martes, 26 de febrero de 2019

Entró el año dubitativo, remolón, como si viniera desengañado de sí mismo antes de fijar su cifra en el calendario; y ya han transcurrido casi dos meses, y las tardes se alargan con una codicia térmica impropia, primaveral, y dentro de nada saltaremos de abril a junio y de julio a septiembre y lo veremos -o lo verán otros- extinguirse.
Mi hija regresó a su destino en tierras de Italia, a sus afanes y a su vida. Yo me volví a citar con un amigo al que no veía hace años (vive en otra ciudad, en otro país, en otro continente). Y poco después me volví a citar con otro amigo al que tampoco veía hace años pese a vivir en el mismo continente, en el mismo país y en la misma ciudad.
Un día supimos que había muerto Fermín, el dueño de la bodega de Jumilla de la que mi padre fue cliente fidelísimo durante más de medio siglo: camiones de vino que llegaban a la taberna y a la tienda en grandes toneles y que luego mi madre y él distribuían parsimoniosos, cuartilla a cuartilla, litro a litro.
Otro día visitamos la casa y mi padre nos sorprendió a todos con su bigote recién rasurado, ese bigote persistente que le habíamos visto encanecer en los últimos cuarenta años.
¿Más novedades? Dejé de tomar café, de fumar un triste cigarrillo diario, de dormir con el teléfono móvil al alcance de mi mano. Ah, y en este tiempo he salido a correr hasta trece veces, las primeras con cautela, asegurando resistencia, forzando poco a poco hasta igualar y superar mis sucesivas marcas: 45', 50', 55', 60', 75', 80', 90', 95', 60', 75', 95', 100' y 30'. No está mal para un hombre sin vocación competitiva que acaba de sumar dos años a sus cinco décadas.
El 8 de enero me decidí a leer la novela de Aramburu, Patria, y el 7 de febrero la concluí. Una historia inquietante, inolvidable, que me ha mantenido en vela, a la espera de sus páginas. Está narrada con pulso abierto y expansivo, sin inmiscuirse, celoso de la distancia de la trama, nada tendencioso pese a incrustarse en la entraña llagada del terrorismo, de lo que se llamó el "conflicto vasco". Ciertamente, me ha reconciliado con la ficción novelesca.
En cuanto a mis inclinaciones... No, no escribo. Tampoco reescribo. A veces revolotea alguna idea, alguna asociación de palabras que pudieran decir algo, expresar un estado, una emoción, pero procuro mirar hacia otro lado y -es curioso- no insisten, se marchan sin remover ni un ápice de mi conciencia. Ahora -he aquí el peor de los cinismos- casi me regodeo en la renuncia.

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