sábado, 4 de junio de 2016
jueves, 19 de mayo de 2016
La vanidad tiene los pies cortísimos. En la bitácora-blog de un poeta -uno de tantos- se informa de una muy reciente y multitudinaria antología, y, sin transición, el informante presume de haber quedado a salvo de su inclusión en ella, una vez más. Pero el que lo diga ahí, de ese modo, jactándose, deja un rastro agrio y la triste sospecha de que hubiera preferido otro desenlace.
Se me ocurre que yo, que escribo poesía y he publicado libros de poemas, debo ser un poeta insólito, marginal, porque apenas se me ha invitado a alguno de estos recopilatorios generacionales, como no sea bajo la peregrina excusa de la amistad o para engrosar la suma de nombres locales que, sin más criterio, nutran el índice.
Recuerdo que hace años me convertí en antólogo de circunstancias, para el consumo interno de mis alumnos. Trabajé una selección de siete poetas y luego otra selección de ocho narradores, todos afincados en esta tierra nuestra. Antes de sacarlos de la imprenta con ayuda institucional ya me había arrepentido de la mitad de los inéditos -y, por ende, de los autores-, de su escaso mérito, de la imprescindible cuota femenina y -con perdón- de la madre que los parió. Los ejemplares se distribuyeron sin hacer mucho ruido, los autores acudieron sucesivamente a conversar con la clase y los muchachos redactaron crónicas a propósito, con nota.
Ahora vengo a concluir que no me gustan las antologías, sus caprichos. Ni siquiera creo en la universalmente admitida criba del tiempo. Al fin me puede la evidencia de que soy y somos un proyecto de olvido que terminará consumándose y consumiéndonos a todos, antologados o no.
Se me ocurre que yo, que escribo poesía y he publicado libros de poemas, debo ser un poeta insólito, marginal, porque apenas se me ha invitado a alguno de estos recopilatorios generacionales, como no sea bajo la peregrina excusa de la amistad o para engrosar la suma de nombres locales que, sin más criterio, nutran el índice.
Recuerdo que hace años me convertí en antólogo de circunstancias, para el consumo interno de mis alumnos. Trabajé una selección de siete poetas y luego otra selección de ocho narradores, todos afincados en esta tierra nuestra. Antes de sacarlos de la imprenta con ayuda institucional ya me había arrepentido de la mitad de los inéditos -y, por ende, de los autores-, de su escaso mérito, de la imprescindible cuota femenina y -con perdón- de la madre que los parió. Los ejemplares se distribuyeron sin hacer mucho ruido, los autores acudieron sucesivamente a conversar con la clase y los muchachos redactaron crónicas a propósito, con nota.
Ahora vengo a concluir que no me gustan las antologías, sus caprichos. Ni siquiera creo en la universalmente admitida criba del tiempo. Al fin me puede la evidencia de que soy y somos un proyecto de olvido que terminará consumándose y consumiéndonos a todos, antologados o no.
viernes, 13 de mayo de 2016
A propósito de tiendas, vuelvo a constatar una observación antigua. Se da, con preferencia, en los comercios más populares y en las sucursales de marcas internacionales de ropa; pero también, de otro modo más sutil y acaso más repugnante, en las boutiques exclusivas. Hay un amplio porcentaje de mujeres que suele acceder al lugar como si lo tomara por la fuerza, campando a sus anchas, posesionándose ante las perchas y los expositores, mirando y arrancando y desdeñando y abandonando tal vez al descuido, en el suelo, cualquier tela que se desprende. Ya habrá dependienta o dependiente que se agache a recogerla, que para eso están. Así una prenda tras otra, con afán compulsivo, inmoderado, visceral, satisfecho de su parafernalia consumista. Si hay hombre que la acompañe, la demostración de dominio se torna más ostensible aún, en un alarde de gestos y muecas y movimientos que minimiza y casi ningunea al varón. Es ella la que coge la delantera, la que señala aquí y allá, la que dirige el tráfico hacia los probadores, la que esgrime la tarjeta de crédito para pagar. Mientras, él se inhibe dos o tres pasos más atrás, a remolque siempre, desplazado, asintiendo o negando sin convicción, un poco fuera de juego; o bien rehusó participar en la aventura y se quedó en la puerta mirando el reloj o manejando el teléfono móvil, impacientemente, a la espera de su heroína circunstancial.
miércoles, 4 de mayo de 2016
El viernes fue un día paradójico, extraño. Por la mañana terminé de pulir un poema y luego despaché asuntos de trabajo (un par de clases, una entrevista con una madre, una guardia sin nada ni nadie que guardar...). Después, por la tarde, fue inevitable desplazarme a un macrocentro comercial y asistir a los mismos ritos, a la misma desidia. Quienes me conocen saben cuánto me disgustan las tiendas, sobre todo si lo que busco es ropa o calzado. Si se trata de víveres, suelo hacerme una lista que apenas modifico y acudir en una franja horaria de escasa afluencia, preferiblemente solo, de manera que los trámites se agilicen y no pierda demasiado tiempo en ese menester. Me siento más cómodo en las librerías, rodeado de anaqueles y de lomos que me llaman con sus nombres y títulos. Volvimos tarde, de mal humor, cansados. Sin embargo, durante toda la jornada se me mantuvo constante una sensación de plenitud: tenía la conciencia clara de haber escrito el mejor poema de mi vida.
viernes, 29 de abril de 2016
HELENA [25-04-2016]
Todo cobra sentido si pronuncio tu nombre.
Poco a poco te elevas a las alas del mundo,
y poco a poco reinas en mi orgullo discreto.
Lentamente, tu certeza se olvida
de todas las ausencias que rasgan mi memoria,
y emociona mis canas
cada abril de dieciocho que ríe por tu cintura.
Fragilidad de mapas en la mano del tiempo.
De las vidas posibles que confirman la mía,
que me toman la sangre y me la expanden,
la tuya es la primera,
la que no se detiene,
la que siempre será mi desenlace.
Si pronuncio tu nombre todo cobra sentido,
todo cumple la inercia de esa mitad de mí
que en ti se justifica.
Todo cobra sentido si pronuncio tu nombre.
Poco a poco te elevas a las alas del mundo,
y poco a poco reinas en mi orgullo discreto.
Lentamente, tu certeza se olvida
de todas las ausencias que rasgan mi memoria,
y emociona mis canas
cada abril de dieciocho que ríe por tu cintura.
Fragilidad de mapas en la mano del tiempo.
De las vidas posibles que confirman la mía,
que me toman la sangre y me la expanden,
la tuya es la primera,
la que no se detiene,
la que siempre será mi desenlace.
Si pronuncio tu nombre todo cobra sentido,
todo cumple la inercia de esa mitad de mí
que en ti se justifica.
lunes, 25 de abril de 2016
Llega el día en que tu hijo ya tiene cuerpo para ponerse una de tus chaquetas, informal, de entretiempo, una que tú apenas has usado o que la coges para traslados ocasionales. Él no ha traído la suya, hace un poco de fresco y esta parece que no le queda mal; incluso coindice con el gusto fluctuante de sus quince años. Ya en el coche, tantea una libretita con notas sueltas y lee en voz alta -¡con cuánto pudor lo escuchas!- lo que algún día garabateó tu mano. ¡Vaya!, más retales olvidados en el bolsillo generoso de las ocurrencias:
"De todos los oficios, el de arquitecto es el más parecido al de novelista, salvo que el novelista no se desentiende de nada una vez ha diseñado el plano y se vuelca personalmente en los detalles últimos".
"Un relato que salte de sueño en sueño; esto es, que refleje el entramado de sueños que están viviendo de forma simultánea varias personas que duermen (por ejemplo, en una acampada, en un albergue...)".
"...la remota expectativa de un espíritu cómplice...".
"No confundir objetivos con resultados".
También sendas contraseñas de algún acceso electrónico que ya no recuerdas (A13589, ja230ni) y una relación de palabras (?) puestas en vertical, en este orden: pedantería, vehemencia, soberbia, pusilánime, elocuencia, jactancia, histriónico.
"De todos los oficios, el de arquitecto es el más parecido al de novelista, salvo que el novelista no se desentiende de nada una vez ha diseñado el plano y se vuelca personalmente en los detalles últimos".
"Un relato que salte de sueño en sueño; esto es, que refleje el entramado de sueños que están viviendo de forma simultánea varias personas que duermen (por ejemplo, en una acampada, en un albergue...)".
"...la remota expectativa de un espíritu cómplice...".
"No confundir objetivos con resultados".
También sendas contraseñas de algún acceso electrónico que ya no recuerdas (A13589, ja230ni) y una relación de palabras (?) puestas en vertical, en este orden: pedantería, vehemencia, soberbia, pusilánime, elocuencia, jactancia, histriónico.
lunes, 18 de abril de 2016
APENAS
Tal día como hoy,
en el futuro inconcebible
que anticipan los astros,
nadie sabrá de mí ni de mis pasos,
nadie tendrá noticia de las fechas
que acotaron mis horas en la Tierra.
Apenas... el lejano fulgor
de cierta estrella que se apagó hace siglos
dirá de mí que la miré un instante
-embelesado y niño y casi eterno-,
que en un instante me dictó estos versos,
su vuelo fugitivo hacia la nada.
Tal día como hoy,
en el futuro inconcebible
que anticipan los astros,
nadie sabrá de mí ni de mis pasos,
nadie tendrá noticia de las fechas
que acotaron mis horas en la Tierra.
Apenas... el lejano fulgor
de cierta estrella que se apagó hace siglos
dirá de mí que la miré un instante
-embelesado y niño y casi eterno-,
que en un instante me dictó estos versos,
su vuelo fugitivo hacia la nada.
jueves, 7 de abril de 2016
J. Martínez de Paco dixit:
Escribir es siempre pretencioso, pero a fin de cuentas un gesto íntimo que en determinadas ocasiones se torna, además, inevitable, necesario. Publicar, en cambio, es transigir a la vanidad para provocar el efecto patético del elogio o, como mal menor, para satisfacer la tristeza burocrática de un currículum, de un cartel anunciador en la feria literaria. Pero lo más ridículo, al cabo, es leer solemnemente para otros lo que uno ha escrito -hablo de la parafernalia del micrófono, del botellín de agua, de la erótica del púlpito-, porque entonces se revela la farsa toda en la amplitud social del evento, y aquel impulso pretencioso desciende al submundo de las frivolidades, a los terrores de la complacencia.
Escribir es siempre pretencioso, pero a fin de cuentas un gesto íntimo que en determinadas ocasiones se torna, además, inevitable, necesario. Publicar, en cambio, es transigir a la vanidad para provocar el efecto patético del elogio o, como mal menor, para satisfacer la tristeza burocrática de un currículum, de un cartel anunciador en la feria literaria. Pero lo más ridículo, al cabo, es leer solemnemente para otros lo que uno ha escrito -hablo de la parafernalia del micrófono, del botellín de agua, de la erótica del púlpito-, porque entonces se revela la farsa toda en la amplitud social del evento, y aquel impulso pretencioso desciende al submundo de las frivolidades, a los terrores de la complacencia.
jueves, 31 de marzo de 2016
lunes, 28 de marzo de 2016
En el contexto de una entrevista publicada en prensa días atrás, el ya octogenario poeta Francisco Brines deja caer una idea que sosiega y endulza mis habituales incertidumbres: agradece a la vida el haberle dado una vocación, que es, según él, lo máximo a lo que puede aspirar una persona. No habla de un oficio ni de un talento ni de un apacible prestigio en el arte que practica, sino de una vocación, esto es, de una voluntad que trasciende lo mundano, de un afán y de una fe que se muestran irreductibles al triunfo y a la fama, pero a cuyo alrededor gira todo lo que se es de manera irremediable, tozuda. Una inclinación capaz por sí sola de inquietar y optimizar y acaso justificar las vidas sucesivas que consumen la existencia de una mujer o un hombre. No cualquiera puede compartir esa plenitud, esa dicha, ese sentido.
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