jueves, 30 de marzo de 2017

Los apóstoles de la digitalización compulsiva, los adoradores de la pantalla eléctrica, los fieles de la divinísima Internet, los satanizadores del papel y la tinta, los fundamentalistas de la modernidad más desalmada, han tomado las aulas, y anuncian que vienen para quedarse. A saco, sin filtro, con esa fijeza dócil y perentoria que les va abriendo las puertas de su cielo. Su credo es tan convincente que cada día suma adeptos: no se puede luchar contra el futuro, al parecer irreversible; no se puede ir contra la corriente de unos tiempos que encumbran la virtualidad y la inmediatez, que se felicitan de la globalización de lo superfluo. Inútil recordarles que hay futuros que no tienen porvenir.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Si en el corazón de la mañana de miércoles se abre un hueco no esperado, un regalo de la providencia del docente, yo echo a andar sin rumbo y me dejo conducir por la dulce inercia de aceras, de jardines y de plazas. La ciudad se exhibe, bulliciosa, indiferente a quienes existen sometidos a horario y nómina. Rebaños de turistas con su estrafalaria pose de turistas y oleadas de muchachos que cargan con sus mochilas a la espalda colonizan los adoquines bajo un sol ya no de marzo, ya más de abril. Sentado al resguardo del toldo en la terraza, el enigma de un hombre da sorbos al café, agradece los dones y las vistas y atrapa en su libreta el mismo verso, la misma plenitud de tantas veces, quizá con otra música.
Respiro aquí mi fe,
henchido de esta brisa
sin promesas ni altares,
sin después que me obligue
ni ayer que me doblegue.
Respiro aquí: me basto.

martes, 28 de marzo de 2017

Tras una larga temporada replegado en mi concha, los astros se alinearon para que en el intervalo de una semana haya acudido a un par de presentaciones, una de un texto teatral y la otra de un ensayo muy crítico sobre el estado de la enseñanza en España. Ambas me captaron por razón de amistad con sus autores, lo que no es, por cierto, mala razón. En las dos saludé o me saludó algún que otro frecuentador del mundillo que inmediatamente me reconocía y me preguntaba dónde me escondo, si tengo poemas nuevos para publicar y otras solemnidades de salón a las que no supe responder sino con mi calculada ironía o con mi incalculable cinismo, según los casos. En las dos presentí el afecto discreto de los protagonistas respectivos; en las dos, también, un insólito modo de desubicación que, por paradójico que suene, satisfacía la telaraña profunda de mi ego.

lunes, 27 de marzo de 2017

De la precocidad de Camus dan fe las constantes intuiciones que jalonan sus diarios. A los veinticuatro años, en agosto del 38, ya anticipa los primeros párrafos de El extranjero, que se publicó en 1942, y desliza notas sobre su versión teatral de Calígula, de 1944. La agudeza y la lucidez, a menudo incisivas, nos salpican aquí y allá desde las primeras páginas: "No se piensa sino por imágenes. Si quieres ser filósofo escribe novelas"; "El placer nos aparta de nosotros mismos"; "La necesidad de tener razón, signo de un espíritu vulgar"; "Uno se determina a lo largo de su vida. Conocerse perfectamente es morir"; "Cultura: grito de los hombres ante su destino"; "Soledad, lujo de los ricos"; "Encontrar una desmesura en la mesura"; "El cinismo, tentación común a todas las inteligencias"; etcétera.

domingo, 26 de marzo de 2017

Aunque soy tan sensible como cualquiera, lo cierto es que ni la literatura ni la música me han deparado demasiadas lágrimas. Hablo de ese marasmo que sucede dentro del pecho y que, en escasos segundos, sin que uno lo domine, escala hasta los ojos y los nubla. Disfrute estético e intelectual sí, pero verdadera conmoción física, visible para otros, en muy pocas ocasiones.
Me recuerdo llorando -literalmente llorando- mientras avanzaba por los diálogos entre aquel Cipriano protagonista de La caverna (José Saramago, 2000) y su hija. En cuanto a las canciones y sus letras, más proclives que otras artes (sálvese el cine, sálvese la poesía), hay una que siempre me afectó con especial encono: Qué va a ser de ti, un tema de Joan Manuel Serrat que ya me emocionaba antes de ser padre, pero que después de serlo se ha ido concretando en el nombre y en la imagen de Helena, de mi Helena. Es una punzada de ternura sin límite que se nutre del vértigo de las edades y se contagia de la fuga incesante de la vida que somos, de la nostalgia y la incertidumbre y el vacío en que convergirán al fin todos los pretéritos y todos los futuros.
Esta noche Helena se sube a un avión que ella misma reservó y viaja a Londres, y duerme en Londres, y amanecerá lunes en Londres, junto a una compañera de su primer curso en Bellas Artes.

sábado, 25 de marzo de 2017

Anoche salimos a cenar bajo la excusa de una efeméride íntima.
Como no habíamos reservado, el primer intento resultó fallido. Mientras nos cofirmaban que no era posible, identifiqué en la barra a un antiguo conocido, amigo de un amigo, que tapeaba con la que presumo que ha de ser su pareja. Él se llama José Antonio y es de Mula, estudió Derecho aquí y, curiosamente, no nos habíamos visto en lo que va de siglo, de milenio. Ignoro si él me reconoció a mí, pero yo no me decidí a saludarlo.
En el siguiente restaurante nos emplazaron varios minutos, mientras se vaciaba una mesa. Nos sentamos por fin, yo de espaldas a la pantalla donde se emitía un partido de la selección española de fútbol. De inmediato, en un extremo de la barra advertí a otro antiguo conocido que hablaba bajo y cenaba junto a la que será su esposa. Se llama Luciano y es profesor de Historia; compartimos claustro en mi primer destino, hace la friolera de veintidós cursos, precisamente en un instituto de Mula al que muchos días acudí de paquete en su coche, cuando yo no tenía ni carnet. Su mujer, si es la misma, se seguirá llamando como la refirió una sola vez y no he olvidado: Paloma. Apenas ha cambiado, sigue como entonces. Supongo que no le resultará difícil acordarse de mí, y que no le habría sido ingrato que yo me acercase, pero ni siquiera sé si me vio. Dudé, sí, pero tampoco a él me decidí a saludarlo.
Luego, al regreso, me censuré en silencio esa prudencia mía, esa pereza de los hábitos sociales. Cuántos años habrán de transcurrir para que me los vuelva a cruzar en cualquier sitio. Si me los cruzo: nunca sabremos con quiénes hemos coincidido por última vez en esta vida.

viernes, 24 de marzo de 2017

Finalmente recupero los Carnets de Albert Camus, a los que puse una señal por diciembre del 38, y los cinco relatos que acompañan en un solo volumen a la novela breve La playa, de Cesare Pavese, leída hace unos meses. El primero falleció en accidente de tráfico en la Borgoña francesa, a los cuarenta y seis; el segundo se suicidó en un céntrico hotel de Turín, a escasos días para haber cumplido los cuarenta y dos. Ya tengo más edad que muchos clásicos.

jueves, 23 de marzo de 2017

Elegir la lectura que nos acompañará diez o quince minutos cada noche, antes de apagar el foco y cerrar los ojos, no es tarea simple. A mí me gusta disponer de un par de libros al alcance, para turnarlos, títulos cuya letra sea grande y su composición fragmentaria, y a ser posible condescendientes con un hombre que, a mi edad, fija el despertador a las siete, transcurre por varias aulas, vuelve taciturno y no puede perder tiempo en someterse al rito de la siesta. De modo que cuando el cuerpo recupera su horizontalidad primigenia, a eso de las once y pico o las doce, ya a mi espíritu no le queda ánimo para demorarse con las palabras de otros. Hace rato que vivo curado de insomnio, sí; pero entre tanto los días se suceden y yo no me decido a dignificar la superficie lisa de mi mesilla de noche. De mañana no pasa.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Muchas veces, la mala conciencia se concreta en un desajuste interpretativo entre lo que un día hicimos o dijimos y lo que, llegados a este punto, aún no sabemos si debimos hacer o decir. Otras muchas, no.
Con suerte o sin ella, le faltan más de diez años para liberarse definitivamente del trabajo al que acude y lo mantiene. La otra tarde se sorprendió a sí mismo fantaseando con ese futuro, coqueteando con el sueño de la cada vez más cercana jubilación y poder dedicarse a otras cosas que, así lo cree él, son las que de verdad anhela, las que llenan la ilusión del porvenir. Qué enorme torpeza... Y cuánta ingratitud habrá de acumular en el tramo baldío que discurra entre ese hoy y aquel entonces...
Habla su conciencia; sus dedos lo teclean.

martes, 21 de marzo de 2017

Ramón Gaya sentado en una silla, él solo, en la penumbra de la sala, mirando la pantalla sorda del televisor.
Desde que Juan Ballester, amigo de la persona y del artista, me deslizó un día esa curiosa estampa, muchas veces me he visto reflejado en ella de un modo que regatea cualquier explicación. Noble imagen de la inocencia y el asombro, de la mansedumbre y la sorpresa, del ser ensimismado en trance creativo.
A Ramón no lo conocí, pero presiento en su atmósfera vital un refugio de melancolías satisfechas, de reposo expectante, de gozo quizás. Como en su pintura.

lunes, 20 de marzo de 2017

Todo se enfría, todo se desapasiona, todo busca su calma anterior.
Los misterios se revelan o, lo que es más terrible, se diluyen poco a poco.
La nada se aproxima con sus fauces enormes.

domingo, 19 de marzo de 2017

Hay recuerdos que, sin serlo, nos pertenecen por derecho, referentes que se integran en nuestra memoria para que sea ella la que los elabore, en un proceso inverso.
Era yo un bebé de pocos meses cuando mi padre me llevaba en brazos, y ambos sobre la burra de mi abuelo. Regresábamos de un día transcurrido en la zona de baño que llaman Somogil, a varios kilómetros del pueblo. Justo en un repecho del camino -siempre que pasamos por ahí volvemos a concretar las circunstancias y el lugar exacto- el animal dio una espantada que nos derribó a los dos, de manera que mi padre cayó conmigo, pero hábil para hincar los codos en la tierra sin que mi cuerpo se despegara de la fortaleza del suyo. Fue un gran susto para él y no lo fue menos para mi madre, que marchaba muy cerca de nosotros, a pie.
Es improbable, por edad, que mi memoria haya registrado ese instante tantas veces repetido como anécdota familiar; sin embargo, lo evoco vívidamente, con asombrosa precisión de imágenes.
En el trato social, lo que más me entristece es el desaire, la ingratitud; en el familiar, la frondosa telaraña de compromisos cautivos, el cíclico rigor de los calendarios impostados.

sábado, 18 de marzo de 2017

Durante muchos años acumulé decenas de libros, en la esperanza de que la edad adulta me otorgaría las condiciones mínimas para entregarme a su lectura. Vanas esperanzas, pues los estantes que ahora controlo y los que dejé de controlar atesoran demasiados volúmenes que aún no he leído, que ya no leeré, que empecé a leer y abandoné sin claudicar del todo, que ni siquiera sé cuándo ni bajo qué excusa tuve la debilidad de adquirir. Al paso que voy, si me aplico un sencillo cálculo que optimiza las expectativas de vida, esto es, los días y las horas que razonablemente podría dedicar solo a los libros que me miran y me esperan, no es verosímil que consiga satisfacer más allá de dos o tres al mes, pongamos veinticinco al cabo del año, cien cada cuatro años, unos ochocientos de aquí al 2050, mil si llego con todas las facultades en su sitio. Y eso, claro, si no hiciese caso de los periodos imposibles, de las tentadoras y necesarias relecturas, de las imprevistas novedades que por uno u otro azar acabarán imponiendo su criterio.
En cuestiones bibliófilas -lo admito sin orgullo- siempre fui más hormiga que cigarra.

viernes, 17 de marzo de 2017

Toda ideología, toda actitud política, arranca de una de estas dos premisas: el individualismo excluyente y la obstinación solidaria. Pese a que conviven hora tras hora dentro de nosotros, expresando las contradicciones y las incoherencias más íntimas, ambas son difícilmente conciliables. Cervantes lo entendió como nadie.

jueves, 16 de marzo de 2017

Creé un archivo y, con cierta pompa, lo bauticé "Inventario de ideas para escribir después". Me quedé mirando la pantalla y no se me ocurría nada que mereciese la pena. Lo cerré en blanco, tentado de eliminarlo, de borrar cualquier rastro de infertilidad.
A los pocos minutos, en la ducha, pensé un monólogo de Dios, previo a la Creación, dictándose a sí mismo un proyecto ambicioso con que entretener los próximos milenios, una tregua lúdica antes de recogerse de nuevo en su eterno cotidiano. Ahí queda.
En el lapso de un café, precisó la cuota de nieve según lo que había oído esa mañana en la radio e increpó a los asesores de la Conserjería de Educación por su fragante inaptitud. Hablaba con la misma suficiencia con que explicará, mohíno, los temas de su disciplina. Mientras, yo distraía el pensamiento contando confusiones paronímicas. No quise corregirlo, líbreme Dios.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Mi padre tenía 57 años cuando murió el suyo, y 65 cuando murió su madre; ambos habían alcanzado los 90.
Mi madre tenía 53 años cuando murió la suya, y 61 cuando murió su padre; ella contaba 77 y él 90.
Ahora mis padres tienen 78 y 75, respectivamente.
Yo, que discurro por la implacable medianía de mi año 50, ya observo por detrás, incesantes y veloces, con vértigo anticipado, los casi 19 de Helena, los 16 de Federico, los dos de Darío.
Son datos objetivos que calculo sin moverme de mi silla, como un juego de la voluntad, frías cifras que se me imponen sin quererlo y que no buscan ninguna conclusión.
Pero siempre la hay.

martes, 14 de marzo de 2017

¡Ah el generoso azar de los pisos de estudiantes! Promediaba el mes de septiembre de 1987 cuando mi colega del pueblo y yo fuimos a dar a una tercera planta con terraza de la calle Alfaro, en el corazón de la ciudad. Allí conocí a un madrileño, a un terulense, a uno de Cartagena y a Pedro Amorós, un muchacho criado en Villena. Pedro estudiaba Historia Antigua, era cinéfilo solitario y se pasaba dos tardes de la semana enganchado a la máquina que le drenaba la sangre. La diálisis fijó sus hábitos y quizá su carácter, su predisposición de reserva ante la propia vida. Desde aquel entonces nos vimos esporádicamente, en la casualidad de las aceras y bibliotecas; pero fue hace cuatro o cinco años cuando me lo tropecé en una concentración por la enseñanza pública, nos saludamos y me informó con cierta jovialidad de que se había hecho escritor, que había publicado algunos libros de ficción. Daba clases en un instituto de secundaria y tenía mejor aspecto. La última vez que nos tomamos un café me confesó que vivía a la espera de otro riñón -lo han trasplantado varias veces, y varias veces lo ha terminado rechazando- y me anticipó novedades. ¡Albricias!: esta tarde se presenta en Murcia El exilio de Dante, una obra de teatro. Quiero acompañarlo.

lunes, 13 de marzo de 2017

"Me parecen horribles todos los asesinatos, estoy totalmente en contra con independencia de quién los cometa, pero hay diferencias entre unos y otros. Cuando un bracero de un cortijo, mal pagado y con frecuencia humillado, harto de esa vida aperreada, en un momento propicio, de revuelta popular, cae en la tentación de cortarle el cuello al amo, culpable de su miseria, sí, es un asesinato. Pero cuando tres señores bien vestidos, bien comidos, terminada la contienda, constituyen un tribunal con total impunidad y bajo un crucifijo cuyo mensaje es amaos los unos a los otros, envían al paredón a un hombre por haber defendido unas ideas y un régimen establecido democráticamente, ahí el asesinato es mucho más censurable. Es decir, aun no justificando ninguno de ellos, es más comprensible el asesinato cometido por ignorancia, hambre e incultura que el cometido de esa manera fría y despiadada" (José Luis Sampedro, Escribir es vivir).

Bajo la etiqueta de lo políticamente correcto se agazapa buena parte de la hipocresía que nos circunda, de la farsa que entre todos construimos y a la que casi todos servimos. Parece que hay que decir y autorizar por escrito lo que la corriente de los tiempos espera y aplaude de uno, aunque en lo más íntimo no se esté de acuerdo en la parte ni en el todo. Por eso me sorprendió, cuando lo leí, el fragmento de arriba, máxime viniendo de quien venía, un ciudadano de probada integridad, un intelectual de prestigio que se atrevía a meter el dedo en esa llaga siempre incómoda -la posguerra civil española- por la que aún supura este país o nación de naciones o lo que quiera que sea. ¿Acaso es tan descabellado el deslinde que hace Sampedro?

domingo, 12 de marzo de 2017

Fue ayer, a esa hora en que el sábado aún se resarce de los cinco días que lo preceden. Bajé al puesto ambulante y ahí estaba el hombre de siempre, encorvado ante la balsa hirviendo de aceite, sudando tras el delantal, dispensando su saludo sobrio a los que venían o se iban. Llegó mi turno y estábamos los dos solos, él dentro de su caravana y yo en la baldosa, mirándolo hacer. Por decir algo -el sol impropio de estos días se colaba casi horizontal en su negocio-, advertí que en verano tendría que cambiar de ubicación. Había sacado la rueda de churros y los había cortado con la tijera. No -sonrió él-, en verano no estoy por aquí. De pronto se detuvo con el cucurucho en la mano: había perdido la cuenta, no sabía cuántos me había echado, pero eso no importaba porque al no haber nadie más esperando pensaba ponerme la rueda entera; y sin transición admitió que él, por lo visto, no sabía hacer dos cosas a la vez. Se lo agradecí con la fórmula más cómplice que hallé: eso es lo que suelen decir de nosotros las mujeres, ¿no? Al cambiar la bolsa rebosante por los cuatro euros añadió su apostilla melancólica: ellas siempre son más listas, mucho más.
Fue ayer, a esa hora del sábado... Pero su última frase y la amargura de sus ojos al pronunciarla no acaban de abandonarme todavía.

sábado, 11 de marzo de 2017

Corregir exámenes es tarea anacrónica, casi siempre tediosa, académicamente estéril. Su razón punitiva, administrativa, burocrática, contradice los cimientos de la antigua filosofía y acaso también los de las modernas pedagogías. Corregir exámenes es asumir como propios los éxitos o los fracasos de un aula; apenas sirve para certificar intuiciones, para propiciar fríos porcentajes en frías tablas comparativas, para justificar frustraciones, para cubrir espaldas, para lavar conciencias. Corregir exámenes, en suma, es la postrer penitencia del profesor; pero también lo lleva en el sueldo.

viernes, 10 de marzo de 2017

La pasada primavera, de camino a la guardería, puse un caracol en la pequeña palma de la mano de Darío e intercepté en sus ojos lo más parecido a la fascinación. La otra mañana dije de improviso, no sé a cuento de qué, que deberíamos tomar ejemplo de los caracoles, porque llevan a cuestas su refugio y en él todo cuanto les pertenece en este mundo. Luego, más tarde, mientras conducía por la ciudad, seguí tirando del hilo del pensamiento: no es solo su consabida lentitud (menos apreciada que la de la tortuga de la fábula, aunque sin duda más ceremoniosa), sino la excelsa lección de prudencia y el perpetuo hábito del silencio. Se admiraba Borges de la belleza del tigre, cuyo oro convirtió en motivo de sus versos. Yo entiendo que la miniatura en espiral del caracol no es obra menor de la naturaleza. Hasta su fragilidad se me impone esta noche con la fuerza paradójica de los símbolos.

jueves, 9 de marzo de 2017

Huelga decir que las huelgas -menos que para tasar el grado de compromiso individual con la causa o causas que dicen defender- sirven ante todo para presumir las afinidades ideológicas de cada uno, sus adhesiones inconfesables o sus fantasmagorías de corta y pega, los prejuicios políticos que arrastra, las humanas contradicciones, la santa hipocresía.
Huelga decirlo de las huelgas de llamamiento general, pues las otras, las sectoriales, las corporativas -si se secundan porque se secundan, y si no se secundan porque no se secundan-, suelen adornarse de un reguero de intereses exclusivos o de privilegios y prebendas que, es cierto, acaban ofreciendo al resto del mundo su pose más vulgar, su versión más egoísta.
La pregunta, en absoluto capciosa, es si una jornada de huelga de la enseñanza pública es o no es un asunto de interés general, esto es, si incumbe o no a la entraña misma de la ciudadanía, o si por el contrario se limita a la pataleta sempiterna de los maestros y profesores, esos a quienes cedemos la educación de los hijos y que, como es bien sabido, gozan de tantos y tantos días de vacaciones.
En este país me temo que no. Y así nos va. Y así nos irá.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Aburrido, tecleo en el buscador mi nombre y apellidos -tan común, tan corrientes- y a continuación las cuatro sílabas del pueblo donde nací, y espero a que se ilumine la página. Una remota amalgama de narcisismo y curiosidad mueve mis dedos.
De inmediato descubro que Pedro María López Martínez fue profesor de Filosofía y catedrático de Metafísica en La Habana, Sevilla y Valencia, que nació en Moratalla (Murcia) el primero de agosto de 1861, hijo legítimo de Pedro y de Vicenta, y que falleció hacia el año 1934.
Durante la larga etapa valenciana tuvo entre sus alumnos más notorios al también filósofo José Gaos González-Pola -"una vez tuve que visitarle en su casa y me recibió en su despacho y biblioteca, donde vi que ésta se componía de unos cuantos libros sueltos y, ocupando prácticamente todas las estanterías, que ocupaban a su vez prácticamente la pieza –cierto, reducida–, la colección, encuadernada, en gruesos volúmenes –no olviden, por Dios, que era profesor de Lógica Fundamental y de Teoría de la Literatura y de las Artes–, del Blanco y Negro, la revista de las buenas familias españolas, burguesas, católicas y poco letradas. A pesar de todo lo cual, perseveré en mi entusiasmo por la Filosofía"-; al literato Vicente Lloréns Castillo -"de rostro rojizo, barba blanca, bajo de estatura, pero macizo y grueso, una vez en un hotel se lavó la cara en un bidet creyendo que aquello era una palangana especial"-; al poeta Juan Gil-Albert -"rubicundo y en bloque, nos iba soltando su plúmbea explicación de Lógica que no era, al pie de la letra, sino el texto impreso del grueso volumen que tenía delante"-; o al abogado Rafael Supervía -"que Dios le haya perdonado"-. Según se desprende de las citas que entrecomillo, no guardaban de él un recuerdo lo que se dice afectuoso.
Discúlpese la distracción que nos ha traído hasta este individuo, activista católico y ultraconservador (o viceversa), del que nada sabíamos. Anacronías del paisanaje que solo podía satisfacer el milagro de Internet.

martes, 7 de marzo de 2017

El lienzo del poniente se despliega en la tarde: siempre he preferido los museos al aire libre.

lunes, 6 de marzo de 2017

Llega la hora calma de un día lunes que se incrusta en marzo. Nada de particular, ninguna lectura memorable, ninguna intuición digna de nota, ningún apunte que me redima. Recuerdo que erré al elegir chaqueta y luego tuve que regresar para cambiarla por otra más primaveral. Pese a que la sensación de fatiga no me abandona en toda la mañana, explico a dos docenas de bostezos potenciales la extraordinaria pirueta metafictiva que, de la mano y el talento de Cervantes, protagoniza Álvaro Tarfe -personaje ideado por aquel Avellaneda- al colarse sin permiso en el segundo tomo del Quijote verdadero. Oigo tras la ventana el traqueteo del tren que surge y avanza, interminable, y por unos minutos mi voluntad flaquea, se frena mi discurso, me refugio en la silla del profesor y hago como si pasara lista. Mi conciencia crítica se pregunta si alguien habrá entendido algo, si habrá captado al menos la sustancia de ese juego de realidades y ficciones, si valdrá la pena hablarles todavía de estas cosas. Al día se le está poniendo cuerpo de martes.

domingo, 5 de marzo de 2017

En aquella tesis sobre narrativa erótica (que acotaba un periodo de veinticinco años, entre 1977 y 2002) defendí tres novelas del valenciano Vicente Muñoz Puelles. Ahora el destino ha puesto a mi alcance un título que andan leyendo alumnos de la ESO, una historia que se sitúa en un ámbito de ciencia-ficción: 2083. Su estilo pulcro y su nostalgia bibliófila, en un tiempo en que verosímilmente ya no quedan libros de papel, dan el tono y la clave para adentrarnos en un viaje al interior de los clásicos -la Biblia, la Ilíada, El Quijote, David Copperfield, Primer amor de Turgueniev...-, una aventura bien documentada, una experiencia didáctica, de ambición juvenil alentadora, que termina siendo -para mí lo ha sido- un ejercicio genuino y sugerente. De muestra, dos botoncitos:
"[...] pensé en los libros, en el poder que tenían para buscar nuestra complicidad y para despertar en nosotros sentimientos desconocidos. Y eso que yo solo había viajado a ellos, y no había leído ninguno. Recordé algo que me había dicho Pa: que el mérito de los buenos libros no dependía únicamente del argumento que contaban, sino del orden de las palabras y las frases".
"[...] cuando uno lee un libro realaciona continuamente lo que está leyendo con lo que ha leído o con lo que sabe, de modo que uno va cambiando mientras lee, y al mismo tiempo va aportando al libro detalles, como un paisaje o una cara, que no estaban en él. Eso puede parecer obvio, pero yo no lo sabía. Si hay un objeto realmente interactivo, es el libro".

sábado, 4 de marzo de 2017

Pese al viaje de ida y vuelta a que tan acostumbrados nos tiene el diccionario, lealtad y fidelidad no son lo mismo, hay matices irremediables, como también los hay entre la deslealtad y la infidelidad, menos remediables todavía. No sé explicarlo, pero el caso es que lo sé. Quien lo probó lo sabe. La pretendida sinonimia es a menudo un fraude, una solución para salir del paso, un comodín del estilo.

viernes, 3 de marzo de 2017

EL TALENTO QUE NO SE CULTIVA, SE PIERDE.- El estudio es un asunto algo olvidado en el debate educativo.- La capacidad es una variable continua.- No hay más que una categoría: cada persona y su capacidad.- El desarrollo de la capacidad o el talento es un proceso que dura toda la vida.- Uno nunca es nada, uno siempre está en proceso de ser; y esto es la educación.- La escuela no está para proponer la igualdad, sino la equidad.- Es necesario que el rendimiento de los alumnos se equipare a su potencial.- A los estudiantes hay que enseñarles solo lo que no saben.- Aristóteles dixit: "Para saber lo que queremos hacer, tenemos que hacer lo que queremos saber".
Javier Tourón.
EDUCAR EN EL ASOMBRO.- Para que crezca una planta no hay que tirar de las hojas, sino echar fertilizante en sus raíces.- Inculcar es meter a la fuerza, mientras que educar es sacar de dentro.- ¡Cuánto daño ha hecho la filosofía de la estimulación temprana!.- Respetar el silencio es el principio para respetar el asombro, y es lo que genera la reflexión del niño.- Mediante el uso en clase de contenidos audiovisuales se potencia una actitud pasiva; entretenemos a los alumnos, pero no los asombramos.- La crisis educativa no es más que una crisis de atención.- El consumismo es la forma más eficaz de matar el asombro de un niño, pues le embota los sentidos y deja de apreciar lo pequeño.- El asombro es lo que da sentido a la rutina.- No es lo mismo el ritual que la repetición mecánica.- Juzgar vs. discernir.- El "misterio" según Montesori.- "Habla con tus hijos de belleza antes de que la industria de la belleza hable con ellos".- Es la sensibilidad de los padres la que permite discernir entre lo que pide un niño y lo que reclama su naturaleza.
Catherine L'Ecuyer.

jueves, 2 de marzo de 2017

Tan sordos y tan ciegos estamos que se agradece escuchar obviedades, cosas sabidas o intuidas pero que, dichas desde la tarima por boca de alguna autoridad, nos reconfortan, nos ayudan a sentir que no estamos tan solos. Digo esto a propósito del curso sobre cómo cuidar el talento y fomentar el desarrollo de las altas capacidades, un foro al que como profesor reconvertido en alumno he asistido durante toda la jornada. Dos conferencias de interés: la de la mañana, "Cómo educar en el asombro", a cargo de Catherine L'Ecuyer; la de la tarde, por Javier Tourón, bajo el lema "El talento que no se cultiva, se pierde". Lleno seis folios de notas a mano para registrar unas pocas -y definitivas- verdades. Estoy agotado; a mi edad, los cursos intensivos son letales. Mañana añadiré algo más.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El único aprendizaje, el que nos hace más o menos sabios en esta vida -hecha la excepción de la prudencia-, es el que se limita a distinguir lo realmente importante de lo que realmente no lo es. El proceso es largo, pero, a poco que duremos, la experiencia comprobará cómo crece el listado de lo que no vale la pena, de lo que importa poco o nada, mientras que la larga suma de lo que tanto nos importaba en otro tiempo se va estrechando día a día, minimizando su espejismo. La meta es entender que apenas importan -de verdad- dos o tres cosas; quizá tan solo una. O quizá ninguna.