martes, 28 de febrero de 2017

Estaba con el mando en la mano, pulsando el botón maquinalmente, cuando surgió un documental que no conocía sobre el atentado que destruyó las Torres Gemelas de Nueva York. Se nutre de grabaciones realizadas por usuarios que estaban o pasaban por allí, o que vivían en apartamentos con vistas al escenario de la tragedia. El montaje es pulcro, dotado de una discreta vocación de intriga, y respeta minuto a minuto el orden en que se encabalgaron las informaciones y los hechos. No escasea el plano demorado de quienes ese día se convirtieron en testigos inmediatos de la historia, individuos anónimos cuyos rostros miran incrédulos en dirección a la humareda y a los cuerpos que se arrojan desde las ventanas, oficinistas que bajaron a tomar algo o que se habían retrasado por cualquier causa, agentes de policía y bomberos que trajinan sin demasiada fe y que tal vez perecieron más tarde, a consecuencia del derrumbe que nadie supo prevenir. Es dificil no conmoverse, no sentirnos absorbidos por la desolación de las imágenes, por más que uno se repita que lo que muestran esas dos horas de película ya ha cumplido tres lustros. La cama nos recibe bien entrada la madrugada, preguntándose de qué infierno regresa nuestro insomnio.

lunes, 27 de febrero de 2017

Cuando pienso en mis padres como ahora los pienso -solos en el pueblo, septuagenarios, a una hora veloz de carretera- me embarga una melancolía anticipada, un desgarro emocional que se nutre del conflicto entre la vida que elegí y las renuncias que conlleva. El miedo más antiguo de todos los que conozco es el que, de niño, urdía mi imaginación para concretar alguna tragedia familiar, algún desenlace irreversible del que era protagonista cualquiera de mis padres. Hoy todos los desenlaces están cerca, el futuro ha dejado de tener esa cualidad indescifrable y ficticia. Siento los días y las semanas de ausencia como una punzada cada vez más dolorosa y más infame. Me sé en deuda no solo con mi destino de ramas y de frutos, sino también con su tronco y sus raíces. Los extraño a los dos, aún vivos, con un fondo de tristeza que no encuentra consuelo. No quiero intuir el color de las cruces marcadas en el calendario inmediato.

domingo, 26 de febrero de 2017

El otro día usé la palabra gárgaras y me sonó muy lejana aunque no del todo ajena, como si se hubiera independizado del acto que refiere, como si solo sirviera ya para evocarlo. Es una voz extraña que a mí me habla siempre de otro tiempo.
En mi tierra, cuando uno se ponía pesado, era corriente mandarlo a hacer gárgaras. Yo no hago gárgaras (ignoro si alguien de mi entorno me habrá insinuado que las haga) desde no recuerdo cuándo, pero sé que las hice de pequeño y que era una práctica común para suavizar la irritación de garganta. En mi casa nos poníamos un vasito de vino tinto con mucha azúcar, dosis que alcanzaba para cuatro o cinco lavados. Cada gorgoteo podía durar un minuto, al cabo del cual se expulsaba en el lavabo.
Si se me diese la oportunidad de inventar un archipiélago lo llamaría así, Gárgaras.

sábado, 25 de febrero de 2017

El grado de frustración de un profesor puede medirse muchas veces por el porcentaje de alumnos suspensos que acumula; si, además, alardea de ello mientras escupe su asco y su doctrina, entonces el margen de error se aproxima tristemente al cero. Comprobado.
Esta tarde, tomando una cerveza enorme frente a la fachada del Museo Ramón Gaya, pienso en la longevidad productiva del pintor, que se dejó llevar al cumplir los noventa y cinco. Sé que había nacido en Murcia en 1910, y una asociación lúdica, meramente cronológica, me trae el recuerdo del poeta Miguel Hernández, vecino de la cercana Orihuela y asimismo de 1910, pero que no alcanzó ni los treinta y dos años.
Regreso al anochecer, flotando sobre mis zapatos e intrigado por las paradojas del destino, hasta que, ya en casa, la fiebre de las simetrías y los azares decide averiguar el día exacto de sus respectivos nacimientos: es curioso que los dos son del mes diez (octubre), que a los dos los alumbraron con apenas veinte días de diferencia y a solo veinte kilómetros de distancia. Ignoro si llegaron a conocerse; no adivino quién era el uno para el otro.
Inevitable preguntarse ahora qué obras aguardaban a Miguel de haber sobrevivido a su edad, de haber respirado los sesenta y cuatro años de más que sí respiró Ramón. Tan inevitable como inútil responderse.

viernes, 24 de febrero de 2017

No sé dónde leí que la prueba más fiable de que el autor o autores del Corán fueron árabes es que en sus páginas nunca se describe el desierto en términos de fascinación, extremo que no he contrastado; su presencia es tan obvia que no necesitan mencionarlo. Tras el fallo emitido esta semana en el caso que imputaba a una hermana de Su Majestad y a un cuñado de Su Majestad (ambos cónyuges y residentes en el extranjero), la plana mayor de la clase y/o casta política española se ha apresurado a confirmar, basándose en la sentencia y en la pirula ulterior -confortable multa económica; seis años de cárcel ahora eludibles bajo fianza-, que en España la justicia es igual para todos. Alabado sea el Señor de los Cielos... ¡Y el Otro!

jueves, 23 de febrero de 2017

La memoria se abastece de inducciones, aproximaciones, invenciones, revisiones y, en definitiva, desmemoria. Hay un proceso de conformación y aceptación de los diversos estratos del recuerdo, hasta alcanzar la que será nuestra versión definitiva. Es entonces cuando el pasaje rememorado se solidifica, deja de corregirse a sí mismo y acabamos dándolo por bueno, última rebaba de aquel instante sucesivo. Cuando ello ocurre habremos accedido a la madurez, y desde ahí nos lo repetimos y lo repetiremos invariablemente, casi con las mismas palabras, a veces incluso ante los mismos interlocutores. Es lo que a mí me sucede si pienso en la tarde o el anochecer del 23 de febrero de 1981, aquel histórico 23 de Tejero.
Razones imperativas (llámese indisposición del niño) me mantienen en casa toda la mañana, tras una noche de interrupciones y turbulencias, de mal dormir. El tiempo transcurre lento, espeso, con una textura gelatinosa. Los ruidos de la calle y de las vías próximas igualarán los decibelios de cualquier otro jueves, pero a mí me llegan con un extraño murmullo, como si mi presencia intrusa en este día y a esta hora auspiciara un mensaje que no sabré descifrar. Siento que me muevo en un oasis transitorio, hurtado a las responsabilidades propias de la jornada laboral. Ahora el niño se ha vuelto a dormir.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Deslenguados y desliteraturizados, título para un artículo sobre los programas de Lengua y Literatura que todavía no he escrito, que no sé si escribiré.
La pereza es la guinda de las buenas intuiciones (la pereza como opción asumida, claro).
Algunos dardos (persistentes) de aquel Chamfort:
"Un hombre honesto debe obtener la estima pública sin haberlo previsto y, por así decirlo, a pesar suyo. Quien se dedica a buscarla, revela su estatura".
"La importancia sin mérito da lugar a la consideración sin estima".
"El hombre que vive habitualmente consigo mismo tiene necesidad de virtud; pero si vive con otros precisa honores".
"Cuando en el mundo se desea agradar, hay que resignarse a dejarse enseñar muchas cosas, que se saben, por personas que las ignoran".
"El sabio, el amigo de sí mismo, describe una línea en círculo cuyo fin le devuelve a sí mismo".
"Lo que comporta el éxito de buena cantidad de obras es la relación que se establece entre la mediocridad de las ideas del autor y la mediocridad de las ideas del público".
"Los pobres son los negros de Europa".
"Hay en todo una madurez que es preciso saber esperar. Feliz el hombre que llega en el momento justo de esa madurez".
"Existe una melancolía que conduce a la grandeza del espíritu".

martes, 21 de febrero de 2017

Casi en el principio de los tiempos, un prologuista municipal detectó en mis poemas "aforismos de chamfortniana esencia". Los había remitido a un concurso y el jurado les concedió mención de honor, por lo que se editaron en volumen colectivo. Aunque relegada a un par de renglones, fue una de las primeras apreciaciones críticas que mi obra recibía, así que investigué el nombre que daba ocasión al adjetivo y descubrí a un moralista francés del XVIII: Nicolas de Chamfort. Al poco encargué un ejemplar a Círculo de Lectores (Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas) que lleva prefacio de Antonio Martínez Sarrión y epílogo repescado de los ensayos de -nada menos- Albert Camus. Lo leí entero, subrayé alguna cosa; luego nos separaron los trabajos y los días; meses atrás regresó a mis dominios; y ahora preside, junto a Marco Aurelio, la mesilla de las relecturas.
El victimismo es el colmo del egoísmo. No lo soporto, sobre todo cuando alguien me descubre que soy yo quien lo practica.

lunes, 20 de febrero de 2017

El programa Salvados -que no suele dejarme indiferente- trataba anoche sobre el imperio de los teléfonos móviles y su impacto en la conducta del individuo. Por desgracia, todo lo que escuché resulta tan obvio y se percibe con tal dosis de complacencia o de impotencia que casi desdibuja sus peligros, los inmediatos y los otros, de alcance imprevisible. Y a los más reticentes nos convierte de paso en unos exagerados, en unos catastrofistas insufribles, en unos aguafiestas incapaces de transigir con las bondades del progreso.
En un momento dado surgió el análisis de uno de esos ancianos de aspecto y discurso venerables, Zygmunt Bauman, un pensador a quien (me avergüenza admitirlo) no conocía; por no saber, no sabía siquiera que sus palabras de anoche hubieran debido sonarme póstumas, porque falleció hace algo más de un mes, el 9 de enero. A él concierne la idea de "modernidad líquida", fórmula o concepto que, per se, ya es hallazgo poético, manantial de sugerencias. Me he enterado hoy, ahora, al rastrear su nombre y adentrarme en algunas páginas sobre su persona y obra.
Hemos observado últimamente, más aún desde que de puntillas llega a la manivela, que no para de cerrar puertas. Un día de la semana pasada le dijo a su madre la razón: lo hacía para que no entraran monstruos; así que su madre me insinuó que le inventara un cuento a propósito, con pedagogía disuasoria. De ahí la fábula del monstruo que tenía miedo. Yo nunca había escrito para niños, pero reconozco que me divierte improvisar historias que se recrean en la inmediatez, argumentos simples que sin embargo enristran peripecias inauditas, a menudo disparatadas, oníricas. Mi experiencia sabe que los entretienen y relajan, y que no pocas veces, si el clima es propicio, alcanzan el objetivo de dormirlos. En el caso del monstruo que tenía miedo no lo tengo tan claro, más que nada por su brevedad, de modo que ya me veo añadiendo pormenores efímeros y estirándolo como un chicle cuando me decida a leérselo.

domingo, 19 de febrero de 2017

Cuando empezó en este oficio pasaba horas indagando qué hacer para motivar a sus alumnos, qué estrategias aplicar dentro y fuera del aula y, en suma, cómo llegar a seducirlos. Un sexenio después ya se había convencido de que el verdadero reto no es otro que defenderse de la propia experiencia, siempre tan presuntuosa y tan escéptica; y también, cómo no, arreglárselas él solo para que la hornada anual de jóvenes sucesivos no lo desmotive sucesivamente a él.

sábado, 18 de febrero de 2017

Érase una vez un monstruo que tenía mucho miedo. Los animales del bosque le preguntaban por qué tenía tanto miedo, siendo como era un monstruo. Él les decía que todos los monstruos tienen miedo, aunque algunos más que otros, y que a él, por ejemplo, cuando más miedo le daba era cuando se veía en el espejo, porque entonces sí que se parecía a un monstruo de los de verdad. Pero también le daba mucho miedo dar miedo a los humanos, darse cuenta de que algunos niños se asustaban nada más verlo. Siempre que se proponía asustar a alguien para demostrarse que era un monstruo, le sudaban las manos y le temblaba la voz de tanto miedo como le daba. Si se abría una puerta, el monstruo iba a cerrarla inmediatamente, porque le daba mucho susto que pudiera entrar alguien y se asustara de verlo ahí. Un día, por fin, los animales del bosque y el monstruo que tenía mucho miedo conocieron al niño Darío y empezaron a jugar con él. El monstruo y Darío se hicieron muy amigos, tanto que dejaron de cerrar las puertas que se quedaban abiertas y ya nunca más volvieron a asustarse el uno del otro.

viernes, 17 de febrero de 2017

Ataraxia es una palabra de origen griego que aprendí en El árbol de la ciencia, la novela de Pío Baroja que llevábamos como lectura obligatoria los que estudiamos el antiguo COU. Quizá es por eso que siempre que la pienso o me entretengo en paladear su música me resulta indisociable de la peripecia humana y del destino literario de Andrés Hurtado, el protagonista. El de ataraxia es un soplo de sonidos que me relaja, que me lleva a su terreno semántico, que me envuelve como una promesa de tranquilidad. Ataraxia: casi me basta pronunciarla para estar allí, en ella o con ella o sobre ella, como si fuera un lugar o una voluntad o un descanso. Si se me diese la oportunidad de inventar una isla la llamaría así, Ataraxia.

jueves, 16 de febrero de 2017

"Nos separan tantos metros de biblioteca...", solía decir al principiar el curso un catedrático soberbio, un pobre hombre. Qué fácil y tentador es a veces mirar por encima del hombro, sonreír hacia adentro con suficiencia y cinismo, marcar distancias intelectuales afirmándolas en la complicidad del grupo, añadir a la estupidez más estupidez, juzgar sin conocer el contexto. No hay que hacer sangre de la ignorancia de los otros, de su estulticia probada. Pienso ahora en Diego Armando Maradona, exfutbolista notable y poco más.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Mientras reviso los folios escritos a mano -se trata del capítulo de las autobiografías que versa sobre los maestros y profesores que han pasado por sus vidas de catorce años-, conforme corrijo errores muy obvios y deslizo anotaciones al margen, se apodera lentamente de mí una sensación paradójica que circula entre el ansia y el miedo.
Por una parte, con algunos alumnos más que con otros, me decepciona que no me citen siquiera, que no se refieran a mi labor o a mi persona en términos de velada admiración o estima, que no se muestren como fieles discípulos; tal vez los intimide saber que lo voy a leer yo, o será tal vez -lo más probable, qué le vamos a hacer- que yo no he sido ni puedo aspirar a ser tan importante para ellos, o no tanto, en comparación con otros colegas a los que se nota que idolatran.
De pronto me sorprende un muchacho que sí (o dos, o tres), una muchacha que se acuerda de quien va a leer sus rememoraciones y pone su nombre y su apellido, que habla de la materia que imparte y de cómo la imparte, que trenza algún renglón de indulgencia o gratitud mesurada. Pero lo que al principio es halago no tarda en convertirse en especie fraudulenta, casi en tormento: hubiera preferido que no cayera en la facilidad de mencionarme, como si la sola mención fuese una trampa que hubiera urdido yo mismo para satisfacer mi complacencia. Una trampa en la que hemos caído los dos.

martes, 14 de febrero de 2017

Subo antes de las ocho la persiana y muevo los cristales correderos, en la habitación del niño, para que penetre el chorro de sol y se ventile. La luz casi hiere los ojos de tan limpia, y el cielo, por encima de las últimas plantas y del horizonte, proyecta su gama de azul intenso.
Abajo, en la calle peatonal, hay dos camiones de mudanza con sus escalas preparadas, apuntando al edificio de enfrente. No sé qué piso será, no conozco a los vecinos ni tengo trato con ellos; apenas podría decir si lo son porque me los he cruzado mil veces en la calle o en el supermercado.
Pero dentro de mí se activa, solo al ver los camiones, una vaga intriga de filiación novelesca. ¿Quién o quiénes serán los que se van? ¿Cuánto tiempo llevarían entrando y saliendo de ahí, comiendo ahí, durmiendo ahí? ¿Qué razones tendrán para sacar los muebles y marcharse ahora, hoy precisamente? ¿Adónde se mudan?
Y luego, cuando ya estoy en la cocina preparando los cafés: ¿qué identidades y qué rostros y hábitos se adueñarán más pronto o más tarde de los espacios cotidianos de la casa?
¡Ah, el amor, el amor...!, artículo publicado hace un rato, aquí.

lunes, 13 de febrero de 2017

Continuamente, el manantial de los días nos surte de ese agua de la que en alguna ocasión dijimos que nunca beberíamos. Muchas veces a lo largo de mi vida -casi tantas, supongo, como decepciones acumulo- me he propuesto en solemne secreto no volver a competir en un concurso literario, no perder mi tiempo ni malgastar mi energía en una liturgia en la que no creo, no atizar para mí ni para otros ese futuro ilusorio y baldío, ese atajo sin salida, ese espejismo. Puede creer quien esto lea que, a día de hoy, vivo libre de pecado, así que no pido confesión ni preciso penitencia. Pero el ego es vulnerable, y más el del artista que negocia su gloria más mundana.

domingo, 12 de febrero de 2017

Si el día fue malo, la noche puede ser peor. ¿Conspiración en el dibujo de los astros o mero cúmulo de casualidades sin intérprete? Nadie lo sabe. Hablo del vaso que solemos ver medio lleno y de repente ya está medio vacío, de los poderosos contratiempos, de las promesas frustradas, de la casa que se nos cae encima, de las pequeñas rencillas y rencores, de las malas caras sin motivo, de mi falta de temple. ¿Qué insomne desvirtuado coligió que al que madruga Dios lo ayuda? ¿Qué estratega del tiempo sentenció que no hay que dejar para mañana lo que puedas hacer hoy? ¿Qué emprendedor de pacotilla pudo concluir que agua pasada no mueve molino? Las preguntas, si son retóricas, ayudan a digerir las penurias de conciencia.

sábado, 11 de febrero de 2017

Era la hora de la siesta de un sábado sin alma cuando Locusamoenus se dejó caer, aburrido, sobre el césped artificial de su jardín, debajo de un cielo plomizo y sin presagio alguno. Pensaba acaso en su Donnangelicata, tan lejos ella de este paraíso en el que él cifraba de continuo su dulce lamentar, su dolorido sentir. A los pocos minutos, antes de que el canto de los pajarillos y las corrientes aguas puras cristalinas le entornaran los ojos, surgieron entre los árboles, gesticulando como de costumbre, las figuras inseparables de Tempusfugit y Carpediem. Debatían acerca de la supuesta incoherencia, todavía sin confirmar, en que habría incurrido ese extraño individuo, Beatusille: al parecer, tras abandonar su modesta parcela del monte en la ladera, se había citado en la noche dichosa nada menos que con Auramediocritas, habiendo yacido juntos, a la intemperie. No se ponían de acuerdo los dos amigos en las consecuencias inmediatas del suceso; hubo incluso quien sacó trapos sucios sobre una tal Fortunamutabile, poco dada a lealtades, del signo que fueren. La disputa se extendió una porción de eternidad, al punto de que el bueno de Locus creyó conciliar el vitalismo de Carpe con la melancolía de Tempus, viéndolos por primera vez como un solo tópico, celosos ambos -aunque nunca van a reconocerlo- del insólito albedrío de Aura y de Beatus. Les dijo adiós con la mano y siguieron con su charla interminable.

viernes, 10 de febrero de 2017

Hurgando en una estantería del departamento donde pernoctan colecciones interesantísimas de volúmenes de crítica (Gredos, Cátedra, Taurus), se me aparece a modo de polizón una historia de la literatura en la Región de Murcia de la que supe en su día, hacia el 98 o el 99 del pasado siglo, pero que ya había echado en el buzón de los olvidos. La abro para que mi mano experta cabalgue hasta la página exacta, la 257, donde el hado de la celebridad tuvo a bien teclear mi nombre (y entre paréntesis mi lugar y año de nacimiento), así como un par de renglones que hablaban de una producción poética que hasta ese instante constaba de dos entregas: "Pedro López Martínez (Moratalla, 1967) es poeta irónico, que busca una nueva expresividad lírica, entre lo cotidiano y lo sorprendente". No voy a indagar lo que pueda significar el tándem poeta irónico, así, en este orden; pero admito que me ha fastidiado un poco el desamparo de esa coma ilegítima apostada justo a continuación.

jueves, 9 de febrero de 2017

Como ya va pidiendo intimidad para algunas cosas, Darío se quedó solo pero con la puerta abierta, ocultándose la cara tras una toalla, sentado como un monarca en su orinal. Estaba tan silencioso que su madre fue a ver lo que hacia y se tropezó con la ingrata primicia: jugando a darle vueltas al mecanismo, había sacado, sin romperlo, más de la mitad del papel higiénico. Yo lo recogí del suelo y me ofrecí para volverlo a enrollar más tarde, cuando tuviera tiempo, cuando se desechara el cono de cartón de otro rollo al que trasladarlo. A la mañana siguiente dediqué un rato a la tarea, lapso que me trajo a las mientes la imagen de mi abuelo Pedro -veinte años enterrado ya-, quien solía buscar, cuando le venía la gana, algún recodo del bancal, detrás de un tronco o atrincherado en una acequia o en el desnivel de un ribazo, y luego se limpiaba con el gasón que interceptara en el camino. El nuevo rollo quedó casi perfecto. Desde esa hora yo llevo pegada a la conciencia la palabra gasón: ¡cuántas vidas hará que no escuchaba ese sonido del terruño!

miércoles, 8 de febrero de 2017

Igual que hay personas que ya desaparecieron y que, a saber por qué, uno no se acostumbra a ubicar aún entre los no vivos (pienso ahora en Umberto Eco, que se fue el año pasado), también se da el caso de las que suponíamos fallecidas o habíamos olvidado y de repente un día descubrimos que no (pienso ahora en Rafael Sánchez Ferlosio, que será nonagenario, o casi), o bien (lo cual redobla la impresión luctuosa) escuchamos de improviso la noticia de su muerte recién. Es lo que he sentido hoy con Tzvetan Todorov, nombre que solía citarse en las clases de crítica literaria, en la universidad, hace un tercio de siglo, y de quien yo mismo manejé entonces una muy nutrida antología de textos de los formalistas rusos. Lo creía muerto, pero solo contaba setenta y siete años, pocos meses menos que mi padre.
La cosecha de enero ha sido generosa. Saneo en archivo aparte las anotaciones de todo el mes (al final rescato treinta y siete) y pongo a salvo los pequeños deslices de la inmediatez, que se cuelan hasta en el más depurado de los borradores. Debo estar satisfecho, me digo, más aún si reparo en que durante los últimos coletazos del año anterior estuve muy tentado de abandonar para siempre el cauce incierto de estos retales y dedicar mi tiempo, siempre escaso, siempre cautivo, a razones en las que se presume mayor rentabilidad o alcance literario. Sin embargo, un soplo calmo que viene de no se sabe dónde ha reavivado la llama, la ha disciplinado y le ha otorgado una preeminencia definitivamente dietarista, lo que de momento basta para saciar mi empedernida propensión al apunte. Hoy por hoy, y a falta de otras opciones, quizá sea este el mejor libro que uno es capaz de ir escribiendo, porque se va dejando escribir él solo, día a día, hora tras hora, picando de aquí y de allá.

martes, 7 de febrero de 2017

No habrá invierno que no se reserve su oportunidad, el instante propicio para certificar y compartir, junto a un vecino que entra o sale contigo, que baja o sube contigo, la deriva incesante de los días: sí, ya se nota cómo se van alargando las tardes.

lunes, 6 de febrero de 2017

"Melibeo soy", le dice Calisto a su criado cuando este le pregunta si es cristiano, apenas en el primer acto de La Celestina. A la historia de la literatura no le disgustan los efectos simbólicos: en tan solo dos palabras puede uno cifrar la magnitud extraordinaria del salto entre dos épocas, entre dos edades, entre dos mundos; el paso definitivo desde la vieja mentalidad hacia la nueva mentalidad, extremo que no podía expresarse más que con la insolencia temeraria de un joven atravesado por el delirio de la pasión.
Bagatela sobre el doble rasero, artículo publicado hace un rato, aquí.

domingo, 5 de febrero de 2017

La tarde cae detrás de la ventana con la sordidez de un domingo ventoso de febrero. Los focos del alumbrado urbano y los de los automóviles que bajan la carretera del puerto no hieren todavía; al principio se difuminan y luego, poco a poco, se imponen sobre esa luz transitoria entre el día y la noche. He visto en la pantalla del televisor la imagen fugaz de un hombre que tomaba en brazos a su bebé, gracias a la suspensión judicial del veto migratorio, en el área de llegada de un aeropuerto de USA. Más cerca, a pocos kilómetros de aquí, intuyo a cinco madres y cinco padres que empiezan a acostumbrarse a la ausencia definitiva de esos hijos que no volverán de su noche de sábado, al desgarro indecible y seguramente interminable en que algún azar ha convertido sus vidas. Cae la tarde sin remisión, ajena a cualquier gesto, desapasionada y generosa en su dibujo de nubes violáceas sobre el recorte de la montaña. 
La deriva medioambiental y la otra, no menos imprevisible, la que concierne a las nuevas tecnologías de la información y a su incidencia tanto en el control del ciudadano como en su desarrollo individual: tales son, a mi entender, los dos grandes desafíos que ha de afrontar la Humanidad en las próximas décadas, en los próximos años. No sé cuál de los dos me provoca más vértigo e incertidumbre, más miedo del porvenir que nos aguarda, no a mí, sino a nuestros hijos. Pese a que tal vez se puedan atenuar, lo único seguro es que son ya dos procesos irreversibles.

sábado, 4 de febrero de 2017

Pretender interpretar, del bueno de fray Luis, la Oda a la vida retirada -por la que no oculto mi íntima predilección- para chicos y chicas de bachillerato que te miran de hito en hito, como a bicho raro, a la hora más intempestiva, puede significar hoy en día una disparatada incongruencia, una paradoja curricular que habrían de resolver los pedagogos, si supieran. Primero por la edad literario-emocional que media entre esos chavales y yo mismo; y segundo por las distancias me temo que insalvables entre el mundo del fraile que leía a Horacio y nuestro mundo globalizado, digitalizado y virtual. Por mucho entusiasmo que uno le ponga.

viernes, 3 de febrero de 2017

Solo concibo dos opciones: lamentarte de tu suerte y relamer tus heridas antiguas y futuras, reales y fingidas, mendigando el vano alivio de las complicidades tóxicas; o bien, aceptar el curso de las cosas y aceptarte tú -lo que viene a ser lo mismo-, reconocerte para conocerte, inmunizarte de todo lo accesorio, emular en lo posible el prudente desapego de los pocos sabios que en el mundo han sido. He llegado a este punto. No hay más.

jueves, 2 de febrero de 2017

La poesía -cuando la busco y sobre todo cuando la escribo- se abastece de soledad y de silencio. Es la dulce tregua del tiempo suspendido en su presente continuo, sin lastres, sin acucias. Es un hábito de contemplación humilde, un impúdico ejercicio de introspección. Es, quizá, la dicha del hallazgo.
La poesía es mi yoga.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Gana nuevo impulso la acariciada idea de redactar unas memorias parciales, un registro de los años vividos en torno a la casa donde nací, de la que me mudé con mis padres y mi hermana pocos meses después del salto a la universidad y de la ansiadísima alternancia entre la ciudad y el pueblo. Los recuerdos de entonces, los diversos rostros que me habitaron, los espacios y las escenas que transité, los tiempos sin tiempo que ocuparon mis días, son acaso los más nítidos y verosímiles que guardo, los que en este momento de mi vida mejor sabría manejar como proyecto de escritura. Muchos de aquellos materiales ya han ido salpicando a esta página, a esta pantalla. Pero es ahora cuando presiento el tono y el ánimo que toda empresa con vocación de continuidad debe atesorar para ponerse en marcha. Antes, claro, habrá que terminar esa novela de Turín que ya me parece interminable, despachar para siempre los escritos póstumos de Martínez de Paco y organizar la remesa indiscreta de poemas inéditos. Uf.