A los cuarenta y ocho, Federico García Lorca ya llevaba diez bajo la tierra baldía del barranco de Víznar, víctima de las tres causas fascistas y de alguna más.
A los cuarenta y ocho, otro Federico (Hölderlin) y otro Federico (Nietzsche), ambos tedescos, ambos enfermos de helena melancolía, ya habían transcurrido un lustro y dos lustros extraviados en la tiniebla de la sinrazón, aguardando la muerte física.
A los cuarenta y ocho años de Franz Kafka el destino le arrebató siete a cuenta de la tuberculosis, y seis a los cuarenta y ocho de Cesare Pavese, ese que en la cima del éxito literario decidió que ya no podía cargar con tanta soledad y tanto desamor y tanta tristeza.
A solo dos de los cuarenta y ocho se quedaron Charles Baudelaire y Oscar Wilde, quienes acaso vieron las mismas calles y las aguas onduladas del mismo río y sufrieron el mismo desprecio en una ciudad diversa que sin embargo conservaba el mismo nombre: París.
Albert Camus acababa de cumplir dos menos de cuarenta y ocho cuando la carretera del cuatro de enero decidió que sería uno de los primeros escritores, acaso el primer autor Nobel, en dejarse la vida en un vulgar accidente de tráfico rodado.
A seis meses de coronar su año cuarenta y ocho, Fernando Pessoa abandonó la botella eternamente medio vacía y se adentró despacio por la larga rua dos Douradores para decirle adiós a Bernardo Soares y para despachar con una mueca a tres conocidos suyos: Alvaro de Campos, Ricardo Reis y el mismísimo Fernando.
A los cuarenta y ocho, Rubén Darío se concedió una prórroga de un año y veinte días, y aún llegó a tiempo de protagonizar un par de escenas de café y cementerio junto al marqués de Bradomín, cuatro años más tarde, en las entrañas imborrables de Luces de bohemia.
A los cuarenta y ocho, José Saramago no había imaginado todavía a los parias levantados del suelo ni la aventura de Sietesoles y Blimunda ni la grieta que separaría la Península Ibérica de Europa ni el evangelio de Jesucristo ni aquella historia sobre ciegos ni todo lo demás.
A los cuarenta y ocho, ni siquiera Miguel de Cervantes sabía que iba a inventar a don Quijote, o que don Quijote lo iba a inventar a él, y que juntos cabalgarían la gloria literaria por los siglos de los siglos.
A los cuarenta y ocho, unos ya terminaron, otros no han empezado.
martes, 24 de febrero de 2015
sábado, 14 de febrero de 2015
¡AH EL AMOR!
En un día como hoy -de los enamorados, dicen-, ¿cómo no reservar unas
palabras para describir el tumultuoso río de sufrimientos y desgracias
que, cual necesario anverso en la moneda de la vida, fluye y se mezcla
en las mismas aguas de la más prestigiada de nuestras pasiones?
Juro que no tengo vocación de aguafiestas; si acaso, es cierto, a menudo me tienta la modesta aventura que supone escudriñar bajo la superficie lisa de los lugares comunes para denunciar su indolencia de siglos, y para que, así mismo, de paso, mi pensamiento emerja de su letargo y recupere los dones de su antiguo albedrío.
Cuando se nombra al amor y la humanidad entera se arrodilla a sus pies, nadie parece acordarse de que ese mismo amor está en el origen de las mayores tragedias íntimas y cotidianas -esas tragedias que luego la literatura exprime y mitifica, y que el cine industrializa con beneficios millonarios-, las que nacen de los celos o de la infidelidad o de la ausencia o de las convenciones; o del simple amor no correspondido, que, me atrevo a inferir, estadísticamente ha de ser la versión más habitual de lo que llamamos amor. Jamás he sufrido tanto como a esa edad terrible -he escrito terrible, y terrible volvería a escribir si mil veces tuviese que calificar esa edad- en que el corazón se salía del pecho por una muchacha sucesiva cuya belleza incomparable, empero huidiza y esquiva, casi siempre estuvo demasiado alta para mí, nunca al alcance del adolescente tímido que la espiaba con un pudor ancestral y que no sabía cómo abordarla, con qué palabras; aquel que si alguna vez se permitió alguna audacia robada a una escena de película fue para arrepentirse inmediatamente de su inepcia, ya a solas, en los camerinos del ridículo.
Mis lecturas de aquella época, intensas y terapéuticas, henchidas de gratitud -el joven Werther, el viejo Aschenbach-, permanecen indelebles en la memoria del hombre que soy hoy, como si a través de ellas recobrara conciencia de mi desvalimiento, del sinvivir suicida de aquel muchacho desprovisto de brújula que se hacía el encontradizo en los callejones de la desdicha.
Y entonces, muy pronto, me crucé con la Poesía. Y la Poesía me salvó la vida, me la ha salvado varias veces. Cuando empecé este texto, en un día como hoy, no imaginé que acabaría con una confesión tan grave. ¡Ah el amor!
Juro que no tengo vocación de aguafiestas; si acaso, es cierto, a menudo me tienta la modesta aventura que supone escudriñar bajo la superficie lisa de los lugares comunes para denunciar su indolencia de siglos, y para que, así mismo, de paso, mi pensamiento emerja de su letargo y recupere los dones de su antiguo albedrío.
Cuando se nombra al amor y la humanidad entera se arrodilla a sus pies, nadie parece acordarse de que ese mismo amor está en el origen de las mayores tragedias íntimas y cotidianas -esas tragedias que luego la literatura exprime y mitifica, y que el cine industrializa con beneficios millonarios-, las que nacen de los celos o de la infidelidad o de la ausencia o de las convenciones; o del simple amor no correspondido, que, me atrevo a inferir, estadísticamente ha de ser la versión más habitual de lo que llamamos amor. Jamás he sufrido tanto como a esa edad terrible -he escrito terrible, y terrible volvería a escribir si mil veces tuviese que calificar esa edad- en que el corazón se salía del pecho por una muchacha sucesiva cuya belleza incomparable, empero huidiza y esquiva, casi siempre estuvo demasiado alta para mí, nunca al alcance del adolescente tímido que la espiaba con un pudor ancestral y que no sabía cómo abordarla, con qué palabras; aquel que si alguna vez se permitió alguna audacia robada a una escena de película fue para arrepentirse inmediatamente de su inepcia, ya a solas, en los camerinos del ridículo.
Mis lecturas de aquella época, intensas y terapéuticas, henchidas de gratitud -el joven Werther, el viejo Aschenbach-, permanecen indelebles en la memoria del hombre que soy hoy, como si a través de ellas recobrara conciencia de mi desvalimiento, del sinvivir suicida de aquel muchacho desprovisto de brújula que se hacía el encontradizo en los callejones de la desdicha.
Y entonces, muy pronto, me crucé con la Poesía. Y la Poesía me salvó la vida, me la ha salvado varias veces. Cuando empecé este texto, en un día como hoy, no imaginé que acabaría con una confesión tan grave. ¡Ah el amor!
jueves, 12 de febrero de 2015
TRAS LA SENTENCIA
-Porque eres mi amigo, lo que más me hiere en esta hora es que vayas a morir sin merecerlo, injustamente.
Esto es lo que se dice que le dijo Apolodoro a Sócrates, al poco de conocer la sentencia que lo condenaba.
Y el sabio Sócrates, el que solo sabía que no sabía nada -feliz antonomasia de la falsa modestia-, se dice que lo confundió dejándole caer una pregunta por respuesta:
-¿Preferirías, amigo mío, que me hubieran condenado a muerte por haberlo merecido?
Esto es lo que se dice que se dijeron. Pero a mí, proclive a marear el simbolismo de la anécdota, nunca me satisfizo que aquel griego no fuera un poco más lejos en su terrible indagación:
-Amigo mío, ¿acaso te sentirías mejor si, mereciéndolo, no me hubieran condenado?
Esto es lo que se dice que le dijo Apolodoro a Sócrates, al poco de conocer la sentencia que lo condenaba.
Y el sabio Sócrates, el que solo sabía que no sabía nada -feliz antonomasia de la falsa modestia-, se dice que lo confundió dejándole caer una pregunta por respuesta:
-¿Preferirías, amigo mío, que me hubieran condenado a muerte por haberlo merecido?
Esto es lo que se dice que se dijeron. Pero a mí, proclive a marear el simbolismo de la anécdota, nunca me satisfizo que aquel griego no fuera un poco más lejos en su terrible indagación:
-Amigo mío, ¿acaso te sentirías mejor si, mereciéndolo, no me hubieran condenado?
martes, 10 de febrero de 2015
LA VOLUNTAD DE AZORÍN
Lo leí y lo anoté ya sobrepasado el ecuador de la carrera, y es previsible que nuestros caminos nunca vuelvan a cruzarse; o sí, quién sabe. He aquí las citas de entonces que hoy revisito con un vago residuo de melancolía: es verdad que se han doblado los años de mi vida y que muy a menudo, como en aquel tiempo, ignoro por dónde se extravían mis voluntades más secretas.
"La eternidad no existe".
"¡estos interminables minutos de los pueblos!".
"Pero el hombre es perfectible".
"la ciencia no es nada al lado de la humildad sincera".
"la humanidad es un círculo, es una serie de catástrofes que se suceden idénticas, iguales".
"el gusto por la historia es el más aristocrático de los gustos".
"No hay cosa más abyecta que un político".
"la historia, a la larga, no es sino, de igual manera, un diestro ensamblaje de estas despreciables minucias".
"Y el recuerdo será siempre fuente de tristeza".
"ser libre es gustar de todo y renegar de todo -esa amena inconsecuencia que horroriza a la consecuente burguesía".
"Ver trabajar es siempre una cosa edificante, y ver trabajar a un carpintero es casi un idilio conmovedor".
"Decididamente, no me conozco".
"¿Por qué ha de estar la felicidad precisamente en la Acción y no en el Reposo?".
"La paradoja -ese juguete de los espíritus delicados- no ha llegado a los pueblos".
"La eternidad no existe".
"¡estos interminables minutos de los pueblos!".
"Pero el hombre es perfectible".
"la ciencia no es nada al lado de la humildad sincera".
"la humanidad es un círculo, es una serie de catástrofes que se suceden idénticas, iguales".
"el gusto por la historia es el más aristocrático de los gustos".
"No hay cosa más abyecta que un político".
"la historia, a la larga, no es sino, de igual manera, un diestro ensamblaje de estas despreciables minucias".
"Y el recuerdo será siempre fuente de tristeza".
"ser libre es gustar de todo y renegar de todo -esa amena inconsecuencia que horroriza a la consecuente burguesía".
"Ver trabajar es siempre una cosa edificante, y ver trabajar a un carpintero es casi un idilio conmovedor".
"Decididamente, no me conozco".
"¿Por qué ha de estar la felicidad precisamente en la Acción y no en el Reposo?".
"La paradoja -ese juguete de los espíritus delicados- no ha llegado a los pueblos".
Libreta de citas, octubre 88
miércoles, 4 de febrero de 2015
LA NOVELA DE UN COETÁNEO
Estaba almacenando esa montonera de libros que desde hace
tiempo mi biblioteca sabe que le son absolutamente dispensables (de poesía
contemporánea, en un alto porcentaje), bien por su escasa calidad intrínseca
(los más), bien por el deterioro de sus abaratadas ediciones (adquiridos en
bazares de saldo, de tercera o cuarta mano), bien por tratarse de voluminosos
mamotretos académicos que si ayer se dejaron querer hoy ya no gozan de mi aprecio.
De repente, mientras los cuadraba en tres cajas para llevárselos al librero que iba a tasarlos y a canjeármelos por otros, me sorprendí dudando ante una novela que no había leído y que no tenía la menor intención de leer nunca. La autorizaba un aplicadísimo prosista con el que hace lustros mantuve contacto y con el que hace lustros comparto, creo, recíproca indiferencia: él había deslizado privadamente una maldad imperdonable y yo aproveché cualquiera de sus artículos insulsos, acaso el más frívolo de todos, para airear públicamente el desencuentro definitivo.
Ignoro cómo llegó su libro a mis dominios, porque es locura pensar que yo fuese a buscarlo y tampoco resulta razonable que él viniese a obsequiármelo. El caso es que lo indulté (era el 28 de diciembre) y que, casi de inmediato, empecé a leerlo, dejándome ganar poco a poco por la historia de un profesor que se ve envuelto en una trama de escándalo por su relación, supuesta y jamás confirmada, con una alumna que lo denuncia. Las frases y los párrafos se desgranaban de manera fluida, correcta, y los hilos de la peripecia se anudaban de forma pulcra, muy lejos de la máscara que yo le conocía al autor y, en fin, por qué no admitirlo: sintiendo cómo se tambaleaban las raíces, sin duda subjetivas, de mi antigua animadversión.
En el infierno de las rivalidades literarias se abrió una grieta que no sabía cómo cerrar. Justo hasta la página 105; a partir de ahí el relato ingresa en una deriva previsible, construida a base de monólogos sin alma, en un estilo de pegote impostado que no respeta la expectativa que alienta en cada personaje; abonado al tópico en unos casos, víctima de su efectismo pretencioso en otros, derrochando un déficit de autenticidad verdaderamente genuino.
Al lector inesperado se le dibujó entonces una mueca extraña, casi cómplice, corporativa, en el filo más terrible de la más terrible de las compasiones.
De repente, mientras los cuadraba en tres cajas para llevárselos al librero que iba a tasarlos y a canjeármelos por otros, me sorprendí dudando ante una novela que no había leído y que no tenía la menor intención de leer nunca. La autorizaba un aplicadísimo prosista con el que hace lustros mantuve contacto y con el que hace lustros comparto, creo, recíproca indiferencia: él había deslizado privadamente una maldad imperdonable y yo aproveché cualquiera de sus artículos insulsos, acaso el más frívolo de todos, para airear públicamente el desencuentro definitivo.
Ignoro cómo llegó su libro a mis dominios, porque es locura pensar que yo fuese a buscarlo y tampoco resulta razonable que él viniese a obsequiármelo. El caso es que lo indulté (era el 28 de diciembre) y que, casi de inmediato, empecé a leerlo, dejándome ganar poco a poco por la historia de un profesor que se ve envuelto en una trama de escándalo por su relación, supuesta y jamás confirmada, con una alumna que lo denuncia. Las frases y los párrafos se desgranaban de manera fluida, correcta, y los hilos de la peripecia se anudaban de forma pulcra, muy lejos de la máscara que yo le conocía al autor y, en fin, por qué no admitirlo: sintiendo cómo se tambaleaban las raíces, sin duda subjetivas, de mi antigua animadversión.
En el infierno de las rivalidades literarias se abrió una grieta que no sabía cómo cerrar. Justo hasta la página 105; a partir de ahí el relato ingresa en una deriva previsible, construida a base de monólogos sin alma, en un estilo de pegote impostado que no respeta la expectativa que alienta en cada personaje; abonado al tópico en unos casos, víctima de su efectismo pretencioso en otros, derrochando un déficit de autenticidad verdaderamente genuino.
Al lector inesperado se le dibujó entonces una mueca extraña, casi cómplice, corporativa, en el filo más terrible de la más terrible de las compasiones.
miércoles, 28 de enero de 2015
PEQUEÑA EDITORIAL RUINOSA
Si me sobrara el dinero, fundaría una pequeña editorial
ruinosa.
Es la idea que se me pasó por la cabeza esta mañana,
mientras progresaba con paso rápido hacia la oficina de Correos del barrio,
primero, y luego cruzaba a la administración de loterías que queda justo
enfrente. Si en aquella dejé un relato bajo seudónimo, siete páginas
multiplicadas por cinco para concurrir a un certamen literario cuyo premio
promete 3000 € (de los que también promete que se hará la retención fiscal que
lo reduzca a 2370 €), en la otra puse los seis números de mi suerte, una
combinación que incluye fechas familiares y en la que, por eso mismo y porque
la esperanza es lo último que se pierde, he reunido un buen pellizco de mi fe.
La pequeña editorial ruinosa alumbraría cinco libros
anuales, uno por género. Solo yo decidiría lo que finalmente se publicara,
caprichoso y exigente a partes iguales. Reuniría inéditos raros, inencontrables o
inencontrados, mecanuscritos despreciados por los grandes sellos, heterodoxos, sin vocación de best-seller, póstumos y apócrifos inventados por mí
mismo. Daría prioridad a autores sin ningún tirón ni nombre ni padrino, a los que se sepan fracasados, a los que se extraviaron en sus sueños, a
los suicidas. Cada título limitaría su tirada a cien ejemplares: los sesenta
primeros los distribuiría de forma personal y gratuita, a cambio de un café y
una charla en cualquier terraza del centro; los treinta siguientes los
sortearía a beneficio de causas perdidas; los últimos diez los ofertaría a
precios desorbitados.
Sí, fundaría una pequeña editorial ruinosa que se llamara
así.
lunes, 19 de enero de 2015
VOLVEMOS A VER
Volvemos a ver, ahora en la intimidad del salón de casa, Midnigth in Paris, otra de las sencillas
genialidades a que ya nos tiene acostumbrados Woody Allen. El recurrido viaje
en el tiempo y las cenicientas campanadas de la medianoche se alían en la
construcción de una historia más veraz que verosímil, impecable en la
transición del artificio, de un tono intelectual moderado. Bajo los compases
envolventes de la bohemia parisina de entreguerras, la cámara va recreando a
pinceladas la cara más simpática (decir caricatura sería excesivo) de ese
alocado matrimonio Fitzgerald, de ese Hemingway que monologa en su continua
borrachera lúcida, de esa faraona del arte que debió ser Gertrude Stein, de ese
Toulouse-Lautrec en su observatorio, de ese Picasso ególatra y de ese Buñuel taciturno
y de ese Dalí que sueña con rinocerontes. Y de este lado, en la certeza del
tiempo que vivimos, el desenlace de esa típica pareja de turistas americanos (él
aprendiz de escritor, ella hija de sus papás) cuyo compromiso se gestó en algún
lugar donde ya no existe el amor. Una joya discreta que, como siempre, no ciega
ni encandila, pero que destila sus buenas dosis de inteligencia y de talento en
todos los planos, en todas las escenas.
A quienes existimos con el anzuelo en ristre para pescar ideas
y argumentos que se sometan a la ficción no puede dejar de admirarnos la
exquisitez sin aspavientos y la insultante prolijidad (filma una película al
año) de este necesario hijo de Manhattan.
sábado, 17 de enero de 2015
SABINA Y YO
Las letras de Joaquín Sabina son un surtido bazar de recursos y figuras que
más de una vez sentí la tentación de someter a estudio. Seguro que otros lo habrán hecho por mí. Las comparaciones y metáforas, las antítesis, los abismos de la hipérbole y la antonomasia, unido a una percepción cordial y a menudo desenfadada de la poesía y de la propia vida, convierten sus palabras en un manantial fresco que nunca dejará indiferente a quien trabaja y se preocupa por el lenguaje.
La otra tarde, mientras revisaba por enésima, con determinación de poda, la prosa esforzada de unas páginas mías, antiguas, me di de bruces con cierta escena en que el personaje cerraba el párrafo "como un perro sin amo". Lo borré de inmediato, convencido de que el mismo símil ya lo había usado Sabina en cualquiera de sus éxitos, aunque no recordaba bien dónde; luego continué con la purgativa labor de lima, quitando de donde mi buen juicio me dictaba que sobraba.
No era la primera vez. Ya sacado de imprenta, en la página 13 de Libro ciudad (Renacimiento, 2006), me topé con el verso "hasta fletar las cientotreintaiséis muecas o miembros agarrotados como signos de interrogación", e inmediatamente reparé en aquella canción, una de las más celebradas de Sabina, en que "el portazo sonó / como un signo de interrogación". ¿Cómo no lo había detectado hasta entonces, si a todos los poemas del libro les había dado mil vueltas antes y después del premio, antes y después de revisar las galeradas previas a la impresión? ¿Se trataba de un plagio inconsciente, de un contagio lírico, de un burdo descuido, de un triste azar?
Por la noche, como si dudara de mi intuición, el insomnio me levantó a hurtadillas e indagó por mí. En efecto, se trataba del tema Y sin embargo te quiero; pero -oh sorpresa- el sintagma que a mí me había sonado a Sabina por la tarde no era "como un perro sin amo", sino "como un gato sin dueño", lo que viene a ser lo mismo, o similar.
La otra tarde, mientras revisaba por enésima, con determinación de poda, la prosa esforzada de unas páginas mías, antiguas, me di de bruces con cierta escena en que el personaje cerraba el párrafo "como un perro sin amo". Lo borré de inmediato, convencido de que el mismo símil ya lo había usado Sabina en cualquiera de sus éxitos, aunque no recordaba bien dónde; luego continué con la purgativa labor de lima, quitando de donde mi buen juicio me dictaba que sobraba.
No era la primera vez. Ya sacado de imprenta, en la página 13 de Libro ciudad (Renacimiento, 2006), me topé con el verso "hasta fletar las cientotreintaiséis muecas o miembros agarrotados como signos de interrogación", e inmediatamente reparé en aquella canción, una de las más celebradas de Sabina, en que "el portazo sonó / como un signo de interrogación". ¿Cómo no lo había detectado hasta entonces, si a todos los poemas del libro les había dado mil vueltas antes y después del premio, antes y después de revisar las galeradas previas a la impresión? ¿Se trataba de un plagio inconsciente, de un contagio lírico, de un burdo descuido, de un triste azar?
Por la noche, como si dudara de mi intuición, el insomnio me levantó a hurtadillas e indagó por mí. En efecto, se trataba del tema Y sin embargo te quiero; pero -oh sorpresa- el sintagma que a mí me había sonado a Sabina por la tarde no era "como un perro sin amo", sino "como un gato sin dueño", lo que viene a ser lo mismo, o similar.
miércoles, 14 de enero de 2015
EL PUÑO DE LA DIGNIDAD
Nada desaparece, todo se
transforma. Que el rap es la poesía social de nuestros días, el refugio de palabras de una
juventud marginada y rebelde, la canción protesta que ganó adeptos en los
sesenta y los setenta y los ochenta, el romántico desahogo de tantas y tantas
causas perdidas, es una realidad que ya a pocos puede sorprender. Y todo en
medio de un espíritu de cambio imprescindible, de redemocratización y de conciencia ciudadana que ocupa
las calles y las plazas y levanta ilusionada y esperanzadoramente el puño de la dignidad.
Me reenvía Federico, mi hijo adolescente, el vídeo mordaz que circula por los pasadizos de Internet. Transcribo el texto:
Me reenvía Federico, mi hijo adolescente, el vídeo mordaz que circula por los pasadizos de Internet. Transcribo el texto:
Hablo con tristeza desde un país
reprimido
Ya no hay rabia, ya que nos la habéis prohibido
Quizá fue disney quien os
sobornaraYa no hay rabia, ya que nos la habéis prohibido
Porque nuestros derechos ahora
No son más que un cuento de hadas
¿El sistema? Funciona
perfectamente
El honrado sin trabajo y al poder
los delincuentes
Mira a raj-hoy raj-oayer y
rajarámañana
Claro que no hay crisis si no
escuchas la voz ciudadana
Pregúntale a la anciana enferma y
desahuciada
O a los familiares de los que se
quitaron la vida
Aunque es probable que no puedan
decir nada
Con el alma amordazada y las
bocas cosidas
Querida españa, el intelecto está
de más
Que si sálvame, viceversa, que si
el pequeño nicolás
Y que emigren los mejores y uf
qué tarde
Invito a putas mi tarjeta black
está que arde
Aren’t you ashamed? Oh, sorry, ¿no comprende?
Relaxing cup of... que ni google
os entiende
¿No es vergonzoso que un rapero
cualquiera
Pueda dar clases de idiomas a las
altas esferas?
¿Ves esto? Tu sanidad y tu
educación
La de tus hijos y el futuro de
vuestra nación
Suelta la plaga hecho el negocio muerto
el perro...
Ya no hay ébola, y a repartir
entre los socios
Nuestros países la definición de
la utopía
¿Qué democracia, si nos coláis la
monarquía?
Familias con hijos discapacitados
que viven al día
¿Y luego hay que pagaros vuestros
viajes y cacerías?
Es triste casi nadie mueve un
dedo
Robots idiotizados y educados con
el miedo
Quitadles sus derechos, les dará
igual
Prohibid el fútbol y preparáos
para la tercera guerra mundial
A veces quisiera no haber nacido
Vivir en mátrix no tiene sentido
Y me quedo corto cuando digo que
es algo nauseabundo
Que la ley te multe por luchar
contra el corrupto en este mundo
Me dais asco os lo digo con
cariño
Como el cura en su sermón para
violar a un pobre niño
No creo en dios ni en la verdad
absoluta
Pero sueño en un infierno para
tanto hijo de puta
jueves, 8 de enero de 2015
LOS IMPOSTORES
Por exigencia del guion (eso que
en la jerga educativa sacralizamos con el nombre de temario), hablábamos en
clase de Tartufo, la comedia quizá más
conocida de Jean-Baptiste Poquelin. Fue entonces cuando cualquier alumno apuntó
el título de la película de Woody Allen Match
Point: según parece, el director de Manhattan reconocía en una entrevista haberse
inspirado en este clásico de la literatura francesa. Por mi parte, creí
oportuno ilustrarlos con alguna otra referencia literaria (Borges orbitaba en mi
pensamiento, pero no sé si lo mencioné), hasta desembocar en la última novela de Javier Cercas, que no he
leído, pero de la que sé que está basada en la historia real de Eric Marco, un
catalán que saltó a la fama cuando, hace algunos años, se descubrió que se había
hecho pasar por superviviente de un campo de exterminio nazi. Naturalmente, no
hizo falta tensar la agradecida cuerda de las analogías para que salieran a la
palestra personajes reales y actualísimos, como el notorio Nicolás (que decía
colaborar con el Centro Nacional de Inteligencia) o el otrora yerno del rey, un
tal Urdangarin, ahora imputado cuñado del vigente (que se instaló en la borbónica familia
con el aire acomodaticio de un buenazo).
Luego, ensimismado ante el café de media mañana, se me ocurrió que el de la impostura es un territorio que literariamente me seduce, y me acordé (he de añadir que con una punzada de satisfacción) de dos relatos de La sonrisa del ahorcado por los que todavía siento algún apego: “Cartas al director” y “Discurso del Nobel”.
Luego, ensimismado ante el café de media mañana, se me ocurrió que el de la impostura es un territorio que literariamente me seduce, y me acordé (he de añadir que con una punzada de satisfacción) de dos relatos de La sonrisa del ahorcado por los que todavía siento algún apego: “Cartas al director” y “Discurso del Nobel”.
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