domingo, 9 de abril de 2017

Siempre la Luna guarda un recado para los que la miran. Hace un momento, mientras volvía de arrojar varias bolsas con desechos a los depósitos que la autoridad dispone, me ha susurrado estos versos que me apresuro a registrar:
Soy la misma de ayer, la de mañana;
la que existe en los ojos de los hombres
que fueron y serán, como en los tuyos.
A todos sobrevive mi presencia
redonda y femenina, el hechizo
que dice su misterio a los que aman
y asesina a un poeta cada noche.
Guárdate de ser tú, vuelve a tu nido.

sábado, 8 de abril de 2017

Se llama vacaciones, pero no es cierto; o, al menos, no es del todo verdad.

viernes, 7 de abril de 2017

Echo cuentas desde la modorra de sofá que mira al techo y concluyo que, si dispusiera de tiempo a mi antojo, aún necesitaría un sexenio solamente para inventariar las empresas aplazadas u olvidadas y para retomar y definir los antiguos borradores; esto es, para poner orden en las cosas mediadas y, por así decirlo, limpiar mi currículum de frustraciones. Sería entonces, si dispusiera de más tiempo a mi antojo, cuando uno podría entregarse a nuevos proyectos, muchos de ellos ya esbozados o guardados bajo llave en algún lugar de la memoria, y volver a disfrutar de una obra por delante.
Soñar despierto se encarece por horas.

jueves, 6 de abril de 2017

Me bajo de un salto en la parada del Palacio de Justicia, ávido de callejear por el centro. Aunque no he sido ningún calavera, ningún noctámbulo de los de antro fijo y camaradería de barra, tengo años para reconstruir en cada esquina ese rostro y esa imagen de entonces, esa anécdota perfectamente ubicada que ahora se recrea en la memoria. He vivido en varios inmuebles de la zona, he dejado parte de mí en todos ellos.
Mis huesos acaban, como de costumbre, en una librería, donde paso revista al expositor de novedades. Entre ellas, De qué hablo cuando hablo de escribir, un sugestivo título de Murakami que a mí me retrotrae a De qué hablo cuando hablo de correr (maratoniano Murakami) y que al más simple rastreador de títulos ha de llevarlo sin duda al clásico De qué hablamos cuando hablamos de amor, los cuentos de Carver. He estado a punto de comprarlo.
Después reparo en una selección, aun así voluminosa, de los diarios de Paul Léautaud, aquel personaje. Abro al azar por el viernes 7 de abril de 1944, y leo: "Al volver de mis compras, me he encontrado con Picasso, en la calle Jacob. Yo estaba en una acera; él, en la otra. Ha cruzado para venir hacia mí"; y continúa con el registro de la breve conversación que ambos sostienen sobre la guerra que se está librando en Europa. He estado a punto de preguntar el precio.
Cuando salgo, el sol todavía no se ha ido de los edificios más altos.

miércoles, 5 de abril de 2017

De pequeño, en mi pueblo no se sabía lo que era un pediatra, o al menos mi inocencia de niño no conoció a ninguno. Médicos había dos, el gratuito que lo atendía todo y a todos, y el de paga, que aceptaba visitas en una sala de su propio domicilio. Si el médico de familia así lo creía, derivaba al enfermo a una consulta específica en Murcia, la capital, para que lo vieran y trataran otros ojos y otras manos más experimentados, lo cual significaba dos horas de ida y dos de vuelta en el viejo coche de línea, más la propina de un día desperdiciado entre ruidos y distancias, comiendo la merienda en cualquier banco de cualquier parque, ninguneado por la urbe, con una indescriptible sensación de extravío.
Con el ejercicio de la paternidad he frecuentado a unos cuantos pediatras, y en verdad que los hay para todos los gustos. Unos son más alarmistas y otros interpretan los síntomas con una naturalidad pasmosa; unos escupen su diagnóstico casi con rencor y otros se demoran explicándolo con afectación pedagógica; unos se hacen con la voluntad del paciente desde que entra por la puerta y otros lo auscultan con remilgos y lo trastean temerariamente, como si fuera un trapo o un robot.
Hoy me he topado a un pediatra que, pese a rozar la edad de jubilación, aún no conocía, un hombre a quien no sé dar nombre y que se define en la medianía de cualquier extremo, sobrio y amable en la medida justa, discreto, dibujado en unos rasgos que no sabría recordar.

martes, 4 de abril de 2017

Uno llega exhausto, casi sorprendido de que le quede un resto de energía para destapar aún el ordenador y poner los dedos sobre el teclado. Tantos asuntos pendientes, tantas tareas circunstanciales que no se terminan nunca, tantos aplazamientos forzosos que supeditamos a los hábitos domésticos, tantas urgencias que imponen su criterio confuso. Ahí me aguarda la novela estancada desde hace un año, por aquí y por allá los poemas que se me extraviaron sin darles al menos el cobijo de un volumen y que a esta altura ya no sabría recuperar, y sobre todo, por todas partes, las ganas cautelosas de emprender algo nuevo, la necesidad de concederme la ilusión de un orden perdurable.
Con los ojos enrojecidos de cansancio, agotado el cerebro, sin ideas sensatas, dejo atrás los renglones y vuelvo a cerrar la máquina. Me desnudo a tientas y compruebo que sigue activa la alarma que me despertará mañana, como cada mañana, fija en la misma cifra.
Ya duermo.

lunes, 3 de abril de 2017

La técnica es un instrumento al servicio del talento; la disciplina y la voluntad, también. Cualquier inversión en el sentido de los factores abrirá mil puertas a la impostura y a la mediocridad, aunque no es improbable que por alguna de esas puertas se cuele el espectro de lo que llamáis éxito.
El primer verano apareció un gato que se dejaba querer y lo bautizamos Rubén, para que fuese inseparable de Darío; el siguiente ya merodeaba un rival al que le pusimos Gustavo, para que se prolongara la estela de poetas ilustres. Rufino estuvo en su mano unos minutos, pero desde entonces todos los caracoles que nos salen al encuentro llevan el mismo nombre. También se presentaron los perritos Toby y Nico, uno marrón y el otro blanco, cuya mamá, invariablemente, solo puede ser Helena.
Poco a poco fueron llegando las reproducciones de plástico: los inseparables Ramón, el elefante, y Manolo, el león; las dos cebras idénticas que la intuición llamó Rosana y Felipa; el mamut Carlos, que extraditó Federico de su intercambio francés; la jirafa Rafa; el dinosaurio Florentino. Hay un rinoceronte y un hipopótamo que permanecen aún sin etiquetar, en su limbo de juguete.
A la mona Saltarina del cuento de papel y al cocodrilo Drilo de la pandilla de moda, ya con sus respectivas nominaciones de origen, hubo que añadir el ejército de peluches: la vaca Lola (que tiene cabeza y tiene cola), el elefante Pepe (insólita asignación del propio Darío) y un largo etcétera que todavía no ha merecido el preceptivo baño del Jordán.
Mientras haya quien nos nombre, sabremos que existimos.

domingo, 2 de abril de 2017

Entre la caricia y la cosquilla se libera el preciso dominio del placer; salvo que la naturaleza indomable -que huye de convenciones, que coquetea con lo mórbido, que suscribió un pacto secreto con lo prohibido y extremoso- también indaga su verdad por otros cauces.

sábado, 1 de abril de 2017

Mi afición a las frases elocuentes, a los aforismos y sentencias, viene de lejos. Todavía no me afeitaba la barba cuando leí o capturé al vuelo estas palabras que luego registré en cualquier cuaderno: "El Arte es una amante celosa, que no admite rivales". Es probable que desde entonces me haya afeitado alrededor de cinco mil veces, según una estimación aproximada, y que me haya susurrado esas mismas palabras en cientos de ocasiones, y que mi fe se haya inclinado ante el compromiso noble que destilan. Sin embargo, hasta hoy no había reparado en que nunca me las tomé demasiado en serio (ya saben: me casé dos veces, tuve tres hijos...). Sé que la mayor parte de quienes se sueñan artistas han afrontado algún día la dolosa disyuntiva de elegir entre acomodarse a una forma de vida y entregarse a la tiranía de una obra. Yo no: yo nunca calculé seriamente que una familia (o dos) pudiera ser impedimento para mi carrera literaria; yo siempre confié en que ambas, familia y carrera, se realizarían codo con codo, sin estorbarse, cómplices de un único destino; yo...
Temo que hasta el último latido me acompañará la duda de lo que hubiera podido ser (de un lado) si no hubiera sido cuanto fue (del otro lado).