platos varios y de postres sin tasa en esa taza en la que ya a nadie le apetecerá depositar su orina... Después de todo, uno va y se pregunta qué es exactamente eso que en los países del primer mundo llamamos crisis económica, y qué pensarían de este diagnóstico apocalíptico aquellos antepasados nuestros que perdían dos días de tren en llegar como borregos a su destino en la vendimia francesa, y qué tonalidad tendrá hoy, a esta hora exacta, la mirada de un niño africano que sabe que sus posibilidades de sobrevivir al hambre no son más altas que las de sus padres o abuelos.
En los tiempos que corren, no se me ocurre una imagen más egoísta y repugnante del mundo que la expresión satisfecha de quien se queja de la crisis con la boca llena.
martes, 30 de noviembre de 2010
JORGE MARTÍNEZ DE PACO: PENSAMIENTOS INÉDITOS
Hoy hace nueve años que dejó el mundo de los vivos, el mismo día y casi a la misma hora en que yo leía mi tesis de doctorado ante un quinteto de profesores de ojos saltones. Supe de la extraña coincidencia algunas semanas más tarde, resistiéndome a juzgar esa torpe ironía del destino. Después, la generosidad de su hermana Mariola puso en mis manos sus cuadernos, los viejos papeles, las notas sueltas que fue dejando aquí y allá este hombre con hechuras de escritor, o viceversa. El libro que compilé y que aún sigue inédito -el desdén editorial es un artefacto que a más de uno que yo me sé le estallará en el rostro cuando el legado vea la luz- habrá de titularse, se titula ya, El verdadero artista. Hoy, al vencer el noveno aniversario de la muerte de Jorge, he querido rememorarlo aquí y subrayar su talento con un manojo de pensamientos buscados en el bazar de sus palabras. Helos:
De ahora en adelante ya no hablaré de autores, sino de obras.
Bienaventurados los poetas inéditos, porque existen ajenos al despótico juicio de los vivos y reposan en la fe de una verdad más alta.
Lo primero que ha de hacer un artista es expatriarse; y lo segundo, inmediato, no olvidar sus orígenes.
La contradicción es hija de la intuición y madre de la verdad.
Quien nada en la abundancia corre el riesgo de ahogarse en su miseria.
A escribir se aprende escribiendo: para honrar al infinitivo hay que humillarse ante el gerundio.
Su rencor compartido fue tan largo y tan mutuo que ya no les dio tiempo a "rencorciliarse".
Publicar con seudónimo tiene que ser como volver a nacer.
Un suicida es el colmo de la soberbia.
No hay artista cabal que no encarne y consuma el orgullo generoso, la soberana humildad del artesano.
Los espíritus más rebeldes suelen ser también los más transigentes. ¿Por qué?
Si te comes el mundo, como dices, acabarás solo y sin nadie a quien contarlo, acorralado por la indigestión o por el vómito.
Si poesía es humildad, el enemigo mayor de la poesía es el mismo que se dice poeta.
Guárdate el ingenio de una frase si oculta el horizonte complejo del discurso; así esos árboles soberbios que aniquilan la belleza solidaria del bosque.
¿Es lícita la autocita, o nace deslegitimada y en pecado original?
En arte, no se trata de competir, sino de llegar: sólo la mediocridad se rebaja a la competición.
El atributo "perfecto" siempre habría que ponerlo entre comillas.
Editar es una concesión, acaso debilidad, casi derrota.
Después de leer mis poemas me ha llamado ingenioso. Ingenioso ha dicho, no genial. También aquí la lengua es justa, y cruel, y concluyente.
¿Hay soberbia en la continua vindicación de la humildad como valor sustantivo del artista?
De ahora en adelante ya no hablaré de autores, sino de obras.
Bienaventurados los poetas inéditos, porque existen ajenos al despótico juicio de los vivos y reposan en la fe de una verdad más alta.
Lo primero que ha de hacer un artista es expatriarse; y lo segundo, inmediato, no olvidar sus orígenes.
La contradicción es hija de la intuición y madre de la verdad.
Quien nada en la abundancia corre el riesgo de ahogarse en su miseria.
A escribir se aprende escribiendo: para honrar al infinitivo hay que humillarse ante el gerundio.
Su rencor compartido fue tan largo y tan mutuo que ya no les dio tiempo a "rencorciliarse".
Publicar con seudónimo tiene que ser como volver a nacer.
Un suicida es el colmo de la soberbia.
No hay artista cabal que no encarne y consuma el orgullo generoso, la soberana humildad del artesano.
Los espíritus más rebeldes suelen ser también los más transigentes. ¿Por qué?
Si te comes el mundo, como dices, acabarás solo y sin nadie a quien contarlo, acorralado por la indigestión o por el vómito.
Si poesía es humildad, el enemigo mayor de la poesía es el mismo que se dice poeta.
Guárdate el ingenio de una frase si oculta el horizonte complejo del discurso; así esos árboles soberbios que aniquilan la belleza solidaria del bosque.
¿Es lícita la autocita, o nace deslegitimada y en pecado original?
En arte, no se trata de competir, sino de llegar: sólo la mediocridad se rebaja a la competición.
El atributo "perfecto" siempre habría que ponerlo entre comillas.
Editar es una concesión, acaso debilidad, casi derrota.
Después de leer mis poemas me ha llamado ingenioso. Ingenioso ha dicho, no genial. También aquí la lengua es justa, y cruel, y concluyente.
¿Hay soberbia en la continua vindicación de la humildad como valor sustantivo del artista?
viernes, 5 de noviembre de 2010
LEÍDO AYER
"¿Qué discusión hay aquí? ¿Qué necesidad hay aquí de ayuda? ¿Creen ustedes que estoy en el mundo para dar consejo? Esa es la ocupación más tonta que se puede emprender. Que cada cual se dé consejo a sí mismo y haga lo que no puede dejar de hacer. Si le sale bien, alégrese de su sabiduría y de su suerte; si le va mal, entonces yo estoy a mano. Quien quiere librarse de un mal, siempre sabe lo que quiere; quien quiere algo mejor de lo que tiene, está como ciego. ¡Sí, sí, ya pueden sonreír!, juega a la gallina ciega, y quizá da en el clavo, pero ¿qué? Hagan lo que quieran: ¡es lo mismo! He visto salir mal las cosas más razonables, y salir bien las más disparatadas. No se rompan la cabeza, y aunque de un modo o de otro salga mal, tampoco se la rompan".
J. W. Goethe, Las afinidades electivas (Cap. II)
J. W. Goethe, Las afinidades electivas (Cap. II)
sábado, 30 de octubre de 2010
¡QUÉ GUAY!
Hace unos días desperté de su larga noche a mi olivetti-lettera 32; no por un arranque melancólico, sino porque quería dotar de apariencia mecanográfica rústica a un proyecto de poemas para enmarcar junto a unas fotos. Tiré de la cremallera de la funda, dispuse la reliquia sobre una mesa y la contemplé con arrobo antiguo durante unos minutos. Es la máquina de escribir que quise para mí algún día de Reyes que ya siento remoto, el mismo teclado que batalló bajo el entusiasmo literario de mis dedos durante más de tres lustros, la misma estructura que quedó relegada y casi olvidada cuando me alcanzó el maravilloso embrujo de la nueva tecnología. Me pregunté si se habría estancado su mecanismo por la falta de uso, si se habría secado la cinta de la tinta. Introduje un folio en el rodillo, repitiendo el movimiento con la destreza de tantísimas veces, y volví a golpear cada letra hasta completar, al azar, varias palabras. ¡Funcionaba!: ahí estaba el estallido inconfundible de las teclas, la sensación inigualable en las yemas de los dedos, la emoción recobrada de mis versos adolescentes y la estela de su otoño más triste. Seguí tecleando y de pronto surgieron las cabezas de mis dos hijos de doce y de nueve años, que habían escuchado el ingenio y no podían imaginar qué sería aquel ruido. Por supuesto, lo estaban deseando y les dejé probar; les expliqué con que brío seco había que darle a la tecla y retirar el dedo, les revelé cómo quedaba marcada en el papel por intercesión de la cinta y de su tinta.
Una vez le escuché a un Premio Nobel ya fallecido, en una conferencia, la anécdota de unos amigos suyos que vinieron de los Estados Unidos a su casa de campo: el retoño de esos amigos se extrañó de lo avanzados que aquí estaban, pues para encender la luz en aquel refugio no había que pulsar ninguna llave que provocara la corriente eléctrica, sino que bastaba apenas con encender una cerilla con la propia mano y acercarla inmediatamente al candil para que se hiciera el milagro. Recordé la anécdota mientras mis hijos tocaban la máquina de escribir, admirándose, en su inocencia de ordenadores y de impresoras ultimísimas, de la obviedad del mecanismo; y quiero creer que al menos por unos minutos compartieron con su padre la emoción anacrónica de asistir a cada letra impresa sobre el papel, tras el estallido seco de la tecla.
Una vez le escuché a un Premio Nobel ya fallecido, en una conferencia, la anécdota de unos amigos suyos que vinieron de los Estados Unidos a su casa de campo: el retoño de esos amigos se extrañó de lo avanzados que aquí estaban, pues para encender la luz en aquel refugio no había que pulsar ninguna llave que provocara la corriente eléctrica, sino que bastaba apenas con encender una cerilla con la propia mano y acercarla inmediatamente al candil para que se hiciera el milagro. Recordé la anécdota mientras mis hijos tocaban la máquina de escribir, admirándose, en su inocencia de ordenadores y de impresoras ultimísimas, de la obviedad del mecanismo; y quiero creer que al menos por unos minutos compartieron con su padre la emoción anacrónica de asistir a cada letra impresa sobre el papel, tras el estallido seco de la tecla.
viernes, 15 de octubre de 2010
PACTO CON EL DIABLO
Fue ayer, por la mañana, delante de una taza donde hubo café, y en compañía de dos amigos -él y ella- con los que tertuliaba sobre el buen hacer del Clint Eastwood director, sobre aquellos años remotos en que no tuvimos televisión en nuestra casa, sobre una extraña película de cuyo título nadie se acordaba pero que transcurría en Mongolia y en la selva amazónica y en la sabana africana a propósito de la final de un mundial de fútbol, sobre lo que pueden dos tetas que se desbordan de una foto del periódico, sobre la poética sabia en las letras de Sabina, sobre las contradicciones y las controversias del Nobelísimo Vargas Llosa y sobre muchas cosas más que no pueden escribirse en un blog público. De repente lo dije, casi sin pensarlo:
-Si yo fuera capaz de escribir un best seller, abandonaría la literatura.
Y el amigo, perspicaz:
-Esa frase tienes que apuntarla en algún sitio.
Así que aquí la traigo, obediente y un poco estupefacto, para que se desfogue entre los retales de esta alforja.
-Si yo fuera capaz de escribir un best seller, abandonaría la literatura.
Y el amigo, perspicaz:
-Esa frase tienes que apuntarla en algún sitio.
Así que aquí la traigo, obediente y un poco estupefacto, para que se desfogue entre los retales de esta alforja.
viernes, 8 de octubre de 2010
PALABRA DE NOBEL
"La literatura no da la felicidad, pero nos hace más capaces para convivir con la infelicidad".
(*La cita no es literal, sino como la recuerdo; ha tiempo que, con el debido respeto a la fuente, prefiero citar por aproximación).
Mario Vargas LLosa
(*La cita no es literal, sino como la recuerdo; ha tiempo que, con el debido respeto a la fuente, prefiero citar por aproximación).
jueves, 16 de septiembre de 2010
HORIZONTE Y PERSPECTIVA
"como las huellas de las gaviotas en las playas"
Pablo Neruda
Pablo Neruda
Si se admite que la sintaxis es una facultad del alma -como escribió, creo, Paul Valèry-, me pregunto si habrá vida más allá del análisis y la disección de una oración subordinada adverbial impropia final. Me lo pregunto ahora que volvemos a las aulas y que los profesores de lengua y literatura de ESO y de Bachillerato revisan las programaciones obsoletas de sus departamentos y se replantean objetivos e índices porcentuales para asediar a la nueva hornada de adolescentes que ya merodean por los centros escolares. Y me pregunto si no habré caído yo también en la trampa de los años -ya son más de tres lustros- y si habré extraviado la perspectiva de lo que significa el privilegio de transmitir lo poco que uno sabe y lo poco que uno es a quienes te miran con ojos incrédulos desde la inmediatez de su pupitre. Observo que algo tan simple y tan hermoso como la lengua española y la literatura que la dignifica se va reduciendo paulatinamente, para muchos de mis colegas, para demasiados de mis colegas, a un erial metódico donde arrojar la jerga de su frustración a modo de complementos directos e indirectos y de anáforas e hipérboles y de otras bendiciones con que justificar el horizonte satisfecho de su saber. Ya quedan pocos que den a probar aquel soneto de Garcilaso o que degusten sin aspavientos una página del Quijote. Así, los alumnos más aventajados de las próximas generaciones -los otros ya han dibujado su bostezo sin fin- harán análisis sintácticos como quien resuelve crucigramas sobre una toalla en la arena, sin apreciar el rumor del mar en un poema de Neruda.
martes, 20 de julio de 2010
OSADÍAS Y QUIMERAS
Sueño de hombres: ambicionar la inmortalidad a través de lo efímero.
Ambición de dioses: soñar lo efímero a través de la inmortalidad.
Y que ni a los unos ni a los otros les sea dado satisfacer su destino.
Ambición de dioses: soñar lo efímero a través de la inmortalidad.
Y que ni a los unos ni a los otros les sea dado satisfacer su destino.
lunes, 21 de junio de 2010
GRACIAS, SARAMAGO
Si sumo las horas de felicidad que me ha regalado este hombre desde que, hará unos quince años, comencé a leer uno tras otro todos sus libros, me doy cuenta de la importancia que su obra ha tenido en mi vida; pero, sobre todo, me sorprende la dimensión ejemplar de su actitud como hombre, tan tenaz en el compromiso de la fábula y tan perseverante en su visión de la realidad de este mundo, dos cosas que vienen a ser una y la misma.
Cuando supe de su muerte, por la radio, yo conducía mi coche por una carretera secundaria; me acompañaban mis dos hijos, que inmediatamente se percataron de que un dolor muy sutil me había atravesado el pecho. Sentí una orfandad difícil de explicar, imposible de tasar, pero que a ellos les transmití como mejor supe, pensando que este portugués que publicó su primera novela casi a los sesenta años también les incumbe a ellos, que también para ellos vivió y propagó la luz de su palabra. Su cielo está aquí, en la eternidad de sus ficciones, en las horas felices que todavía regalará a los hombres y mujeres que acierten a encontrarlo; o a reencontrarlo, porque acabo de caer en la cuenta de que es ahora cuando comienza para mí el maravilloso tiempo de la relectura.
Gracias por todo y por tanto, don José.
Cuando supe de su muerte, por la radio, yo conducía mi coche por una carretera secundaria; me acompañaban mis dos hijos, que inmediatamente se percataron de que un dolor muy sutil me había atravesado el pecho. Sentí una orfandad difícil de explicar, imposible de tasar, pero que a ellos les transmití como mejor supe, pensando que este portugués que publicó su primera novela casi a los sesenta años también les incumbe a ellos, que también para ellos vivió y propagó la luz de su palabra. Su cielo está aquí, en la eternidad de sus ficciones, en las horas felices que todavía regalará a los hombres y mujeres que acierten a encontrarlo; o a reencontrarlo, porque acabo de caer en la cuenta de que es ahora cuando comienza para mí el maravilloso tiempo de la relectura.
Gracias por todo y por tanto, don José.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)