jueves, 19 de enero de 2017

Lo vengo constatando desde hace unos cuantos lustros, de manera que ya puedo cifrarlo en décadas: cada vez que se me impone el comentario en clase de algún texto de la denominada Generación del 98 concluyo que aquello que se escribió hace más de un siglo es, por desgracia, perfectamente extrapolable a la España de hoy; bastaría tapar la fecha y el nombre del autor. Azorín y Valle-Inclán, sobre todo, pero también Unamuno y Baroja, evidencian más que nunca nuestra orfandad en el examen riguroso y la interpretación de los problemas sustanciales, profundos, como sociedad y como país. En muchos aspectos seguimos en el mismo sitio, tan orgullosos como entonces de nuestros cerrilismos e ignorancias. Sobrecoge el déficit actual de intelectuales de altura, verdaderamente comprometidos con las causas perdidas, que sepan hacerse oír.

miércoles, 18 de enero de 2017

Nieve en la ciudad. Estas mismas palabras las escribí hace justo veinticuatro años, en un cuaderno que usé como diario durante mi erasmus en Turín. Nieve en la ciudad. Las recuerdo con asombrosa nitidez sobre la cuadrícula, como única anotación de aquel día lunes primero de marzo de 1993. Hoy la ciudad es Murcia, y la nieve una rareza del cielo, un capricho de proporciones casi inverosímiles, una fiesta.Y yo un observador que dobla su edad de entonces y mira desde la ventana del aula y asiste al desasosiego contagioso de unos alumnos que nunca han visto nieve en la ciudad, no en esta.

martes, 17 de enero de 2017

La víspera de san Antón se prendían altas hogueras -nosotros las llamábamos castillos- en el punto en donde las calles se ensanchaban. Acudían vecinos de cualquier edad, aunque destacaba el jolgorio iniciático de niños y adolescentes. Se asaban patatas en los rescoldos y se bebía de alguna bota de vino que pasaba de mano en mano. Era el tercer y último castillo señalado por la tradición, el que cerraba el largo mes de la pascua, un periodo que se abría en diciembre con la hoguera de la Purísima (víspera de la Inmaculada) y se repetía la noche previa a santa Lucía. El 17 de enero, por la mañana, los animales domésticos y de labor, sobre todo burros y caballos, salían en procesión al lado de sus dueños, ataviados los unos y los otros con el mejor aparejo que se les podía buscar. El cura les dedicaba una misa y luego, al terminar, se les iban entregando unos grandes rollos bendecidos, amasados con el fin de agradar a las bestias. Hablo de una geografía y de una época que hoy evoco con cierto regusto exótico, como si ya pertenecieran al extravío de la imaginación.
Dicen quienes la vivieron que algunas amistades de la mili pueden durar toda la vida. Yo no la hice -la mili-, pero mi padre transcurrió dieciséis meses de su juventud en un acuartelamiento del norte de África. Allí conoció a Marcos, un muchacho de la vecina Caravaca, y pronto se hicieron inseparables. Aunque todos sufrían carencias, las de Marcos, al parecer huérfano, eran todavía mayores, así que mi padre le iba prestando algunas monedas que al final de sus respectivos servicios a la patria sumaban una cierta cantidad.
A los pocos meses de licenciarse, el amigo vino al pueblo y buscó la casa de mis abuelos para devolver, íntegro, un dinero que mi padre, tajante, rechazó. Después Marcos se instaló en Barcelona, formó una familia y montó un negocio en el que le iba bien, y cada verano, cuando venía a visitar a sus parientes de Caravaca, llamaba a mi padre por teléfono y quedaban para comer y pasar juntos unas horas.
Hace semanas le pregunté por su amigo Marcos. Me dijo que este año no se habían visto; peor: me dijo que la última vez que se vieron el otro le confesó que estaba bastante jodido, problemas de salud, evitando pronunciar la palabra cáncer. ¿Pero tú lo has llamado, a ver qué pasa? La respuesta de mi padre, pausada, discreta, se desbordó de una serena emotividad:
-Yo no voy a llamar a ningún teléfono para que me digan que se ha muerto.

lunes, 16 de enero de 2017

A muy pocas jornadas para agotar mi año cuarenta y nueve, dos modestas certezas: la primera, que no ser joven no significa ser viejo; la segunda, que no ser viejo no significa ser joven. Todavía.
He notado que hablar con desapego del dinero y de los recursos materiales, de las falsas ilusiones que a muchos les procura la posibilidad de adquirirlo en un golpe de suerte -en forma de lotería del Estado o por otros medios igual de lícitos-, puede herir a quienes suspiran por un cierto desahogo, aunque no les falte para cubrir las necesidades esenciales. ¿Pero cuáles son, y según para quién, las necesidades esenciales? He notado, sí, el reproche silencioso de sus rostros, como si con mi discurso desprendido y mi elogio de los hábitos austeros -yo, que recibo un sueldo de funcionario y se me presume una posición holgada- estuviera sucumbiendo a una falta grave, de hipocresía o de soberbia o, acaso, de insólita insolencia. Desde ahora me callaré mis convicciones a este respecto.   

domingo, 15 de enero de 2017

Salió ayer, con Helena, en el coche, el tema de la puntualidad. De sus dos mejores amigas, hay una tradicionalmente más tardona, de modo que cuando las tres quedan para salir fijan una hora, sí, pero existe el acuerdo tácito entre la otra y mi hija, a escondidas de la más tardona, de retrasar la cita con un margen determinado para presentarse las tres a la vez, o más o menos a la vez.
Parece que coincidimos Helena y yo en que cuando proponemos, por ejemplo, estar en un sitio en cinco o en quince o en veinticinco minutos no hacemos una estimación vaga, aleatoria, sino que multiplicamos mentalmente cada minuto por los sesenta segundos que contiene con un alto grado de fiabilidad, a expensas de que luego, por los imponderables, podamos oscilar un par de minutos arriba o abajo.
Yo, con frecuencia, cuando voy solo, me marco el propósito de llegar con algún retraso a un encuentro, aposta, para prevenirme de la segurísima impuntualidad de la otra parte; sin embargo, siempre me sobra tiempo, y entonces me dedico a callejear o a mirar escaparates o a acechar a quien acude tarde adonde dijimos y aún no me ve y hace amago de usar su teléfono móvil.
Puestos a elegir, Helena y yo preferimos esperar a que nos esperen: es insufrible imaginar que has dado tu palabra a alguien y que ese alguien está mirando nerviosamente su reloj y acordándose de ti, y tú no apareces.

sábado, 14 de enero de 2017

Me despierto temprano, con esa urgencia inexplicable del impulso creador. En la cama procuro no moverme, limitándome a fraguar con el pensamiento y a fijar en la memoria las palabras precisas, pues sé que si se me extravía una sola o la cambio de lugar es muy posible que malogre el tono y se desmorone la idea. Sin accionar la llave de ninguna luz ni abrigarme con la bata que ahora no sabría encontrar, salgo a tientas, en busca de un papel y un lápiz. Escribo al dictado y regreso al calor de las sábanas. Diez horas después, leo el garabato con los tres versos del hayku y siento como un fraude el rapto de la inspiración madrugadora, esa pausa creativa que excitó mi desvelo. Detengo mis dedos sobre el teclado, dudo unos minutos; pero al final lo transcribo:
Sé de los años
que pasan como balas; 
ya ni me rozan.

viernes, 13 de enero de 2017

Recibí, con pocos días de distancia, sendos ejemplares de dos publicaciones multitudinarias en las que figuran mi nombre y una muestra de mi poesía. Lo que me sorprende es que llamaron a mi puerta sin que yo moviera un dedo; de hecho, ni en uno ni en otro caso conozco aún a los emprendedores y ejecutores del bonito suceso, y me maravilla que supieran encontrarme.
La primera es el número 6 de la revista La Galla Ciencia (se subtitula "Los poetas sensatos", qué curioso), que recauda una entretenida selección de treinta y siete autores nacidos entre 1963 y 1993, de los cuales apenas ubico a media docena. Lleva impreso, con mi permiso, el poema Helena [25-04-2016], que hoy por hoy es acaso la mejor muestra que puedo ofrecer de (con perdón) mi arte.
La segunda es un volumen antológico de poetas murcianos contemporáneos, Composición de lugar, donde, si no he contado mal, cohabitamos cincuenta y cinco. Aventura más o menos previsible, opino que ni somos todos los que estamos (en mi caso, con cuatro poemas) ni estamos todos los que somos. Si por prudencia me ahorro detalles de aquel grupo, del segundo diré que siento gravemente la omisión, quizá por desconocimiento, de La memoria inventada y de La pradera de los asfódelos y otros poemas inevitables, los dos títulos más auténticos, más genuinos, que han pasado por mis manos murcianas. Sus artífices respectivos: Javier Orrico y Jose F. Kosta.
Por lo demás, mi eterna gratitud a unos y a otros.

jueves, 12 de enero de 2017

Inesperadamente, me quedo solo durante buena parte de la tarde. Lo que con frecuencia tiendo a imaginar como una situación idílica, como una maravillosa oportunidad para centrarme en mis lecturas y para que nada ni nadie me distraiga de un sinfín de proyectos tanto tiempo aplazados, se torna poco a poco en una tregua enojosa que acabo malgastando en tediosas tareas, en turbios despropósitos. Está claro que sin hábito no hay monje.