lunes, 12 de septiembre de 2011

EL TERROR

Me pregunto cuántas veces habrá sido narrado, qué palabras imposibles se habrán solidarizado con el terror de las imágenes.
Aquel día yo terminaba de comer y de tumbarme como solía en el sofá de casa, con mi hijo de seis meses encima, y había pulsado el mando a distancia con una vaga expectativa de sorpresa ante lo que pudiese estar pasando en este mundo. Pero me topé de repente con el comentario aturdido de Matías Prats y con esa primera impresión de que una avioneta habría chocado por accidente contra un edificio de Nueva York, de cuyas plantas más altas se propagaba una gran columna de humo visible desde toda la ciudad, y visible, también, en todas las televisiones del planeta. El segundo impacto es ya un hito en la historia de la información, porque se retransmitió en un directo tan riguroso que ni siquiera el locutor supo si era verdad lo que él y yo veíamos por primera vez y con un estupor simultáneo: aquello no estaba previsto en la programación ni formaba parte de la cabecera del noticiario, pero se había colado ya para siempre en nuestras vidas, la bola de fuego inmediata no dejaba lugar a dudas. Hasta aquí la imagen global del terror; el resto es una sucesión de vidas y de muertes contadas, de experiencias que se enristran para conjurar a los azares, de palabras que se esfuerzan en decir lo indecible.

sábado, 10 de septiembre de 2011

21 GRAMOS

¿Cuántas vidas vivimos? ¿Cuántas veces morimos? ¿Cuántas...?
Una película de 2003, escrita por Guillermo Arriaga y dirigida por Alejandro González Iñárritu, donde la estructura del azar se da un abrazo con la poética del destino para depararnos una historia llena de conexiones insospechadas -entre la paz y el abismo no hay frontera, como tampoco ha de haberla entre el cielo y el infierno- que invitan a la reflexión, y que durante un par de horas nos reconcilian con lo humano para entender y soportar algo mejor el tenue baile de letras que se insinúa entre la casualidad y la causalidad.

viernes, 9 de septiembre de 2011

SOCORRO

Mientras regresaba del instituto, a mediodía, dando un plácido paseo de quince minutos, me he topado a la puerta de un colegio con ese grupo inconfundible de madres jóvenes y de abuelos jubilados que aguardaban la salida de los niños tras su primer día de este nuevo curso. Para algunos habrá sido también el primerísimo día de sus vidas en calidad de alumnos, seguramente inconscientes de que con él, hoy, inauguran un periodo de no menos de diez o doce años de escolaridad, a los que habrá que sumar, si la cosa funciona, todos los que sepan ganarle al bachillerato y luego a la universidad. Y me he acordado de aquel chaval de casi cinco inviernos que tal día de tal septiembre acudió nervioso y pálido a la misma cita, de la mano de su madre, y que después de varios ruegos y preguntas sin éxito forzó a la maestra a cerrar con llave por dentro, hasta que cesara su llanto irrepetible. Si a quien me llevaba de la mano y a mí mismo nos hubieran dicho entonces que mi paso por las aulas se extendería dos décadas y que, casi sin transición, cada septiembre continuaría reiniciando el curso y las clases hasta después de los cuarenta, ya como profesor, no hubiéramos acertado a imaginarlo. Hoy sigue en la memoria de mi olfato, con su resto de pánico invencible, el perfume que gastaba aquella señora gorda y vieja, maestra cuyo nombre, acaso para coronar la escueta verdad con un guiño estructural siniestro, no podía llamarse de otro modo: doña Socorro.

jueves, 8 de septiembre de 2011

INSOMNIO

Anoche se repitió, como anteanoche y como la que las antecede. Llevo casi toda la semana tardando en conciliar el sueño, lo cual no ha de interpretarse en modo alguno como preocupación (¿quién convirtió en sinónimos eternos el "desvelo" y los "problemas"?), sino que, en mi caso, es más bien lo contrario: la señal exacta de que a mi cerebro y a mi sistema nervioso han regresado antiguas inquietudes, la alegría inefable de que ya se me insinúa y me empuja la certeza de nuevos proyectos literarios, la obviedad de que a mi obstinación o a mi talento los acompaña por fin el optimismo, después de un largo periodo de hastío contemplativo, encharcado de perezas. Y la inercia de las cosas me ha traído aquí, susurrándome al oído que había llegado la hora de restaurar mi diario abierto, mis queridos retales, a la luz de este propósito.

viernes, 8 de julio de 2011

SUSPENDIDO POR REFORMAS

Hace tres años y medio que inauguré esta página. Desde entonces, con más o menos regularidad, sorprendidos de su extraordinaria inmediatez y de la atención de media docena de seguidores fieles y de otros tantos ocasionales, han ido apareciendo artículos y reflexiones, notas críticas y relatos, algún poemilla, pensamientos viudos, meras ocurrencias de diario personal que ya pertenecen a su día y a su hora, a su instante y a su noche. A veces dudé de la rentabilidad de estos textos que surgían espontáneos de un diálogo con amigos, de un paseo solitario por la ciudad o de una lectura recién. Admito que a menudo padecí en primera persona el ancestral reproche de quienes se saben o se quieren escritores y temen dilapidar su talento y su energía en empresas menores, en bagatelas que nunca los sacarán de este barro donde chapotean mil brazos con ansias de celebridad y de gloria. Afortunadamente, supe sortear el derrotismo arguyendo para mí mismo que este espacio, que estos retales robados a mi alforja, me ayudaban a enderezar mi ánimo confuso y decían por mí lo que, sin el hábito providencial de este blog, tal vez nunca hubiera sabido decir, o no de ese modo.
Con el final de curso y la llegada del calor, en estos primeros días de julio me ha sorprendido una desconfianza que me neutraliza, un desapego verbal que ni siquiera podría ampararse en la pereza o en la ausencia de ideas, sino en la sensación creciente de que todo lo que escribo ya fue escrito, de que mis devaneos reflexivos han adoptado poco a poco el molde de la trivialidad, de que ante la falta de motivación que me embarga suelo naufragar como un insensato en la misma receta elegíaca que gasta un amplio y actualísimo sector de versificadores autóctonos. O acaso es que me ha vencido una fiebre tan simple como el hartazgo de incertidumbre, esto es, el empacho que se deriva de pretender lanzar a la blogosfera mi mensaje en la botella con una inmediatez periódica que paradójicamente no encuentra la respuesta ni el debate inmediatos. Ahora ya pienso en alguna salida, en las incontables alternativas posibles para no echar el cierre definitivo. Pero necesito tiempo, y me lo voy a tomar.
Disculpen las molestias. Gracias singularizadas, a cada uno y a cada una, por la complicidad y por el desacuerdo, por las opiniones vertidas, por los gestos... y, en fin, por haber estado ahí. Salud!

domingo, 26 de junio de 2011

MIL COSAS SECUNDARIAS

A finales de los ochenta, en una cita de autoridad que Antonio Muñoz Molina antepone a una de sus novelas, leí y retuve con aquel fervor de entonces que "existe un momento en las separaciones en el que la persona amada no está ya con nosotros".
Hoy, hace unos minutos, tras varias semanas abocado al placer irrepetible de saborear los universos sutiles de Gustave Flaubert en La educación sentimental, casi al final, justo en la página 608 de mi edición, me he topado con esas mismas palabras y he sentido el impulso antiguo de subrayarlas en rojo, como si todo el proceso de mi lectura se sostuviera sobre un extravagante reencuentro que ya se prolongaba más de veinte años. Se me ha ocurrido que entre ambas citas que sin embargo son una y la misma se alza un paréntesis inequívoco, uno de los tantos que abren y cierran nuestros pasos por el mundo; y me he preguntado, pese a que el lector de hoy no es ni por asomo el lector de ayer, si entre aquel joven universitario y el adulto que ahora escribe podrá siquiera atisbarse algún espacio de sentimientos educados -llámese madurez, si se prefiere.
Después, febrilmente, he leído las cinco páginas del último capítulo y me he permitido anotar otra genialidad casi epilogal, casi póstuma:
"Y resumieron sus vidas.
Ambos las habían malogrado, tanto el que había soñado con el amor como el que había soñado con el poder. ¿Cuáles podían ser las razones?
-Quizá haya sido por falta de una línea recta -dijo Frédéric.
-En cuanto a ti, es posible. Yo, al contrario, he pecado por exceso de rectitud, sin tener en cuenta que hay mil cosas secundarias que son más fuertes que todo. Yo tenía demasiada lógica y tú demasiado sentimiento.
Acusaron luego al azar, a las circunstancias, a la época en que habían nacido".

sábado, 25 de junio de 2011

RELACIONES INTERMITENTES (11)

La víspera de San Juan fue sin duda el día más caluroso de lo que llevamos de año. Me encaminé hacia la parada de Gran Vía para alcanzar el rayo-bus número 80 de las 9.15, último servicio. Una joven a la que tal vez doblaré en edad salió del supermercado y se anticipó a mis pasos para reinar durante un trecho de la acera con los suyos de tacón alto. Llevaba un minipantalón azul muy ajustado que concluía muy arriba para más exagerar la generosidad de sus piernas; salvo que la guinda de su andar altanero se significaba en la doble firmeza de unos pechos que presionaban contra la blusa con la mano impostada de la cirugía. Permaneció de pie junto al bordillo, impasiblemente esbelta, ejecutando un desdén aprendido de las divas. Yo también esperé, delante o detrás, gestionando mi no menos aprendida indiferencia cobarde. Llegó el número 80; ella subió primero y yo después; ella buscó el final entre las dos hileras de asientos y yo también. Se me ocurrió que si esta fuera la escena de una película o la página de una novela alguien forzaría las cosas para llevarlas a un terreno interesante. En el barrio del Carmen la muchacha hizo un gesto que solo intuí, pero que valió para que por una vez posara mi mirada en unos ojos, los suyos, que en ese instante que se abasteció de cuatro o cinco segundos retaron a los míos con un principio de saludo o de reconocimiento. Casi sin transición, el rayo-bus número 80 había estacionado y ella descendía los peldaños hasta saltar a la baldosa. Se perdió en un recodo de ensueño entre el atardecer y los primeros signos de la noche, y no hubo más. Fue sin duda el día más caluroso de lo que llevamos de año.

jueves, 16 de junio de 2011

COMO UNA MUTANTE

"A veces me despierto en plena noche con el claro sentimiento de que la novela es algo tan infinito como la sucesión de los cuerpos celestes, más allá de toda posibilidad matemática o imaginativa, y que lo que llevamos hecho es su prehistoria, su primer planteo. También veo la novela como una mutante, un vehículo del hombre que irá reflejando transformaciones vertiginosas e inconcebibles. La novela es una forma de multiplicar la realidad".

Este fragmento de Julio Cortázar (ignoro la fuente exacta) lo escribí a mano en un folio suelto, no recuerdo dónde ni cuándo, o tal vez sí: en un aula de la Facultad, en algún seminario de algún curso de Doctorado. El otro día arrojé al contenedor de papel varios kilos de apuntes y de fotocopias de aquel tiempo, casi todos subrayados y anotados en azul y rojo, y luego estudiados para rendir exámenes u oposiciones; en fin, incontables horas de secretos afanes. Ante la expresión interrogativa de mis padres, que no daban crédito a tal volumen de desprendimiento, sentencié: hay que tirar lastre para seguir avanzando, para seguir creciendo.
Pero este folio con esta cita de Julio Cortázar parecía estarme esperando más de dos décadas, milagrosamente inmaculada dentro de un archivador y con algunas apreciaciones, sin duda prescindibles, debajo:
- Silogismo en forma de tríada hegeliana.
- En arte, el término 'evolución' ya no sirve, porque se opone a 'creación'.
- Cortázar ve la novela como una mutante, lo que significa dos cosas al menos: que ya tiene suficiente historia como para ser tenida en cuenta; y que a partir de ahora solo cabe su mutación, el cambio cualitativo o cuantitativo, siempre hacia adelante.

Me pregunto qué quise decir con todo eso que hoy no acabo de entender, qué profesor olvidado lo insinuó desde su tarima para que mi bisoñez de entonces lo trasladara al folio. Y, sobre todo: ¿por qué el otro día lo rescaté de entre tantos mamotretos fatigados que mis manos ya no volverán a tocar, nunca más?

viernes, 10 de junio de 2011

RESOLUCIÓN, POR SIEMPRE

Tomo por el lomo la obra completa de Jaime Gil de Biedma para reencontrarme con aquel poema suyo donde se evocan las lejanas noches de un lejano mes de junio, unos versos de los que a mi vez suelo acordarme vivamente cuando vuelven estos días, mejor dicho, la ilusión de aquellos días de los exámenes finales y de las calenturas de otra edad frente a un balcón abierto de par en par. Pero voy pasando las hojas de papel de biblia y no hallo lo que busco -sépase que no es esta la misma edición que solía acudir a mis manos-, y mi urgencia se distrae de su primer impulso demorándose con otras páginas que me sé de memoria -pandémica y celeste, infancia y confesiones, t'introduire dans mon histoire, no volveré a ser joven-, hasta dar con la que un azar más poderoso que la propia voluntad me obliga a transcribir ahora, para mí, para nadie, aquí mismo, por siempre:

Resolución de ser feliz
por encima de todo, contra todos
y contra mí, de nuevo
-por encima de todo, ser feliz-
vuelvo a tomar esa resolución.

Pero más que el propósito de enmienda
dura el dolor del corazón.

J. GIL DE BIEDMA

lunes, 6 de junio de 2011

LOS ALBARICOQUES

Llega este tiempo con sus amaneceres tibios y con su luz nueva que se anticipa al verano del calendario, y es como si a uno le destaparan el frasco de las sensaciones adormiladas y todas se fundieran en la nostalgia unívoca de una imagen, de un sabor, de una cultura que se aleja.

Ya en la primera edad, pero sobre todo en la adolescencia, los muchachos salíamos a los caminos que dibujaban la huerta -aquella huerta de la que se alimentaba aquel pueblo- para alcanzar como un regalo la primicia del fruto verde, su textura de cáscara agria. Poco a poco, los árboles se iban cargando de jugosas bolas amarillas que de un día para otro pretendían disfrazarse de rojo, y entonces a los muchachos dejaban de interesarnos porque ya había desaparecido la emoción de las primeras veces, esa inquietud de novedad cíclica que infaliblemente regresaba año tras año. Mientras maduraban en lo alto de las ramas, nosotros, los de entonces, raspábamos los huesos para fabricar silbatos o nos pasábamos las horas muertas de la siesta ensayando con ellos juegos austeros sobre las baldosas, juegos fáciles como el de las tres en raya, u otros que la fragilidad de mi memoria habrá extraviado en las galerías del olvido. Durante una o dos semanas, muchos chicos de catorce o quince años dejábamos de acudir al colegio para ayudar a nuestras familias en la tarea de la recolección, pues los precios que las conserveras ofrecían a través de sus intermediarios nunca fueron los más justos para salvar la temporada del pequeño productor, y, por contra, los jornales seguían subiendo y subiendo.

Cuando viajé a otra ciudad con la excusa de mis estudios, mi padre continuó acudiendo sin descanso al reclamo de sus árboles, continuó adelantándose a la luz de la mañana y transitando los caminos de la huerta en esos amaneceres tibios que colman mi evocación de tantos junios. Hoy contemplo el cesto lleno con los "abercoques" que sus manos, las manos de mi padre, han traído a mi mesa y amarillean sobre el mantel, y siento en una ráfaga de sentimientos la verdad marchita de su encanto, la promesa efímera de las labores que ocuparon aquel tiempo.